La Catleya Negra
José León Sánchez
El río es un pedacito del paisaje en aquella agreste aldea del Tejonar. Una bella cinta que es oro, plata, clavel o gardenia, según la hora en que la cubre el solo sea" besada por las nubes.
Es ahí donde el tren pasa lentamente, muy lentamente, retenido por, el temor de convertirse en duelo sobre las bajuras pedregosas del Reventazón.
La gente de este pueblo vive de las flores, de los peces, de lo poco que logran sembrar en el trocito que ayer solamente era humedad de montaña y hoy el ,campesino, a fuerza de sudor y hacha, lo hizo claridad para que durante el día un sol hiciera bien a los arrozales y en las noches aterrizaran los cocuyos, rojos como las brasas, azules como las aguas del río.
Flores y peces que dan al viajero del tren por ,lo que éste quiera ofrecer, pues mañana los unos tendrán sabor amargo y las otras se marchitarán.
Aquí un acto es bueno o malo según sea justo o injusto el corazón que lo inspiró. De tarde en tarde se aparece el eco de un hecho vandálico que sucedió en alguna parte, pero pronto se acalla de tanto brincar por encima del río, de orilla a orilla y de rancho en rancho. Se acalla pero no se olvida, pues cuanto sucede lo albergan las bibliotecas del pueblo que son la memoria de los ancianos. Ahí van atesorando leyendas de alegría y de misterio, de amor o de tragedia, hasta convertirse en tradición y fe. Leyendas que los ribereños escuchan con algo de asombro, pero con indiferencia. en el fondo. Ninguna tragedia ha de ser mayor a la que ellos soportan, día con día, año con año, sobre los hombros: la miseria. Miseria que llegó hasta adormecerles el alma y convertidos en indiferentes y ciegos a 10 que no sea trabajar y soñar.
Soñar siempre.
En su nacimiento el río Reventazón es una lágrima. Lentamente resbala sobre el musgo de una piedra. Al pie de la cual se formó la poza que luego corre entre helechos, zarzas, sobre la tierra rosada, hasta hacerse quebrada de arenas tan blancas como la porcelana y así de grande. Y no obstante, muy abajo de aquella pozuela que es la niñera del río, cuando el caudal de muchos arroyuelos le han enloquecido de llanto, la primitiva lágrima se transforma inconcebiblemente en un monstruo ensoberbecido que devasta predios, arranca troncos, hace islas en la tierra firme y con piedras inmensas juegos de maraca e inunda las aldeas ahogando a sus moradores y empobreciendo las riberas hasta que la gente delira de miedo, angustia, enfermedad, hambre.
Los ribereños no se alejan al pasar la creciente. Tornan a colgar los puentes de bejuco de lado a lado, a sembrar arroz, a buscar la orquídea.
El río tiene un nimbo de tragedia que sobrecoge y encanta al mismo tiempo. Es una tumba líquida este Reventazón. Tumba llena de cuerpos, pero que nos ciega con su belleza y seduce al espíritu el encanto mágico de las piedras que ruedan corriente abajo.
De una cascada inmensa venida aprisa desde la montaña, cual si fuere perseguida por algún genio verde .que al final la precipita al río, los ribereños toman el agua por creerla más pura.
La montaña de zafiro, henchida de gritos, llena de cantos y rumores, flores y miasmas de pantano, no es más que el fondo del paisaje. Sobre la cascada y el pueblo, la montaña y el río, la evaporación constante del torrente forma en el cielo nubes de espuma cual domos de claridad lunar que .aquel astro dejara perdidos en la quietud del paisaje, cuando hizo su recorrido sobre el río.Nicolás estaba sentado en una roca en la orilla del río con Pablo, su abuelo, su guía, padre y madre, porque el muchacho era huérfano.
No poseía más que dos tesoros en el mundo: el amor María y el corazón de su abuelo.
-Tatica -le decía al abuelo con voz ensombrecida-, debo irme. Será bien lejos ya que su proceder me hiela el corazón tantico a poco. Me marcho por lo mucho que la quiero. Deseo cambiar como ella me lo pidió la semana pasada cuando le propuse matrimonio. Respondió que jamás se casaría con un simple mercader de orquídeas. Parece que odia a las flores, pero éstas son nuestro sustento y un ensueño desde que aprendí a caminar. Quiere que me marche tierra adentro a trabajar en los bananales de la Compañía para ahorrar mucho dinero y casamos luego. Pero no podría vivir en aquellos bananales que hace mucho tiempo dejaron de ser montaña. Mi vida es la misma que tu me has enseñado a vivir junto a las orquídeas. Por eso es que tú me comprendes. Ella me da a escoger entre las orquídeas y el amor; yo entiendo que no podría vivir de faltarme una de esas dos cosas. No volvería a sonreír o a cantar fuera de las montañas y el río, como tampoco alejarme
de su amor. Ella desprecia mi manera de vivir y yo no puedo cambiar. Todo esto ha de morir donde ha nacido: al mi propio corazón. .
"Tengo mucha fe en ella, en la vida, en nuestro amor que me parece el más bello y grande de los amores. ¡Ay, Tatica, por ella soy capaz de beberme gota a gota todo el río!
"Por eso es que me voy. Ayer en el Comisariato me iluminó el camino a seguir un hulero recién llegado desde .la selva. Narró que allá arriba, por la ribera, en donde el río es como un brinco, encontró una cuna de orquídeas y entre ei1as había una negra de cuyo existir no conocía. ¡Una orquídea negra!" .
-Escucha, hijo mío -le respondió el abuelo meditabundo-. Te voy a hablar como la vida lo ha hecho conmigo, con la voz de la experiencia: la orquídea negra no existe. También arrullé ese sueño de joven y mientras me lo permitió el coraje caminé y caminé hasta más allá todavía de donde el río es un brincó y bajé hasta más lejos de esta aldea donde el río y el mar se hacen gemelos. Nunca encontré la orquídea. Nadie la encontró jamás. Es otra leyenda inventada por la imaginación de un hombre que vivía, al igual que nosotros, del oficio como buscador de orquídeas. Es una alucinación inmensa que un día infundió el indio de las alturas en el cerebro del buscador de oro, cuando le narró la historia de la Mina Escondida en los senos de una laguna y de ríos tachonados con piedras preciosas y pepitas de oro. Para quien no la conoce, una orquídea morada, marchita ya y envuelta en las sombras del atardecido, ¿no es cierto que contenta al verla y que parece negra? También soñé con esa orquídea imposible.
"Y respecto a lo de María, espera, espera, hijo mío. Si en verdad ella te quiere, amanecerá un día pensando que la felicidad de ambos consiste en compartir una misma esperanza, una idéntica alegría y en amar y ver la vida con el mismo corazón. Y de no ser así y ella no te quiere, olvídala, e imita al pájaro carpintero que cuando un intruso le roba el nido fabrica otro más arriba y empieza a cantar de nuevo.
"Soy viejo como el riachuelo que va hasta el río y te digo de lo bueno, hijo mío."
-Es verdad, yo lo sé -respondió el nieto taciturno-, pero vaya buscar ese sueño o lo que sea. Si llego hasta esa cuna de orquídeas negras me haré rico y el pasajero del tren no ha de comprar flores de mi mano como quien da limosna. Las mandaré a San José para venderlas caras. El corazón me dice que he de casarme con ella y volveremos a ser felices como antes, cuando éramos -niños y buscábamos nidos en las ramas de los árboles de las riberas que el viento mece. Me voy, Tatica; quiero regresar para ser todo 10 que ella desea o no regresar nunca.*
Y se marchó Nicolás, por la orilla, río arriba con Pinto, su perro y más que su perro un amigo. Se alejó hacia la montaña en busca de la cuna de orquídeas de donde el hulero habíale dicho que existían de todos los colores y tantas y tan bellas que aquel rincón en la selva, a orillas del río, parecía el anfiteatro desde donde la Naturaleza daba a los vientos la sinfonía de sus matices.
Bellas habían de ser sin duda, como son todas las flores que no tienen más aroma que su pureza. Pensaba encontrarlas diáfanas como mirlos blancos, rojas como labios de una novia, azules como las aguas del río, moradas como la túnica del Señor y negras como la cola de Pinto.
Encontraría muchas prendidas en los morales, cerca del riente murmurar de los riachuelos y contrastando en los amaneceres con los racimos de las frutas silvestres. Se enlazarían en los bejucos, sobre los troncos muertos, en los zarzales, en las orillas de los remansos y en la copa de .los árboles que son las sombreras de la montaña. Hallaría orquídeas que con su brillo emulan el grito de los quetzales cuando en medio de las sombras y de rama en rama, parecen trazar rúbricas con la pluma de su cola, mientras dicen .. la montaña -oro y jade como la joya de su plumaje que la tarde está muriendo.
Buscó donde el río es una pauta a lo lejos, en los loliyales vecinos a los pantanos, junto al rumor traicionero de las hojas secas donde a veces espera la tamagá su cita CDl los infiernos; los cañales, tejos, helechos y enramadas. En las noches aterradoras o apacibles, soñó con su orquídea.. Buscó primero con esperanza, después con suma de anhelos, y al final, desesperado. En las noches aterradoras apacibles soñó con su orquídea. En cada sueño la tenía entre sus párpados y al amanecer le saltaba el corazón de alegría dedicándose a escudriñar la selva con un afán loco.
La ambición del hombre es así: en su aldea lo tenía todo a pesar de sus esquinas donde habita la pobreza. A qué ansiar la riqueza que se esconde en los pétalos imposibles de una orquídea que quizá no exista? El hulero habló de una cuna de orquídeas y dijo que desde ella los pájaros tomaban en sus picos y patas a las flores y las iban a regar en la cúspide de los cerros, en las orillas de los remansos, en el fondo de los abismos. Pronto comprendió que muy cierto el consejo del abuelo y que todo era no más del sueño que tuvo un demente ilusionado, dando a una leyenda visos de realidad.
Días, semanas, meses, indagó por la selva sin lograr descubrir otras orquídeas que no fueran como las que él conocía tantas veces y recogidas del lugar donde ponían las ranas, o encima de las pozas que hace el río en sus recodos.Con la frente baja, entristecido el corazón, destrozados brazos y la ropa por el constante chocar contra espinas.
Sin poner mucha atención en Pinto que ladraba a todo animal que se encontrara, emprendió el regreso.
Andrajoso, enflaquecido, sucio, encorvándose ante los bejucos, apartando con sus manos desnudas las ramas que le obstruían el paso sin trillo,"'sin sendero, sin camino de la montaña.
Era la segunda tarde de su regreso. La orilla del río bañada por los postreros rayos del sol, las garzas que se columpiaban en una sola pata como queriendo levantar el vuelo, los lirios acuáticos que danzaban en los pozancos de las riberas, el canto de los jilgueros, todo hacía de la tarde una acuarela de fiesta.
Pero Nicolás no admiraba nada.
Pinto proseguía ladrando como si quisiera sacarle de su descuidado meditar.
Sintió hambre. En su costal de hule hacía mucho tiempo ya no quedaba nada de las tortas de yuca o los panes de maíz. Devorando palmitos, frutas, huevos, se sustentaban ambos.
Decidió buscar ahora algún nido. Temiendo que Pinto ladrara y al hacerlo hiciera acudir las aves a sus nidos, lo ató con un fuerte bejuco a un árbol y le ordenó por señas guardar silencio.
No fue necesario buscar mucho. A cien yardas en un. inmenso árbol genízaro se miraba lo que Nicolás entendió era un nido de pavones. Rápidamente subió hasta la cúpula y al intentar apoderarse de los huevos del nido... una bellísima orquídea negra se le ofreció ante los ojos. Sintió como un vértigo de triunfo. La observó sin osar tocarla. No deseaba dejarse llevar por una ilusión óptica del momento. Pero era una catt1eya negra. El aterciopelado negro de sus pétalos era como una noche, como los ojos de María.
La arrancó cuidadosamente de la rama apretando su orquídea entre los brazos y la atrajo hasta su pecho. Entonces fue el instante en que, perdiendo el equilibrio, cayó de rama en rama hasta el suelo.
Sentía un dolor inmenso, pero seguía manteniendo a la orquídea entre sus brazos. Había buscado atraerla hacia su corazón suavemente, como se acerca el rostro de una novia, y allí estaban ambos en el suelo. Ella ajada y él sin poder moverse.
Al caer seguramente lanzó un grito pues hasta sus oídos llegaba el ladrar lastimero de Pinto, su perro, que seguramente luchaba por desatarse y acudir en ayuda de su amo.
Sintió miedo, más que nunca. La historia de la selva siempre conmueve en sus leyendas de horror: los pájaros rapaces que sacan los ojos a sus víctimas, las hormigas que les devoran vivos. Imploró desde su corazón:
-¡Señor, ayúdame! .
¿Pero si el Cielo no lo escuchaba como solía hacer tan
tas veces? La orquídea continuaba entre sus brazos toda llena de silencio y de poesía, como una virgen dormida.
Temió que sus plegarias fueran vanas. La voluntad de Dios le había conducido hasta este lugar. Es el lugar donde todo ser humano tiene una cita. a la que no puede faltar nunca, no importa lo lejos y lo imposible que parezca de cumplir. Su rezo quedaría envuelto, como él, entre las hojas secas de la selva. Cerca, muy cerca, Pinto, su perro, su amigo, gemía con desesperados intentos por romper los bejucos.
La noche tan grande como es, llena de gritos, susurros y misterios hondos como los del río, el mar y la montaña, se abatió al fin sobre la selva en cuyo verdor un buscador de orquídeas quería dormirse para siempre mientras que en la distancia un perro ladraba" y ladraba. . .*
En el Tejonar nadie volvió a saber de Nicolás. Ignoraban si fue muerto por las fieras o descansaba en la sombra de algún árbol con una cruz en la cabecera. Nadie sabía si estaba vivo todavía y perdido en un lugar de'
la selva o iba a regresar de nuevo a la aldea que le vio crecer y hacerse hombre. Lo único que de cierto se sabía era que un día se alejó rumbo a la montaña, río arriba, con su amigo el perro, sin que del uno o del otro se volviera a saber jamás.
Su partida y la ausencia fueron de esas que, al rodearlas de misterio el tiempo, se convierten en leyendas que no descifran ni el torrente de los ríos, ni la sombra de las montañas.
Durante noches y más noches el abuelo envió una oración al Señor por su nieto y por el perro pidiendo que algún día regresasen ambos sanos y salvos. Luego las oraciones se fueron haciendo cada vez más raras y más cortas, hasta que un día cesaron de repente, como si el corazón del anciano hubiese olvidado con el tiempo esa manera sublime de conversar con Dios.
María olvidó también a su novio.
Aquella bella y dulce María de ojos negros y cautiva
dores como los pétalos de una orquídea en la que nadie tenía fe, optó un día por casarse con un hombre con un poco más de posición; pero con mucho menos alma de la que tenía el bueno de Nicolás.
Y es que a la mujer no le importa nunca el dueño. de un pobre corazón que no quiso, no ha sabido o nunca pudo cumplirle una promesa de amor.