Adolfo
Herrera García nació en San José
el 24 de agosto de 1914. Sus padres fueron don David Herrera
y doña Graciela García.
La
casa donde vivía estaba al frente de un taller donde
se reunían zapateros anarquistas y de ellos tomó
las primeras influencias políticas y las primeras
inquietudes sociales.
Cuando
era estudiante en el Liceo de Costa Rica, publicó
sus primeras cosas en La Nueva Prensa, a manera de corresponsal
y sin firma. Su primer artículo lo publicó
en la revista Arlequín.
En
1933, su tío Arturo García Solano, quien entonces
dirigía el Diario de Costa Rica, le respondió
a los ruegos de que lo dejara trabajar en el periódico,
pero le dio el puesto de archivador de tipos. Poco a poco
el muchacho se atrevió y un día le entregó
una nota escrita por él. Severo, don Arturo le contó
las faltas ortográficas, sumó cinco y le dijo:
"Esta es la única vez que me entrega un trabajo
con faltas". Pero lo aceptó como redactor.
En
abril del año siguiente, no había cumplido
20 años, cuando José Marín Cañas
lo llamó para que trabajara con él en el nuevo
diario La Hora, un vespertino de corte sensacionalista y
popular, pero que más adelante causó toda
una revolución en el periodismo nacional.
Allí
escribía las noticias judiciales y la sección
de página 2, Líos de justicia. También
estaban en el diario Abelardo Bonilla, el fotógrafo
Mario Roa y Rubén Hernández. La Hora llegó
a vender 8.000 ejemplares el día en que asesinaron
a Augusto César Sandino.
Política
y Periódicos
Mientras hacía su trabajo de reportero de notas judiciales,
en los tribunales conoció a Manuel Mora Valverde,
quien sería su amigo de por vida, y con él
a Isabel Carvajal (Carmen Lyra), en cuya casa efectuaban
tertulias a las que se hizo adicto. Estos encuentros definieron
su orientación política, que maduró
del anarquismo al marxismo.
En
1938 fue trabajar a una mina que tenía Gonzalo Moncada,
esposo de su tía Armandina García. Encargado
de llevar al banco el material que se sacaba de la mina,
conoció al responsable del banco: Francisco Calderón
Guardia.
De
aquel tiempo en San Ramón surgió la idea de
su aclamada novela, la única. En 1939, con 25 años,
escribió Vida y dolores de Juan Varela. En ese año
también se casó con Margarita Zavaleta y volvió
a su imperiosa vocación: la sala de redacción.
Cuando
volvió al periodismo, trabajó en el Diario
de Costa Rica y trabó amistad con el director de
entonces, a quien consideraba un gran periodista: Otilio
Ulate. Con él compartió las jornadas del periódico,
las tertulias y la bohemia, que eran características
en el periodismo de entonces. Pero tres años después
las diferencias políticas los separaron para siempre:
Herrera se fue a La Tribuna, el periódico oficial
del calderonismo en el poder, el cual dirigía el
general José María Pinaud.
Era
una época agitada y las tensiones caldeaban el país,
mientras grandes reformas sociales se ponían en marcha.
La
guerra civil de 1948, marcó su vida. La represión
y persecución que siguió a la guerra lo obligaron
a esconderse junto con su familia. Algunos parientes le
ofrecieron asilo y fue capeando poco a poco las vicisitudes.
Radio
Se aferró a su talento y se dedicó a escribir
con seudónimo y a hacer radioteatros, para la empresa
radiofónica de Leonel Pinto, Alma Tica.
Así,
resultado de jornadas extenuantes, salieron algunos de sus
ingeniosos espacios radiofónicos, como: Episodios
de la Campaña de 1856, un centenar de capítulos
históricos sobre aquella gesta; Tradiciones costarricenses,
que reunía costumbres y tradiciones; una serie de
aventuras policíacas llamada Príncipe Oshima;
la serie de humor El licenciado Cabra, donde hacía
bromas con los alegatos y ocurrencias de un abogado sagaz
ante un juez medio sordo; la Doctora Corazón, que
era una consejera sentimental; y hasta un espacio de recetas
de cocina.
También
escribió una radionovela: Odilie Rojas o flor de
fango. Tuvo tal acogida que en el capítulo en que
la protagonista tuvo un hijo, hubo radioescuchas que mandaron
ropa para ayudarla con el bebé. Creó leyendas
que muchos siguieron por años como El fantasma del
Teatro Nacional y los Crímenes de la cueva del Virilla.
En
1952 pudo volver al ejercicio libre de su trabajo y fundó
La palabra de Costa Rica, que dirigió hasta 1960.
Allí logró otra revolución en el periodismo
nacional al crear el primer radioperiódico e imprimirle
agilidad y actualidad a la cobertura de noticias.
Sus
trabajos en radio fueron admirados unánimente, y
logró incluso que trasladarse a la televisión
en sus primeros años.
Una
vez más su conciencia política marcó
su rumbo laboral. En los calientes años sesentas
renunció a la radio y asumió la corresponsalía
de la agencia de noticias Xinghua o Nueva China. Hizo varios
viajes a China, a la antigua URSS y otros países
socialistas sobre los cuales escribió sabrosas crónicas
de viajes.
En
sus últimos años se dedicó exclusivamente
a su trabajo en el partido Vanguardia Popular. Escribía
a veces con el seudónimo Pedro Porras y mantenía
las columnas Al margen y Lo que hay detrás de las
noticias, en el semanario Pueblo; y la humorística
Columna subversiva, en el semanario Libertad.
Aunque su obra conocida es Vida y dolores de Juan Varela,
también publicó algunos cuentos en revistas
y periódicos. En los años en que debía
permanecer en la clandestinidad, envió a un concurso
su cuento Lorenza, que firmó con el nombre de su
esposa Margarita. Al resultar ganador, se reía pues
ella tenía que ir a recoger el reconocimiento. También
han sido reconocidos Los Novios y El barbero de Santa Ana.
Su hija, la historiadora Rosalila Herrera Zavaleta, considera
que su mejor cuento es El gamonal. Algunos de ellos están
en la antología de literatura costarricense que hizo
Alfonso Chase con la Editorial Costa Rica.
Los
estudiosos han reconocido en Juan Varela una tendencia distinta
del costumbrismo o realismo que hasta entonces predominaba
en las letras costarricenses. Lo ubican cronológicamente
en la Generación de 1940, donde destacan algunos
de los más reconocidos autores del país.
Lector
voraz, Herrera García, reconocía entre sus
autores preferidos a Eça de Queiroz y Enrique Jardiel
Poncela.
Publicó
hasta sus últimos días las columnas en los
semanarios de izquierda y en las páginas de opinión
del periódico La Nación. Si su enfermedad
no lo hubiera postrado, habría seguido haciendo alboroto
en el periodismo nacional.
Aunque
tardíamente, recibió los premios Pío
Víquez y Joaquín García Monge.
Murió
el 17 de junio de 1975, a las 9 de la noche, cuando su cuerpo
no resistió más la tortura del enfisema pulmonar
que le heredó su hábito de fumador empedernido.
En
su lápida en el cementerio general de San José,
la figura de un libro tiene la leyenda: "Si volviera
a nacer, volvería a ser periodista".