ROTA LA TERNURA
José Marín Cañas

En lo alto de la pedriza, sobre la cerrazón del cielo inmenso, mintió Miguel una talla en cobre. Tenía tal porte recio su indiana musculatura del Guarco, que resultaba de un metal absurdo. Estuvo un momento hecho en piedra, oteando las sombras que se apretujaban por la sima. Eran sombras ocrosas, prietas, demasiado negras. Percibía, únicamente, el ronco lamento del mar; un lamento monocorde, desesperante. Aquel sonar batióle toda su estatua morena, en un ramalazo de miedo. Luego, de la ladera que hosca y pina hasta él llegaba, subió la voz rota de su amigo: Ramón, el de Puriscal.
- ¿No se ve nada, Miguelote?
-Nada. ¡No grités!
- ¿Vos" cres" que nos han "ispiao"?
- ¡ Quién sabe! Estoy "tirando ceja" "pa" ver si atisbo a
Sánchez, que hace guardia por aquí.
-Si nos ven, nos jo. . .
- "Calláte", no seas necio.
- ¿Estará el mar muy "revolvido"?
- No se ve, viejo. -.
- ¡Qué frío, "pa la p. . ."!
El viento preludió una queja, y curváronse los árboles. La queja, -una queja tenida, larga- silbó con tremor por toda la isla. Desde el pedriscal, Miguel alcanzaba a ver, por encima de la urdimbre selvosa de la hondonada, el caserío turbio del presidio. Por el otro lado, hacia la sima, San Lucas no tenía ribazos; el
acantilado era de costa brava y tajante sobre el vuelo' que, como un fleco de falda, simulaba la espuma del mar.
-, Aquí "jué", "¿ verdá? "
-Sí. "Acordate" de esas piedras, "onde" estuvimos "volan
do espalda". ....
Ramón, para convencerse mejor, buscó a tientas, junto a un canchal filoso. Luego, tras de un rato de búsqueda, irguió su. cuerpo triunfador.
- Ya ves, aquí "jué"; "mirá" la "chinga" del cabo Elizondo. - ¿Es "Liberty"?
-"Vela vos",
Hubo una pausa, en la que los dos presidiarios parecieron alejarse. La tranquilidad tozuda del nocturno les envolvía. El miedo, arrebujado tras de la llanada honda, pareciera que ahora trotaba por la ruta que siguieron ellos. Unos árboles retorcidos, -cimera bravía del peñón fronterizo,- comenzaron a crecer hasta el cielo. Toda la isla tornóse, como en una taumaturgia negra, de un aspecto fantasmagórico. De la selva, tejida rudamente, llegaban ruidos extraños.

Los dos curvaron el cuerpo, aguzando el oído. Ramón se tiró al suelo para escuchar mejor.
-Miguelote, ¿y si nos sale el "cadejos"?
El miedo, ese miedo a la "Llorona", al "Cadejos", a las
_Brujas", hizo a Ramón tartamudear. Miguelote sintió el espasmo.

-No lo "mentés". ¡VOS si que "sos" necio!
El aire, que se desleía por sobre los montes en rafagales aturbionados, trajo un claro sonar de cascajas.
-"Or'. ¿No será el "cadejos"?
Los dos sintieron que los cabellos se ponían de punta. Se apretaron las manos. Eran manos rudas, morenas, casi sin
pelambre.
- ¿Vamos?
-"Arreále" .
Miguel miró al cielo.
- i. Qué horas serán?
- ¡Quién sabe! -se encogía de hombros-. Deben ser co las tres. "Zafémonos" porque "ahorita no más" "cambean"
centinelas.
-" Acuantá" me pareció oír el "reló"
-No seas chancho. Lo que vos oíste "jué" el riel.
Callaron nuevamente. Volvió a mirar Miguelote al cielo. F. una mirada dura, hincándola sobre la mansedumbre del novilunio.
Luego, se persignó.
- "Dios".
-" Dios" .
Sobre la punta de sus pies descalzos libre el amplio tórax musculoso, un poco recogida la cerviz de indiano corte, tensos todos los músculos, Miguel dio el salto. Las sombras de la sima -ocrosas y prietas- se tragaron la rúbrica que su cuerpo desdibujó en el aire. Atento el otro, estuvo un instante solo, & pie sobre la pedriza calva, hasta escuchar el bote del cuerpo en el agua. Luego, cerró Ramón los ojos, enarcó los brazos y repitió _ comba 'sobre el vacío. .
Ahora, desde el mar, veían la costa agria de San Lucas con una mancha que les cortara el ángulo hasta el cielo. Nadab3]O vigorosamente. Ramón se escurría con agilidad, saltando por sobre las olas que le abofeteaban el rostro, en escorzos, de todo su cuerpo magro, hecho a las pozas traidoras, y a las presas asesinas.. Miguel era más tardo, pero era más recio.
Oyeron de improviso un tiro. El tiro se agrandó por los montes, rodando en la hondonada del mar, repitiendo el confín lejano. Luego, otro; después de un silencio, varios.
- ¡Ay, hijos de. ..! -la palabra, gruesa y de lupanar, le
rebotó dentro del pecho.
- Nos tiraron, Miguelote. Ya vieron que nos "zafamos".
Miguel no le oyó. Estaban ahora separados por muchas brazadas. Sirvióles de conjuro el sonar de los disparos, para nadar con más coraje. Poco a poco, con esa irritante lentitud de la huida imposible, fuéronse alejando de la costa.'"
Las ancas del mar tornáronse más quietas, más cansinas; casi laxas. En cambio, una pesadez iba envolviendo a Miguel, el indio del Guarco. Era una sensación, mansa de agotamiento, que le
nublaba el vigor como si le amparase. Con toda la fuerza de sus pulmones llamó:
- ¡Moncho! ¡ Moncho!
Casi ni se oye él. Con dureza, una ola le batió la cara hasta hacerle tragar un buche de agua. El sabor amargo se le fue por la garganta, inundándole toda la boca, la nariz, hasta llegarle a los ojos en un escozor horrible.
Se sintió solo y tuvo miedo. Comenzaban a pesarle las manos, los brazos, hasta por las piernas sentía el avance de una trabazón poderosa. Un chapoteo cercano le hizo ponerse en guardia.
Eran los brazos escurridizos de Ramón.
- ¿Estás "cansao"?
- ,¡Mucho!
- ¡No seas pendejo!
-No, viejo; es que yo no nado muy bien. -Dale duro, que si aguantamos, no nos agarran. - ¿ V os "cres" que llegaremos a la costa?
-Si no "sos" tan mamita.
- ¿Faltará mucho?
-Estamos al "prencipio".
No siguió Ramón. Fue un escorzo rápido sobre las olas para hundirse. Miguel no comprendía. Estuvo un momento perplejo, sin acertar. Cuando emergió nuevamente la cabeza del puriscaleño, tenía una contracción de terror.
- ¡Miguelote, un tiburón!
-" ¿Onde?"
-Aquí, ¡Nos lía "tirao"! Me...
No pudo seguir. Dio un grito ronco, duro, tremendamente desgarrador. Salió el alarido de sus bronquios, como si fuera un :fechazo chato. El terror hizo a Miguel encogerse súbitamente.
- ¡Mancho! ¡Mancho!, ¿qué "jué"?
La pregunta, loca de terror, quedó rota en los suspensivos. Aún resonaba en la lejanía y-sobre la nuca de Miguel el grito del otro.
Entre las sombras adivinó su cuerpo -que fue de leves contorsiones sobre el lomo de las olas- roto y laxo. Abandonada la cabeza entre los poderosos biceps, hundida la cara, todo el cuerpo pesado y flexuoso, se fue hundiendo poco a poco. Trató Miguel de sujetado por los pelos, pero se le escurría hacia abajo. Un golpe de agua le dio la horrible verdad. El agua sabía a sangre. - ¡Se lo "jartó" el tiburón!
Tuvo entonces terror. Fue un terror durísimo. El terror de querer huir; el terror de no poder huir. Sobre su mismo pánico que le agarrotaba las mandíbulas, entorpeciéndole los brazos, sintió el esfuerzo sobrehumano de sus últimas fuerzas agotadas. Ahora, en la crispación, luchaba con más rudeza. Allí cerca rondaba la muerte. La esperaba de un momento a otro. Saldría para matado a él también. ¡Era inútil! Pensó en su "chacalín". El pensar, lejano y difuso, diole fuerzas. Los músculos, ante el acicate, se irguieron jarifos. Luego, tras de un rato de brega, volvió a caer en un abandono de inercia. Desalentado, dormidos los brazos poderosos de gañán, tundido el cuerpo por la lucha, roto el espíritu de terror, se abandonó al vaivén de las olas. Un ramalazo de recuerdo le vino a acibarar más la boca. Ya los brazos no le servían de nada. Las piernas estaban rígidas. Por todo el cuerpo, la pesadez avanzaba lenta, pero atroz.
- ¡Mi "chacalín"! -volvió a pensar.
Al pensar en su hijo, una ternura honda le subió del pecho. - ¡Más "grandote" que estará el "confisgao"!
Pensando en su hijo le parecía mentira que la muerte
anduviera tan cerca. Era absurdo creer la negación de su deseo de padre. Encontrar el fin, antes de llegar a la meta. La mente de Miguel, primitiva y cenceña, razonaba magramente.
-. ¡Debía de estar "grandote"! Toda su ternura, sin adornos ni alifafe s, sencilla, tosca, de músculo campesino, cifraba la meta en el hijo lejano. Buscándole iba. Cuando a él, a Miguelote, lo trajeron a San Lucas, tenía el niño once meses. Fue en tiempos de don Chico Aguilar. Recordaba claramente que entonces comenzábale la tos ferina. Ya hacía nueve años desde la última vez que lo vio. Fue precisamente la noche antes de matar al hijo de don Sebastián. Iban a traer al "güila" a Cartago, para que lo viera el médico. No lo trajeron porque Miguel mató al hijo de don Sebastián.
La escena no se le borraría nunca. Sobre todo, por encima de todo, estaba el gesto de terror de don Luis, cuando en el aire, cimbró elástico, bajo su poderoso brazo de indio del Guarco, el machete filoso y escurridizo. Fue en aquel mismo corralón que había mandado techar don Sebastián sobre cuatro horcones retorcidos y po1vosos. Fue entre el barrial que formaron las aguas tozudas y las pezuñas anchas de unas vacas lecheras. Bajo el corralón de fuerte olor a boñiga y a "paca". Lo mató de un solo machetazo. Por algo tenía él fama, cuando mozo, por toda la contornada de Cartago, Agua Caliente, San Rafael, de sacarle _plumas" a los "chúcaros", "suertes" a las reses bravas, de -enganchar" a las mozas de los pueblos cercanos. Cuando les encontró en la misma oscuridad abrazados, un rafagal de odio le ::izo cimbrar todo su cuerpo poderoso. Fue como si agitasen una ballesta tensa. Estaban apretujados uno contra el otro. El, casi no les veía la cara, pero los presintió con las entrañas. A don Luis al hijo del patrón, -coloradote, sano, robusto, elegante, con ojos azules - lo mató de un tajo. A ella, a la "hija de p.. .", a Miquela", su esposa, nO la mató. Faltó brío en el puño, empuje en el pecho, músculo y coraje en el brazo.
-" ¡Grandotote" debe estar el "confisgao"! -volvió a

Luego, de cara a la noche, miró hacia arriba, donde la
-Tranquilidad se hacía sonora, amplia, robustamente diáfana.
- ¿Se.parecerá a su "tata"? ¿Será igual a "yo"?
Le hormigueaban las manos, los brazos, hasta las piernas.
Un golpe seco tamborileó dentro de su cabeza achatada. Estaba aturdido roto todo él. Todo su empuje, todo su vigor de sangre “cartaga". Una ola le golpeó hacia el cielo. Luego, no sintió Wa... .

* * *

El pegujal, -desde el risco cimero que remataba un lo mazo bajo se extendía a sus pies. El veía el pegujal verdoso, con su color de ópalo mañanero, dividido por los bajos tapiales en negro. A su vera, majestuoso y solemne, un mango erguía la prestancia de su tronco grave, bajo la urdimbre de bejucos, liana, de yedras ocrosas. El día veranero, estaba limpio hasta la lejanía. La reciedumbre azul del dombo, en aquella próxima hora de la anochecida, ennoblecía el matiz del agro. Solamente muy arriba, casi donde no alcanzaba la vista, rayaba en negro, tintando lejanamente la seda del cielo, la elegancia rítmica de un zopilote.

Miguel se tendió sobre la grama del otero para dar reposo a su cuerpo fatigado. Tenía los pies rotos, manchado de sangre el pantalón de dril burdo, rasgada la pobreza de su camisa de estameña ruda. El pelo rebelde, corriéndosele por la cara, híspido de sudor y polvo, dábale un fuerte aspecto de animalidad prehistórica. La marcha a través del monte, de la hondonada, del pedregal; bajo los calores asfixiantes del trópico, sobre los mosos riscos costeros, parecíale un milagro. Fue escurriendo el secreto de su delito por las rendijas que dejaban el acoso de la policía, los jefes políticos en los pueblos remotos, la curiosidad malsana en las aldeas de ranchos raquíticos. Como un perro cercado, flaco de tddo reposo, falto de tranquilidad, trotó desde la costa hasta Cartago. De allí -mirando de lejos, ¡siempre!, las agujas de la Iglesia lejana, -siguió trotando sin parar, ayuno de descanso, sin darse tregua ni reposo, para venir a aquella hondonada en el remanso grandioso del Guarco. Ahora parecíale mentira otear los campos de labrantíos, las ringlas verdes de los bananos, las manchas blancas de los cafetos florecidos, las sementeras de hortalizas, que los pegujaleros cuidaban con el amor curvo de sus cuerpos sudosos bajo la lluvia brava y el sol jade...
Cuando cayó la noche y nació una luna pitañosa, Miguel se acercó a la "tranquera". Todo estaba igual en la finca. El mismo corralón, bajo y patizambo como un hórreo. El mismo enjalbegamiento que lo denotaba sobre el color del terrazgo.
Al saltar el vallado que lo hicieron de pedriza, Miguelote tuvo miedo. Recordó a Marcos -el menor de los Molina- su tozudo perseguidor. Tuvo miedo ahora, cuando de su hijo no le separaban más de dos zancadas. Fue el miedo de que le cogiesen sin llegar a verlo; sin mirarle un "güen poco de rato", después de todo el ayuno de su vida dura en el presidio.
- ¿Estará "Miquela" despierta? - ¡Mi "güila"! ¡Mi "chacalín"!
La misma ternura de siempre le hacía vibrar. Fue Celestina el claror de la luna. Cuando empinó el busto por la ventana exigua pudo ver que dormían. Fuera, hacia el campo, el silencio agrandábase, apenas rayado por algún grillo metálico. Podía percibir la lenta respiración de ambos. En la tijereta fronteriza, bajo la cobija colorada, estaba "Miquela". No sintió odio. Contra sus temores, el alma permanecía mansa, inundada de ternura. En la más cercana, bajo aquel mismo agujero que servía de claraboya o "linternilla" estaba él. Miguelote extendió el cuello para mirarle mejor.
- ¡Su hijo! -pensó- "Pa la p..., y qué grandote"! ¡Qué "grandote" !
Toda su emoción dolorosa de años, reconcentrábase en mascar aquellas palabras zafias, gruesas, que al pobre le parecían más dulces que la "Salve". A la vista del chiquillo, tuvo que morderse los puños para no gritar; para no estrujarlo contra su pecho duro de músculo. Era "grandote", fuerte, de corte indio, recio de tendones. Tenía el belfo gordo, la cara sucia, el mentón ancho. Miguelote lo contemplaba a oscuras, radiante de júbilo, tremándole todo el cuerpo en una alegría feroz. Quiso, aún, verlo mejor, y estiró el pescuezo que estriaba las venas gordas. Fijo en el sueño reposado del gañán, embobado en él, gozaba de una honda ternura que le hacía escocer el pecho. Fue entonces cuando el muchachote dio un soplido, se restregó los ojos, los abrió un poco, volviendo a caer pesadamente en su sueño de ronquidos graves. Fue entonces cuando la sospecha brutal le abofeteó el corazón al padre.

Había visto instantáneo, más rápido que el dolor macerante de la carne, el gesto del otro. ¿Cómo adivinó en la penumbra del cuarto aquellos mismos ojos del muerto? Ni la razón más escueta y fría pudiera descifrarlo. No los vio; los sintió. Eran los mismos ojos azules, claros, desteñidos. El mismo gesto que recordaba bajo el cimbre elástico del machete, cuando la crispación atroz. La idea, certera V aguda, le horadó el cerebro. Sin embargo, no
podía ser. Quiso mirarle más hondamente en busca de él mismo. . ¿Se parecerá a su "tata"? ¿Será igual a "yo"?
Tuvo que reconocer, dolorosamente, que su "chacalín" no era de él. Ahora caía en muchos detalles que antes no percibió.
El suelo de madera, la cobija de lana, el chaquetón nuevo y dominguero. Encima del lecho del chico, había un retrato con ancho marco. Miguelote no quiso mirado. El golpe le había atolondrado. Para el pobre no fue un razonamiento frío, despacioso, a la postre estéril. Fue una idea magra, clavada allí dentro hasta siempre. ...Entonces Miguelote sintió ganas de llorar: eran también unas ganas difusas de matar. Pero ni Miguelote lloró ni Miguelote mató. El miedo acre, poderoso; el dolor hondo, desgarrado, le enmudecieron los ojos, agarrotándole sus brazos. Quedó fijo en aquella actitud de cariátide india, de bajo-relieve deforme. Así lo hubiera sorprendido el alba. Estaba idiotizado. Tras de él, percibía pasos confusamente; eran voces veladas, ocultas por los árboles de la ladera pina. En la violenta actitud de su cuello tirante hacia atrás, olió de golpe con su olfato de perro campesino. Presentía a Marcos, el cabo, su tozudo seguidor. Y por entre los horcones, a campo traviesa, a duros pasos que iban manchando la grama con la tibia rojez de sus pies destrozados, huyó en violenta carrera.
Huía sin mirar atrás, recto y seguro, como conocedor del peligro. Ampliado el pecho, aventadas las narices, tensos todos los músculos, agarrotadas las manos gruesas y burdas. Era una carrera al través de los barrancos, por sobre las canteras mosas y duras. En el impulso ávido de escapar, las fuerzas centruplicábanse. En el duro trote por el descampado del potrero, los árboles se empequeñecían a su lado. Fue algo estupendo que solamente vio la noche y el viento que le azotaba su cabellera rebelde...
y de pronto, en medio de la tensión, junto al esfuerzo de la loca carrera, se preguntó para qué huía, hacia dónde huía, y por qué huía. ¿Qué le esperaba después de aquello? ¡Todo inútil!
La amargura de siempre, la amargura del corralón, de la sangre de Moncho, de su cuerpo tundido por las ramas en la marcha fatigosa, de su hijo perdido, le subió a la cabeza, mareándole.

Hueca la vida, rota la esperanza, destrozada su ternura, ¿ "pa" qué seguir "juyendo"?
Detuvo la carrera en seco. Sobre un tajo rojizo que descansaba en el camino vecinal y enlodado, abiertas las piernas, bombo el pecho bajo el jadear de bestia, perlada de sudor la frente breve y sinuosa volvió a tallar su estatua de discóbolo moreno.
"¿ "Pa qué seguir"?
Buscó una piedra baja y deforme -era una piedra negra- y
se sentó a esperar.
Por la comba del potrero, una comba purísima, asomaron en veloz carrera sus perseguidores. Enclavado a él mismo, sujeto a su desesperanza, ni siquiera levantó la cabeza.
Llegaban todos radiantes de triunfo hasta él...
En la lejanía, cantó pujante un gallo trompetero.