Marilyn Echeverría

Lara Ríos


Por Camilo Rodríguez Chaverri

Lara Ríos podría ser el nombre de un balneario que queda en el Paraíso. O puede ser el nombre de una quinta que tiene Dios para llevar a los niños desvalidos.

Es un nombre que ha marcado, como un fierro de plata, el alma de mucha gente del país. Y lo ha hecho en la edad en que dicha huella se convierte en imborrable.

Miles de costarricenses se han acercado al mundo de la palabra gracias a los libros de Marilyn Echeverría, esa mujer de letras que juegan “quedó” y “escondido”; que se ríen tanto, pero sin burla; que se tiran como en un tobogán y caen por dentro.

Desde la selección de su nuevo nombre, esta inquieta señora incansable nos mostró una orientación precisa: no quiere ir sola por su universo, tiene vocación solar y sus textos calientan a muchos.

“Para un chiquillo es mejor decir Lara Ríos. Te imaginás a una pobre criatura que tenga que presentar un examen donde le preguntan el nombre de una señora que se llama Marilyn Echeverría Zürcher de Sauter. Ese nombre les resulta irrepetible. Te imaginás qué crueldad”, dice esta mujer sin límites, en cuyas frases no se notan las fronteras.

Marilyn Echeverría nació en San José, 150 metros al Norte de la Avenida Central, en un lugar donde se llamaba Discolandia. “En la esquina, los González vendían mantequilla, era un paquetón de una libra, y había que hacer largas filas para comprarlo. La más pereza que me daba era que, como no habían batidoras, cuando uno cumplía años, había que darle vuelta al queque durante más de una hora. Igual ocurría con los helados de sorbetera. Había que echar sal y hielo, y darle y darle vuelta. Después, el bendito helado ya no me sabía a nada. Por dicha que éramos dos hermanas nada más, Ingrid y yo, y entonces había que celebrar pocos cumpleaños”.

En medio de la obra de Lara Ríos, cualquiera encuentra que ella busca las rutas secretas a los tesoros de su pasado. Si bien creció en el centro de la capital, cuando tenía 8 años, después de la Primera Comunión, pasó junto a su familia al Barrio La California.

Eran puros cafetales. Las calles no estaban pavimentadas. Su mamá creyó que era la jungla. La pequeña Marilyn siguió estudiando en la Escuela República del Perú, y luego en el Colegio de Sión. “Entre mis compañeras de niñez o adolescencia están Irma Jiménez, casada con Mariano Sanz; Olga Chavarría, casada con Alberto Echandi; Tinita Gutiérrez de Lehmann; Marlene Becker de Sauter; Zenia Ruiz de Pereira y Maruja Arguedas.

“Nos reunimos todos los meses del mundo. Somos treinta y pico. Unas venimos juntas desde la Escuela Perú y otras desde el Sión. Nos reunimos, tomamos café, rezamos por los que se han muerto y chismorreamos”, dice, con una sonrisa donde viven los duendes.

Aparte de que la literatura le viene por herencia, porque es nieta del apoteósico Aquileo J. Echeverría, en aquellos tiempos no había vacunas, y a la pobrecita niña le dio tosferina y la mar de sarampiones. “Recuerdo que estaba muy chiquilla cuando pasé tres meses tosiendo sin parar. Lo único que había era una vacuna de viruela negra. Vivía muy enfermiza. Me traían montones de libros, y aun sin poder leer, me los ponían encima de la cama porque tenían muchos dibujos y pinturas. Después me empezaron a traer libros de enanos, duendes y hadas. Y me trajeron ´Corazón´. Lo leí cuatro veces y lloré exactamente las cuatro veces.

“En ese momento yo pensé, ´¡qué lindo sería leer libros así como Corazón pero que no se llore tanto! De ahí me surgió la idea de escribir ´Pantalones cortos´, a manera de diario, con las travesuras de uno de mis hijos”.

Pantalones cortos

“Pantalones cortos” botó el muro que existía entre los niños de Costa Rica y la literatura. Lo que en el mundo se le atribuye a “El Principito”, la obra universal del niño que veía sombreros que terminaban siendo una culebra atragantada, en Costa Rica tiene como principal exponente a ese mocoso tequioso, con déficit atencional a prueba de amortiguamientos.

“Ese libro tiene relación directa con mis hijos y mi vida. Casi todo lo que pasa ahí es cierto. Mi hijo estaba en la escuela Humboldt, y me mandaban papelitos o recados en la libreta de apuntes, que Rudi se levanta a cada rato a arreglar los lápices, que hace ruido con los dedos, que pide el borrador, que se sube al árbol de guayabas y vendió toda la cosecha. ¡Vea qué facha!

“Eran unas torerías terribles y los hijos le salieron igual que él, o sea, que mis nietos repiten la historia. Pero en ese entonces no había ritalina. Yo me quitaba un zapato y le daba. No había otra manera de educar. Si le daba una palmada, me dolía más a mí. Por eso el zapato siempre estaba a mano”.

Ahí radica la primera explicación, el acercamiento natural que genera doña Marilyn en favor de su obra. Pero en ella, y en los libros, se nota un cielo de elementos, lo que llaman una atmósfera, un ambiente, que tiene raíces más allá de la vivencia familiar. Lara Ríos no es un ama doméstica metida a escritora. Es una sicóloga, una pintora del hogar, que escudriña, profundiza en el alma de las cosas y en los detalles más pintones de la convivencia entre personas que son familia, aunque no lo hayan escogido, para encontrar luz que permita a los más pequeños ver con más claridad algún camino, casi siempre el que ellos y ellas quieran.

“Siempre he leído muchísimo. En los tiempos en los que a uno le decían cuáles libros podía leer y cuáles no, me empeñaba en leer los prohibidos. Recuerdo, por ejemplo, el libro ‘Amor se escribe sin hache´, de Gardiel Poncela. Es humorístico. Siempre me gustó el humor. Recuerdo ´Los que se van a la porra´ , y también ´Una mosca en la sopa´, de Fernando de la Iglesia.

“Muy chiquilla leí unos capítulos de El Quijote, y cuando cumplí 15 años, mi papá me regaló un Quijote con páginas de cebolla y con unas ilustraciones divinas”.

Luego, la vida le puso pruebas, obstáculos, golpes que dejan sangre, como las banderillas en el lomo de los toros. Falleció su papá, Don Gonzalo Echeverría Flores, magistrado del Tribunal Supremo de Elecciones, hijo menor de Aquileo. “Prácticamente no conoció al papá. Tenía cinco años cuando el abuelo murió. Aprendió a admirarlo a través de sus libros

“La situación se nos puso difícil cuando papá cayó con un derrame. Entré a trabajar en el Banco de Costa Rica cuando ya estaba enfermo. Ganaba 550 colones al mes, que era muy poco. Imagínese que una enfermera ganaba 100 colones por noche. Le daba el sueldo entero a mi mamá.

“Durante todo mi noviazgo, tuvimos que lidiar con esa situación. Werner, mi esposo, era comerciante. Tenían la firma José Sauter e hijos. Salían a vender montones a Guanacaste, Limón y Puntarenas. Iban a caballo. Vendían de todo. Cuando se pasaron con la oficina para San José, les dieron la representación de Smith Corona, Rosago, calculadoras Marchand y la línea Scotch, de 3 M. Yo recibía unas clases de costura, y pasaba por ahí tirando lente. Más de una vez me hacía la encontradiza: ´¡ay, mirá, qué casualidad, no te había visto por aquí!´.

“Y papá murió un mes antes de casarnos. Mamá no quiso cancelar la boda porque dijo que era mala suerte. Me casé la mañana del 18 de setiembre de 1954. Tenía 19 años, y él tenía 26. Yo fui a arreglar la iglesia. No había recursos económicos. Por supuesto que no tuve despedida de soltera, porque todo el mundo estaba de luto”.

Casó en Santa Teresita. En la ceremonia había 10 personas. Se fue la luz, no había sonido, ni música. La suegra creyó que no había nada de eso porque la familia de doña Marilyn estaba de luto...

Cuando nació la escritora

Marilyn Echeverría cuenta que el primer poema que escribió Lara Ríos fue después de ir a ver un circo. Entre Marilyn y Lara nos lo recitan: “El elefante es un infante, muy tolerante de la maldad, tiene un sombrero con un plumero, y unas orejas pegando al suelo”.

Lo escribíó a los 9 años, y en medio de la emoción del acto creativo, de la transmutación que termina en belleza, se llevó el primer socollón, la primera gran fregada... “Papá cogió el escrito, me dijo ´sí, está muy bonito, pero mire, mi hijita, guárdelo, y no se lo enseñe a nadie, porque usted es nieta de Aquileo, y cuando escriba van a esperar mucho de usted. Me dio la gran tirada porque a partir de ese momento todo lo que escribía, lo guardaba”.

Comenzó a escribir cuentos de hadas. “Había leído tanto que las hadas me andaban revoloteando por la cama”, confiesa.

De esa invasión, a inicios de los 50s surgió el libro “Cuentos de mi alcancía”. Lo mandó a la Editorial Costa Rica y se lo rechazaron. “Yo pensé, ´¿quién te mete, Juan Bonete? Pero es que ya estaba el gusanito ahí.

“En eso hicimos un viaje a la Argentina y me encontré un libro ´Tutu marambá´, de María Elena Walsh, un libro de poemas locos, de un humor increíble.

“Yo estaba acostumbrada a los poemas muy lindos de Carlos Luis Sáenz, Lilia Ramos, Emma Gamboa... La literatura de Walsh me cautivó. Uno de mis hijos, Konrad, era alumno de Joaquín Gutiérrez. Le dije que le llevara las poesías, pero que no le dijera que eran de la mamá sino de una amiga. A Joaquín le encantaron. Entonces, le dije a Konrad que me tocaba ir a hablar con él. MI hijo estaba furioso porque iba a quedar como un perfecto mentiroso. Yo le dije que no se preocupara, que yo le iba a explicar a don Joaquín. Divino el viejo, como un abuelo. Así lo pensé porque yo no había tenido abuelitos.

“Don Joaquín me dijo que había mucha picardía en lo que yo estaba escribiendo, y que también había mucho humor. Me convenció de que mandara el libro al Concurso Carmen Lyra. Y gané.
”El seudónimo Lara Ríos lo ideó Cecilia Valverde, que en ese momento estaba en ANFE, porque una amiga mía, Maureen Durman (qdDg), le habló para que nos ayudara a buscarlo. Yo quería usar el seudónimo ´Anémona´, y Maureen me dijo que eso le sonaba a mono, que jamás...

“Cecilia propuso que le pusiera Lara Ríos o Lara Montes. El nombre del libro era ´Algodón de azúcar´. Cuando la obra ganó, no quise ponerle el nombre mío, porque Marilyn Echeverría Zürcher de Sauter es un nombre muy largo y terrible para un chiquito.

“Cuando eso, el escritor Marco Retana (qdDg), que trabajaba en la Editorial Costa Rica, se me acercó y me habló de los ´Cuentos de mi alcancía´, que era el libro anterior. Me dijo que les diera una pulidita. Aún así, salió primero el segundo, el premiado, ´Algodón de azúcar´”.

Escritora... y empresaria

Doña Marilyn es una suma de varias vocaciones supuestamente incompatibles, entre ellas, la de la escritora, la de la pintora y la de la empresaria.

Cuenta que tuvo un vivero junto a su hermana Ingrid y a Silvia Esquivel de Durman. “Importábamos plantas lindísimas, principalmente de Holanda, Estados Unidos y Panamá, hasta que un día hicimos un pedido a Holanda de azalias amarillas. Venían llenas de nemátodos y las quemaron en el aeropuerto. Con eso, también nos quemaron la gana de seguir”, cuenta Lara Ríos, quien es nieta de un inglés, tiene origen suizo, y habla inglés, alemán y francés.

“Después de la aventura con las flores, resulta que una tía soltera no tenía una entrada fija, y resolví ayudarla haciendo lasaña. Compré una maquinita de macarrones y le mandé a poner un motor de un cuarto de caballo. Pagué a hacer unos hornos con bandejas hondas para asar la pasta, y comencé a vender en los automercados. Mi tía y yo recogíamos la plata, y toda la cosa.

“Luego, los de la empresa Del Campo nos pidieron que hiciéramos ravioles con carne molida. Mamá nos ayudaba. Un día el tequioso de Rudy, mi hijo, metió la mano donde estaba haciendo yo la pasta de la lasaña y se le quedó prensada. Me fui corriendo adonde mi marido tenía las herramientas, traje un destornillador y jalé la máquina. Nada le pasó, pero se le pusieron los dedos negros. Así que decidimos acabar con ese negocio, lo vendimos y con la plata le compré unos bonos a mi tía, con lo que cumplimos el objetivo”.

Mientras andaba en una cosa y en la otra, también escribía y pintaba. Hacemos un recorrido por las obras que viven todavía con su madre, o sea, que están en su casa. En la sala tiene una pintura donde se lucen, felices y tranquilones, unos graffiti. Hay uno que dice “Yo fui el primero. Atte. El huevo”; otro dice “Mi mamá es una rata. Atte Micky”, y de nuevo su infaltable humor: “Biba el hidioma”.

Empezó a pintar soltera. Estaba de oyente en la Escuela de Bellas Artes, pero en eso le dio un segundo derrame a su papá. Cuando llegó ya estaba muerto. “Recuerdo que cuando lo vi, puse los pinceles a la par para acercarme al cuerpo de Papá”.

Esa circunstancia la obligó a dejar las clases, pero la vocación es demoledora, apabullante, tormentosa. Y cuando se aplaca su sed, por fin se ve de nuevo el sol.

Doña Marilyn también talla en madera, sobre todo obras para sus hijos. Ha tallado baúles, camas y armarios.

Formación que no descansa...

Durante 8 años recibió clases con el escritor argentino Carlos Catania. “Teníamos un interesante grupo de estudio. Carlos nos puso a leer montones. Por ejemplo, estudiamos, ´Mientras agonizo´, de Faulkner; libros de Conrad; Steinberg; Molville; ´Madame Bovary´; las obras de Dostoievsky; los libros de Beauvoiur y de Albert Camus; ´La región más transparente´, de Carlos Fuentes; y ´El Señor Presidente´, de Asturias.

“Hubo dos libros que no pude bajar, y Carlos casi me mata: ´La montaña mágica´, de Thomas Mann, y ´En busca del tiempo perdido´, de Proust. No puedo con esa lentitud”, confiesa la señora de su casa.

Se reunían una vez por semana y leían un libro para cada reunión. “Nos poníamos a escribir. Una vez les conté un sueño, y Carlos me dijo que estaba completamente loca”, cuenta, entre risas.

“Nos ayudó montones a abrir la mente. Estábamos en el grupo muchas amigas que veníamos juntas desde los tiempos del colegio de Sión y que éramos muy cerradas en muchas cosas. Nos mandaba al cine y nos abrió el mundo de la cultura”.

En eso me levanto a revisar un detalle en mi computadora, y aprovecha para

hablar con el jardinero a través de una ventana. Le habla con un cariño auténtico, tan genuino como su obra, que fue creciendo en medio de ese rosario de ocupaciones.

Después de “Algodón de azúcar” y “Cuentos de mi alcancía”, en 15 días escribió la obra de teatro “El eco y el miedo”. “Nunca había escrito tan rápido. La considero como una obra aparte. En algún momento la voy a rescatar. Daniel Gallegos me dijo que me ayudará”.

Posteriormente aparecieron en antologías algunos cuentos como “El país rosado” y “El duende y el joboto”. “Dejame detenerme un momento en los abejones de mayo, que son los benditos jobotos. La gente dice jogoto o fogoto. Por eso, insistí en ese nombre”, confiesa.

El tercer libro fue “Pantalones cortos”, que es su gran best seller, un libro que está en el imaginario colectivo. “Fue un éxito desde el inicio. Tiene un montón de ediciones, como diez. Y me han pasado muchas cosas lindas por culpa de ese libro. Un sicólogo me contó que le había llegado un chiquillo de 9 años que no quería leer. Él le dio ´Pantalones cortos´, y le dijo que como se iban a ver una semana después, le hiciera el favor de leer nada más un capítulo. A la semana la mamá llegó llorando porque el chiquito había leído el libro completo.

“Yo me encuentro muchos muchachitos que me dicen ´ay, doña Lara, yo he leído su libro tres veces´. ´Pantalones cortos´ es un libro verídico. Es muy cierto. La cuestión es que los muchachos se encuentran en el libro. Cuando iba a las escuelas, siempre me señalaban a un Arturo o a algún chiquillo tequioso o hiperactivo. Además, el libro tiene sentido de humor.

“Una vez en Radio Reloj hicieron un programa que consistía en leer cuentos para niños. La productora me dijo que quería que fuera para que los saludara, porque agarraban niños de la calle y los ponían a actuar, para que fueran los protagonistas. El chiquito que hacía de Arturo era muy triste. Un día le dijo a la muchacha productora que quería suicidarse. Pero ella le contestó que antes que todo, le hiciera el favor de leer el libro. Al final, su actuación fue exitosa. Todos los chiquitos llegaban a felicitarlo. Cuando fui, apenas comenzó el programa, con los ojos llenos de lágrimas, la muchacha me contó que cuando lo felicitaban porque iba a actuar, el chiquito le decía a todos los demás que a ya, gracias al papel de Arturo, ahora él tenía porqué vivir”.

Lara y el rey

En 1986 aparece “El rey que deseaba escribir un cuento”. “Me dijeron que tenía que escribirlo en un mes. Es horrible que lo prensen a uno así. Pasó la primera, la segunda, la tercera semana. Yo decía, ´Ay, Dios mío, Señor Jesús, María Auxiliadora, qué horror´. Al final lo resolví de la siguiente manera. Pensé que ese rey que quería escribir un cuento era yo, y que tenía una mesa llena de incrustaciones de mármol y un lápiz de oro. El rey decía ´yo voy a escribir un cuento, que nadie me interrumpa´. Veía el sol, las nubes, las estrellas, el cielo. Un día llegó la esposa y le dijo ´mirá, nos van a invadir los países vecinos y vos con el cuento ahí´. Igual mi esposo, que empezó con el cuento de que ´diay, no hay comida´. El rey le contestaba, ´vayan busquen al consejero real´, y yo le decía a mi marido ´buscá algo por ahí o tal vez la empleada...´.

“Y el rey se fue a un río, y buscó a un anciano, que lo regañó. ´Usted no se da cuenta que estamos todos con hambre, porque desde que usted está escribiendo un cuento nadie trabaja´.

“Muy compungido, veía que había miseria por todos los lugares por donde iba pasando. Entonces, el rey resolvió vender su corona, el lápiz de oro, la mesa incrustada... Llega a la casa, y le dice la esposa ´aquí vamos a cambiar de sistema, vamos a vender todas mis joyas y a comprar semillas, para sembrar trigo, y como no sabemos hacer pan, pues que el cocinero le enseñe a las mujeres del pueblo. Y entonces todos estaban encantados con el rey con callos en las manos que un día se apeó la corona y escribió este cuento que te acabo de contar”.

Ese cuento ahora está en Harcourt, los libros bilingües de texto, por lo que la hicieron retratarse de campesina de la época.

Luego viene el libro “Cuentos de palomas”, en la época de la administración de Óscar Arias, así como “Verano de colores”, que es la continuación de “Pantalones cortos”, cuando Arturo entra a Octavo. Es un relato acerca del período de las vacaciones.

Más adelante publica el libro ´MO´, la historia de una joven cabécar. “Te voy a contar cómo fue que nació ese libro. Me voy para donde el dentista y me pregunta que qué estaba escribiendo. Cuando le conté que era la historia de una cabécar, me preguntó que qué era eso. Ay muchacho, por Dios, eso sí que ya es el colmo. No puede ser que ese mantudo no supiera qué es un cabécar.

Y me dije, si este hombre, que es todo un dentista, no sabe, entonces hay miles que no saben. Así que me decidí a poner al día a los cabécares.

“Para eso nos fuimos para Ujarrás y Salitre, en la zona sur, mi marido, Álvaro Borrasé, Alice Matamoros y yo. Nos fuimos a los diferentes ranchitos, y empecé a preguntar si no habían visto a un sukia. En eso me dijeron que viera a ese señor que venía caminando por allá. Le pregunté cómo manejaban la magia, y me dijo que dependía de cuál, porque existe la magia blanca, que es con Dios; la magia negra, con el Diablo, y la magia roja, relacionada con el espiritismo y que viene de Panamá.

“El sukia me contó miles de cosas que es lo que yo escribí en el libro. Resolví ponerle MO, que significa neblina en cabécar. MO tenía poderes. Veía en el agua lo que iba a pasar en el futuro o lo que estaba sucediendo en otro lugar. En el libro también aparece Mina, que significa mamá, pero al papá lo tuve que matar de fiebre amarilla en la primera página, porque se dice ´kaga´, y eso no se puede escribir en un libro para niños.

“También aprendí con otro sukia, que era un personaje del pueblo. Se llamaba Telésforo. Decían en el pueblo que con sólo mirar a las mujeres las seducía. Tenía un ojo torcido, 10 mujeres y 30 chiquillos. Nos enseñó la mata de azul para la ropa, para teñir.

Doña Marilyn es fresca para hablar, y profundamente clara. No se anda con rodeos. “A más de uno le parece una herejía cuando digo algunas cosas, pero no me importa. Como cuando le dije a mi marido que no me gusta Bach, aunque sí me gustan Beethoven o Vivaldi. Otra barbaridad que digo que es me hubiera encantado ser hombre, un industrial con montones de cosas, o un abogado, como mi papá”, dice la señora Ríos o Echeverría.

Otra vez con enredos

Nos hemos pasado a un comedor. Ya anduvimos por la sala, la biblioteca y un cuarto de estudio. Me ofrece galletas y me cuenta que las hace María Elena, la muchacha que trabaja como empleada doméstica. “Estamos a punto de vender galletas”, dice, casi coqueta y muy traviesa.

“Lo de los negocios me viene fácil, como las historias. Una vez, me voy para donde mi cuñada, que vive en Nueva Zelanda, porque se le casaba un hijo. Me dijo que a mí me tocaba arreglar la iglesia y el salón. Hacía mucho frío y llovía. Fuimos a una subasta, porque allá se vende así. Pasan con unos carritos llenos de flores, y uno levanta un rotulito de cartón cuando quiere comprar.

“Después pregunté por el follaje, y me dijeron que allá no se usaba. Le dije que me llevara por el barrio. Había unos árboles de eucalipto. Le pedí un machete a mi cuñada, y me dio no exactamente un machete pero sí un cuchillo grande. Empezamos a apear ramas de los árboles. Ella me decía ´vos te estás volviendo loca´.

“Y con los eucaliptos robados, un viernes comencé a arreglar todo. Era la primera vez que se usaba allá el eucalipto, y todo el mundo estaba admirado. Termina la boda, pasó todo y a la mañana siguiente nos sirven al desayuno un müesly, que es una granola deliciosa. Se me encendió la chispa, y le digo a la cuñada, ´mirá, ¿cómo no se te ha ocurrido vender este müesly delicioso? Vamos a hacer bolsitas y vamos a ir a vender

“Con los lacitos que habían sobrado de la boda y un azafate, nos dirijimos a la parte comercial. Me decían que estaba mal de la cabeza, pero vendimos todo. Cuando regresé al país, le dije aquí a mis hijos, que ya eran universitarios, que nos montáramos ese negocio. Ahora lo tienen mi hijo mayor y mi nuera. El producto se llama Lustig, que significa ´contento´ en alemán.

Pantalones largos

“´Pantalones largos´ es el libro que más me ha costado de todos. Es cuando el muchacho va a entrar a la universidad. Se habla del sexo y las drogas. Tuve que irme a los hogares CREA. Fue tan doloroso oír los cuentos de estos muchachos. Me hablaron de la muerte blanca, que es cuando parece que se mueren pero no...

“También hablé de la hiperactividad. Me fui a un colegio controversial, para preguntarle a los muchachos si les importa casarse con una muchacha que esté pasada por las armas...

“Quería tener un personaje virgen, pero puse uno virgen y otro entortado hasta aquí (se agarra el cuello) con drogas.

“En ese tiempo, mi hija Annemarie estaba en tae kwon do y se ´gorreaba´ a los hermanos. La puse en el libro. Ya hay balas y un poquito de pillos que se raptan a una muchacha. Con su tae kwon do le pega una patada a no sé quien e impone el orden. Uso los recursos, las vivencias caseras para ponerlas en los libros. No son exageraciones.

“Llevaba 13 capítulos, escribí 5 capítulos más de un solo tiro, pero no guardaba en la computadora hasta cuando iba a cerrarla. Se fue la luz y los perdí. Un 23 de diciembre volví a escribir los 5 capítulos, cayó un rayo, se fue el transformador del barrio, y de nuevo no había guardado. Dije ´no voy a terminar, no me da la gana, cochinada de libro, qué cólera, Dios seguro no quiere que publique este libro, voy a tener que llevarlo donde un padre´... Al final lo terminé, con cólera, pero lo terminé”.

Después publica “El círculo de fuego blanco”. “Es que me dio por el esoterismo. Me critican que eso es de New Age. Lo que menos soy es de New Age, pero sí he leído varias cositas, para enterarme y saber. Por ejemplo, en ese libro hablo de los poderes de los cuarzos”.

Trabajo con niños

La labor social es definitoria en su personalidad y su obra. Le ha permitido conocer mejor el mundo de los niños. Trabajó con Sor María Romero dando clases de cocina a las chiquitas pobres y los 24 de mayo vendiendo repostería. “Quise mucho a sor María. Tengo hasta un pedazo de manto de ella. Aparte de eso, estuve 18 años trabajando en un hogar infantil para los chiquitos abandonados. Se llama Hogar Infantil Blanca Flor. Estuve los 18 años en la junta directiva. Para mí lo más duro fue cuando recibí a una bebé para la casa. Tuve que ir por el ICE de San Pedro. Cuando llegué, la muchacha que iba a regalar a su hija estaba en un taxi cambiándole el pañal a la chiquita. Me arrimé al taxi, y ella me dijo que tenía mucha prisa, porque necesitaba coger el tren de vuelta para Limón. Le dio un beso a la chiquita y se fue. Yo lloré y lloré, hasta que por fin se me pegó el nudo.

“También recuerdo la historia de un chiquito a quien sus papás lo dejaban amarrado a la cuna de los pies y las manos, mientras iban a trabajar, y la de otro chiquito al que lo bañaban de madrugada y le pegaban porque se hacía pipí en la noche. Traía toda la cara aruñada, me lo dejé un día, y cuando mi marido me vio con el quinto hijo, se quedó petrificado...”. Una carcajada cierra la historia de esta mujer que ha sabido arrancarle el gusto incluso a los momentos de dolor.

Es herencia, y le viene de su abuelo Aquileo. “Me sé muchas historias de mi abuelo Aquileo. Te digo una. Resulta que a su esposa ya no le salía la leche para su hija menor. Le dijo a una nodriza que viniera para contratarla, y ya cuando hablaron, le preguntó cuáles eran sus estipulaciones. La muchacha le contestó, ´bueno, para el desayuno yo pido mi cafecito, mi jalea, mis huevitos... Después, a media mañana mi leche y mi queque; al almuerzo mi carne, pollo, arroz y frijoles, postre; en la tarde café con algo, y en la noche una sopa con otro pedacito de carne´. En eso, se vuelve mi abuelo y le dice que qué le parece si le da el sueldo entero y maman todos”.

Aquileo la marcó con sus cuentos y su ingenio. “Él era muy pobre y siempre tomaba gratis, porque era invitado a todas partes. Era simpatiquísimo. Una navidad no tenía ni un cinco y a la media noche empezó a pegar gritos. Decía

´corran, corran, que se va´. Contó que era el Niñito Dios, y que se le había escapado. Tenía en las manos plumas teñidas de colores, y les confesó que lo único que había agarrado eran esas plumas. Contaban que los chiquitos se ponían las plumas cuando les dolía el estómago o la cabeza. ¿Cómo no se va uno a inspirar?

“Aquileo puso una pulpería y el rótulo decía ´se vende escobas y otros comestibles´. Puso esa pulpería para aprender el idioma de nuestros campesinos”, concluye esta bella señora, quien dos días por semana trabaja en Tutor Club, ayudándole a leer a los niños, creando en ellos el hábito de la lectura.

Está enferma pero siempre se le nota una empeñosa elegancia espiritual, es sumamente digna y conserva el gusto por la alegría. Nunca se deja vencer. Como si Dios le diera fuerzas más grandes que las de los demás, sólo para que siga llenando a los niños con sus historias y su amor.

Recuadro

Síndrome de Tuorette

Ahora, la escritora se enfrenta a las ingratas consecuencias de una extraña enfermedad que le ha generado muchos tics y contrariedades nerviosas. “Esta enfermedad se llama Síndrome de Tuorette. Se desarrolla en la infancia. Hasta ahora, atando cabos, recuerdo que desde niña yo parpadeaba muchísimo. Mi marido me lo recuerda. Cuando una cuñada nos hizo una cita, veníamos de Manzanillo, yo tenía el pelo largo, me lo amarré y cuando salí a hablar con él, cuenta Werner que no tengo una idea de cómo parpadeaba. Nunca le di importancia. Sabía que parpadeaba cuando estaba nerviosa”.

Paradójicamente, las características de los chiquillos inquietos, con déficit atencional e hiperactividad, y que son los mimados en sus obras, son también las particularidades que podían indicar la presencia de la enfermedad en Doña Marilyn.

“Lo que pasa es que en una mujer la hiperactividad siempre es menos. Yo era una santa en el colegio. Nadie tenía que jalarme el aire. Pero, eso sí, era muy preguntona, desde muy pequeña. Cada vez que le preguntaba algo a mi mamá, ella salía aventada donde la vecina para poder contestarme. Eran

preguntas que tenían que ver con el sexo, que cómo era esto y que cómo es lo otro. Gozo mucho recordando la cara de mamá cuando le dije que me explicara por qué habían casas de citas”.

La Lara Ríos que sirvió de puente entre los niños y los libros, que se puso de un lado al otro del abismo, para que ellos pasaran caminando por su espalda, comenzó a ir a las escuelas hace 20 años y de un momento a otro se percató de que perdía la voz con facilidad y al rato de estar hablando, también le faltaba el aire.

“Creo que todo me vino a raíz de un estrés muy grande que enfrenté. Cuando eso, yo era presidenta del Instituto de literatura infantil y juvenil, acababa de pasarme de casa y de cambiar de servicio doméstico. Tuve que detenerme ante esos síntomas extraños.

“Nadie aquí llegaba a qué era lo que tenía. En eso, durante un viaje a Estados Unidos, estaba donde una amiga, y ella me dijo que aunque no sabía mucho de medicina, tenía la certeza de que lo mío era el Síndrome de Tourette, porque un nieto de ella lo padecía y encontraba puntos en común.

“Me fui a la computadora, y me di cuenta que era lo que yo tenía. Llegué al médico ya con mi diagnóstico, y resulta que él no había visto ni un caso en toda la carrera. Me mandó al sicólogo y al neurólogo, y como yo sabía que da depresión y te cierra la garganta, estuve en Canadá y en Estados Unidos para determinar si se podía hacer algo para conservar el estado de las cuerdas vocales.

“Es una enfermedad incómoda. No es que no sea llevadera, pero molesta. Compro todos los libros sobre la enfermedad. Ya soy una especialista.

Por ejemplo, en mucha gente esta enfermedad da coprolalia, que es cuando de manera inconciente decís malas palabras, y también ecolalia, cuando repetís el final de las frases. A mí no me ha dado nada de eso, gracias a Dios y a María Auxiliadora. Yo qué sé qué más latas da, pero no les doy importancia

“Si tengo que hablar en frente de la gente me angustia pero todo el mundo sabe, se hacen los que no es con ellos la cosa, y punto. Parece que lo que uno tiene que hacer es buscarle el humor a las cosas. Una vez, siendo presidenta del instituto, metí la pata, llegué donde el médico, y le dije, ´doctor, aquí vengo a que me vea el tourette´.

“En el grupo me llaman Madame Tourette. Hay que sacarle el jugo al humor. A veces me preguntan si puedo dar un discurso, y yo digo, ´diay, me cancelaron un concierto en el Melico Salazar, pero un discurso sí puedo, y entonces me contestan´, ´ah, yo no sabía que usted cantaba...´”, y suelta una risa que borra todos los tics y se declara vencedora.

“En lugar de estar uno pensando en el mal que tiene, hay que darle gracias a Dios por todo. Esa es mi filosofía. ¡Qué dicha que tengo algo para ofrecerle a las ánimas del Purgatorio, al Papa, a los que sufren! Me siento contenta de eso. Ahí estoy empujando el carretoncito lleno de males, voy por media cuesta, hay otras cosas peores. Yo puedo hacer de todo menos cantar. Y de por sí, como te dije, todos se hacen los locos cuando estoy con muchos tics”, explica doña Marilyn, quien sueña con hacer una fundación de personas con Síndrome de Tourette, “porque así nos podemos conocer y ayudar unos a otros”.