ESTIMULAR LA AFICION A LA LECTURA

¿Quién podría explicar la diferencia que hay entre una persona que lee y otra que no lee? Si lo pusiéramos a público debate, o simplemente a discusión de mesa redonda entre alumnos de diez a catorce años, veríamos cómo, sin gran trabajo, sin campañas de propaganda ni de orientaciones tendenciosas, daríamos con el resultado de que "la diferencia es abismal". Si luego, con estos mismos alumnos, queremos meter las manos en la masa e ir directamente al grano... ¡ah! Entonces será otro cantar. La gente no está por el asunto. Son desgraciadamente muchos los que no leen y, lo que es peor, son muchos también aquellos a quienes no les preocupa lo más mínimo este problema. Porque verdaderamente es un problema.
He tenido la ocasión de hablar con personas mayores que, por los bandazos que les ha dado la vida, no han podido aprender a leer, ni siquiera se les ha brindado ocasión de hacerlo. Se lamentan, añoran y, si por fin llega la ocasión de enderezar el agravio y llegan a conseguirlo, bendicen la hora de la oportunidad, y bendicen y adoran a quien les ha enseñado.
Quienes trabajamos en la escuela no podemos ni lamentarnos ni escuchar lamentos de esta especie. Todo el que va a una escuela o colegio, o sabe ya leer o tendrá que aprender. Pero nuestro tema hoy es otro. Cuando hablamos de lectura, hablamos de "afición a la lectura". Cuando decimos "aprender a leer", "saber leer", no nos referimos a aquello de la m con a, ma, y la t con la i, ti. A eso le llamamos mejor aprender a "casar letras", y lo damos por hecho y sabido. Lo que nos ocupa y debe preocuparnos es que estos alumnos, que saben ya "casar", vayan cogiendo afición, ganas y, si es posible, hasta hambre de libros, o al menos un poco de apetito.
Primeramente: ¿cuál es la razón de esta impotencia, de esta inapetencia, de esta falta de ganas para coger un libro y luego otro? La misma que para tantas otras cosas que, pudiendo fácilmente hacerse, no se hacen a las que, pudiendo dedicarles alguna hora semanal, no se les dedica.
He dicho la palabra "hora", que es tanto como decir la palabra "tiempo". Al menos como disculpa la tienen muchos de los que, sabiendo leer, no gustan de hacerlo. El placer de la lectura no es lo suficiente atractivo para estos niños, a veces no tan niños, que esgrimen siempre el reparo- disculpa, que no es disculpa ni es reparo, del "no tengo tiempo".
Tristemente es verdad que habrá de contar con un doloroso esfuerzo para la conquista del lector que no se siente inclinado a la lectura.
Cuesta, es cierto, y lo mismo aquí que en el mercado, todo lo que cuesta es porque vale, porque sirve.


El obstáculo de la televisión

No podemos de ninguna manera hablar de imposiciones, ni drásticas ni menos drásticas. Son siempre contraproducentes. El enemigo número uno suele ser la televisión. (No hace falta argumentar ni tratar de convencer: estamos todos convencidos). No intentes desprestigiar ni ridiculizar la llamada "caja tonta", porque suele ser tal la adicción que existe que, con estas dialécticas, se afianzan más en su engañoso criterio. Además que algunos niños, por llevar la contraria... No puede presentarse nadie en esta noble batalla con aires de conquistador pues, ya de entrada, lo que encontraríamos sería el rechazo por sistema.
Bien es verdad que cada día resulta más difícil imponerse, por temor a perder la clientela, y ciertamente se corre el riesgo de perderla. Pero no nos engañemos. Hay que crear una disciplina, hay que predicar a favor del esfuerzo y no esperar, como ya ocurre en muchos centros, que, cediendo y concediendo, se acaba reconociendo el deterioro de la convivencia profesor- alumno. Es lamentable. Una vez más, "más vale prevenir que lamentar". Los ejemplos que nos rodean ciertamente no nos ayudan gran cosa. Más bien estorban y dificultan. Hay que conseguir que nuestros alumnos " amen lo que hagan" y no que "hagan lo que aman", al menos en exclusiva.
¿Qué hay que presentar todo azucarado? ¡Cuidado! No ocurra que, de tanto tomar azúcar, lleguemos a aborrecerlo, porque acaba empalagando.
Equilibrio entre derechos y deberes.
Disfrutar, sí, de los derechos y aceptar los deberes. Educar no es dar. Es darse. Es exigirse y exigir. La democracia no consiste en que cada uno puede hacer lo que le dé la gana, sino en saber que todos podemos y debemos hacer algo. Luego vendrá el saber para qué sirve ese algo, y finalmente el poner tus talentos al servicio de todos.
Nadie lo sabe todo y nadie hace todo bien. Si acudimos nuestros egoísmos, habremos dado un gran paso, habremos recorrido una buena parte del camino.
¡Tanto como se habla hoy de educar para el tiempo libre! Cada día hay más tiempo libre, aunque nos guste presumir de lo contrario, y de prisas. Cada día hay más cosas que se nos dan hechas. Cada día hay más jubilados y gente aburrida. Cada día, debido a las nuevas técnicas de aprendizaje, es menos agotadora la enseñanza.
No es imprescindible, aunque sea muy útil, el descanso y las ocupaciones lúdicas, abandonando la actividad intelectual a cambio únicamente de juego, diversiones y conversaciones insustanciales de pandilla. El descanso, el autodesarrollo, la creatividad, la información que suministra la lectura, siempre enriquecen.


No imponer ni imponerse
No obligar, no forzar. A nadie le gustan los trabajos forzados que traen a la memoria de los niños imágenes de presos en las minas arrastrando cadenas y bolas de hierro en cárceles y penales, o escenas de esclavitud. De entrada, habrá rechazo.
Dejemos al niño que lea completa la obra que le entretiene, que llegue por sus medios hasta el final, generalmente feliz. No pensemos en exquisiteces ni en trozos señalados a modo de florilegio literario. El niño quiere saber no sólo el final sino todo el conjunto de detalles de la historia o aventura que tiene entre manos. Está en su derecho, además de ser muy formativo.
No insistir en que este libro es interesantísimo. Quizás para ti lo sea. ¿ quién te da derecho a pensar que tu gusto es el mejor, que estás en posesión del gusto más refinado?. Hay quien deleita su paladar con marisco y otros platos selectos y exóticos, mientras otros ponen el horizonte de su placer gastronómico en unas simples patatas con chorizo y en una vulgar cazoleta de habichuelas.
Educar el sentido crítico del niño.
Esto contribuye a desarrollar su personalidad, preparándole más y mejor para su vida. Hacer una crítica del libro que se lee. Hacerla, pero sin preocupaciones, sin que aparezca nunca como una tarea escolar más. El niño se siente libre, con dominio sobre el libro, a gusto, hace los primeros pinitos de ser todo un hombre, de ser ya capaz de juzgar.
Una crítica pudiera ser así:
1. Califica al libro del 1 al 10.
2. Califica al libro como muy bueno, bueno, malo, muy malo.
3. ¿Por qué es bueno, regular o malo?
4. En qué parte del libro has gozado más?
5. ¿Sientes ganas de leer otro libro de ese estilo?
6. ¿Sientes ganas de leer otro libro de ese autor?
7. ¿Qué personaje o personajillo te ha caído ,más simpático?
Etcétera, etcétera.

"No me cuentes. Déjame que lo lea. Déjame que lo vea", decimos y oímos a menudo, cuando tratamos de anticipar acontecimientos de un libro o de una película. Buena señal. Eso quiere decir que el libro me interesa. Cuando comparamos una misma obra vista en película o leída en un libro, por regla general concluimos que nos sabe a más en el libro que en el cine. Y es que la película no ha supuesto esfuerzo, y en el libro, y con nuestro pequeño esfuerzo, vamos descubriendo y vamos saboreando.
También debemos enseñar a diferenciar entre libro de texto y libro de lectura, y esto, aún más para los "empollones", que también se educa demostrando que hay que tener tiempo para todo.
Y por último, la píldora mágica: hacerlo todo y siempre animado, estimulando. Una palabra de aliento. Una felicitación a tiempo. Saber ser optimistas y despertar el optimismo. Si en el mundo hubiera más optimistas, no lo dudemos, el mundo caminaría de manera muy distinta. A nosotros profesores, a nosotros educadores nos toca enseñar, sembrar optimismo. Es nuestra asignatura pendiente. Lo que pasa es que..."nadie da lo que no tiene".