ENSAYOS DE JUVENTUD DE JOAQUIN GARCíA MONGE (1904-1910)
HOJITAS
Joaquín Garcia Monge
12 de diciembre de 1904
El sendero que me guía está cubierto de hojas. Iré recogiendo
esas páginas de1 libro incomparablemente sabio de la Naturaleza y en
sus curiosas nervadura, . leeré lo que el destino grabó en ellas.
UN LEctor
Estaba en la oficina del periódico.
Me entretenía meditando lentamente en tanto el viento plegaba sobre mí
la túnica de una tarde luminosa y alegre.
¿En qué meditaba? ¡En tantas cosas!
Pero una que era fuertemente adherida a mi cerebro, una creencia que se calentaba
entre mis creencias íntimas era ésta ¿por qué se
lee tan poco en este país? ¿No hay libros, no hay periódicos,
no hay folletitos que puedan correr de casa en casa generosamente cedidos por
los vecinos? Quizás hay de todo.
Libros existirán, sin duda, que por su material de hipocresía,
de impudicia y de especulación merecen el desprecio de cultura y el castigo
de quien tiene el derecho de castigar; periodismo que por lo insulso debiera
encontrar cerradas las puertas del hogar ansioso de un solaz decentemente agradable.
No es ésta la razón, sin embargo, de que en el país, el
más distinguido según varios pareceres, entre muchos de los de
América, se lea poco, casi nada, sobrando tiempo para hacerla con interés
y gratitud.
La tarde se oscurecía más y más.
A mi lado la distracción parecía entretenerse con mis reflexiones
cual si tratara de impedirme viera a un hombre que imprevistamente habíase
acercado a mí y posado su mano sobre mi hombro.
Su voz tímida, suplicante me hizo despertar.
-¿Quieres hacerme un favor? ¿Venderme el periódico de hoy
y otro cualquiera? ¿Un libro si tienes?
-¡Venderte un libro? ¡No, si cada uno es una fibra de mi corazón!
No sabes que sufriría si uno solo de ellos te cediera.
-Bien.
El aspecto del hombre: sencillo, con un traje -sobre el cual dejara sus rastros
de fardo sucio, lleno de aceite y de polvo; despidiendo un olor de trabajo grosero,
en desorden el cabello humedecido y gris, con su mirada de niño, conmovió
intensamente mi alma.
Este hombre tiene sed de lectura: de palabras, de pensamientos He de darle un
libro como al que pide un cristal para ver mejor. Este hombre es creyente, tiene
fe en las investigaciones conservadas de la humanidad, y las busca para conocer
esa humanidad, para conocerse a sí mismo.
Y cuando le di el libro, el más sencillo, el más-inteligible,
el más comprensivo, lo vi alejarse satisfecho sonriendo en todos los
movimientos de su cuerpo.
Un trabajador se ha llegado a pedirme lectura! Grande es ese hijo del salario.
Mientras otros, fanfarrones, cuyo valor depende de su miserable y falsificada
apariencia apenas, se creen llevar den_ de la cabeza un pensamiento, cuando
en verdad lo que llevan es el vacío de la ignorancia y de la vanidad,
aquel hombre descalzo, sucio, rendido, bañado aún en el sudor
de la tarea diaria, busca a la luz de una tarde alegre la frase escrita en cualquier
parte, capaz, eso sí, de dar frescura a su ánimo con la suavidad
de su esencia.
Y entonces me pareció que en el espacio aquel que dejara el libro ido
palpitaba la razón de mis anteriores meditaciones.
Hay periódicos, hay libros buenos, lo que falta son gentes que quieran
perfeccionar su entidad moral, elevar
Su significación humana, y considerar su dignidad, ennobleciendo el corazón;
lo que falta son hombres de buena volunta hora del descanso saquen el libro
de la estantería, lo soliciten siquiera y lean a la luz de las ansias
infinitamente generosas.
Ya la tarde hacía largo rato dormía sobre las alfombras del oriente,
¡Y qué lejana parecía estar el alba!