Por qué leer hoy a los clásicos

Por Luis Alberto de Cuenca
Colaboración de Librería Lehmann

Clásico es aquel autor cuya obra se considera digna de imitación, y ello en cualquier literatura o arte. La imitación no se entiende en modo alguno como marco dentro del cual la personalidad del imitador queda como en prisión, sino por el contrario, como disciplina que ha de contribuir esencialmente a la formación y desarrollo de la personalidad creadora. Así lo entendieron en el Renacimiento. De esa manera, surgieron otros clásicos de la imitación de los antiguos, y junto a Homero y Virgilio, Platón y Séneca, Tucídides y Tito Livio, se alienaron autores como Ariosto, Montaigne, Cervantes, Shakespeare o Camoes, que pasaron a ser considerados dignos de imitación, esto es, a la categoría de clásicos.
¿Qué ocurre cuando falla el criterio de la imitación? Es evidente que, a partir del Romanticismo, el ideal imitativo se viene abajo. Explicado en pocas palabras: los escritores siguen imitando en la misma medida que antes, pero prefieren no reconocerlo. Pues bien, tampoco en este caso se vulnera la norma, porque Hölderlin, Shelley, Potocki o Larra, y también Borges, Faulkner, Mann o Proust, son a su vez dignos de imitación y, por lo tanto, clásicos; aunque en la raíz de su escritura no esté el principio imitativo y aunque nadie los vaya a imitar nunca.
La vieja polémica entre los clásicos y modernos carece de vigencia en nuestros días. Las palabras "imitación" o "reglas" no tienen hoy el sentido coercitivo que tuvieron ayer. Toda obra literaria tiene sus reglas, desde el mesopotámico cantar de Gilgamesh a un poema de Tzara. Reglas viejísimas y sabias que distinguen el hecho literario de la simple acumulación de palabras, y lo que implica forma y belleza del enunciado amorfo e insustancial.
Pero nuestra belleza no es la de los antiguos. El desorden, la falta de armonía, el sinsentido y la banalidad pueden formar parte de ella. Nuestra valoración estética lo es de resultados, no de actitudes. La Historia ha terminado por hacer del hombre de finales del siglo XX un ser presuntamente libre y decididamente omnívoro.
Lo que no cambian son ciertas lecturas. Los editores saben que los libros que componen la Biblia, los poemas homéricos o el Quijote siguen siendo una buena apuesta. Los clásicos continúan ahí, sin una mota de polvo y obedientes al éxito. Nunca vuelven. Parece inútil regresar de la propia casa. Porque nuestro mundo es casa, la casa que ellos mismos fabricaron al fabricar el mundo que ahora llamamos nuestro.
Nos identificamos con los clásicos. Tendemos siempre a identificarnos con lo mejor de aquello que percibimos al otro lado del espejo, aunque lo mejor sea lo terrible, la maldad de Ravana o la traición de Hagen. Nos divertimos con los clásicos. Su tiempo no es el de la muerte. Viven en otro tiempo los clásicos. Pueden ser de ahora y de aquí, pero son de otro tiempo. Del tiempo que ilumina la oscura cárcel de la vida ofreciendo modelos, estupendos modelos de fabricación exclusiva para engañar la angustia y la soledad cotidianas. Modelos nutritivos para saciar el hambre y la sed de maravillas que nos atormenta y consume. Modelos que imitar y enseñar a la familia. Modelos con lo que salir a la calle y despertar la envidia de los viandantes. Los clásicos ayudan a vivir. Y, afortunadamente, están vivos.