Verso, dolor y relojería
José Marín Cañas

"Se pasa haciendo versos", quiere decir, en la parla socio-económica, que no trabaja. La presencia infortunada del vocablo "versos", da a la frase un ignomioso sentido. Es lógico deducir que para la mayoría -eso que en cantidad multitudinaria se llama "masa" -"hacer versos" equivale, entre otras muchas cosas, a las muy pintorescas de "estar en la luna", "caérsele la baba", "ser vagabundo de natural" o "tener ganas de pasar la vida de lo lindo". Dentro de esta sociedad de consumo, febril por el desarollo, "hacer versos" es una cosa mal vista. Es muy posible que el suegro se resista a un yerno que "haga versos" en lugar de ser "Licenciado en Ciencias Económicas". Y el puesto, a pesar de que el aspirante llene los requisitos de: hablar inglés, tener menos de 30 años, poseer título universitario o su equivalente, si por chisme se agrega como rumor que "hace versos", se lo darán a otro.
"Hacer versos", es un defecto.
Aunque a primera vista todo lo consignado pareciera absurdo, es una verdad irrebatible. "Hacer versos" no es ser poeta. Y aunque por mimetismo, se confunde en muchas ocasiones a los versificadores con los poetas, pareciera muy indicado comenzar al establecimiento de la diferencia.

Cuando el Gran Arquitecto -para usar el término de las logias- hizo el mundo, lo condimentó con dos elementos consustanciales: el dolor y la poesía. Se podrá agotar el petróleo, el uranio y el carbono; el hombre le ganará terreno al mar; la tierra quedará, como la luna, seca de agua; es posible, que se pierda algún día la atmósfera; los "bulldozers" trastocarán la facies de la tierra, que a su vez, por movimientos propios, se cambia con razones explicables o no; pero lo que permanecerá hasta la consumación de nuestro planeta, serán el dolor y la poesía. La existencia de estos elementos constitutivos no fue percibida por el hombre prehistórico en forma simultánea; cronológicamente, su descubrimiento estuvo separado por millones de siglos. El dolor lo descubrió tan pronto como, salido del Paraíso, sintió hambre. Fue muy sencillo porque el elemento primigenio lo había colocado el Creador dentro del ser humano. Si después, tardó siglos en darse cuenta del otro, lo fue por el hecho comprensible de que la poesía estaba fuera de sus potencias sensoriales. Se podría afirmar, sin prueba positiva a la mano, que la poesía había sido derramada a todo lo ancho y largo del planeta, quedando convertida en un polvo sideral invisible e indetectable de primera intención a las potencias del hombre genérico. Las características que definen esta actitud del creador, básanse en que el dolor fue para el ser humano su castigo y la poesía su halago (desde los tiempos de la creación, los "halagos" se daban para ser conquistados).
Algo de ella quedó al alcance de la mano de cualquier transeúnte. Este infortunio abrió el apetito de nos, los mediocres. Estéril y vano empeño: el hombre bien pronto calificó aquello tan propincuo, como "lugar común", En ese instante, quedaba desvalorizado, hueco e idiota. Y por no saber qué otra cosa hacer con él, lo enterraron para que los mortales no cayeran en ridículo.
Los perros se encargarían de escarbar la tierra despúes.

A la primera de las sustancias le puso el primer nombre que se le vino a la mente. pero cuando bautizó la segunda, se detuvo hasta alcanzar la mágica palabra que contenía cuatro de las cinco vocales: ¡Poesía! Y por ser su preferido elemento y la donación más alta de su altísima generosidad, esperó a que las aguas se retiraran de las tierras; que aquellas se llenaran de peces y éstas, de animales con mamas, así como los aires de pájaros bellos y de insectos horribles. Dispuso que se hicieran la luz y la sombre, separando el día de la noche; y esperó hasta el sábado, el día grande, para desparamar al voleo por rocas, valles, montañas, ríos, mares, cubiles, árboles y nidos, barrancos y tajos su preferida materia incognoscible e imparable, que lo mismo tiñó el amanecer que el ocaso; salpicó la estrella lejana como la luna melancólica, la pequeñísima flor montaraz como la opulenta fruta; el sueño del soterré como el desvelo de la lechuza; el desperat del zorillo, como el primer vuelo, al calentar el sol, de la libélula, el desperezo del perro y la arrogancia del gato; el aterciopelado paso del tigre como el quejido de la gata de parto. Concienzudamente estuvo seguro de que había llevado y trocado en invisible el polvo sutil, hasta el cubil de la fiera como el alvéolo del pulmón humano, en donde ni siquiera penetra la más microscópica gota de neblina rala.
Después se sintió satisfecho, se miró al espejo y se enderezó la corbata. ¡Había llenado el mundo de poesía!

De ella se dijo: "nace donde nacen los vientos. Muere cuando se adelgaza el silencio". Era inasible, inoíble, inconsútil, inexistente para el ser humano. Tuvieron que pasar muchos millones de años -pero menos que los que necesitó el hombre para descubrir la "armonía"- que era sensible al través del cosmos y la "pespectiva" -que era visible al ojo humano -, hasta que un día apareció el "treno", que significó una lamentación. Fue el dolor que obligó al hombre a hallar el misterioso elemento desconocido. La lamentación resbaló hacia la poesía del "himenco", naciendo la lírica. Y con lo que, alboraba la épica.
Eran los oscuros tiempos míticos de la cultura griega. Posiblemente, allí nacieron los vientos. El último "treno" oído, lo fue el día en que enterramos a don Eloy González Frías. Habían pasado, desde el primero, miles de años.
Nueve siglos antes de que naciera Cristo, un griego "que amaba los haxámetros y el vino", -dice el poeta- compuso los primeros grandes poemas universales de carácter épico. "Hizo "la liada". Se llamaba Homero", torna a decir el poeta -. Pero también, los 24 cantos de "La Odisea", que supera en mucho a la anterior. Ambos, taladraron las treinta centurias que siguieron.
A la sombre de las dos obras, cuatro siglos más tarde, sobre las ruinas de dos construcciones anteriores, Pericles levantó en la Acrópolis de Atenas el templo de las Vírgenes (los griegos les hacían templos. Las revistas eróticas actuales, las niegan y escarnian, como hozan los cerdos en el lodo)
De las obras y medidas de Homero, el haxámetro de seis sílabas, con las dos formas de escándilos y espóndilos, (una sílaba larga seguida de dos breves o dos sílabas largas), la multiforme, variada, laberíntica poesía desenvolvió su mecánica, hasta llegar al romancillo y al romance, de ocho, al endecasílabo, de once, al alejandrino, de catorce sílabas, otras muchas y al verso libre. Esa mecánica es una ciencia diminuta y cabalística, como un secreto de los dioses. Si en aquellos tiempos se hubiera conocido el reloj -ese reloj de pulsera, fino y silencioso que en nuestra muñeca anota el tiempo, aunque no lo detiene- para hallar la técnica del verso. Diminutas ruedecillas dentadas, se engarzan en un movimiento sincronizado, que late como un corazón abierto. Ni un diente falta a la cita; ni una ruedecilla se detiene o retarda. En cada vuelta encaja una con otra, golpeando el silencio de su caja, como en el verso, cada sílaba final, construida la frase sobre el ritmo de él, llega a su cita con la siguiente, de cuyo feliz encuentro, nace la música de ruedecillas y de esferas del cosmos. ¿Acaso no saben ustedes que a ver al "hombre viejo con alas muy grandes" había llegado un jamaiquino a quien atormentaba para dormir el ruido de los astros?

Pero cuando se descubrió la mecánica -ritmo, consonancias, asonancias, formas -el hombre se dio a la tarea de hacer versos. Y los caminos del mundo se llenaron de juglares y versificadores, de trovadores y de transfugas, de pordioseros o de iluminados. Y al desaparecer las fondas medievales, que tenían figuras de castillos, los viajeros se alojaron sobre el heno seco, en el estiércol tibio, la cálida compañía de la vaca parida. Y llegó el día en que hasta los horteras, hicieron versos. Era cosa de contar con los dedos y apuntar de previo las consonancias con el lápiz de hacer facturas.

El gran misterio de esta larga y fantasmagórica historia, estriba en que de nada sirve la mecánica del verso, si éste no tiene poesía -"la miel desrramada", el aroma de lo que no perfuma, el quejido de lo que no se llora, el ansia de lo inasible, el rumor del sielncio, la impenetrable adustez de lo muerto. El verso sin poesía fue una caligrafía hecha a máquina. Y ocurrió que nunca antes, los basureros tuvieran más trabajo para recoger la vendaválica lluvia de papeles estériles o insípidos.
Fue entonces, y sólo entonces, cuando el hombre se dio cuenta de que había versos con y sin poesía, y prosas de maestros insignes llenas de ella. por que la poesía no estaba en al punta del lápiz ni en el papel satinado, ni en la luz turbia del ocaso o restallante del alba, sino en el corazón de un veraddero exégeta del miestrioso mensaje del Señor.
Es a éste, sacerdote del gran ritual de al poesía, a quien el tiempo va coronando con el laurel de Homero, de Píndaro, del romano Virgilio o de Ovidio, el decadente.