Ariadna
de Emilia Macaya
Tomado del libro La sombra en el espejo
En
el momento en que despertó, apenas logró oír en la distancia
el sonido de los remos. Las estelas dejadas por el navío al alejarse
de la costa, herían las aguas del mar, transformábanse luego en
mantos de espuma y quedaban finalmente convertidas en pequeñas olas,
que morían al alcanzar la playa. Trató de atrapar, al menos, 10
último de aquellos breves tejidos espumosos, mas siempre escapaban a
su intento, huían de sus manos, en un vaivén continuo y torturante.
Dejó entonces la playa. Se dirigió tierra adentro hacia un pequeño
bosque. Abandonó el cuerpo en un abrazo de sombra, la única que
parecía acogerla con bondad. Se tendió cansada y miró hacia
arriba, en busca de algo que al fin la entibiara. Un rayo de luz se filtró
por entre los árboles, para diluirse en el suelo antes de haber tocado
si quiera la punta de sus pies. La luminosidad, diáfana como los-plácidos
juegos de los dioses, invadía el ,ambiente con multitud de haces que
reverberaban en las piedras a su alrededor, siempre cerca, mas sin llegar a
alcanzarla jamás. Adivinaba en ella misma el cansancio por la fuerza
del llanto y los trajines de la huida, en el viaje engañoso, iniciado
poco tiempo atrás. Ahora, abandonada en aquel lugar de tantas promesas
incumplidas, sentía crecer el odre oscuro en donde dormitaba su extensa
soledad. Intentó asirse al cuerpo del viento; quiso tragarlo y poseerlo
enteramente por el aleteo constante de la nariz; otra vez buscó tocar
aquella luz que en cada ocasión se le alejaba más, huyendo de
nuevo entre los árboles del bosque. El sol amenazaba con marcharse; el
movimiento de su esfera parecía aumentar a cada paso, en un afán
por sumergirla, horas después, en el abismo sin fin del ocaso.
Repasó el latido del cuerpo; constató el rugir de las venas, en
contrapunto alocado con el ciclo solar y el jugueteo del viento. Trató
de atrapar el nuevo rayo de sol con el aro depositado en su tobillo; al resultar
inútil, lo intentó también por el cinto labrado sujeto
a su cintura; por último, puso en línea con el astro la superficie
de los alfileres que sostenían el peplo, sobre cada uno de los hombros.
El haz brillante la evadía caprichoso, para pasar del cielo a la rama,
de la rama al pasto, y terminar diluido en la longitud sagrada de la arena.
A 10 lejos, en el otro extremo de la isla, comenzó a formarse un ruido
inicialmente indefinido, pero que pronto pasó a ser música de
flautas y cantos en apariencia humanos. Al acercarse más, creyó
ella percibir una mezcla extraña de pezuñas y pies sobre el suelo,
en compañía de voces cuyo timbre armonioso contrastaba con extraños
alaridos que luchaban contra algún grado de animalidad, para acoplarse
cabalmente al conjunto. Recordó las fiestas vividas desde su infancia
en el palacio multicolor. Un aroma añejo, perdido ya en el tiempo, inundó
por algunos instantes el ambiente, de la misma manera en que allá, el
hermoso lugar de salas reales y paredes marinas, dejaban salir el mismo olor
las esclavas, al abrir las cráteras encargadas de alegrar el banquete
de los hombres. Cuando pensó que las flautas y las danzas del cortejo
se encontraban ya a pocos pasos de su refugio, todo enmudeció súbitamente.
tos cantos callaron; danzarines y oficiantes cambiaron el baile por un trote
apresurado; poco a poco cesó el golpeteo del suelo, hasta que el lugar
entero volvió a quedar sumergido en el más profundo de los silencios.
De nuevo, todas las cosas lograban escaparse.
Miró el reloj, que en la mesa de noche marcaba las dos de la madrugada. El cuerpo de él, vencido, sudaba copiosamente, tras los últimos e inútiles intentos. Ella se volvió de espaldas, incorporándose ligeramente para encender un cigarrillo. Apagó la luz; La brasa, en las tinieblas de la habitación, se reía de sus entrañas, ardientes aún como una pira funeraria.