El papá de Cocorí
Por Evelyn Ugalde
Yo tengo un clarín de oro
y un gorrito carmesí
y con mi canto sonoro
despierto al caimán, al toro,
al león, al jabalí,
a la tortuga y al loro
y al negrito CocoríLuego de escuchar el clarín de oro seguido de su nombre el personaje del libro Cocorí, un negrito cachetón de pelo ensortijado cobró vida para venirnos a relatar historias muy secretas sobre su tata, su papá: Joaquín Gutiérrez.
Kikiriquí, ya estoy aquí dijo Cocorí remedando a su amigo el gallo quien siempre lo despierta allá en su casa, en el caliente Limón, en donde vive con su mamá Drusila, su monito tití, y donde comparte aventuras con doña Modorra, don Torcuato y el negro Cantor.
Vengo a contarles un poco de la vida de mi papá Joaquín Gutiérrez, porque aunque no lo crean los personajes imaginarios conversamos mucho con nuestros creadores, como habitamos dentro de la mente de ellos, imagínese las conversadas que nos dábamos:
Bueno, don Joaquín -como lo llamábamos de cariño- nació en Limón el 30 de marzo 1918. Al igual que yo, él también era un chiquillo curioso que disfrutaba jugar en las pozas, la playa y la selva caribeña.
Su primer recuerdo fue a los 5 años un día en que despertó alarmado por el escándalo de unos triquitraques que su padre había colocado en la ventana de su cuarto, para sorprenderlo porque le había traído el ansiado velocípedo que muchas veces le había pedido.
Luego de un tiempo, su familia se trasladó a San José. Allí, Joaquín ingresó a estudiar en la escuela La Dolorosa, en donde según me contaba lo primero que le hicieron fue un examen y gracias a que su mamá le había enseñado a hacer las cuatro operaciones, pudo saltarse el primer año y pasó de una vez a segundo.
Del barrio de La Merced siempre me hablaba de su primera "noviecita". Era muy enamoradizo don Joaquín, él siempre recordaba el día en que la niña, que era dos años mayor, le regaló para Nochebuena un monederito de cuero con broche de oro en el que se leía "14 kilates"! Nunca olvidaba cuando corrió a romper el chancho de barro con sus ahorros para regalarle unos perritos de porcelana.
Nosotros hablábamos mucho de libros; su primer lectura había sido un libro sobre un Robinson Crusoe suizo que tras naufragar fue a parar a una isla de América con toda su familia, me acuerdo que le encantaba enseñar ese libro que era una edición de 1920.
Y es que desde chiquillo Joaquín ya era escritor. Desde los 10 años creaba versos y los regalaba a sus compañeros. Siempre le gustó estar entre escritores, él contaba que aunque era el más chiquillo del grupo, el metete, muchos grandes escritores fueron sus amigos como Carlos Luis Fallas, Yolanda Oreamuno, Francisco Amighetti, Max Jiménez y Carmen Lyra, a esta última le encantaba chillarla porque se sonrojaba por todo.
Al terminar sus estudios, Joaquín se fue a estudiar al país de los hombres rubios, Estados Unidos, en dónde aprendió inglés y luego las vueltas de la vida lo llevaron a visitar muchos países, fue todo un trotamundo mi papá, ya sea por sus trabajos de periodismo, de corresponsal de guerra, de traductor o por que era todo un campeón del ajedrez, imagínense que hasta boxeo practicó.
Pero su gran amor era la escritura, de la que nací yo, pero también obras como Manglar Puerto Limón, Murámonos Federico, Te acordás hermano, Chinto Pinto y varios libros de viajes, poesías, memorias y crónicas periodísticas.
No crean que les estoy rajando pero les quiero contar que Cocorí -el libro en el que vivo-, fue premio Rapa Nui en 1947, se ha traducido a muchos países y en varias partes del mundo han hecho títeres y obras de teatro basadas en mi historia.
Sus otros libros también hicieron dueño a don Joaquín de premios como el Casa de las Américas, el Nacional de Cultura Magón, dos Aquileo Echeverría y el Mundial de Literatura José Marti. El día en que la Universidad de Costa Rica le dio el Doctorado Honoris Causa yo no aguantaba la contentera. ¡Todo un señor escritor!
Yo estoy tan orgulloso de ser su hijo, su personaje más conocido y cada vez que recuerdo que murió hace 3 años, me salen unas lagrimitas que mi mamá Drusila logra borrar con su delantal.
Pero luego salto y canto de la alegría, -como me enseña a hacerlo el negro Cantor - cuando sé que muchos niños y adultos continúan leyendo sus obras, porque esa es la mejor forma de que don Joaquín esté con nosotros.
Bueno, me voy, porque don Torcuato quiere comerse a doña Modorra por ser tan impuntual...