Libro: La huella de abril
Alicia Miranda Hevia

Editorial: Editorial Montemira

Desde el medio conservador en que ha sido criada, Cristina González se ve lanzada hacia la aglomeración de sucesos que marcaron la historia de Costa rica a finales de los años sesenta y en 1970: la lucha contra ALCOA.

Se entretejen en esta novela la historia de aquellos años y el telón de fondo de la guerra de Vietnam y las rebeliones guerrilleras en América Latina. La protagonista y los jóvenes personajes desean hacer la historia por sí mismos y se ven enfrentados a las fuerzas del manejo del poder.

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Fragmento del libro:

En otra foto se veía un cartel: DIPUTADOS HOW MUCH$$$$$$$$$$$.

En la página siguiente se planteaba: "¿Verdad que esto no parece Costa Rica?" Vaya pregunta. Como si hubiera algo denominado Costa Rica fuera de todas las Costa Ricas pasadas, presentes y futuras.

En la página siguiente se veía el incendio. El fuego se había precipitado, convocado desde las sombras: el jeep del Servicio Meteorológico había estallado en llamas. Los humarascales subían a velar la noche de abril.

En las fotos siguientes, los policías se llevaban a los detenidos. El gas se levantaba de las granadas lacrimógenas. Un manifestante levantaba un brazo con gesto amenazador: pero los otros estaban armados, se protegían con cascos y blandían bastones.

En la última página había oscurecido sobre aquella capital, que más bien parecía un cafetal con luces. Parpadearon
los bombillos eléctricos. Cerraron los negocios de la Avenida Central, llenos de imitaciones de la moda adaptadas para la
población local. En las trastiendas temblaban los dueños: habían quebrado muchísimos ventanales.

Los transeúntes se alejaron de los papeles que volaban con el viento, de las cajas de cartón aplastadas, de los estañones volcados para cerrar el paso, de las alcantarillas obstruidas con periódicos y cáscaras.

Aquella noche, los sesenta heridos recibieron atención médica. Los doscientos presos se recogieron en la comisaría, mientras las familias iban a tramitar su libertad. Pasarían la noche en vela. ¿Cómo podrían dormirse con tanta tensión?
Los rodeaba la atmósfera sucia de la oficina policial, crujían las rejas, se oía el rascar de las cucarachas, y se sentía el olor del desinfectante en el aire estancado. Los presos inquietos, también desafiantes, rebuscarían en los bolsillos. -Ahí tenían que haber dejado el último Capri. Se resignaron a esperar
mientras alguien llegara a sacarlos, q hastá que saliera el sol detrás del Collado de Ochomogo.

Después de haber leído lo que le habían enviado Cristina experimentó una sensación de incredulidad. Por una vez acontecía algo en aquel país, y ella no había estado allí. Siguió sentada bajo el árbol. Los otros pasaban balanceando los libros bajo el brazo, hasta con aire de contento por el día luminoso. Ella se había mareado un poco, como siempre que leía demasiado rápido. La verdad era que había leído los recortes y el folleto con precipitación y ansia. No se explicaba cómo no se le notaba nada de la alteración que sentía.

Palpó las hojas del folleto. El papel en que venía impreso, la tinta y el tipo de fotografías hicieron que recordara algo que había leído antes. Sería acaso el mismo tipo de papel de aquella revista, Bohemia, que se había encontrado hacía muchos años; ¿unos diez?- en la biblioteca de la casa que habían tenido en Desamparados, aquella tarde en que ya había terminado las tareas y no quería jugar de vaqueros en la terraza con sus hermanos.

En la biblioteca que daba a un corredor, sólo entraban los papás y ella. De vez en cuando, la muchacha del servicio desempolvaba los papeles apilados encima del escritorio.

Sola allí, Cristina acostumbraba encender una lámpara y leer lo que le cayera en la mano. Hojeaba encíclopedias, o bien clásicos como los Caprichos de Goya que era uno de sus favoritos. La atraía por las imágenes fantásticas y extrañas, con aire de pesadilla o de farsa, de las brujas que volaban al viento,
o bien aquella del hombre que se había dormido sobre una mesa, a cuyo costado una frase decía: "El sueño de la razón