La narrativa policial
suele considerarse como un género menor, de escasos valores estéticos
y mediocre influencia en el espíritu humano a pesar de que, como ocurre
en general en la literatura juvenil, hay obras que claramente demuestran voluntad
de renovación, de romper moldes artísticos o temáticos,
oponiéndose a la tradición y comodidad de las fórmulas
repetitivas y prefijadas del género policiaco.
Además, pocos géneros literarios tienen la facilidad de contentar
al público con tan pocas variaciones respecto a sus componentes fundamentales.
La narrativa policial
ha pasado por muchos intentos de definición y clasificación. De
entre ellas, destaca la sencilla clasificación de Todorov en novela de
enigma, novela de suspense y novela negra. Esta clasificación no se basa
en las características del delito ni la forma de narrarlo, sino en la
actitud del autor frente cánones. Son dos las posturas frente al relato
policial: una contestataria, que apuesta por la renovación del género,
y una continuista, totalmente opuesta a la anterior.
Además de estos problemas, hay que añadir la falta de respeto
del valor educativo que se supone presente en todos los libros destinados al
público juvenil, ya que la detectivesca juvenil se reduce prácticamente
a una colección de obras donde uno o varios protagonistas repiten las
mismas aventuras con ligeras variaciones entre uno y otro capítulo.
Por eso es importante destacar obras que rompen los esquemas del género
("Filo entra en acción", de Nöstlinger),los que ponen
a prueba los límites de la literatura infanto-juvenil (la serie "Flanagan",
de A. Martín y J. Ribera) o las obras que cuestionan tanto los esquemas
de la detectivesca como la de la literatura infantil (serie "A turma do
Gordo", de J. C. Marinho).
Según Todorov, la obra policial está compuesta de dos relatos:
el del crimen y el de la solución del mismo. La detectivesca infanto-juvenil
es básicamente una novela de suspense donde el crimen es eludido y hasta
omitido, con elementos de enigma o de novela negra sólo en aquellas obras
destinadas a la segunda etapa adolescente.
Se puede decir que la narrativa detectivesca no es más que una variante
de la novela de aventuras, al menos en su primera etapa. Por otra parte, cabe
destacar la supremacía de la novela frente al cuento, ya que éste
tiene menos valor desde el punto de vista de la intriga.
"Tom Sawyer detective", de Mark Twain, ha sido catalogada como la
primera obra detectivesca juvenil, se publicó en el año 1878,
pero sigue estando demasiado cerca del relato inductivo y, aún un poco
lejos de la literatura infantil de la época. Es ya en este siglo (1928)
cuando el relato policial se adapta a la literatura juvenil. Será el
alemán Kästner, con su obra "Emilio y los detectives",
quien marcará las pautas que caractericen a la novela policial en su
primera época:
* Simplicidad argumental: se trata de un relato de acción (variante de
novelas de aventuras), sin las dificultades propias de la novela de enigma,
pero rodeado de suspense. La progresión de la historia es básicamente
lineal, con algunas escenas paralelas destinadas a aumentar la tensión.
* Omisión de escenas violentas, crudas y sórdidas (característica
lógica en la literatura infanto-juvenil): así se ocultan las graves
consecuencias del delito. Para quitarle importancia al delito en sí,
se recurre a la falsificación o, incluso, al humor.
* Moralismo: los "malos" siempre son castigados, deben pagar por el
delito cometido. A esto hay que añadir que, en la mayoría de los
casos son adultos capturados o desenmascarados por jóvenes.
* Didactismo: se manifiesta, como dice Joel Franz, "en la alta valoración
del conocimiento, la curiosidad, el espíritu emprendedor y la honestidad".
* Clasismo: los protagonistas de la obra pertenecen a la misma clase social
que la mayoría de los lectores de la época.
* Ambiente convencional: los protagonistas desarrollan sus aventuras siempre
sobre el mismo marco y cada episodio poco o nada tiene que ver con el anterior
y el siguiente. La mayoría de estas obras no aportan nada más
que entretenimiento al lector.
* Predominio de la producción occidental: son los anglosajones los principales
productores de narrativa policial.
Esto en cuanto a narrativa policial infanto-juvenil, pero la evolución
del género ha propiciado un nuevo tipo de lector, en transición
entre niño y joven, que exige unas nuevas características acorde
con las expectativas de este nuevo grupo:
* Complejización argumental: introduciendo temas que le afectan o pudieran
afectarle como las drogas o la prostitución, o temas procedentes de la
cultura y la tecnología.
* Tratamiento estilístico y estructural más ambicioso: lo cual
resulta lógico, un lector más evolucionado precisa de obras más
elaboradas, con abundantes elementos metafóricos y jergales.
* Diferenciación en el tratamiento del héroe: los héroes
de la narrativa detectivesca pueden mostrarse bajo distintas tendencias: idealizante,
que suele aplicarse a personajes infantiles; realista, que por razones de identificación
entre protagonista y lector se asocia a personajes adolescentes; y, por último,
el héroe convertido en parodia, reservado a personajes adultos. Así
tenemos a Holmes (sesudo impasible), Poirot (genial ridículo) o a Marlowe
(cínico arruinado). Cabe destacar en este apartado la carencia de mujeres
en los papeles protagonistas de la narrativa policial, que se limitan sólo
a ser víctimas, testigos o, simplemente, "rellenan" un poco
la historia como acompañante del héroe. Quizás por eso
sea conveniente mencionar a Jane Marple, una de las escasas féminas protagonistas
de las novelas de intriga policial. Asimismo, también es importante señalar
que sus historias no salen de la imaginación de un hombre, sino del ingenio
de una escritora, yo creo que ésa es la razón por la que tan sólo
hay una mujer notable entre tanto hombre. No sé de ningún escritor
de este tipo de género que haya convertido a una mujer en protagonista
de sus historias.
* Incremento de lo fantástico, lo mágico y lo maravilloso: sobre
todo en las obras para niños, cuyos casos, ajenos al mundo infantil,
se plantean desde ambientes fantásticos o imaginarios.
* El humor, la parodia, la exageración, la ironía y otros recursos:
sirve para diversificar el disfrute del lector y, en menor medida, para intentar
ocultar los aspectos más agresivos de una historia criminal.
* Pérdida de moralismo y didactismo, al contrario que en la primera etapa
de la narrativa policial, en ésta, más evolucionada, los "malos"
no tienen porque ser castigados y los héroes no siempre son honrados,
a veces, lo único que defienden es una personal visión de la justicia.
* Tiempo y ambiente redimensionado: ahora el tiempo y el espacio dejan de estar
estereotipados, abundando elementos reales o históricos. Por otra parte,
el escenario donde se desarrolla la trama deja de ser excepcional, pasándose
a desarrollar ésta en una gran ciudad.
CONCLUSIONES DEL CASO.
El relato detectivesco
ha dejado de ser un relato puramente policial, ya que tanto la literatura infanto-juvenil
como la narrativa policial para adultos se abren a nuevos campos admitiendo
elementos de ciencia-ficción, de novela histórica o de psicología.
Además, caben destacar las obras del tipo "Construye tu aventura"
o "El libro donde tú eres el héroe", en los que se utiliza
la técnica de Ellery Queen la novela-juego.
Después de tantísimos años de menosprecio, es ahora cuando
la narrativa detectivesca infanto-juvenil comienza a ser debidamente valorada.
A título personal considero que el policial es el único género
capaz de conseguir una integración casi total entre lector y escritor.
Además, la literatura infanto-juvenil debería utilizarse como
elemento para desarrollar la capacidad de motivación y atención
lectora, así como la concentración y la selección de datos,
especialmente si comenzamos con la técnica propuesta por Ellery Queen
o los enigmas mediante ilustraciones de Laurence Treat.
MUERTE EN LA OFICINA
Desde la muerte
de su esposa, pocos meses atrás, Trevor Spencer se mostraba ante los
demás con un carácter muy duro y con muy mal humor. Eso es lo
que comprobó su socio Ian Rudd cuando, en plena reunión en casa
de Trevor, éste le echó en cara todas las pérdidas de la
empresa inmobiliaria que ambos dirigían. Le acusó, además,
del robo de numerosas acciones que habían desaparecido de la caja fuerte
de su despacho y de querer llevar a la empresa a la bancarrota. Tras estas acusaciones,
el señor Rudd ni siquiera se molestó en intentar defenderse.
- Ya hablaremos mañana, cuando estés más sereno - con estas
palabras cerró la puerta tras de sí y se fue.
- Pero ya no pudieron hablar. La mañana siguiente, el cuerpo de Trevor
Spencer apareció en el suelo de su despacho, tras su escritorio, tumbado
sobre un gran charco de sangre. Su mano derecha, entreabierta, sostenía
el revolver del que había salido la bala que le mató.
El sargento Parton, inspector encargado del caso, echó un vistazo a la
habitación con su habitual serenidad. Abrió su cuaderno y escribió
en él todo lo que le había llamado la atención en la escena
del crimen.
- El cuerpo estaba boca abajo, la silla un poco retirada del escritorio.
- La víctima lleva el reloj en la muñeca derecha, posiblemente
fuera zurda.
- El revolver se encontró en su mano derecha.
- La ventana al despacho, en una octava planta, estaba abierta; fuera estaba
nevando.
- Sobre la mesa del despacho destacan una carta del banco y de la aseguradora,
un cenicero repleto de colillas y una botella de whisky casi vacía.
- Hay cristales en la parte del despacho opuesta al escritorio.
- La lámpara de mesa estaba encendida y el teléfono descolgado.
- Se encontraron papeles quemados en la papelera.
- Numerosos papeles en el suelo y un cuadro roto denotaban indicios de violencia.
El inspector Parton
cerró su cuaderno convencido de que había algo que no iba bien
en este caso. Ni siquiera estaba seguro de que el señor Spencer hubiera
sido asesinado.
Cuando llegaron los análisis de la huellas dactilares halladas en el
lugar del crimen, se encontró que la mayoría, como era de suponer,
pertenecían a Trevor Spencer, pero también hallaron las huellas
de su socio, el señor Rudd, de su sobrina Laura y del vigilante de seguridad
en el picaporte de la puerta de entrada.
Tras interrogar a los tres sospechosos, el inspector Parton volvió a
abrir su cuaderno para apuntar en él las conclusiones de las declaraciones:
- Según el vigilante, el señor Spencer llegó a las 6:12,
estaba seguro porque firmó en el registro donde el vigilante había
apuntado la hora. Pocos minutos después, Trevor bajó alegando
que se le había olvidado la llave de su despacho, y el vigilante le acompañó
para abrirle la puerta. A las 6:21 el vigilante estaba de nuevo en su puesto.
La cinta de video de seguridad corrobora su declaración. No oyó
ni vio nada sospechoso en toda la noche.
- Laura Spencer, sobrina de la víctima. Trabaja en la misma empresa que
dirigía su tío, él le consiguió el empleo. Visitaba
regularmente el despacho de su tío, sobre todo desde la muerte de la
señora Spencer.
- Ian Rudd, el socio. Declaró que la víctima y él habían
discutido acaloradamente la noche anterior al suceso. El señor Spencer
le había acusado de robo. Esto lo convertía en el principal sospechoso.
Sin embargo, el señor Rudd demostró posteriormente su inocencia
de las acusaciones de las que le culpaba el señor Spencer, pero esto
no le eximía de las sospechas de asesinato.
El inspector Parton estudió cuidadosamente las anotaciones de su cuaderno
y, levantándose repentinamente de su escritorio le dijo al capitán
que ya sabía lo que había sucedido.
* Y tú, ¿qué crees que pasó la noche del crimen?
* ¿Pudo el señor Spencer ser víctima de un robo?
* ¿Crees que el señor Spencer fue asesinado?
* Si es así, ¿quién pudo hacerlo? ¿Por qué?
¿Cómo?
* Intenta reconstruir los hechos.
Solución
en la página 15
ÁGATHA CHRISTIE:
LA CAJA DE BOMBONES (adaptación)
El señor
Déroulard, brillante diputado francés, militante del partido anticatólico,
había muerto repentinamente tras la cena. Su muerte fue atribuida a un
fallo cardíaco. Este hecho tuvo lugar coincidiendo con la dimisión
de un ministro cuya cartera tenía que heredar.
Paul Déroulard, afamado mujeriego, heredó una gran fortuna tras
la muerte de su esposa, una adinerada belga, fallecida dos años después
de su matrimonio con el diputado francés como consecuencia de una fatal
caída por las escaleras del domicilio familiar.
A pesar de que el caso, aparentemente, no revestía dudas en cuanto a
la naturaleza de la muerte, ya que oficialmente se consideró muerte por
fallo cardíaco, pocos días después del accidente se personó
ante Hércules Poirot una sobrina del fallecido alegando que tenía
sospechas de que su tío podía haber sido víctima de un
asesinato.
La señorita Virginie Mesnard puso al corriente al detective de los hechos
y de las personas que se encontraban en la casa la noche del suceso. Además
de ella, en la casa se encontraba el servicio, formado por tres sirvientas:
Jeannette, Félice y la cocinera Denise y François, un antiguo
criado, la madre del señor Déroulard, que vivía con él,
y dos invitados: el señor de Saint Alard, un vecino del señor
Déroulard en Francia y un amigo inglés, el señor John Wilson.
Los hechos narrados por los testigos tampoco aportaban pruebas significativas
de que sucediera un asesinato: después de la cena, madame Déroulard
se retiró a sus aposentos acompañada por Virginie. Los tres hombres,
tras pasar al estudio, estuvieron charlando amigablemente durante un rato. De
repente, sin más, el diputado cayó pesadamente al suelo. El señor
de Saint Alard salió precipitadamente de la estancia para ordenar a François
que corriera en busca de un médico. Pero cuando el doctor llegó,
el señor Déroulard había fallecido.
El señor Poirot aceptó ayudar a la señorita Mesnard y,
con la excusa de ser un periodista venido de París, fue a la casa del
fallecido para, después de entrevistarse con los sirvientes sin sacar
ninguna conclusión ( ya que todos habían comido lo mismo y había
sido servido por el propio fallecido) analizar el escenario del crimen.
Cuando ya estaba a punto de abandonar el caso por falta de evidencias, observó
algo en la sala que le llamó poderosamente la atención: una caja
de bombones. Era una caja en la que no faltaba ni un solo bombón, pero,
lo que realmente intrigó al detective fue que la caja era de color rosa
y, sin embargo, la tapa era azul. A partir de este dato giraron todas las investigaciones
de Poirot, con la certeza ahora sí, de que la muerte del señor
Déroulard podía deberse a un envenenamiento. La cuestión
era saber quién y por qué querría alguien matar al diputado
francés.
Sin embargo, el primer interrogante que debería resolver el detective
era quién podría tener acceso al veneno que se introdujera en
el bombón que le costó la vida al señor Déroulard.
Tras numerosas investigaciones averiguó que la madre del fallecido necesitaba
unas gotas para los ojos compuestas de sulfato de atropina, pero la receta de
la que le informaron en la farmacia databa de mucho tiempo atrás. También
descubrió que el día anterior a la tragedia, el señor John
Wilson había recogido de otra farmacia unos comprimidos de trinitrina,
que, aunque no es considerado un veneno, puede causar la muerte de una persona
si se suministra una gran dosis. Era un medicamento adecuado para algunas dolencias
cardíacas y se presentaban en comprimidos de chocolate.
Parecía que todo estaba claro para Poirot, pero no entendía qué
motivo podía tener el inglés para envenenar al señor Déroulard.
Sin embargo, pensó que el señor Saint Alard sí podía
tener motivos al tratarse de un fanático religioso, de mentalidad totalmente
opuesta a la del fallecido. El señor Wilson tenía el medio y el
señor Saint Alard el móvil. ¿Podría éste
haber cogido el bote de comprimidos de trinitrina del lavabo del señor
Wilson?
Haciéndose pasar por un fontanero, Hércules Poirot consiguió
entrar en la casa de su principal sospechoso, hallando en su armario cerrado
de su cuarto de baño el bote de comprimidos del señor Wilson.
ELIGE EL FINAL.
Final 1:
El señor de Saint Alard confesó su crimen. El día anterior
había cogido el bote del lavabo del señor Wilson con cuidado de
no llamar la atención entre los habitantes de la casa. Sabiendo que tan
solo el fallecido y su sobrina eran los que solían tomar chocolate después
de cenar, introdujo un gran número de comprimidos en el único
bombón que quedaba en la caja con la esperanza de que fuera su anfitrión
y no la joven quien comiera ese bombón, como sucedió finalmente.
Con respecto a la caja y la tapadera, sólo dijo que se trató de
un error fatal. Con respecto al móvil, alegó que un fanático
religioso no podía soportar que un acérrimo militante del partido
anticatólico fuera nombrado ministro. Juró que evitaría
que eso pasara, y cumplió su promesa, aun a riesgo de perder su libertad.
Final 2:
Cuando el detective Hércules Poirot estaba a punto de entregar un informe
a la policía francesa inculpando a Saint Alard de la muerte del señor
Déroulard, recibió una nota de confesión. Su autor, John
Wilson, explicaba en ella los motivos que le habían llevado a cometer
el crimen: por algún motivo que no explicaba en la carta, el señor
Wilson estaba convencido de que la muerte de la señora Déroulard
no fue un accidente, culpando de ella a su marido. El señor Wilson siempre
estuvo enamorado de la fallecida señora Déroulard, incluso le
pidió matrimonio antes de conocer ella al que luego se convirtió
en su esposo y, según el inglés, también en su asesino.
Llevaba mucho tiempo planeando el final de Paul Déroulard, y lo había
conseguido, ya había vengado la muerte de su amada. Fue fácil
esconder el bote de comprimidos en el abrigo del señor Saint Alard y
culpar de su pérdida al servicio de la casa de su anfitrión y
víctima.
El cuerpo del señor Wilson fue encontrado pocos días después
de recibir Poirot la carta, se había disparado un tiro en la cabeza.
Final 3:
Cuando el detective Hércules Poirot estaba terminando de elaborar el
informe que entregaría a la policía francesa inculpando a Saint
Alard de la muerte de Paul Déroulard, recibió una nota de la anciana
madame Déroulard, pidiéndole que se personara ante ella. Una vez
allí, el detective le informó sobre sus averiguaciones:
- Madame, mi investigación ha terminado.
- ¿Mi hijo?.
- Le mataron deliberadamente.
- ¿Sabe usted quién lo hizo?.
- El señor de Saint Alard.
La anciana señora negó con la cabeza.
- Está en un error. El señor de Saint Alard es incapaz de un crimen
semejante.
- Tengo en mis manos las pruebas.
Cuando el detective terminó de explicar sus conclusiones a la anciana,
ésta movió la cabeza asintiendo.
- Sí, sí todo es como usted dice, excepto en una cosa. No fue
el señor de Saint Alard quien mató a mi hijo. Fui yo, su madre.
Mi hijo era un mal hombre. Perseguía a la Iglesia. Llevaba una vida pecaminosa.
Y con él arrastraba a otras almas. Pero aún había cosas
peores. Una mañana, al salir de mi cuarto, en esta misma casa, percibí
a mi nuera de pie en lo alto de la escalera. Estaba leyendo una carta. Vi como
mi hijo se deslizaba hasta situarse a sus espaldas. Un rápido empujón,
y ella, su mujer, rodó escaleras abajo; su cabeza chocó contra
los peldaños de mármol. Cuando la recogieron estaba su muerta.
Mi hijo era un asesino y sólo yo, su madre, lo sabía. ¿Qué
podía hacer? ¿denunciarlo a la policía?.
- Monsieur Poirot, estoy en sus manos. Me dicen que no me quedan muchos días
de vida. Estoy dispuesto a rendir cuantas por mi acto ante el buen Dios. ¿Debo
también rendirlas aquí, en la tierra?.
La anciana señora Déroulard murió una semana después.
Solución en la página 15
SOLUCIONES:
MUERTE EN LA OFICINA:
El señor Spencer no pudo ser víctima de un robo, ya que la puerta
estaba cerrada con llave por dentro y nadie se atrevería a intentar escalar
una altura de ocho plantas para robar una oficina, y menos si está nevando,
como en este caso. La solución más lógica es pensar que
el señor Spencer se suicidó. La carta del banco demostraba que
la empresa estaba en bancarrota y él arruinado. La carta de la aseguradora
era una póliza de un seguro de vida por valor de 300.000 dólares
que debería cobrar su hijo si su muerte no se producía por suicidio,
de ahí que el señor Spencer debiera simular un asesinato.
Ninguno de los acusados tenía motivos para asesinarle, además,
si hubieran querido que pareciese un suicidio, no hubieran cometido el error
de colocar el arma en la mano equivocada.
LA CAJA DE BOMBONES:
Tan solo una de las posibles soluciones es la verdadera, en este caso es el
Final 3, así lo explica Hércules Poirot a su amigo Hastings:
- "¿Es que no lo ve usted? Mis células grises no funcionaron.
Todo el tiempo tuve en mis manos la verdadera pista: ¡La caja de bombones!
¿No lo ve? ¿Habría cometido semejante error una persona
que viera perfectamente? Sabía que madame Déroulard tenía
cataratas... Lo supe por las gotas de atropina. Sólo había una
persona en la casa cuya visión defectuosa le impidiera ver que tapa tenía
que colocar. Fue la caja de bombones lo que me puso sobre la pista, y sin embargo,
durante toda la investigación, no supe darme cuenta de su verdadero significado.
Y también fallaron mis dotes de psicólogo. De haber sido el señor
de Saint Alard el criminal jamás hubiera conservado en su poder un frasco
comprometedor. Encontrarlo era una prueba de su inocencia".
BIBLIOGRAFÍA.
CHRISTIE, A. (1987):
Obras completas. Orby, Barcelona.
FERRER, R.: "Las imágenes de la novela criminal". . CLIJ. Grupo
Everest, pp.17-20, Junio 1989.
FRANZ ROSELL, J.: "La narrativa detectivesca". CLIJ. Grupo Everest,
pp. 8-15, Enero 1999.
FUSTER, J.: "Novela negra". CLIJ. Grupo Everest, pp.11-15, Junio 1989.
VÁZQUEZ MONTALBAN, M.: "Género, subgénero, postgénero,
pregénero". CLIJ. Grupo Everest, pp.8-9, Junio 1989.