Carlos Cortés: Escritor con grandes ambiciones

por Camilo Rodríguez Chaverri

Muchos escritores costarricenses mayores pensaban que el periodista, poeta y narrador Carlos Cortés era una piedra preciosa que no se había pulido. Pero la novela "Cruz de olvido", considerada por el prestigioso crítico Julio Ortega como una de las diez mejores aparecidas en América en 1999, lo hizo dar el gran salto.

Ya no es una brillante promesa, sino un gran exponente de su generación y uno de los pocos escritores costarricenses llamados a escribir lo que se conoce como "una gran novela".

También cuenta con una sólida formación como periodista, con especializaciones en España y en Francia.

-Se le reconoce a usted un enorme vigor intelectual, que tiene que ver con su ejercicio sistemático de lectura.

-Soy parte de una familia de maestras que leían prácticamente desde siempre. Era parte de esa especie de entronización de la clase media en Costa Rica después de los años 50s. Se manifestaba en el amor por los libros, la superación personal y el acceso a la universidad. Crecí rodeado de libros y revistas. De ahí mi vínculo con el periodismo y la literatura.

-Me parece que usted es más escritor que periodista.

-Así es. Mi pasión está más cerca de la literatura que del periodismo porque soy un hombre de pasiones largas, y la literatura se desarrolla a lo largo del tiempo, mientras que el periodismo exige golpes, inyección de energía. El periodismo funciona por cortes, que son como cortocircuitos. En cambio, la literatura apela mucho más al tiempo mítico. Vi el periodismo como un oficio, una profesión, pero cuando me di cuenta ya estaba envuelto en puestos editoriales.

-Y su carrera periodística va ligada a la literatura.

-Pues sí. Me inicié como redactor de Culturales de La Nación durante dos años. Luego pasé al Semanario Universidad, donde estuve en la revista cultural "Forja", al lado de Carlos Morales. Me vine para la revista Rumbo, con Marcela Angulo. Ella me hizo editor. En ese tiempo hicimos un periodismo muy interesante. Era la transición de finales de los 80s y principios de los 90s.

En el 89 me hice cargo de lo que sería el proyecto de Revista Dominical, y escribí en "Enfoque", que era el suplemento de los domingos, del que surgió la Dominical. Pero me pasaron a jefe de edición, como asistente de Bosco Valverde, y luego a jefe de información.

-Después estuvo estudiando en Europa...

-Ya había estado antes. En el 87 hice una Maestría en Sociología de la Prensa en la Universidad de Navarra. En el 94 me fui a Francia. Allá obtuve una especialización en prensa escrita y un post grado en Nuevas Tecnologías de la Información. Allá retomé una vertiente que me interesa, que es el impacto de los medios dentro de la sociedad.

-En medio de toda la teoría periodística, saltó el escritor, porque fue durante ese tiempo que escribió su novela "Cruz de olvido".

-Sí. Es que me siento heredero de una generación de periodistas escritores.

-Marín Cañas, García Monge, Joaquín Gutiérrez, Adolfo Herrera...

-Sobre todo Marín Cañas. Muchos grandes escritores de América Latina han sido periodistas o profesores. Me nutrí de la tradición del periodismo literario.

-¿Hay un sacrificio del escritor por culpa del periodista?

-La lucha cotidiana por obtener la noticia no significa que haya que olvidarse del análisis. El problema del periodismo no es el micrófono, es el contenido.

-Alguna vez se ha escuchado su nombre para dirigir alguno de los medios de "La Nación". Eso demuestra una madurez suya en el periodismo.

-La Nación ha sido una de las escuelas más importantes de América Central. Uno lo aprecia cuando observa que todos los directores de medios de Costa Rica se han formado en La Nación, y que hay periodistas formados en La Nación que dirigen medios centroamericanos.

-¿Los hermanos Fernández?

-Sí, es el caso de Guillermo y Lafitte Fernández.

-Usted se perfila como uno de los más importantes periodistas a partir de su formación y sus puestos en La Nación.

-He llegado a puestos de gran responsabilidad gracias a la confianza de gente como Eduardo Ulibarri.

Obra literaria

-Háblenos de su obra literaria. Usted empezó a publicar muy joven y ha publicado muchos libros.

-La generación de los 80s se ha dividido en dos partes: un grupo de escritores que empezó a publicar en los 80s, entre ellos, Rodrigo Soto, José Ricardo Chaves y yo; el otro grupo, compuesto por quienes empezaron a publicar en la década de los 90s, entre ellos Jorge Arturo.

-Me parece, por lo que he leído en entrevistas y hasta en prólogos que usted ha escrito, que creció como escritor de la mano de grandes maestros de nuestra literatura.

-Empecé a publicar por influencias de gente como Carlos Catania y Carmen Naranjo. En los 80s hubo una efervescencia de premios y editoriales, que no dio gran calidad literaria. Sin embargo, nos sirvió como una gran oportunidad para publicar. Muchos aprovechamos esas circunstancias.

-Es el tiempo de sus poemarios "Erratas advertidas" y "Los pasos cantados", así como de su novela "Encendiendo un cigarrillo con la punta del otro".

_Sí. El hecho de publicar joven no es algo que me enorgullezca. Salieron cosas interesantes y también erratas inadvertidas.

-Luego, en los 90s, aparece ese hermoso libro "El amor es esa bestia platónica".

-Ese libro me encanta, me gusta lo que salió de ahí. Creo que es mi mejor libro como unidad.

-Creo que entonces aparece "El que duda no ama", la recopilación de parte de su obra poética, que no ha recibido la atención que se merece.

-Casi todos los libros de poemas son ediciones clandestinas. En general, es imposible predecir los caminos en que la poesía puede abrirse al lector.

-Hay un poeta en usted que creo que no quiere reconocer.

-Si no hubiera escogido la narrativa, diría que ahora, casi a los 40 años, podría hacer una obra poética que me hiciera sentir más orgulloso. Perdí mucho tiempo tratando de buscar mi voz propia. Perdí de vista lo esencial: lo que se dice, que es lo más importante.

Excesiva retórica

-Usted se refiere al "qué" sobre el "cómo". Pero, ¿no es tan importante el "cómo"?

-Sí, pero pienso en la excesiva retórica de la poesía latinoamericana de las últimas décadas. Nuestra poesía alguna vez ha caído en el espejismo de creer que hay que desordenar el diccionario para hacer buenos poemas, que se requiere de juegos verbales estrambóticos.

-¿Se manifiesta mucho esa tendencia en la literatura costarricense?

-Sí, y en el caso de Costa Rica eso es criminal, porque tenemos un sedimento neomodernista que hizo que no tuviéramos vanguardia. Nuestro poeta revolucionario es Debravo, quien es un poeta clásico, y un gran poeta. Es que nunca nos hemos librado de una carcaza de palabrería muy fuerte.

-Pero, ¿eso es malo?

-Depende de lo que usted piense. Un poeta como Duverrán lo entendió bien. Su obra de madurez es de gran vigor y brillo.

-¿Isaac Felipe Azofeifa?

-Toda su obra es de una coherencia ideológica, política y estética impresionante. Hay que recordar que, si bien empezó a escribir muy joven, don Isaac empezó a publicar muy viejo, cuando tenía unos 50 años.

-¿Quiénes son nuestros grandes poetas?

-Tenemos tres grandes poetas, Isaac Felipe Azofeifa, Jorge Debravo y Eunice Odio. Creo que Alfonso (Chase) también es un poeta importante. Y Ana Istarú es la única que ha sido editada en España por una editorial importante, Visor, donde publican a Cernuda, a Vallejo...

-José León Sánchez me dijo en una entrevista que aquí las editoriales se dedican a sacar los libros de nuestros autores de una gaveta para meterlos en una bodega...

-Eso está genial. El modelo de Editorial Costa Rica fue fundamental para el descubrimiento de nuestra tradición. Por eso es que nuestro país es el único en América Central que ha puesto en limpio su tradición. Hay autores problemáticos que no tienen lugar ahí, como José León Sánchez, pero esa labor es innegable.

Sin embargo, una industria editorial subvencionada no se preocupa por el mercado. Se ha publicado indiscriminadamente, pero se ha olvidado que la función de la literatura es crear lectores.

-Dice el novelista Carlos Villalobos que un libro en Costa Rica tiene unos 200 lectores, si le va bien...

-Creo que no. Un promedio aceptable de lectores para un libro que tenga éxito está entre los 2 mil y los 5 mil lectores. Claro, sin ayuda del aparato escolar. Pero para un autor que está empezando 200 lectores es un número que está bien, aquí, en México, o en cualquier lugar del mundo. Un autor se construye con el tiempo.

Conspiración del silencio

-Hace unos años, Carlos Morales le preguntó a Alberto Cañas si no sentía que el periodista se había comido al escritor. ¿Le puede pasar eso a usted?

-Sentía una angustia por dedicarme a otras actividades antes de escribir "Cruz de olvido". Había hecho una obra muy dispersa. Estaba buscando el tamaño de mi ambición literaria. Un escritor debe tener ambición. Cualquier tipo de ambición y de cualquier tamaño.

Alfonso Chase me habló de esa dispersión en mi obra en medio de una crisis personal por la que atravesé a principios de los 90. El me advirtió que estaba a punto de disolverme como escritor. Tenía razón.

Con "Cruz de olvido" aprendí qué es lo que tengo que decir como escritor. Pobre el escritor que no sepa cuál es el mundo que tiene que expresar. Soy un poco huérfano de padres. Antes de "Cruz de olvido" me sentía como perdido. Mi condición natural es la orfandad.

-Al hablar así de su novela comete una injusticia con su libro "El que duda no ama".

-"El que duda no ama" es lo que quisiera que sobreviviera de mí como poeta. El escritor que consigue un buen poema en su vida se debe sentir pagado.

-"Cruz de olvido" es una novela atrevida, no sólo por el estilo y el lenguaje, sino por lo que significa para nuestra sociedad. ¿Cómo la definiría?

-Es una especie de síntesis de mi vida, vivida o soñada, y también es una gran anulación. Ahí están el dios de la creación y el de la destrucción juntos.

-Es una novela polémica, agresiva, violenta. Creí que se iba a convertir en escándalo. Me imagino que usted también. Pero nada pasó. ¿Qué piensa de esto?

-La sociedad costarricense ejerce una conspiración de silencio. La vida pública nacional está regida por leyes mucho más importantes que una obra literaria. Creo que el libro fue leído pero que su dinamita fue silenciada.

-Me imagino que usted estaba preparado para que se le viniera mucha gente encima...

-Me río un poco de la situación. Por ejemplo, algunos guatemaltecos que leyeron la obra me preguntaron si me habían puesto bombas y que cómo hacía para protegerme. El costarricense tiene un talento especial para ver a otro lado cuando no quiere enterarse de algo. Tiene una enorme capacidad para invisibilizar sus contradicciones.

-¿Le dio rabia esa indiferencia?

-Al principio me tranquilizó. Uno pasa por distintos estados de ánimo. Después volví a preocuparme. He entendido lo que han dicho los grandes maestros: la literatura es un veneno letal, pero que actúa poco a poco. Uno debe inocular un mensaje para que surta efecto.

-¿Qué está escribiendo ahora?

-No estoy escribiendo en el estilo de "Cruz de olvido". El escritor furibundo que escribió esa novela dominado por la ira no existe. Me interesa demoler las bases ideológicas de mi sociedad. Quiero contar historias que a través del ácido corrosivo haga más real la realidad. Es una sociedad llena de tapujos y de veladuras. No siempre hay que escribir con una ametralladora. Hay etapas para los heroicos furores y otras para apuntar mejor el blanco.

-Hay elementos característicos de su obra. Lo grotesco, el rescate de la oralidad, ¿qué más?

-Me interesa describir la decadencia, el paso del tiempo, el absurdo en las relaciones humanas.

-Pero en su ambición, ya descubrió lo que quiere contar, y lo que sigue no debe estar muy lejos de "Cruz de olvido".

-Descubrí una serie de historias que quiero contar. Con la novela me pasó como si me metiera en un mundo que hasta hace poco era una intuición. Para mí, fue como abrir una casa abandonada. Entré a la sala, me falta ir a la cocina, a los dormitorios, asomarme al balcón e ir al sótano.

-Ahora, ¿qué va a publicar?

-Creo que va a salir una novela a finales del año. Es una historia de amor en un cine. Se llama "Tanda de 4 con Laura". Y tengo un par de novelas más. Escribo todos los días muy temprano por la mañana, así como los días libres, los fines de semana y durante las vacaciones.

Escritores profesionales

-Se ha hablado mucho sobre los escritores profesionales, que se dedican a tiempo completo a escribir...

-Eso de los escritores que escriben ocho horas por día es mentira. Lo que es cierto es que siempre tenés que estar inmerso en esa realidad. En la etapa de escribir el libro, la escritura puede ser hipnótica, ritual, absoluta, pero hay otras etapas que no funcionan de la misma manera. La diferencia es que un escritor como Vargas Llosa o García Márquez puede publicar todos los años. El punto es saber dónde quiero llevar al lector. Puedo ir en tren o en bus o en bicicleta. Puedo tardar un año o una década. Ese no es el punto.

-Ha dicho que no quiere escribir más poesía. ¿No es muy injusto?

-Escribí muchísima poesía y publiqué la mitad de lo que escribí. Si bien hasta hace un año o dos no tenía nada más que decir en poesía, siento como un incipiente deseo de volver a reescribir lo que escribí. Pero lo cierto es que la carreta narrativa me va a durar mucho rato.

Por otra parte, creo que la importancia de la poesía es inversamente proporcional a su peso. Es silenciosa. Es lo contrario del río. Es como la respiración del universo.

-Su compañera, María Lourdes Cortés, es una mujer de arte. ¿Ha sido fundamental en su obra?

-Es muy difícil verlo desde adentro. No lo puedo ver. Lo único que puedo decir es que muy difícilmente hubiera podido escribir "Cruz de olvido" sin María. He tenido la suerte de encontrar a una mujer que le dio sentido a todo lo que he vivido antes y a todo lo que quiero vivir. Es un golpe de suerte. No hice nada para que fuera así.

-Se dice que nuestra literatura se conoce poco fuera...

-No. Nuestra literatura es desconocida fuera. Siempre ha existido un debate entre quienes piensan que nuestra literatura es endogámica, para consumo interno, y que no significa nada fuera, y quienes hemos propugnado por participar en la literatura latinoamericana. Somos un país periférico. Estamos entre el triángulo Cuba-Colombia-México. El intelectual costarricense siempre se ha arrimado a México, porque le ofrece una plataforma institucional. Ahí se le ofrece la posibilidad de introducirse en un mega-relato. En Costa Rica al escritor se le dificulta mucho encontrar qué decir.

Este país tiene un problema identitario. No se siente una república bananera, no es un país anti-imperialista, no es un país caribeño, ni es indígena. Aquí no hay megarelatos. La paz y la sociedad igualitaria no dan para escribir. Literariamente, la paz es un desastre.

-Junto a eso, existe una "SBM" (Sociedad de bombos mutuos) y algo así como compartimentos estancos. Unos escritores confabulan contra otros, y entre ellos hay mucha mezquindad.

-El "mundillo" literario costarricense es sectario. No hay polémica ni controversia. Cada quien es rey en su "reinecito". Hace 10 ó 15 años alguna gente bromeaba porque cada quien publicaba en su propia editorial. En poesía, por ejemplo, cada quien tiene su propia capilla y su propio dios.

-Pero, me parece que usted no forma parte de un "mundillo", o encima de esos compartimentos estancos.

-Soy como un lobo estepario.

-¿Esos mundillos se caracterizan por su mezquindad?

-Sí, pero eso es propio del mundillo literario en todo el mundo. Lo que pasa es que en los países desarrollados la cobija alcanza para todos. Ese es un problema cultural iberoamericano. No se separa la persona de su obra. El mejor ejemplo es Camilo José Cela, quien es un personaje público en España. No es un gran escritor, pero se confunde su obra con su figura. El gran escritor de España de esa generación es Torrente Ballester.

Su visión de Costa Rica

-¿Cómo ve a Costa Rica?

-Es una sociedad en la que algo está a punto de pasar y no pasa. Tenemos mucho tiempo de experimentar esa sensación y eso produce una serie de respuestas contradictorias. Es una especie de estado de suspensión que va desde la rabia hasta la indiferencia, y que da paso a una especie de germen de ciudadanía responsable. Cada día se visualiza más en el espacio público.

Ha habido un vacío en los últimos 20 años, que dejó la crisis del Estado benefactor, junto con una transformación de la sociedad en una más masiva y de polarización, pues crece la desigualdad y la concentración de la riqueza. Todo esto hace que se desconfíe mucho. Al vacío que dejó ese Estado benefactor no se le opone nada. Eso genera incertidumbre.

La sociedad se ha transformado muchísimo y ha permitido que los problemas se acumularan sin resolverlos. Pasamos de una sociedad agraria a una brutalmente urbanizada, con un sistema de partidos arcaico y un Estado terriblemente burocratizado.

-¿Por qué si está a punto de pasar algo, no pasa?

-Creo, por ejemplo, que en Costa Rica los problemas no se resuelven porque es mucho más rentable para los políticos que no se resuelvan.

-Aunque la gente no lo articule de esa manera, lo sospecha, como si hubiera un negocio en todo lo que tiene que ver con política.

-Mi generación está en una disyuntiva interesante. Hay una cierta tentación del caos y la resignación a la complicidad. O tirás la piedra o te quedás callado y sos un poco cómplice del descrédito. Por eso es que hay que colaborar para que exista una especie de estatuto de ciudadanía de mínimo común cívico, que permita a mi generación volver a actuar en política sin sentirse un ladrón, un cómplice o un tonto. La única salida para introducir reformas es la política. Estamos frente a una especie de calle sin salida.