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Al
rescate de nuestros tesoros literarios
Esta
sección nace de la necesidad de conocer las obras de
escritores talentosos que son imposible encontrar actualmente
en librerías, queremos rescatar sus ensayos, cuentos,
artículos, poemas y demás tesoros literarios para
acercarlos a ustedes por mientras las editoriales nos las dan
en
papel.
"Por
qué escribo"
Joaquín García Monge
Publicado en Repertorio Americano, en 1920.
Yo no escribo para complacer a todos, ni en busca de aplausos.
Escribo de raro en raro, porque siento la necesidad de darle
expresión a ciertos estados del alma popular costarricense
que me interesan y que deben recogerse, si en verdad queremos
hacer la patria en lo que tenga de espiritual, en lo que revele
un estado de civilización.
Me interesa conocer el pueblo costarricense en lo íntimo:
cómo imagina y crea, cómo reflexiona y redacta,
cuál es su comprensión y su sentimiento de la
familia, del niño, de los animales, del paisaje, de la
justicia, de la amistad, de la projimidad, de la vida religiosa,
de lo sobrenatural, de cuanto carece de importancia para el
narcisismo literario.
En el cuadrito Madres, por ejemplo, el lector comprensivo y
simpático verá cómo la fabulilla, en la
zorra y en la obrera, exalta la maternidad generosa, para la
que sus hijos lo son del sol también. El juicio del conejo
y de la vecina aporta un dato más acerca del sentimiento
popular costarricense del niño. Pero nada de esto puede
ver el juicio criollo, enconado y obtuso.
Declara Lugones que media decena de los romances de Aquileo
y otra media de los cuentos de Magón, dan más
ideas de Costa Rica que veinte tomos de estadística.
Si pintara, si dibujara, si esculpiera, mis asuntos serían
también populares y sencillos. Hay bastantes penas y
alegrías en el alma de nuestro pueblo que aguardan intérpretes
en la línea y en el color. Y de nuestro paisaje, ni se
diga; ahí está en orfandad de espíritu,
barbarizado, porque apenas hay quien lo vea, quien lo sienta
y eternice. Y como en las letras, en el arte pictórico
o escultórico huiría de las suntuosidades y opulencias.
Es una cuestión de temperamento, de convicción
artística. Ya no me satisface la fraseología campanuda,
declaratoria y pasada de moda, de la prosa y versaría
usuales en estos trópicos, ando en busca de lo interno,
de lo que ocurre en el alma de lo demás, de lo que otros
no ven.
Entre tanto, cada uno hace su labor literaria como pueda y como
la entiende; no todos los que escribimos para el público
estamos autorizados para encaramarnos en el retablo de las maravillas
a predicar el quinto evangelio.
La anécdota -el chisme, como dice la suficiencia presuntuosa-
es un excelente y perdurable motivo de arte. En ella se basa
la literatura popular, que es eterna.
Cuando Gorky le pidió su juicio a Tolstoi de la novela
"Tomás Gordéieff, su primera "obra de
aliento" el maestro le contestó:
-Comencé a leerla, pero no la concluí. Perdonadme.
Esa novela no me agrada. Pero he leído, en cambio una
de vuestras novelitas: "La Feria de Goltawa, que si me
ha encantado. Todo en ella es sencillo y sincero. La he leído
y releído:
-Pero es una simple anécdota!
A lo que repuso Tolstoi:
-¡Qué importa! La Carretela de Gogol es también
una simple anécdota. Y sin embargo, se leerá,
aun cuando tú y yo hayamos desaparecido de este mundo.
De las consejas de comadres, en la paz del hogar, han salido
las fábulas y los cuentos, las tradiciones y leyendas,
los poemas épicos y romanceros, y todas las literaturas
vernáculas, de las que descienden las más nuevas,
las más refinadas y elegantes, aunque a simple vista
así no lo parezca.
De tal modo que actuales y futuros escritores nuestros hallarán
motivos de inspiración, y de estudio renovadas sugestiones
poéticas, en los cuentos de mi tía panchita que
ahora recoge Carmen Lyra o en las Concherías de Aquileo.
Como don Ricardo Fernández y don Manuel de Jesús
Jiménez, con sentido del tiempo y visión artística,
han hallado motivos muy curiosos y bonitos para sus narraciones
en los procesos legajes antiguos de nuestros Archivos. Que con
chismes y enredos de los abuelos, también compuso el
difunto Ricardo Palma, muchas de sus inmortales Tradiciones
Peruanas. Al fin de cuentas lo más interesante para el
hombre, es el hombre mismo, con sus hermosuras y sus fealdades.
En lo que se refiere al sentido político y social de
mi cuadro: "El empleo", calzan bien estas palabras
de don Ricardo Jiménez escritas en otro tiempo:
"Quien conozca a Costa Rica pr su prensa, dirá que
las miniaturas "Dos buenos ticos" y "Como si
fuera borrego" son de una inmerecida y cruel ironía.
Pero no: la crueldad no es del escritor, sino de la vida, que,
noventa y nueve veces en ciento, es prosaica y cruel."
Y por lo que atañe a la forma del cuadro citado, al procedimiento
artístico de la composición, también valen
estas otras palabras de don Ricardo, lector de buen gusto:
"Su hablar es diáfano; y pueda que, para producir
la intensa emoción estética, no precisa frases
enmarañadas ni alambicamientos de conceptos".
Por lo demás, jóvenes de exaltados ambiciones,
duerman a pierna suelta o murmuren en corrillos estériles.
Yo no soy sombra ni estorbo de nadie. Nunca lo he sido y me
hastiaría serlo. Ando solo, jamás he tenido discípulos,
ni lo he pretendido, ni lo quiero. No es cosa que me halaga
lo de maestro con que me honran a veces algunos estimadores
míos. Nadie podría decir que en sus prácticas
de composición literaria, yo le he sido incómodo,
yo he interpuesto mis teorías o mis maneras personales
de escribir para obligarlo a seguirme. Ni en letras, ni en disciplina
humana alguna, que vaya cada cual por donde le dé la
gana, sin que eso me importe un bledo. No escribo para darle
normas ni ejemplos a nadie. Que cada quien vea y entienda el
mundo como Dios se lo dé a entender.
La mano franca y calurosa, sí la he tenido para los pocos
jóvenes sinceros que se me han acercado, que trabajan
a conciencia, con modestia y desinterés, no importa cual
sea su credo literario y filosófico. Me hallaron frío
los fatuos y necios, cuyas agresivas urgencias de gloria no
les permiten vivir contentos en estos valles nativos, y cuyas
simpatías o malquerencias se miden por los favores que
se les hacen o se les niega.
Publicado en Repertorio Americano, en 1920.
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