El fuego y la siesta.
"Aledaños de la casa, del centro, del barrio
que he visto siempre y por donde, años y años, me paseo".
(C.P.Cavafis: POESÍA, II, 1919-1933)
Jornada
Aquí quedó oscilando mi última furia.
Engullo cada mancha de la pared,
cada clavo.
Y me siento dueña de mi voz descolgándose,
palpo sus aristas y me quedo quieta,
absorbo su semilla y ya no se esparce.
Me tiendo sin una piedra o talismán.
Recorro el cuarto con los ojos abiertos:
no hay visiones,
sólo la noche que cae después del trabajo.
Paseante
Abres tu casa.
Las calles y las ramas son la agitación
de la tierra pujante y ruidosa.
Das vueltas y no vuelves.
La soledad te escarba los hombros
en este sitio donde el polvo
cierra la boca a las palabras.
Atrás alguien se duerme en el sopor.
A uno le duele algo
y si esto fue antes tierra firme no importa.
Timbre
Al anochecer
oculta su pan que está duro.
No oye.
Pero tampoco llaman.
?Por qué lado llegó?
?De dónde vino esta verguenza?
Separado entre los otros,
apenas advierte
que hay algo por hacer.
Luz en las casas.
?Serán amigos esos rostros en las ventanas?
Vuélvese el infeliz
y siente su cabeza como un trozo de tiza rechinante.
Tegucigalpa
Me dueles
como si el aire entumecido de tus tejados fuera conmigo
y me dieras la fuerza en un jadeo.
Dejas piedritas en los ojos
-visibles en las noches-
Temo caer.
Balbuceo frente a un mapa.
Pienso huir y sigo buscándote,
tierra hendida donde me ahogo y broto ásperamente.
Vagabundo
Y yo me había ido.
Las voces del mundo tenían el sonido de un muro.
Como una boca seca una campana chasquea.
No hay puertas. Miro el cielo con impaciencia.
En el borde de un bosque el viento se oye,
toca la memoria como un violín.
Las hojas caen. Se tienden contra el cielo.