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Autor argentino analiza a profundidad la más reciente novela del escritor Carlos Morales llamada La Rebelión de las Avispas

Carlos Catania                                                        

    Desde Santa Fe, Argentina
Tomado de http://www.eljornalcr.com

Aristófanes, el gran poeta crítico de Atenas, nació a mediados del siglo V a.c. y su fama se acentuó durante la guerra del Peloponeso. Es sabido que no sólo superó ampliamente la antigua comedia, sino que la transformó en el flagelo de los vicios de su época. A la muerte de Pericles, Cleón, curtidor de oficio, asume la dirección de la política ateniense. Sus procedimientos en el ejercicio del poder, repugnaron a Aristófanes. El arconte persiguió al comediógrafo hasta los tribunales, dos años antes de que éste representara Los Caballeros, donde  pone a la luz las violencias y crímenes perpetrados por el “choricero” y los vicios que iban minando la constitución de Atenas.

La virulencia del comediógrafo no tiene parangón. Por otro lado sus sátiras conllevan algo sumamente serio: el mensaje de Aristófanes sobre el valor real de la paz es para todos los siglos.        

Carlos Morales –uno de los periodistas y escritores más relevantes de Costa Rica– dos mil quinientos años más tarde, después de haber escrito novelas y ensayos, haber dirigido durante veinte años el Semanario Universidad y cinco Radio Universidad, se revela como un profundo crítico, cáustico, lancinante, con humor aristofanesco y un malabarismo lingüístico que provoca carcajadas y, a un tiempo, estimula pensamientos adormecidos.

La rebelión de las avispas es una novela condenatoria de las porquerías contemporáneas, del Error Exitoso que domina al universo humano, de las injusticias legalizadas, de la consagración de la estupidez, de corrupción y sectarismos de abierta tendencia nazi.

Carlos Morales conoce muy bien las tribulaciones del renco Bolaños, víctima de las avispas. Como todo hombre que antepone la verdad al interés, a su conveniencia, al acomodo, Bolaños es considerado un peligro no sólo para el Rectorum, sino para las avispas de ciertos panales florecidos y aborregados de la Universidad Popular Auténtica(UPA). En consecuencia, es necesario liquidarlo, y las piapias, después de estrujar sus resecos cacúmenes, acuden al recurso del acoso sexual.

En ningún momento pretende Morales discriminar el lesbianismo o ridiculizarlo en sí mismo. Lo que impugna y denuncia (en un coctel de vitriolo y humor insuperable) son esos abigarrados corpúsculos de “avispas” que, en razón de una acentuada indigencia intelectual y  avanzada neurosis, cierran los ojos ante la hipócrita contradicción de sus “principios”. En rebelión contra los machos, es curiosa su aspiración del todo irracional, por parecerse a ellos, lo que sería legítimo en cuanto a derechos. Sin embargo, ocurre que estas “avispas” ansían el poder. Por otra parte, el hirsutismo las domina. El temor al pene compite con la nostalgia de no tenerlo. La original profundidad en la novela de Morales estriba en haber captado lúcidamente las iniquidades que todo fanatismo celular produce en el seno del organismo social.

Al testimoniar los altos niveles de corrupción en la UPA, pone de relieve el sonido y la furia de lo universal en esta curva del mundo que llaman posmodernismo, término que no significa absolutamente nada. Las “avispas” se ajustan a un catecismo cuyos postulados semejan grafitis de letrina, notablemente parecidos a los clichés utilizados por el Imperio. Un sutil aliento o, si se quiere, una línea de acción inquebrantable, conjuga el tendido de cama a Bolaños con, pongamos por caso, el “golpe de Estado” que derrocó en Chile a Salvador Allende (esto dicho sin intención de hacer un chiste).

En su primer Totolate Newsletter, el renco Bolaños predijo: “…la lucha contra la corrupción y la mediocridad será la jodedera de este insecto que le da nombre al boletín, porque la suerte que corra la UPA será también la suerte del país, y no hay más nobles intereses que los intereses de la patria, cuyas raíces también se ven socavadas por esos dos males del fin de siglo”.

Ardua tarea sería consignar aquí la “personalidad” de todos los personajes que transitan la novela. Sostenidos vitalmente por un lenguaje que fluye como un torrente, todos ellos viven y, en el sentido más profundo de la palabra, son reales, transmiten la certeza de que habitan nuestro mundo, de que traicionan y se encumbran recurriendo a estrategias harto reconocidas como viles y nauseabundas. Pero Morales equilibra, no sucumbe a demagogias, y su novela abre puertas que habían permanecido clausuradas al entendimiento. En suma, la novela se constituye en objeto de conocimiento, lo que distingue, dicho sea de paso, la totalidad de su obra de periodista y escritor.

Cuando en Las nubes,Aristófanes se lanza contra Sócrates y el actor que lo representa exhibe su máscara, el filósofo, asistente al espectáculo, se puso de pie en las gradas a fin de que el público apreciara el parecido entre la máscara y su propio rostro. No creo que nadie se ponga de pie después de leer La rebelión de las avispas. No hace falta. Si no físicamente, metamorfoseados y, en ocasiones tratados con cierta piedad, son tan reconocibles que el gesto resultaría redundante.

No queda más remedio que cerrar esta nota con un lugar común: al que le quepa el sayo que se lo ponga.

El resto NO ES silencio.