Publicación Semanal # 280/ Fecha: 11 de julio de 2007/ 26.580 miembros

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Escritores costarricenses


Adolfo Herrera García nació en San José el 24 de agosto de 1914. Sus padres fueron don David Herrera y doña Graciela García.

La casa donde vivía estaba al frente de un taller donde se reunían zapateros anarquistas y de ellos tomó las primeras influencias políticas y las primeras inquietudes sociales.

Cuando era estudiante en el Liceo de Costa Rica, publicó sus primeras cosas en La Nueva Prensa, a manera de corresponsal y sin firma. Su primer artículo lo publicó en la revista Arlequín.

En 1933, su tío Arturo García Solano, quien entonces dirigía el Diario de Costa Rica, le respondió a los ruegos de que lo dejara trabajar en el periódico, pero le dio el puesto de archivador de tipos. Poco a poco el muchacho se atrevió y un día le entregó una nota escrita por él. Severo, don Arturo le contó las faltas ortográficas, sumó cinco y le dijo: "Esta es la única vez que me entrega un trabajo con faltas". Pero lo aceptó como redactor.

En abril del año siguiente, no había cumplido 20 años, cuando José Marín Cañas lo llamó para que trabajara con él en el nuevo diario La Hora, un vespertino de corte sensacionalista y popular, pero que más adelante causó toda una revolución en el periodismo nacional.

Allí escribía las noticias judiciales y la sección de página 2, Líos de justicia. También estaban en el diario Abelardo Bonilla, el fotógrafo Mario Roa y Rubén Hernández. La Hora llegó a vender 8.000 ejemplares el día en que asesinaron a Augusto César Sandino.

Política y Periódicos
Mientras hacía su trabajo de reportero de notas judiciales, en los tribunales conoció a Manuel Mora Valverde, quien sería su amigo de por vida, y con él a Isabel Carvajal (Carmen Lyra), en cuya casa efectuaban tertulias a las que se hizo adicto. Estos encuentros definieron su orientación política, que maduró del anarquismo al marxismo.

En 1938 fue trabajar a una mina que tenía Gonzalo Moncada, esposo de su tía Armandina García. Encargado de llevar al banco el material que se sacaba de la mina, conoció al responsable del banco: Francisco Calderón Guardia.

De aquel tiempo en San Ramón surgió la idea de su aclamada novela, la única. En 1939, con 25 años, escribió Vida y dolores de Juan Varela. En ese año también se casó con Margarita Zavaleta y volvió a su imperiosa vocación: la sala de redacción.

Cuando volvió al periodismo, trabajó en el Diario de Costa Rica y trabó amistad con el director de entonces, a quien consideraba un gran periodista: Otilio Ulate. Con él compartió las jornadas del periódico, las tertulias y la bohemia, que eran características en el periodismo de entonces. Pero tres años después las diferencias políticas los separaron para siempre: Herrera se fue a La Tribuna, el periódico oficial del calderonismo en el poder, el cual dirigía el general José María Pinaud.

Era una época agitada y las tensiones caldeaban el país, mientras grandes reformas sociales se ponían en marcha.

La guerra civil de 1948, marcó su vida. La represión y persecución que siguió a la guerra lo obligaron a esconderse junto con su familia. Algunos parientes le ofrecieron asilo y fue capeando poco a poco las vicisitudes.

Radio
Se aferró a su talento y se dedicó a escribir con seudónimo y a hacer radioteatros, para la empresa radiofónica de Leonel Pinto, Alma Tica.

Así, resultado de jornadas extenuantes, salieron algunos de sus ingeniosos espacios radiofónicos, como: Episodios de la Campaña de 1856, un centenar de capítulos históricos sobre aquella gesta; Tradiciones costarricenses, que reunía costumbres y tradiciones; una serie de aventuras policíacas llamada Príncipe Oshima; la serie de humor El licenciado Cabra, donde hacía bromas con los alegatos y ocurrencias de un abogado sagaz ante un juez medio sordo; la Doctora Corazón, que era una consejera sentimental; y hasta un espacio de recetas de cocina.

También escribió una radionovela: Odilie Rojas o flor de fango. Tuvo tal acogida que en el capítulo en que la protagonista tuvo un hijo, hubo radioescuchas que mandaron ropa para ayudarla con el bebé. Creó leyendas que muchos siguieron por años como El fantasma del Teatro Nacional y los Crímenes de la cueva del Virilla.

En 1952 pudo volver al ejercicio libre de su trabajo y fundó La palabra de Costa Rica, que dirigió hasta 1960. Allí logró otra revolución en el periodismo nacional al crear el primer radioperiódico e imprimirle agilidad y actualidad a la cobertura de noticias.

Sus trabajos en radio fueron admirados unánimente, y logró incluso que trasladarse a la televisión en sus primeros años.

Una vez más su conciencia política marcó su rumbo laboral. En los calientes años sesentas renunció a la radio y asumió la corresponsalía de la agencia de noticias Xinghua o Nueva China. Hizo varios viajes a China, a la antigua URSS y otros países socialistas sobre los cuales escribió sabrosas crónicas de viajes.

En sus últimos años se dedicó exclusivamente a su trabajo en el partido Vanguardia Popular. Escribía a veces con el seudónimo Pedro Porras y mantenía las columnas Al margen y Lo que hay detrás de las noticias, en el semanario Pueblo; y la humorística Columna subversiva, en el semanario Libertad.

Aunque su obra conocida es Vida y dolores de Juan Varela, también publicó algunos cuentos en revistas y periódicos. En los años en que debía permanecer en la clandestinidad, envió a un concurso su cuento Lorenza, que firmó con el nombre de su esposa Margarita. Al resultar ganador, se reía pues ella tenía que ir a recoger el reconocimiento. También han sido reconocidos Los Novios y El barbero de Santa Ana. Su hija, la historiadora Rosalila Herrera Zavaleta, considera que su mejor cuento es El gamonal. Algunos de ellos están en la antología de literatura costarricense que hizo Alfonso Chase con la Editorial Costa Rica.

Los estudiosos han reconocido en Juan Varela una tendencia distinta del costumbrismo o realismo que hasta entonces predominaba en las letras costarricenses. Lo ubican cronológicamente en la Generación de 1940, donde destacan algunos de los más reconocidos autores del país.

Lector voraz, Herrera García, reconocía entre sus autores preferidos a Eça de Queiroz y Enrique Jardiel Poncela.

Publicó hasta sus últimos días las columnas en los semanarios de izquierda y en las páginas de opinión del periódico La Nación. Si su enfermedad no lo hubiera postrado, habría seguido haciendo alboroto en el periodismo nacional.

Aunque tardíamente, recibió los premios Pío Víquez y Joaquín García Monge.

Murió el 17 de junio de 1975, a las 9 de la noche, cuando su cuerpo no resistió más la tortura del enfisema pulmonar que le heredó su hábito de fumador empedernido.

En su lápida en el cementerio general de San José, la figura de un libro tiene la leyenda: "Si volviera a nacer, volvería a ser periodista".

 

 

 

 

 

 

 

   
 
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