Liz y Richard
Uno de los fenómenos más impresionantes que ha creado la sociedad de consumo, es "el amor nuevo".Es obvio el prefijar que el amor es, precisamente, la más antigua aflición del hombre. Se inició rigurosamente en la misma fecha y en el mismo minuto, en que el hombre inició el desarrollo de su afición a comer manzanas. Aunque algunas otras actividades las había emprendido antes, siempre se podrá decir, sin temor a errar que fue de las primeras, y que si no ocupó definitivamente el primer puesto, se debió tal desventura a ser el amor una actividad prohibida. Desde el histórico momento en que nuestros primeros padres diéronse a la tarea del "dulce pecado", a pesar de que estaban a conciencia saltándose el reglamento, un algo les anunciaba que nuevas ideas, formas y proyecciones, tendrían que entrar en juego, como en efecto ocurrió. Posteriormente al suceso, la familia primigenia se multiplicó bajo una razón de preogresión geométrica, hasta el punto que muchos siglos después afrontemos el problema de la falta de espacio vital, el ecológico de posible carencia de oxígeno en un tiempo realmente próximo y de muchos otros, como son la amenazante escasez de alimentos dada la astronómica cifra de los habitantes de este mundo. El amor viejo, el antiguo fue al mismo tiempo un germen capaz de crear todo una literatura, una ppintura, una escultura y otras artes más prolijas pero menos importantes.
De repente la sociedad de consumo inventó un tipo de amor nuevo, cuyos representantes fueron -como Adán y Eva en el primer y viejo amor- los más genuinos y auténticos valores: nos estamos refiriendo a Liz y Richard.
Dentro de la sociedad de consumo, todo es factible, siempre que se ayude con certera y hábil propaganda. En esta ocasión podemos decir que la que intervino en el asunto se podría catalogar como de las más ágiles y de resultados efectistas y solemnes. Liz era, a la sazón, una señora debidamente iniciada en la calistenia del "viejo sistema", en el cual los resultados que lograra fueron decepcionantes. Arrastraba las huellas de otros amores que habían claudicado -mejor se diría que se habían arrugado-por el paso inexorable de los días. Estaba nuestra estimada amiga en la cumbre del éxito económico. Dotada de una peregrina belleza física, de esas que fácilmente son aceptadas por una gruesa mayoría de estetas, ayudada por el boato y especularida de los traumas que encarnaba, proyectados sobre una especie de sábana blanca: rodeada y enjaezada con bisutería, que de lejos parecía piedras preciosas legítimas de exuberante belleza y prohibitivo precio, alcanzó la rutilante personalidad de una vaca sagrada. Le ayudaba a ello, y se le contraponía a ello -deteriorando un poco el efecto total- dos desequilibrios geométricos enexcusables. Poseía, en la parte superior del cuerpo, un abundante regalo de la Naturaleza, precisamente en la cantidad que más entusiasma a los caballeros...pero todo ello se movía montado en unos débiles, finos y agujeantes soportes envueltos en medias de seda tejida por gusanos escrupulosamente seleccionados. Dada la impresión de que el día menos pensado, podría irse de bruces.
Cuando hicieron contacto Liz y Richard, el mundo fue atravesado por un radiograma elocuente; Anunciaba que la chispa de amor había saltado entre dos seres representativos del siglo, en cuanto a las ideas estéticas, económicas y morales. Se trataba, pues , de un fenómeno de los que se llaman "a primera vista", como le ocurre al clarinetista de repuesto que llega por enfermedad del titular y tiene que afrontar la partitura de "las golondrinas", de Usandizaga, que está recargada de dificultades técnicas.
Todo el mundo estuvo de acuerdo con que aquella unión, no solamente constituía la sublimación de un ideal, sino que era el asentamiento de una fuerza emotiva a prueba de las acechanzas del tiempo. El cable notificó casi día a día, los felices y agradables hechos que comenzaron a rodar. Los vertiginosos viajes, las lunas de miel en las románticas esquinas del mundo, el dinero a cataratas, el triunfo resonante, la interpretación de Cleopatra (que fracasó) las primeras películas de los amantes reales en un amor de película. Todo y cada una de las cosas permanecían a las señoras, hacían suspirar a los caballeros, llenaban las páginas de las revistas, ponían a correr a los reporteros, se tiraban flashes a diestro y siniestro. Era un hartazgo de éxito que proporcionaba abultamiento a las apretadas e hipertrofiadas cuentas bancarias.
Y en medio de la vorágine, ocurrió el primer hecho que produjo un radiograma muy selectivo e importante. Richard le hizo un regalo a Liz. No sería posible determinar si fue or el santo, el cumpleaños o por algún otro pretexto futul de esos que por cierto, es que todas las damas quedaron en actitud de suspenso, pues dada la categoría del galán tenía que ser muchísimo más importante y de mayor bulto, que aquellos que trabajosamente traía el respectivo marido a su casa, tras dos meses de estar ahorrando sus poquitos. El regalo primero, como el segundo y el tercero y todos los demás, fueron de espanto. Se descolgó nuestro querido amigo con una piedra que, al colgársela Liz del cuello, casi la hace irse de bruces, recargada como está la estrella, de desequilibrio en la geometría atómica y anatómica personal.
Hasta aquí la cosa iba sobre rieles. El mundo al fin tenía un ejemplar "amor nuevo", al que no le faltaba detalle: personalidad de los cantratantes, dinero a espuertas, fama "around the world", taquilla desmesurada para sus obras interpretativas, un amor lleno de babas, suspiros y "flashes". No se podía colocar ni un pequeño detalle de adorno.
Andando el tiempo, se supo que a nuestro Mr Richard le gustaba "empujarse sus tragos", cosa muy pueblerina o muy verleniana, a la usanza de un número respetable de maridos pedestres, que pululan por nuestra ciudad capital. Como se pudo suponer, sobre todo en aquellas personas que se muestran siempre escamadas con el monte de orégano, la afición de nuestro Mr Richard por el whisky y demás elementos vaporosos hacía surgir el en el horizonte una nubecilla que no indicaba torrencial aguacero para las sementeras, pero que sí barrintaba temporal de esos del Atlántico, que son "morirse" por lo necios y lo tupidos.
Parece que la cosa caminó de mal en peor. El último cable que leemos de la archifamosa pareja, es que Liz concibió la idea de bajar la guardia, poner los guantes contra la lona y esperar a que el juez de paz le cuente por lo menos los ocho segundos del reglamento. Ya verá la Venus moderna si levanta la guardia antes de que llegue a los fatídicos diez. Si este "knockdawn" no es el definitivo, no debe dudarse, vendrá otro en el que la señora esposa se levantará no para irse a su esquina, sino para irse a su casa.
Toda la estúpida inutilidad del mundo actual -riqueza, dólares, camisas "diferentes", patillas, whisky, velocidad, autos, "jet", luminotécnica, bambalinas, Tennesse Williams, drogas, vicio, parranda, yates, el "it", "sándalowood", max factor, engaño, comedia, guiñol, fasto, lujo, "de pared a pared", pulgas, cucarachas, babas, vicios, revolución, secuestros, cine, tele, la luna, etc. es "tortas y pan pintao".
La vida es equilibrio, comprensión, humilde y oscuro luchar, hogar, calor íntimo, el libro, la sonata, el recuerdo, nuestros muertos, el trabajo diario, las pequeñas victorias, los dolorosos tropiezos. Todo, de tamaño humano, sin altoparlantes que rompan el noble vivir de la familia. El hombre nació para crear su obra a su tamaño, a su humilde tamaño. Hipertrofiarse, mutimillonearse, es convertirse en un saurio. Eso les pasó a los miembros de la pareja ilustre, producto neto de la sociedad de consumo, payasitos humanos y borrachones de un mundo falso de bisutería y de alchol, de colorete y de música de circo.Esa música garabateada bajo las carpas, cuando asoma en el fondo de la jaula un león que suspira de viejo, y que daría cualquier cosa por haber sido gato, pues, después de todo, los gatos se dan una linda vida amorosa en la hora de la alta noche y al filo de las limajoyas de las casas pobres de la vecindad.