Manuel Delgado
Una de la más sentidas carencias de nuestra literatura es el ensayo. Año con año lo jurados entregan un "Aquileo Echeverría" en esta categoría, y ellos recaen, algunas veces, en obras de gran valor científico y cultural, pero que en general están lejos de ser merecedoras del título honroso de ensayos.
Son, algunas veces, tesis de grado corregidas y mejoradas, resultados de procesos de labor académica o investigaciones de gran valor social, todas cargadas de un rigor encomiable y, no pocas veces, de un rigidez deleznable. Son literatura sin literatura.
Porque hay que dejar clara, de entrada, una cosa fundamental: cuando tratamos del ensayo estamos adentrándonos en un género literario, es decir, en una cosa que, antes que todo, debe ser juzgada con parámetros estéticos. Y las tesis de grado, resúmenes de investigaciones, tratados científicos y otros de esa corriente tienen la obligación de ser tan formales, tan poco imaginativos, tan tiesos, que sus autores lo primero que arrojan por la ventana es la preocupación por la belleza del lenguaje, no solo en relación con el párrafo o la forma de acomodar las palabras en la frase, sino incluso la estructura total de la la obra, que se presenta de una forma completamente predecible. Hay en ellas mucha rigurosidad, pero carecen del encanto de la sorpresa, esencial en la obra literaria.
Posiblemente a Azorín le importaba muy poco de cuántos centímetros cúbicos adolecía su Castilla enjuta y reseca. El la mira desde un balcón, alejada del mar, cargada de nostalgia, convertida en objeto de uno de los libros de ensayos más maravillosos jamás escritos.
Azorín era un literato, un narrador, además de ensayista. Ortega, por el contrario, era un filósofo, lleno de intuiciones atrevidas, es cierto, pero no exento de rigurosidad. Pero tampoco encontrará el lector la complejidad académica, cargada de notas biográficas y bibliográficas sobre Sthendal cuando su prorpósito es hablarnos del amor a través de la obra del autor francés. Y es que quizá se podrían quemar varias Romas con páginas de enjundia pura que jamás llegarían a describirnos ese sentimiento tan sublime y tan perverso sin la intuición poética que guía el filósofo en su obra.
¿Y qué decir de Unamuno? Para cualquier especialista en psicología o en psiquiatría su Sentimiento trágico de la vida solo puede ser obra de un desequilibrio mental y no, como en realidad lo es, un producto de su creación artística.
Pero a nosotros nos cuesta hacer ensayos, nos cuesta adentrarnos en el pensamiento libre, quizá porque somos demasiados reacios a adquirir compromisos con el pensamiento.
Ensayos, de los buenos, cargados de intuición y compromiso, son lo que Víctor Flury ha reunido en su colección de "artículos" (perdonen el término técnico) para que el que escogió el mejor de los títulos: Licencia para vivir. Porque la vida es esa inquietud, en la que el filósofo del balcón mira en un hoja que se mueve, o la Castilla enjuta que no mira el mar, el reflejo de algo más hondo, que le permite hacerse cargo de la existencia o, al menos, de un parte de ella.
Y es eso precisamente a lo que Flury nos ha acostumbrado por varias décadas: a tomar los elementos de la vida diaria (el mal estado de las aceras, por ejemplo) para alumbrarnos retazos de enfermedades profundas o de sanidades inmensas de nuestra vida social. Más que construir grandes sistemas, esa es la misión más radical del filósofo, y Flury es un filósofo a carta cabal. Y esa misma es la labor del poeta auténtico, que antes que versificador es un filósofo.
Al mismo tiempo, como buen escritor que es, recoge ese pathos de la sorpresa, con una pluma, además, cargada de valores estéticos.
Licencia para vivir es, entonces, licencia para pensar, y también licencia para solazarnos con el gusto irrenunciable de la palabra.
Junto a esta obra, Flury ha publicado una selección de sus múltiples críticas de cine. Sobre ella, es mejor que hablen los que saben de cine, disciplina en que que me declaro ignorante.
Palabras de Flury durante la presentación de sus libros
Tengo aquí cerca a la dedicada de estos escritos, mi esposa Aura, cómplice
de una aventura que ella, sin alardes, con encanto, sabiduría y gracia
plena, orientó hacia el norte preciso, mientras yo divagaba, de acuerdo
con mi costumbre. Aura, merecés el homenaje de la intimidad que ahora
se vuelve extimidad.
Tambien quiero nombrar a dos personas presentes que me apoyaron con firmeza y cariño en el proyecto libros: Gretty Clausen Gutiérrez y Roxana Gutiérrez Odio; y a un ausente, por motivos involuntarios, que de manera fraterna respaldó moral y materialmente la iniciativa, desde la A a la Z: Manuel Francisco Jiménez Echeverría.
Para que no haya suspenso del malo, les anticipo que voy a hablar un rato. Menos de media hora. Después cualquiera puede preguntar lo que desée y, si la suerte acompaña, haremos un pequeño coloquio.
Terminado el coloquio, ¿por qué no seguir departiendo entre nosotros, mientras degustamos algunos sólidos y líquidos, cortesía esta última de la familia y noble empresa de don Luis Carnevale?
*Los dos textos que hoy expongo, a vista y paciencia de ustedes - Licencia para vivir y Días de cine -, no estaban prefijados en ningún horóscopo.
Materiales hechos para otros fines (artículos de periódico), destinados a servir a lo fugaz y despedirse, ahora integran lo que llamamos libro. Quieren quedarse. Armar su trifulca; o mejor dicho, su bifulca.
Aquella existencia pasajera, propia del artículo, tiene a su vez un lado no pasajero. Ambos libros, en realidad, son fruto de una extensa labor en La Nación. Guardo todavía mi primera Página 15, año 77; y un poquito más acá, una nota de cine de 1980.
Mucha historia. De modo que, a la hora de republicar lo publicado, hice una selección de mis trabajos y los agrupé en varias secciones, siguiendo el orden cronológico y el gusto personal.
Una pequeña junta de amigos - Sergio Román Armendáriz, Víctor Hurtado - me acompañaron (¡ellos no saben cómo!) a cruzar la raya entre proyecto y acción.
Aparte, construí una lista de quienes tuvieron que soportar mis obsesiones: la gente de Servigráfica, al pie de las máquinas de imprimir; Arturo y Cristina, motores de la campaña; mis queridos grupos de literatura de San Pedro y Guachipelín; Francisco, hombre de consejos; y una brigada de voluntarios que acarrearon la noticia a los cuatro vientos.
Cosas que pasan.
Voy a referir un episodio de la obra Juan de Mairena, de Antonio Machado. Don Juan hace pasar a la pizarra a su alumno estrella y le dicta la siguiente frase: “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”.
El chico obedece y, trascartón, escucha la voz de su profe que ordena: “Alumno, ponga la frase en forma poética”.
“Las cosas que pasan en la calle”, escribe el muchacho.
¡Las cosas que pasan en la calle! La traducción me parece genial. Licencia para vivir trata de contar “las cosas que pasan en la vida”, mientras Días de cine pretende hablarnos de “las cosas que pasan en la pantalla”.
En el primer caso, uno trata con ideas. Un opinólogo me decía: “Tres ideas, no más”, es lo que soporta un artículo de opinión. Yo aprendí, con el tiempo, que tres ideas quizá fueran demasiado. Una sí es esencial y, de ser posible, el título debiera reflejar esta idea o aludir a ella; y el discurso tendría que girar alrededor de la fuerza o encanto que proyecta. Claro, si a uno se le ocurren digresiones que bonifican la prosa, ¡qué regalo!; pero hay que mantenerse apegado a la idea como un perro al hueso .
La crítica de cine, en cambio, pide al crítico un enfoque. El crítico es, ante todo, un enfocador; y las palabras se vuelven súbditas de la percepción focalizada.
Dos ejemplos. En Thelma y Louise, el enfoque podría reducirse a la siguiente expresión: “A mil por hora”, ese es el tipo de vida - la velocidad existencial - de las dos protagonistas (Susan Sarandon y Geena Davis), a lo largo de su viaje de liberación; en Artemisia, largometraje dedicado a la primera pintora de Occidente, dentro de la palabra “filmopintura” cabe la esencia íntegra del filme, porque la cinta hace de cada fotograma un cuadro.
Puntos de vista.
Resulta curioso que la gente no diga punto de oído, de tacto... Punto
de vista, en cambio, sí es fórmula aprobada y aplaudida.
El punto de vista es el bien mejor repartido del mundo; y las afirmaciones que hice hasta acá, de suyo están regidas por una óptica inevitable. No nació todavía el sujeto que vague o divague sentado arriba de una nube.
En teoría, esto es una bendición y coincide con la libertad de juicio, la soberanía intelectual. Pero, no es ocioso repetirlo, ninguna perspectiva es absoluta, aun los ojos más agudos pifian.
De allí el debate, la eterna polémica que rodea los asuntos humanos; y juzgo deseable y natural que haya una colisión de miradas opuestas, incluso antagónicas. Debemos ponernos de acuerdo en estar en desacuerdo.
Lo que ocurre es que las sociedades se cansan; y dentro de su fatiga, pactan una tregua. Qué sé yo. Nadie discute la fealdad de los hipopótamos, observo.
Pero, ¿son feos los hipopótamos? El tipo de libros que aquí
presento dudan de tamañas certezas.
Yo también. “Mamífero paquidermo de piel gruesa, cuerpo
voluminoso, cabeza gorda con orejas y ojos pequeños, piernas muy cortas
y cola delgada y de poca longitud, que vive en los grandes ríos de África”,
describe el diccionario.
Come hierbas, unos 50 kilos por día; y ciertos años malos, carne. Corre a 65 kilómetros por hora. Practica la compasión con sus semejantes y es buen padre o madre. ¡Si la gente viera - despojada de prejuicios - cómo asienta sus patas, precisamente las traseras, con qué gracia, la noción de belleza tradicional sufriría un colapso! Además, cuando nos enteramos de que cada pata tiene un nombre distinto, experiencia normal en África, un signo de admiración nos toca el hombro.
Creo saludable, pues, y rejuvenecedor que uno discuta, de tarde en tarde, lo indiscutido, revise la herencia cultural.
Por ejemplo, la sonrisa intrigada de La Gioconda quizá no responde a motivos estéticos (proporción, simetría, equilibrio), argumento que repiten al cuadrado los especialistas, sino a un problema de género. Leonardo da Vinci debió estar, 500 años atrás, enamorado de Monalisa, la señora Lisa (en traducción local, Madonna: mi señora; Lisa, nombre de pila), esposa de El Giocondo, tipo ultraceloso, todo dentro de un territorio - imaginen - ultramachista. ¿Cómo iba Monalisa a reir a diente suelto, si Giocondo vigilaba y la comunidad era testigo? Le convenía ser discreta, y a Leonardo portarse como varón prudente. De allí la semisonrisa, una curvita apenas en los labios, un destello del músculo cigótico.
La relectura en tiempos de la globalización.
Licencia para vivir y Días de cine se identifican tras una doble causa: releer y contagiar el vicio de la relectura a prójimos y a léjimos. Ciertos autores que hoy yacen bloqueados - Ray Bradbury, Henry Miller, Jean Paul Sartre - merodean las páginas de Licencia y, de modo equivalente, Truffaut, Godard, Fellini nos hacen señas desde un rincón de Días de cine.
La relectura implica un acto deliberado del sujeto hacia algo conocido, el regusto de una obra o de una frase o de un estilo o de una metáfora.
Don Quijote de la Mancha, según los cervantinos, pertenece a la dinastía de los libros que piden ser revisitados; y sus cultores admiten que las peripecias de nuestro hidalgo tienen poca importancia: lo importante es que uno siente ganas de releer un capítulo, no ganas de proseguir.
Lo mismo ocurre con el sétimo arte. Si usted vio una vez La dama de Shangai, de Orson Welles, no vio nada. Habrá que verla de nuevo. Las claves son muchas y el filme nos engaña. No me refiero a un engaño deliberado, no, sucede que el héroe es un tipo bueno y fácil que tropieza con la misma piedra y nosotros nos identificamos con su bobería. Así de tontos y solidarios somos.
La relectura, una de las bellas artes, a mi juicio, habita una zona que la aldea global no globalizó. Porque, sencillamente, no quiere hacerlo.
Los globalizadores apuestan a favor del bestseller horizontal. Bestseller horizontal: las novelas de Danielle Steel (La bailarina; El clon); los últimos escritos de Paulo Coelho, iberoamericano al tope de la fama y los negocios. Dueños - Steel y Paulo - de títulos que arrasan ni bien salidos del horno, dado su “pegue”, gancho, dificultad cero y cafeína suave.
Respecto de la literatura anterior (y no voy demasiado atrás), la sociedad global promueve una calculada “amnesia selectiva”, al punto de que obras clave de los 50 y 60 brillan por su ausencia en los planes editoriales y ofertas de librería.
Y ahora viene la pregunta: ¿los escritores que más venden son los más leídos? No, existe una variedad firme e inesperada de bestsellers, que denominaré verticales. Me refiero a libros que, a lo largo de generaciones sucesivas y al paso tranquilo de los almanaques, convocan a una legión de devotos que superan las cifras contables de los líderes de taquilla del 2002.
Cervantes, Homero, Kafka, Proust escribieron estos libros inoxidables y duraderos. Ellos constituyen la excepción, no obstante, que confirma la regla del apenas estrenado tercer milenio: me refiero a la enorme vigencia de cierta lectura distraída, desechable.
Lo cual no me lleva a rechazar la globalización ad portas. Confieso, sí, que me gustaría una palabra menos untuosa y más corta: “unión”. Lo planetario concebido como unión. Justa, solidaria, de almas.
El poeta francés Stéphane Mallarmé soñaba que un día la obra de arte (cualquier obra de arte) sería presentada ante la multitud, un público vasto y multiétnico, y dentro de una catedral laica; y creía también que la gente unida podría entender lo oscuro, complejo y difícil por el mero hecho de lo que significa la unión de las personas, las conciencias estrechadas en un círculo mágico e inexplicable.
Escribir y publicar.
Deseo, a esta altura, referirme a un pensador único: Macedonio Fernández.
Una estrofa de Macedonio encabeza, siento que es mi deber prevenirles, una portada interior de Días de cine, encima de la fotografía de la película El lado oscuro del corazón. En el poema, la mujer se ha marchado y el poeta realiza una suma y resta de su vivencia:
Amor se fue; mientras duró,
de todo hizo placer.
Cuando se fue,
nada dejó que no doliera.
Versos para releer, ¿no?
Bueno, Macedonio pensó el objeto libro, los enigmas que encierra el acto
de publicar, el secreto de la receptividad de los lectores. Temas extraños,
verán, dignos de ser sometidos a la Esfinge, como hacían los griegos
de antes.
Si Macedonio hubiera venido a nuestro ágape (y quizá anda por ahí, camuflado de oyente), estaría negando con la cabeza cada una de mis apreciaciones. Porque así actuaba este ilustre varón de Buenos Aires, criollo, latinoamericano, cosmopolita y paisano de la humanidad, maestro de Borges, muerto en 1952.
Una de las ambiciones de Macedonio era convertirse en autor inédito. “Borrar sus huellas, ser leído como se lee a un desconocido, sin aviso previo. Varias veces insinuó que estaba escribiendo un libro del que nadie iba a conocer nunca una página”, nos confía por ahí un discípulo suyo.
En su testamento, al fin decidió que el libro se publicaría en secreto, hacia 1980. En principio, había pensado publicarlo como un libro anónimo. Después pensó que debía publicarse con el nombre de un escritor conocido. Atribuir su libro a otro, ¡vaya chiste! El plagio al revés. Como si yo firmara mis escritos con el nombre de César Aira o de Jorge Volpi o de Myriam Bustos.
Macedonio anhelaba eso.
Por último, decidió acudir a un seudónimo ilocalizable. El libro siempre debía publicarse en secreto. A Macedonio le fascinaba la posibilidad de premeditar un libro para pasar inadvertido.
Esta ocurrencia macedoniana me lleva a una comparación futbolística. Alrededor de los 40 y 50, existía un puesto de absoluta insignificancia en la cancha, el menos notable que usted imagine: wing izquierdo (algo así como el punta de nuestros días, aunque la semejanza es remota).
Uno podía jugar entonces cuánto y cómo quisiera de puntero zurdo, y tener la plena seguridad de que nadie se daría cuenta de su presencia. Salvo que hiciera una hazaña.
Brindaba un enorme alivio posicionarse allí, te redimía de culpa y cargo, te salvaba de la crítica; y si las cosas salían bien, las mieles de la gloria no te serían esquivas ni escasas.
La quimera de Macedonio absorbía sus vigilias y noches, solo que nos remitía al juicio futuro. Wing izquierdo de la literatura, él sería el autor de una obra maestra, autosaboteada en su hora, porque su destino anidaba en el porvenir.
El tamaño de mi esperanza.
El cuento que conté, ojo, me avisa que estoy frente al tema. El tema
del hombre que quiere (y yo quiero) ser invisible. ¿Qué ocurre
- pregunto - si el hombre invisible, desmaterializado, publica su libro? ¿No
se traiciona a sí mismo? ¿No incurre en contradicción?
¿No le correspondería a él, por lógica, mantenerse
en el anonimato?
Las cuatro preguntas merecen la pena. Pero existe, a la par de ellas - ¡y cómo! -, un implosivo factor detonante: mi yo invisible, que anida dentro, busca un refugio entre los mortales, un mínimo anclaje a tierra. Busca salvarse.
Es un peligro, admitamos, transportar semejante ego invisible de aquí para allá, ineditado. Luego, habrá que ponerlo a cobijo, sacarlo de uno.
¿Cómo? Bajo la forma subrepticia de libro, de volumen impreso, de bultito cargado de signos negros, espacios blancos y tamaño esperanza.
¿Y dónde esconderlo? ¿Cuál sería, amigos, la mejor tapadera del universo?
Yo debo revelarles que hallé los ámbitos más seguros, a cubierto de la ley y la deshonra, lo sublime y lo ridículo, el poder y la impotencia.
Ah...¿y usted podría nombrarme alguno de estos sitios? - clamará un interlocutor salvaje. Sí, daré los nombres que he descubierto. Anoten: a los libros que dije hay que esconderlos en la mesa central de cada librería, los estantes principales de las bibliotecas, el cuarto rumoroso de los estudiantes, el grupo animado de literatura, el cara a cara de la comunicación y cualquier lugar que esté a la vista de todos.