El Herrero De Wooton Major
j.r.r. tolkien
Había una vez un pueblo, no hace mucho tiempo para
los de buena memoria, ni muy distante para los de largas zancas.
Llevaba el nombre de Wooton Mayor, porque era más grande
que Wootton Menor, a pocos kilómetros de distancia
en la espesura del bosque; aun así no era muy importante,
aunque gozaba por entonces de prosperidad y contaba con un
buen número de vecinos buenos, malos y regulares, como
es habitual.
Era,
a su manera, un pueblo notable, bien conocido en todos los
contornos por la destreza de su gente en distintos oficios,
pero sobre todo por su arte culinario. Disponía de
una gran Cocina, propiedad del Ayuntamiento, y el Cocinero
Mayor era todo un personaje. La Residencia del Cocinero y
la Cocina lindaban con el Gran Pabellón, el edificio
más capaz y antiguo del lugar, y el más hermoso.
Estaba hecho de buena piedra y buena madera de roble, y bien
cuidado, aunque ya no mostraba las pinturas y dorados que
había lucido en épocas pasadas. En él
tenían lugar las reuniones y debates de los lugareños,
los festejos populares y reuniones familiares. Así
que el Cocinero siempre se hallaba atareado, pues a su cargo
corría el menú propio de todas estas ocasiones.
En cuanto a las muchas fiestas que a lo largo del año
se celebraban, la comida se juzgaba adecuada si era abundante
y sabrosa.
Una
festividad en particular era esperada por todos con especial
interés, porque era la única del invierno. Duraba
una semana, y al atardecer del último día se
ofrecía una gran fiesta, llamada de los Niños
Buenos, a la que no se convidaba a muchos. Faltaban, sin duda,
algunos que merecían estar invitados, y por error se
llamaba a otros que no eran dignos; así son las cosas,
por mucha atención que intenten poner los que velan
por tales asuntos. De cualquier forma, era el azar de la fecha
de nacimiento lo que sobre todo determinaba que un niño
tomase parte en la Fiesta de los Veinticuatro, ya que sólo
se celebraba una vez cada veinticuatro años y únicamente
se invitaba a veinticuatro muchachos. Todos esperaban que
el Maestro Cocinero se luciera de forma especial en ocasión
semejante, y además de otros muchos bocados apetitosos
era costumbre que preparase una gran tarta. De su buen acierto
(o de todo lo contrario) dependía casi exclusivamente
que su nombre se recordase, pues rara vez, si alguna había
habido, un Cocinero Mayor ocupaba su cargo el tiempo suficiente
para preparar una segunda tarta.
Llegó,
sin embargo, una ocasión en que el entonces Cocinero
Mayor (para sorpresa de todos, pues nunca había ocurrido
otro tanto) anunció de pronto que necesitaba unas vacaciones;
y se marchó sin que nadie supiera dónde; y cuando
algunos meses después regresó, parecía
un tanto cambiado. Había sido un hombre afable, al
que le agradaba ver divertirse a los demás, si bien
él mismo era serio y de pocas palabras. Ahora se mostraba
más jovial, y a menudo hacía y decía
las cosas más graciosas; y en las fiestas solía
incluso entonar canciones jocosas que nadie esperaba en boca
de un Cocinero Mayor. También trajo consigo un aprendiz,
y eso dejó sorprendido el pueblo.
No
era extraño que el Cocinero tuviera un aprendiz. Era
lo normal. A su debido tiempo el Cocinero escogía uno
y le enseñaba cuanto sabía; y a medida que ambos
avanzaban en edad, el aprendiz se iba haciendo cargo del trabajo
importante, de suerte que, cuando el Cocinero se retiraba
o fallecía, él ya estaba allí, dispuesto
a asumir el cargo y convertirse a su vez en Cocinero Mayor.
Pero el actual Cocinero nunca había escogido un aprendiz.
Solía decir: —Aún hay tiempo; -o bien:
—Tengo los ojos abiertos, y elegiré uno cuando
encuentre quien me convenga. -Ahora, en cambio, había
traído consigo a un simple chiquillo, y forastero.
Era más vivaz que los muchachos de Wootton, de voz
suave y muy educado, pero ridículamente joven para
el puesto, apenas un adolescente a juzgar por su aspecto.
Con todo la elección del aprendiz era asunto del Cocinero
y nadie tenía derecho a entrometerse; así que
el muchacho se quedó, y vivió con él
hasta que tuvo edad bastante para procurarse alojamiento propio.
Pronto se acostumbraron a verlo por el pueblo, e hizo unos
pocos amigos. Para ellos y el Cocinero, su nombre era Alf;
para los demás solamente “el Aprendiz”
La
siguiente sorpresa sólo tardó tres años
en llegar. Una mañana de primavera el Cocinero Mayor
se quitó el gorro blanco de faena, plegó los
delantales limpios colgó la chaqueta blanca, tomó
un recio bastón de fresno y un hatillo, y se fue. Se
despidió del Aprendiz, y nadie más estuvo presente.
—Hasta
pronto, Alf, —dijo— Súpleme en el cargo
lo mejor que sepas, que siempre lo harás muy bien.
Confío en que no tendrás ningún problema.
Si volvemos a encontrarnos, espero que me lo cuentes todo.
Diles que he vuelto a irme de vacaciones, aunque esta vez
ya no he de regresar.
En
el pueblo hubo una gran conmoción cuando el Aprendiz
repitió estas palabras a quienes acudían a la
Cocina.
—¡Qué
faena!, —decían— ¡Y sin avisar ni
despedirse! ¿Cómo vamos a arreglarnos sin Cocinero
Mayor? No ha dejado sustituto. —Nadie en estas discusiones
pensó jamás en ascender de categoría
al joven Aprendiz. Ahora era algo más alto, pero seguía
teniendo el aire de un muchacho, y sólo llevaba tres
años en el puesto.
Por
fin, y a falta de otro mejor, eligieron a un vecino que sabía
cocinar bastante bien los platos más comunes. De joven
había ayudado al Cocinero en días de mucha labor,
a pesar de lo cual éste nunca le había mostrado
simpatía y no le quiso por aprendiz. Ahora era ya un
hombre de cierta posición, casado y con hijos, y mirado
con el dinero.
—Al
menos no desaparecerá sin previo aviso, —dijeron—
y más vale un cocinero regular que estar sin nadie.
Faltan siete años para la próxima Gran Tarta
y para entonces ya sabrá componérselas.
Nokes,
que tal era su nombre, quedó muy satisfecho con el
giro que habían experimentado los acontecimientos.
Siempre había deseado llegar a Cocinero Mayor, y jamás
había dudado que podría salir airoso. Durante
algún tiempo, a solas en sus dominios, solía
encasquetarse el gorro blanco y mirarse en una sartén
bruñida, mientras decía:
—¿Qué
tal, Maestro? No te sienta mal el gorro, parece hecho a medida.
Confío que todo te vaya, bien.
Y
le fue bastante bien, porque al principio Nokes se esforzó
cuanto pudo, y contaba con la ayuda de Alf. Verdad es que
aprendió mucho de él, observándolo con
disimulo, aunque Nokes nunca admitió tal cosa. Pero
con el paso del tiempo se acercaba también la Fiesta
de los Veinticuatro, y Nokes tuvo que pensar en la preparación
de la Gran Tarta. Aun sin manifestarlo, el asunto lo tenía
intranquilo, porque a pesar de que con la práctica
de siete años podía elaborar tartas y dulces
aceptables para ocasiones normales, sabía que se esperaba
con expectación su Obra Magna y que tendría
que dejar satisfechos a críticos severos, no sólo
a los niños. También había que preparar
otro pastel más pequeño de idénticos
ingredientes y elaboración para los que venían
a ayudar en la Fiesta. Se suponía, además, que
la Gran Tarta había de contener algo novedoso y sorprendente,
no limitándose a ser una mera repetición de
la anterior.
Entendía
que, básicamente, habría de ser muy dulce y
sabrosa, y decidió que iría por entero cubierta
de azúcar glaseado, que al Aprendiz le salía
muy bien. —Eso le dará el aire encantador de
un cuento de hadas, —pensó. Hadas y dulces eran
dos de las muy escasas nociones que conservaba sobre gustos
infantiles. Creía que al crecer uno se olvida de las
hadas; no obstante, él seguía muy aficionado
a los dulces.
—¡Ah,
las hadas!, —dijo— Eso me da una idea. —Y
así fue cómo se le ocurrió que podría
colocar en medio de la Tarta, en lo alto de un pináculo,
una figurilla vestida toda de blanco, con una varita mágica
que rematase en una estrella de brillante metal; y a sus pies,
en letras rosas glaseadas, “La Reina de las Hadas”
Mas cuando empezó a disponer los ingredientes para
la Tarta, comprobó que sólo tenía vagas
nociones de lo que debla ir dentro; así que acudió
a algunos viejos libros de recetas que hablan pertenecido
a cocineros anteriores. Lo dejaron perplejo, aun en los casos
en que llegaba a entender la letra, porque citaban muchas
cosas de las que no habla oído hablar, y otras que
habla olvidado y que ahora no tenía tiempo de obtener;
pero pensó que podía probar con una o dos especias
de las que hablaban los libros. Se rascó la cabeza
y recordó una vieja caja negra con distintos compartimientos,
donde el último cocinero había guardado tiempo
atrás las especias y otros artículos para las
tartas de importancia. No la había visto desde que
se había hecho cargo del puesto. Después de
buscar un poco, la encontró en un estante alto de la
despensa.
La
bajó y sopló el polvo que cubría la tapa,
pero al abrirla vio que quedaban muy pocas especias, y que
estaban secas y rancias. Sin embargo, en un compartimiento
arrinconado advirtió una estrella diminuta, apenas
mayor que una moneda de seis peniques, oscurecida como si
fuese de plata y hubiese perdido el brillo.
—¡Qué
gracioso!, —comentó mientras la levantaba a la
luz.
—¡No,
no lo es!, —dijo tras él una voz, tan de improviso
que le hizo dar un respingo. Era la voz del Aprendiz, que
jamás había hablado antes al Cocinero en ese
tono. Lo cierto es que muy raramente le dirigía la
palabra, a menos que Nokes lo hiciese primero. Todo muy bien
y muy propio de un jovenzuelo; puede que sea hábil
con el azúcar glasé, pero aún le queda
mucho por aprender: tal era la opinión de Nokes.
—¿Qué
quieres decir, jovencito?, —dijo con cierto desagrado—
Si no es gracioso, ¿qué es entonces?
—Es
mágica, —respondió el Aprendiz—
Viene del País de Fantasía.
El
Cocinero se echó a reír.
—De
acuerdo, de acuerdo, —dijo— Es casi lo mismo;
pero si prefieres, llámalo así. Algún
día crecerás. Ahora puedes seguir quitando las
pepitas a las pasas. Si ves alguna de ese extravagante país,
dímelo.
—¿Qué
va a hacer con la estrella, Maestro?, —preguntó
el Aprendiz.
—Colocarla
en la Tarta, naturalmente, —contestó el Cocinero—
Nada más propio, sobre todo sí procede de Fantasía,
—ironizó— Seguro que has ido, y no hace
mucho por cierto, a esas fiestas infantiles en que se esconden
en los dulces baratijas como ésta, y calderilla, y
cosas por el estilo. Al menos así se hace en este pueblo.
A los niños les gusta.
—Pero
eso no es una baratija, Maestro, es una estrella mágica,
-arguyó el Aprendiz.
—Ya
te lo he oído antes, -replicó el Cocinero. —Muy
bien. Se lo diré a los niños. Les hará
reír.
—No
lo creo, Maestro, -dijo el Aprendiz. —Pero es lo que
hay que hacer, de acuerdo en eso.
—¿Con
quién te crees que estás hablando?, -dijo Nokes.
A
su debido tiempo la Tarta quedó fabricada, pasó
por el horno y se la cubrió de azúcar; casi
todo lo hizo el Aprendiz.
—Como
estás tan empeñado con lo de Fantasía,
te dejo hacer la Reina, —le dijo Nokes.
—Muy
bien, Maestro, —contestó— Si está
muy ocupado, lo haré. Pero ha sido idea suya, no mía.
—Me
toca a mí tener ideas, no a ti, —dijo Nokes.
La
Tarta se alzó durante la Fiesta en el centro de una
larga mesa, rodeada por un círculo de veinticuatro
velas rojas. Remataba en una pequeña montaña
blanca por cuyas laderas brotaban arbolillos que relucían
como cubiertos de escarcha; y en la cumbre se veía
una figura blanca y menuda apoyada sobre un solo pie como
nívea bailarina; llevaba en la mano una diminuta varita
mágica de azúcar, resplandeciente de luz.
Los
niños la miraron con ojos extasiados, y uno o dos aplaudieron
y exclamaron:
—¡Es
preciosa, como en un cuento de hadas. —Al Cocinero le
agradó el comentario, pero el Aprendiz parecía
contrariado. Allí estaban los dos: el Maestro para
cortar la Tarta cuando llegase el momento, y el Aprendiz para
afilar el cuchillo y entregárselo.
El
Cocinero lo tomó por fin y se acercó a la mesa.
—He
de deciros, queridos niños, —comenzó—
que bajo esta capa de azúcar hay una tarta con muchas
cosas sabrosas; y muy dentro hay también otras muchas
cosillas bonitas, chucherías, pequeñas monedas
y así, y me han dicho que trae suerte encontrarlas
en el trozo que os toque. Hay veinticuatro en toda la Tarta,
de modo que toca una a cada uno, si la Reina de las Hadas
juega limpio. Aunque no siempre lo hace, porque es algo tramposilla.
El señor Aprendiz lo sabe muy bien. —El Aprendiz
se apartó y observó con atención las
caras de los niños.
—¡No!
¡Se me olvidaba!, —dijo el Cocinero. —Esta
tarde hay veinticinco. Hay también una estrellita de
plata con una magia especial, o eso dice el señor Aprendiz.
Así que tened cuidado. Si os rompéis con ella
uno de esos preciosos dientes, la estrella mágica no
os lo podrá arreglar. De todas formas, espero que dar
con ella os traiga una ventura especial.
Fue
una buena Tarta, y nadie pudo ponerle reparos, a excepción
del tamaño, que no fue el que se requería. Una
vez cortada cada niño recibió un gran trozo,
pero no sobró nada, así que no hubo segunda
vuelta. Pronto se acabaron las porciones, y de vez en cuando
aparecía una chuchería y una moneda. Hubo quien
encontró una, otros dos y algunos ninguna; así
es la suerte, tanto si hay una figura con varita mágica
en la Tarta como si no. Mas cuando terminaron con todo el
dulce no apareció rastro alguno de la estrella maravillosa.
—¡Vaya
por Dios, —dijo el Cocinero— Eso quiere decir
que después de todo, no era de plata: debe de haberse
derretido. O quizá el señor Aprendiz llevaba
razón y era realmente mágica, y se ha esfumado
sin más y ha regresado al País de Fantasía.
No me parece una broma muy adecuada. Sonrió al Aprendiz
con afectación y éste le devolvió una
mirada seria y en ningún momento sonrió.
No
obstante, la estrella de plata era en verdad una estrella
encantada; el Aprendiz no solía equivocarse en este
tipo de cosas. Lo que había sucedido es que uno de
los muchachos de la Fiesta se la había tragado sin
percatarse, si bien había encontrado en su porción
una moneda de plata y se la había dado a Nell, la niña
que tenía al lado y que parecía tan contrariada
por no haber hallado nada en su trozo. A veces el muchacho
se preguntaba qué habría sido de la estrella,
sin saber que la llevaba dentro, escondida en algún
lugar donde pasaba inadvertida, que era lo que se pretendía
que sucediese. Allí permaneció durante mucho
tiempo, hasta que también le llegó su hora.
La
Fiesta tuvo lugar a mediados del invierno, pero ya era el
mes de junio y la noche apenas si traía consigo alguna
oscuridad. Como no tenía sueño, el muchacho
se levantó antes del amanecer: era su décimo
cumpleaños. Miró por la ventana y el mundo le
pareci6 tranquilo y expectante. El airecillo, fresco y fragante,
agitaba el último sueño de los árboles.
Luego vino el día, y oyó en la distancia los
primeros gorjeos matutinos de los pájaros, ín
crescendo a medida que se le acercaban, hasta que lo inundaron
por entero, esparciéndose por los campos vecinos y
pasando hada el oeste como una ola de música mientras
el sol se asomaba por la orilla del mundo.
—Me
recuerda el País de Fantasía, —oyó
decir a su propia voz— Pero allí también
canta la gente. —Comenzó entonces a cantar, alto
y claro, con palabras extraño que parecía saber
de memoria; y en ese momento la estrella le cayó de
la boca y él la recogió en la palma de la mano.
Era ahora de plata reluciente y brillaba a la luz del sol;
temblaba, empero, y se alzó levemente como si estuviese
a punto de levantar vuelo. Sin pensarlo, el muchacho se golpeó
la frente con la mano y allí quedó en el centro
la estrella, y allí la llevó durante muchos
años.
Pocos
del pueblo la notaron, aunque no resultaba imperceptible para
unos ojos atentos, y por lo común no brillaba lo más
mínimo. Algo de su luz pasó a los ojos del muchacho;
y la voz, que ya desde el momento mismo en que la estrella
vino a él había empezado a embellecerse, se
hacía cada vez más hermosa a medida que él
crecía. A la gente le gustaba oírle, aunque
sólo fuesen los “buenos días”.
Llegó
a ser bien conocido en la región por su destreza en
el trabajo, no sólo en su propio pueblo sino en otros
muchos de los alrededores. Su padre era herrero, y él
continuó el oficio y lo mejoró. Mientras su
padre vivió, a él lo llamaron el hijo del herrero;
después, sólo el herrero, porque para entonces
era ya el mejor desde el lejano lugar de Easton hasta el Bosque
del Oeste, y en su fragua podía hacer toda clase de
objetos de hierro. Casi todos, naturalmente, comunes y prácticos,
destinados a las necesidades de cada día: aperos para
el campo, herramientas de carpintero, utensilios y cacharros
de cocina, barras, cerrojos y bisagras, ganchos para las ollas,
morrillos de chimenea, herraduras y cosas así. Eran
resistentes y duraderos, pero ofrecían también
un aire agradable, con formas bien modeladas para su clase,
de buen manejo y buen aspecto.
Pero
cuando tenía tiempo hacía algunas cosas por
pura afición; y eran hermosas, porque sabía
dar al hierro formas admirables, que parecían tan ligeras
y delicadas como un ramo de hojas y flores, aunque conservaban
la fuerte consistencia del metal e incluso parecían
más duras. Pocos podían pasar frente a una de
sus verjas, o rejas, sin detenerse a admirarlas; nadie podía
cruzarlas una vez cerradas. Solía cantar mientras trabajaba
en estas cosas, y cuando el herrero iniciaba su canto los
que estaban cerca detenían la labor y acudían
a la fragua a escucharlo.
La
mayoría no sabía nada más de él.
Cierto que este reconocimiento era suficiente; más
del que casi todos los vecinos del pueblo llegaban a alcanzar,
aun aquellos que eran buenos artesanos y muy trabajadores.
Sin embargo había algo más. Porque el herrero
llegó a visitar el Reino de Fantasía y conocía
algunas de sus regiones tan bien como les es dado conocerlas
a los mortales; aunque como muchos se parecían a Nokes,
a pocas personas les hablaba de esto, si excluimos a su mujer
y sus hijos. Su esposa era Nell, a quien diera la moneda de
plata, y de quien había tenido a Nan y a Ned, el hijo
del herrero. A ellos no podía haberles ocultado de
ninguna forma el secreto, porque en ocasiones veían
que la estrella le brillaba en la frente, al regreso de un
viaje o de alguno de los largos paseos solitarios que solía
hacer por las tardes.
De
vez en cuando se marchaba, bien a pie o a caballo, y todos
suponían que era por negocios; y a veces era cierto,
a veces no. De cualquier forma, no lo hacía por conseguir
encargos para la fragua o por comprar lingotes, carbón
u otros suministros, si bien cuidaba con detalle de tales
menesteres y sabía doblar el valor de un honrado penique,
como entonces se decía. Pero tenía en Fantasía
sus propios asuntos, y allí era bien recibido; porque
la estrella le resplandecía en la frente y él
se hallaba todo lo seguro que un mortal pueda estarlo en este
peligroso país. Los Pequeños Males rehuían
la estrella, y estaba a salvo de los Grandes.
De
lo cual se sentía agradecido, porque pronto adquirió
experiencia y entendió que uno no puede acercarse sin
riesgo a las maravillas de Fantasía, y que a muchos
de los Males no se les puede desafiar sin armas adecuadas,
demasiado poderosas para que un mortal cualquiera las maneje.
Siguió siendo un observador atento, no un guerrero,
y aunque con el tiempo podría haber forjado armas que
en su propio mundo habrían tenido el poder suficiente
para convertirse en tema de grandes leyendas o costar lo que
el rescate de un rey, sabía que en Fantasía
habrían sido de muy escaso valor. Así que no
se recuerda que entre todas las cosas que hizo forjase nunca
una espada, una lanza o una punta de flecha.
En
Fantasía se relacionó al principio, discretamente,
casi siempre con la gente más sencilla y las criaturas
más amables, en los bosques y prados de sus hermosos
votes o junto a las aguas transparentes donde de noche brillaban
astros extraños y al amanecer se reflejaban las cumbres
destellantes de las lejanas montañas. Algunas de sus
visitas más breves transcurrían con la sola
contemplación de un árbol o una flor; pero después,
durante viajes algo más largos, había visto
cosas hermosas y al tiempo terribles, que luego no lograba
recordar con claridad ni describir a sus amigos, aunque sabía
que se mantenían vivas en su corazón. Pero de
otras cosas no se olvidaba, y perduraban en su mente como
maravillas y misterios que rememoraba con frecuencia.
Cuando
las primeras veces empezó a alejarse sin guía,
pensó que llegaría a descubrir los confines
más apartados del país, pero como ante él
se levantaron montañas enormes, hubo de rodearlas por
largos senderos hasta llegar por fin a una costa desolada.
Allí se detuvo, a la orilla del Mar de las Tormentas
sin Vientos, donde las olas azules como colinas nevadas se
acercan en silencio desde la Oscuridad hasta la extensa playa,
preñadas de blancas naves que regresan del combate
en las Fronteras Tenebrosas nunca conocidas por el hombre.
Vio que un gran navío era lanzado con fuerza tierra
adentro, y las olas retrocedieron sin sonido envueltas en
espuma. Eran altos los marineros élficos, y terribles;
brillaban las espadas, destellaban las lanzas, y había
en sus ojos un penetrante fulgor. De pronto alzaron sus voces
en un himno de triunfo, y el corazón se le estremeció
de temor y cayó con el rostro en tierra, y ellos pasaron
sobre él y desaparecieron en las resonantes colinas.
Nunca
más fue a aquella orilla, en la creencia de estar en
un país rodeado todo por el mar, y volvió la
atenci6n a las montañas con la idea de alcanzar el
interior del Reino. En uno de tales vagabundeas lo sorprendió
una niebla gris y anduvo largo tiempo desorientado, hasta
que la niebla siguió su camino y él descubrió
que se hallaba en una dilatada llanura. Muy a lo lejos se
divisaba un gran cerro de sombra; y de aquella sombra, que
era su raíz, vio que se alzaba hasta el cielo, más
alto que todas las torres, el Árbol del Monarca. Y
era su luz como la del sol a mediodía; y a un mismo
tiempo ofrecía hojas, flores v frutos sin número,
y ninguno de ellos se asemejaba a los demás que crecían
en las ramas.
Nunca
volvió a ver aquel Árbol, aunque lo buscó
a menudo. Durante uno de estos viajes, mientras subía
a las Montañas Exteriores, descubrió entre ellas
una cañada angosta en cuyo fondo había un lago
tranquilo e inmóvil a pesar de la brisa que agitaba
el bosque circundante. La luz era en aquel lugar como un atardecer
carmesí, pero nacía del lago. Contempló
las aguas desde un pequeño acantilado de la orilla
y le pareció que podía ver hasta una profundidad
inconmensurable. Vio allí llamas dé formas extrañas
que se inclinaban, ramificaban y ondulaban como algas gigantes
en una fosa marina, y criaturas de fuego que pululaban entre
ellas. Lleno de asombro bajó hasta la orilla y tocó
el agua con el pie, pero no era agua; era algo más
duro que la piedra y más liso que el cristal. Se adentró
unos pasos y se hundió pesadamente, y un resonante
estruendo cubrió el lago y retumbó por las márgenes.
La brisa se transformó al punto en viento desatado,
que bramó como una enorme bestia y lo sacó a
la superficie y lo lanzó a la orilla, y lo empujó
pendiente arriba, volteándolo y dejándolo caer
como una hoja seca. Tendió los brazos al tronco de
un joven abedul y se abrazó a él, y el viento
luchó contra ambos con violencia tratando de desasirlo;
pero las ráfagas doblaban hasta el suelo el abedul,
que lo protegía con sus ramas. Cuando el viento por
fin pasó, se puso en pie y vio que el árbol
estaba desnudo. Había quedado despojado de todas sus
hojas, y lloraba, y las lágrimas caían de sus
ramas como gotas de lluvia. Puso la mano en la blanca corteza
y dijo:
—¡Bendito
seas, abedul! ¿Qué puedo hacer para resarcirte,
o para darte las gracias? —Sintió que la respuesta
del árbol pasaba a través de su mano:
—Nada,
—dijo— ¡Vete! El viento te persigue. Tú
no perteneces a este lugar. ¡Vete, y no regreses más!
Mientras
subía los últimos escarpes del valle notó
que las lágrimas del abedul se deslizaban por su propio
rostro, y en los labios le supieron a amargura. Siguió
su largo camino con el corazón entristecido, y durante
mucho tiempo no volvió a Fantasía. Mas no pudo
apartarla de su memoria; y cuando regresó, el deseo
de adentrarse en el país era aún más
vehemente.
Dio
por último con una ruta que atravesaba la Cordillera
Exterior y la siguió hasta alcanzar las Montañas
Interiores. Eran altas, escarpadas y sobrecogedoras. Al fin
encontró, sin embargo, un desfiladero al que podía
tener acceso, y al cabo de varios días de considerable
riesgo atravesó una estrecha grieta y vio a sus pies,
aunque aún no sabía su nombre, el Valle de la
Eterna Mañana. El verde supera allí el color
que los prados tienen en la costa de Fantasía, como
éstos sobrepasan el verde de nuestra primavera; el
aire es tan claro que los ojos llegan a distinguir las rojas
lenguas de los pájaros que cantan en los árboles
del último confín del valle, aunque éste
es muy vasto y las aves son del tamaño del ruiseñor.
Por
el interior las montañas perdían altura en pendientes
suaves, cubiertas por el rumor de cascadas burbujeantes, y
apresuró el paso, animado y feliz. Al poner el pie
en la hierba del valle oyó los cantos de los elfos;
y en un prado junto a un río resplandeciente de lirios
topó con un grupo numeroso de doncellas que estaban
bailando. La ligereza, la gracia y las formas siempre cambiantes
de sus movimientos lo dejaron asombrado, y se aproximó
al corro. De pronto ellas se quedaron inmóviles, y
una joven de cabello ondulante y falda de amplios pliegues
salió a su encuentro.
La
risa se mezcló con sus palabras al decirle:
—¿No
te estás volviendo temerario, Frente Estrellada? ¿No
tienes miedo de lo que puede decir la Reina si llega a enterarse
de esto? A menos que tengas su permiso. —Quedó
desconcertado al reconocer su propio pensamiento y saber que
la joven lo leía: había creído que la
estrella en la frente era un pasaporte para ir donde quisiese;
y ahora sabía que no era así. Pero ella le sonrió,
y volvió a decirle— ¡Ven! Ya que estás
aquí, baila conmigo; —y le llevó de la
mano hasta el corro. Bailaron juntos, y por un momento supo
lo que era gozar de la ligereza y el ímpetu y la dicha
de acompañarla. Sólo por un momento. Se detuvieron
enseguida, o así le pareció, y ella se inclinó
a recoger una flor blanca y se la puso a él en el pelo.
—¡Ahora, adiós!, —dijo— Puede
que, si la Reina lo permite, volvamos a vernos.
Después
de este encuentro no le quedó ningún recuerdo
del viaje de regreso, hasta que se vio cabalgando por los
caminos de su propio país; en algunos pueblos la gente
lo miraba con asombro y se quedaba contemplándolo hasta
que se perdía de vista. Cuando llegó al hogar,
su hija corrió a su encuentro y lo recibió con
alegría: había vuelto antes de lo esperado,
aunque nunca es demasiado pronto para el que espera.
—¡Papá!,
—exclamó— ¿Dónde has estado?
Tu estrella brilla mucho.
Al
cruzar el umbral la estrella se tornó de nuevo mortecina;
pero Nell lo tomó de la mano y lo llevó hasta
la chimenea, y allí se volvió y lo miró.
—Querido,
—le dijo— ¿dónde has estado y qué
es lo que has visto? Tienes una flor en el pelo. —La
retiró con cuidado de la cabeza y la sostuvo en la
mano. Parecía algo divisado a una gran distancia, y
sin embargo estaba allí y despedía un resplandor
que proyectaba sombras en las paredes de la habitación,
donde ya crecía la penumbra de la tarde. La sombra
del herrero se alzaba por encima de la mujer e inclinaba hacia
ella una cabeza majestuosa.
—Pareces
un gigante, papá, —comentó su hijo, que
aún no había dicho nada.
La
flor no se marchitó, ni perdió la luz; y la
conservaron como un secreto y un tesoro. El herrero hizo un
pequeño cofre con cerradura, y allí la guardaron,
y la familia, se la fue transmitiendo de generación
en generación; y los que heredaban la llave solían
abrir a veces el cofre y se quedaban contemplando la Flor
Viva hasta que la tapa volvía a cerrarse porque no
elegían ellos el momento en que esto ocurría.
El
paso de los años no se detuvo en el pueblo. Habían
transcurrido muchos. Cuando el herrero recibió la estrella
de la Fiesta de los Niños, todavía no había
cumplido los diez. Después llegó otra Fiesta
de los Veinticuatro, y para entonces Alf era Cocinero Mayor
y había elegido un nuevo aprendiz, Harper. Doce años
más tarde el herrero había regresado con la
Flor Viva, y ahora iba a celebrarse en el próximo invierno
otra Fiesta infantil de los Veinticuatro. Un día de
aquel año el herrero paseaba por los bosques de la
zona costera de Fantasía. Era otoño. Hojas doradas
colgaban de las ramas y en el suelo había hojas rojas.
Unos pasos se le acercaron por detrás, pero no les
prestó atención ni se dio vuelta, porque estaba
absorto en sus pensamientos.
Había
recibido en aquella ocasión la orden de emprender un
viaje, que le pareció más dilatado que todos
los que hasta entonces había hecho. Tuvo guías
y escolta; no obstante, guardó escasos recuerdos de
los senderos recorridos, porque a menudo la niebla y las sombras
lo desorientaron; hasta que, por último, alcanzaron
un paraje elevado bajo un cielo de astros innumerables. Allí
lo condujeron ante la propia Reina. No llevaba corona ni tenía
trono. Estaba en pie rodeada de majestad y gloria, y circundada
de un gran ejército que resplandecía y brillaba
como las estrellas en lo alto; pero ella sobresalía
por encima del hierro de las lanzas, y sobre su cabeza ardía
una llama blanquecina. Con un ademán le indicó
que se acercara, y él dio un paso adelante, estremeciéndose.
Sonó clarísima una trompeta, y he aquí
que de pronto se encontraron solos.
Estaba
frente a ella, y no dobló la rodilla en señal
de acatamiento, porque se sentía anonadado y sabía
que todo gesto era vano en alguien tan pequeño como
él. Alzó al fin la mirada y vio los ojos y el
rostro de la Reina, inclinados con gravedad hada él;
y se sintió inquieto y confundido, pues en aquel momento
la reconoció: era la hermosa doncella del Valle Verde,
la bailarina a cuyos pies brotaban las flores. Sonrió
ella al advertir sus recuerdos y se le acercó; y hablaron
largo rato, casi siempre sin palabras, y aprendió de
ella muchas cosas, de las que algunas lo alegraron y otras
lo llenaron de tristeza. Retrocedió después
en el tiempo con la imaginación, rememorando su vida
hasta llegar al día de la Fiesta de los Niños
y su encuentro con la estrella, y volvió súbitamente
a ver la figurilla danzante con la varita mágica, y
apartó avergonzado los ojos de la hermosura de la Reina.
Pero
ella se rió como ya lo había hecho en el Valle
de la Eterna Mañana.
—No
te aflijas por mí, Frente Estrellada, —dijo—
ni te avergüences demasiado de tu propia gente. Acaso
valga más una figurilla que el total olvido de Fantasía.
Para algunos ése es el único atisbo; para otros
es el despertar. Desde aquel día tú siempre
has sentido en el corazón el deseo de verme, y yo he
accedido a él. Pero nada más puedo darte. Al
despedirme voy ahora a hacer de ti mi mensajero. Si ves al
Rey, dile: Ha llegado la hora. Que escoja.
—Pero,
Señora de Fantasía, —balbuceó—
¿dónde está el Rey? —Porque muchas
veces había hecho esta pregunta a la gente de Fantasía
y todos daban la misma respuesta— No nos lo ha dicho.
Y
respondió la Reina:
—Si
él no te lo ha dicho, Frente Estrellada, tampoco yo
puedo hacerlo. Pero viaja con frecuencia y puede encontrársele
en lugares insospechados. Arrodíllate ahora en pleitesía.
Se
arrodilló y ella se inclinó y le puso la mano
en la cabeza y una gran calma descendió sobre él;
y parecía estar simultáneamente en el Mundo
y en Fantasía, y al mismo tiempo fuera de ambos, contemplándolos,
de modo que se sintió a la vez desvalido, poderoso
y en paz. Cuando después de un rato la quietud pasó,
alzó la cabeza y se levantó. El cielo amanecía,
palidecían las estrellas y la Reina había desaparecido.
Muy a lo lejos se escuchó el eco de una trompeta que
sonaba en las montañas. El paraje elevado donde se
encontraba estaba silencioso y desierto, y sabía que
ahora su camino lo llevaba de nuevo al desamparo.
A
sus espaldas quedaba ya muy distante el lugar de aquel encuentro,
y aquí estaba él ahora, caminando entre hojas
caídas y considerando todo lo que había visto
y aprendido. Los pasos se aproximaron. Una voz dijo entonces
de improviso a su lado:
—¿Vas
en esta dirección, Frente Estrellada?
Se
sobresaltó, y salió de su abstracción
y vio junto a él a un hombre. Era alto, y caminaba
con paso ligero y apresurado; vestía todo de verde
oscuro y llevaba una capucha que le ensombrecía parcialmente
el rostro. El herrero quedó perplejo, porque sólo
los habitantes de Fantasía le llamaban Frente Estrellada,
aunque no recordaba haber visto allí antes a este hombre;
y no obstante advertía con desasosiego que el otro
lo conocía:
—¿A
dónde te diriges?, —preguntó.
—Vuelvo
a tu pueblo, —contestó el hombre— y espero
que tú también.
—Así
es, —dijo el herrero— Podemos ir juntos. Pero
ahora que me acuerdo... Antes de iniciar el regreso una Gran
Dama me confió un mensaje; pronto, sin embargo, estaremos
saliendo de Fantasía y no creo que yo retorne nunca
aquí. ¿Y tú?
—Yo
sí. Puedes confiármelo.
—Pero
es un mensaje para el Rey. ¿Sabes dónde encontrarlo?
—Sí.
¿Cuál era el mensaje?
—La
Dama sólo me pidió que le dijera: Ha llegado
la hora. Que escoja.
—Entiendo.
No te inquietes más.
Luego
continuaron uno al lado del otro en silencio; sólo
se oían las hojas al quebrarse bajo sus pies; pero
al cabo de unas pocas millas, todavía dentro de las
fronteras de Fantasía, el hombre se detuvo. Se volvió
hacia el herrero y retiró la capucha. Su acompañante
lo reconoció entonces. Era Alf, el Aprendiz, como el
herrero todavía lo llamaba en su fuero interno, recordando
siempre el día en que vio al joven Alf en el Pabellón
con el reluciente cuchillo en la mano para cortar la Tarta
y los ojos resplandecientes a la luz de las velas. Ahora tenía
que ser un anciano, porque había sido Cocinero Mayor
durante muchos años; pero allí, de pie bajo
la fronda del Bosque Exterior parecía el Aprendiz de
mucho tiempo atrás, aunque con mayor señorío:
no tenía canas, ni arrugas en el rostro, y los ojos
le brillaban como si reflejaran una luz.
—Me
gustaría hablar contigo, herrero, antes de llegar a
tu país, —dijo. El herrero se quedó sorprendido,
porque también él había deseado a menudo
conversar con Alf, y nunca había podido hacerlo. Alf
siempre lo saludaba con palabras afables y lo había
mirado con ojos amistosos, a pesar de que parecía evitar
hablar a solas con él. Ahora contemplaba al herrero
con mirada amable; pero alzó la mano y tocó
con el dedo índice la estrella de la frente.
Desapareció
su reflejo en los ojos de Alf, y supo entonces el herrero
que la estrella era la fuente de aquella luz, que tenía
que haber estado brillando con fuerza, pero que en este momento
se había oscurecido. Quedó sorprendido y retrocedió
enfadado.
—¿No
crees, Maestro Herrero, —dijo Alf— que ya es hora
de renunciar a esto?
—¿Es
de tu incumbencia, Maestro Cocinero?, —respondió
el herrero— ¿Y por qué abría de
renunciar? ¿No es mía? Ella me eligió
a mí. ¿No puede uno quedarse con las cosas que
recibe, al menos como recuerdo?
—Algunas
sí. Las que son regalos y se dan como recuerdo. Pero
otras no se dan así. No pueden pertenecer siempre a
una sola persona, ni ser consideradas como patrimonio familiar.
Están en préstamo. No has pensado que tal vez
alguien más pueda necesitaría. Pero así
es. El tiempo apremia.
El
herrero se sintió entonces perturbado, porque era un
hombre generoso y recordaba con gratitud todo lo que debía
a la estrella.
—¿Qué
debo hacer, pues?, —preguntó— ¿He
de dársela a uno de los Grandes del Reino de Fantasía?
¿Debo dársela al Rey? —Y mientras decía
esto nació en su corazón la esperanza de poder
volver a Fantasía con semejante misión.
—Podrías
dármela, —dijo Alf— pero eso acaso te resulte
demasiado duro. ¿Querrías acompañarme
hasta mi despensa y volverla a poner donde tu abuelo la dejó?
—No
lo sabía, —dijo el herrero.
—Soy
el único que lo sabe. Estábamos los dos solos.
—Supongo
entonces que conoces cómo consiguió la estrella
y por qué la dejó en la caja.
—La
trajo de Fantasía: eso ya lo sabías, antes de
preguntarlo, —contestó Alf— La dejó
allí con la esperanza de que pudiera llegar a ti, que
eras su único nieto. Me lo dijo porque pensó
que yo podría arreglarlo. Era el padre de tu madre.
No sé si ella te habló mucho de él, si
es que llegó a tener mucho que contar. Se llamaba Trotamundos,
y fue un gran viajero: había visto muchas cosas, y
pudo también hacer otras muchas antes de asentarse
y llegar a Cocinero Mayor. Pero se fue cuando tú sólo
tenías dos años, y no lograron encontrar a nadie
mejor que Nokes, pobrecillo, para ocupar el puesto. Sin embargo,
y como esperábamos, con el tiempo yo llegué
a Cocinero. Este año volveré a hacer una gran
Tarta: no se recuerda a nadie más que la haya hecho
dos veces. Me gustaría poner allí la estrella.
—De
acuerdo, la tendrás, —dijo el herrero. Miró
a Alf como si estuviera intentando leerle los pensamientos—
¿Sabes quién la va a encontrar?
—¿Te
importa eso, Maestro Herrero?
—Me
gustaría saberlo, si tú lo sabes, Maestro Cocinero.
Podría hacerme más llevadera la pérdida
de algo que estimo tanto. Mi nieto es demasiado pequeño.
—Puede
que sí, puede que no. Ya veremos, dijo Alf.
Nada
más se dijeron, y siguieron su ruta hasta salir de
Fantasía y llegar por fin al pueblo. Una vez allí
se encaminaron al Pabellón; y en la Tierra se estaba
entonces poniendo el sol y una luz roja llenaba los ventanales.
Brillaban en la enorme puerta los tallos doradas y desde las
gárgolas del tejado miraban rostros extraños
y multicolores. No hacía mucho que habían renovado
las vidrieras y pinturas del Pabellón, lo que había
dado lugar a muchos debates en el Ayuntamiento. A unos les
desagradaba, y dieron en llamarlo novedoso; pero otros de
mayores luces sabían que aquello significaba un retorno
a las antiguas costumbres. No obstante, como a nadie le supuso
ni un solo penique y parecía que el propio Maestro
Cocinero corría con los gastos, se le permitió
llevar a cabo sus deseos. Pero el herrero no lo había
visto nunca bajo una luz semejante y se quedó parado
contemplando con asombro el Pabellón, y olvidado de
lo que allí le traía.
Sintió
que lo tocaban en el brazo, y Alf le hizo rodear el edificio
hasta una portezuela trasera. La abrió y guió
al herrero por un corredor estrecho hasta la despensa. Allí
encendió un velón, abrió una alacena
y bajó de un estante la caja negra. Le habían
sacado brillo y adornado con cintas plateadas.
Levantó
la tapa y mostró la caja al herrero. Había un
pequeño compartimiento vacío; los demás
estaban ahora llenos de especias frescas, de fuerte aroma.
Los ojos del herrero comenzaron a llenarse de lágrimas.
Se llevó la mano a la frente y la estrella se desprendió
con facilidad, pero sintió una súbita punzada
de dolor y las lágrimas le rodaron por las mejillas.
Aunque la estrella volvió a brillar con fuerza en su
mano, no podía verla, y sólo distinguía
un borroso fulgor que le parecía muy lejano.
—No
puedo ver bien, —dijo— Tendrás que ponerla
tú por mí. —Extendió la mano, y
Alf tomó la estrella y la colocó en su lugar
y la estrella se apagó.
El
herrero se dio vuelta sin añadir una palabra y se encaminó
a tientas hasta la puerta. En el umbral advirtió que
la vista se le volvía a aclarar. Anochecía,
y el lucero de la tarde brillaba próximo a la luna
en un cielo luminoso. Al detenerse un momento a contemplar
su hermosura, sintió una mano en el hombro y se volvió.
—Me
has dado la estrella sin nada a cambio, —dijo Alf—
Si aún deseas saber en qué niño va a
recaer, puedo decírtelo.
—Claro
que sí.
—En
quien tú indiques.
El
herrero quedó desconcertado y su respuesta no fue inmediata.
—Bueno,
—dijo vacilante— No sé qué pensarás
de mi elección. Imagino que tienes escasos motivos
para sentir afecto por el nombre de Nokes; pero en fin, su
bisnieto Tim va a ir a la Fiesta. Su padre es algo muy distinto.
—Lo
he notado, —dijo Alf— Tuvo una madre sensata.
—Sí,
hermana de mi mujer. Pero, aparte del parentesco, yo quiero
a Tim. Aunque no sea una elección obvia.
Alf
sonrió.
—Tampoco
tú lo eras, —dijo— Pero estoy de acuerdo.
La verdad es que yo ya había señalado a Tim.
—Entonces,
¿por qué me pediste que escogiera?
—Fue
deseo de la Reina. Sí hubieses elegido a otro, yo me
habría conformado.
El
herrero miró despacio a Alf. Luego, súbitamente,
se inclinó en una profunda reverencia.
—Por
fin entiendo, Señor, —dijo— Ha sido demasiado
honor.
—Ha
merecido la pena, —respondió Alf— Ahora
regresa en paz a tu hogar.
Cuando
el herrero llegó a su casa en las afueras del pueblo,
al poniente, su hijo estaba a la puerta de la fragua. Acababa
de cerrarla, concluido el quehacer diario, y estaba mirando
el camino blanco por el que su padre solía regresar
de los viajes. Al oír pasos se volvió, sorprendido
de verlo venir del pueblo, y corrió a su encuentro.
Lo apretó entre sus brazos en calurosa bienvenida.
—Te
estaba esperando desde ayer, papá, —dijo. Luego,
observando el rostro de su padre, comentó preocupado—
¡Qué cansado pareces! ¿Vienes desde muy
lejos?
—Sí,
desde muy lejos, hijo. Todo el camino desde el Alba hasta
el Atardecer.
Entraron
juntos en la casa, que estaba a oscuras, a excepción
de las llamas que palpitaban en la chimenea. Encendió
su hijo las velas y durante un rato estuvieron sentados junto
al fuego sin hablar, pues una gran fatiga y aflicción
se había apoderado del herrero. Por fin miró
a su alrededor, como si volviera en sí, y dijo:
—¿Por
qué estamos solos?
Su
hijo lo miró con atención.
—¿Por
qué? Mamá está en Wootton Menor, en casa
de Nan. Su niño cumple dos años. Contaban con
que tú también estuvieras allí.
—¡Ah,
sí! Debía haber ido. Debía haberlo hecho,
Ned, pero me entretuvieron; y he estado ocupado en cosas que
durante algún tiempo me han hecho olvidar todo lo demás.
Me he acordado, no obstante, del pequeño Tom. —Se
llevó la mano al pecho y a un monedero de suave piel—
Le he traído algo. Es posible que el viejo Nokes diga
que es una baratija... Pero proviene de Fantasía, Ned.
-Sacó de la bolsa un pequeño objeto de plata,
que semejaba el tallo liso de un lirio diminuto en cuyo extremo
brotaban tres flores delicadas que se inclinaban como verdaderas
campanillas. Y eran campanillas, porque al moverlas ligeramente
cada flor repicó con una nota clara y tímida.
Vacilaron las velas con el dulce sonido y resplandecieron
luego por un momento con luminosa blancura.
El
asombro dilató los ojos de Ned.
—¿Puedo
verlo, papá?, —preguntó. Lo tomó
entre los dedos con cuidado y miró dentro de las flores—
¡Qué maravilla de trabajo!, —dijo—
Y las campanillas tienen olor, papá: un aroma que me
recuerda..., me recuerda, bueno..., algo que he olvidado.
—Sí,
el olor se sigue notando algún tiempo después
del tintineo de las flores. Pero no tengas miedo de tocarlo,
Ned. Está hecho para que sirva de juguete a los niños:
ni pueden estropearlo ni a ellos les hará ningún
daño.
El
herrero volvió a poner el regalo en el monedero y lo
guardó.
—Mañana
lo llevaré yo mismo a Wootton Menor, —dijo—
Es posible que Nan, su marido y tu madre me perdonen. En cuanto
al pequeño Tom, aún no tiene edad para distinguir
un día de otro..., ni las semanas, los meses o los
años.
—Así
es... Vete tú, papá. A mí me agradaría
acompañarte, pero por ahora no puedo acercarme a Wootton
Menor. Aunque no te hubiese estado esperando tampoco podría
haber ido hoy. Hay mucha labor pendiente, y más que
está a punto de llegar.
—¡No,
no, hijo! ¡Tómate un día de fiesta! Que
sea abuelo no significa que se me hayan debilitado los brazos.
¡Que venga trabajo! Ahora va a haber aquí cuatro
manos para hacerle frente todos los días laborables.
No volveré a salir de viaje, Ned; viajes largos, ya
sabes a qué me refiero.
—¿Va
a ser así, papá? Me preguntaba qué habría
ocurrido con la estrella. ¡Es lástima! —Tomó
la mano de su padre— Lo lamento por ti. Pero también
tiene su lado bueno para esta casa. ¿Sabes, Maestro
Herrero? Todavía puedes enseñarme mucho, si
dispones de tiempo. Y no me refiero únicamente al trabajo
del hierro.
Cenaron
juntos, y mucho después de haber terminado todavía
seguían sentados a la mesa, mientras el herrero contaba
a su hijo el último viaje a Fantasía y otras
cosas que le venían a la memoria... Sin embargo, no
aludió para nada al próximo portador de la estrella.
Por
fin su hijo lo miró y dijo:
—Padre,
¿recuerdas el día en que regresaste con la Flor
y yo dije que, por la sombra, parecías un gigante?
Aquella sombra era la Verdad, como lo era la misma Reina con
quien estuviste bailando. Y a pesar de todo has renunciado
a la estrella. Espero que la reciba alguien con iguales merecimientos.
El muchacho debiera estar agradecido.
—El
muchacho no lo sabrá, —dijo el herrero—
Así son esos regalos. Bueno, ya está hecho.
La he pasado a otro y vuelvo al martillo y las tenazas.
Es
extraño, pero el viejo Nokes, que se había burlado
del Aprendiz, nunca había logrado olvidarse de cómo
la estrella desapareció de la Tarta, a pesar de que
aquello había sucedido hacía muchos años.
Su gordura y holgazanería habían ido en aumento,
y se había retirado del puesto a los sesenta (que en
el pueblo no era una edad avanzada) Tenía ahora cerca
de los noventa, y una corpulencia enorme, porque seguía
comiendo en abundancia y lo chiflaba el azúcar. Si
no estaba sentado a la mesa, pasaba la mayor parte del día
en un sillón junto a la ventana de su casa o, si hacía
buen tiempo, en la puerta. Le gustaba charlar, pues aún
le quedaban por airear muchas ideas; pero últimamente
su charla solía derivar hacia aquella Gran Tarta que
él había hecho (cosa que creía a pies
juntillas), porque siempre que se dormía la veía
en sueños. El Aprendiz se detenía a veces a
conversar con él un minuto o dos. El viejo cocinero
le seguía llamando por ese nombre y esperaba que a
él se le llamara Maestro. Así procuraba hacerlo
el Aprendiz, lo que era un punto a su favor, aunque Nokes
sentía mayor simpatía por otras personas.
Una
tarde Nokes cabeceaba en su silla junto a la puerta después
de comer. Despertó sobresaltado y vio al Aprendiz de
pie junto a él, contemplándolo.
—¡Hola!,
—dijo— Me alegro de verte, porque sigo dándole
vueltas a aquella Tarta. De hecho estaba pensando en ella
ahora mismo. Nunca he hecho otra mejor, que no es poco decir.
Pero acaso tú la hayas olvidado.
—No,
Maestro. Me acuerdo muy bien. Pero, ¿qué es
lo que le inquieta? Fue una buena Tarta, y todos disfrutaron
de ella y la encontraron.
—Naturalmente,
como que la hice yo. Pero no es eso lo que me preocupa. Es
aquella pequeña baratija, la estrella. No consigo explicarme
qué fue de ella. Es evidente que no se derritió.
Yo sólo lo dije para evitar que los niños tuvieran
miedo. Me pregunto si no se la tragaría alguno de ellos.
Aunque no es probable. Te puedes tragar una de esas monedillas
y no darte cuenta, pero no aquella estrella. Aunque era pequeña,
tenía puntas afiladas.
—Sí,
Maestro. Pero, ¿sabe con seguridad de qué estaba
hecha? No le dé más vueltas. Le aseguro que
alguien se la tragó.
—Pero,
¿quién? ¡Vamos, tengo buena memoria! Y
de una forma u otra sigo recordando aquel día. Puedo
repetir los nombres de todos los niños. Déjame
pensar. ¡Tiene que haber sido Molly, la hija del molinero!
Tenía un gran apetito y en un segundo engulló
su trozo. Ahora está gorda como una foca.
—Sí,
algunas personas se ponen como focas, Maestro. Pero Molly
no hizo desaparecer su parte en un santiamén. Encontró
dos regalillos.
—¡Ah!
¿Sí? Bueno, entonces fue Harry, el del tonelero.
Un muchacho como un barril y con una boca grande como una
rana.
—Yo
habría dicho, Maestro, que era un chico agradable con
una sonrisa amplia y amistosa. De todos modos, tuvo tanto
cuidado que desmenuzó por entero su parte antes de
comérsela. Y no encontró sino pastel.
—Entonces
tiene que haber sido aquella niñita pálida,
Lily, la hija del pañero. De muy niña solía
tragarse alfileres y nunca le pasó nada.
—Lily
no, Maestro. Sólo comió la corteza y el azúcar,
y lo de dentro se lo dio al chico que tenía al lado.
—En
ese caso, me rindo. ¿Quién fue? Tú pareces
haber estado observando con mucha atención. Si no estás
inventándotelo todo.
—Fue
el hijo del herrero, Maestro. Y creo que le vino bien.
—¡Vamos!,
—se rió Nokes— Pude haberme dado cuenta
de que estabas jugando conmigo. ¡No seas ridículo!
El hijo del herrero era entonces un muchacho tranquilo y reposado.
Ahora mete más ruido: tengo entendido que es algo poeta.
Pero es precavido. No hay peligro con él. Mastica dos
veces antes de tragar, y siempre lo ha hecho, a ver si me
entiendes.
—Sí
Maestro. Bueno, si no cree que fue él, nada puedo hacerle.
Acaso tampoco importe mucho ahora. ¿Se quedará
más tranquilo si le digo que la estrella ya está
otra vez en la caja? Mírela.
El
Aprendiz llevaba una capa de color verde oscuro, en la que
Nokes no había reparado hasta entonces. De entre sus
pliegues sacó la caja negra y la abrió ante
las mismas narices del anciano cocinero.
—Aquí
está la estrella, Maestro. En este rincón.
El
viejo Nokes empezó a toser y estornudar, pero por fin
miró dentro de la caja.
—Así
es, —dijo— Al menos se le parece.
—Es
la misma, Maestro. Hace aún pocos días que yo
la puse aquí. Y este invierno volverá a estar
en la Gran Tarta.
—¡Ah!,
—dijo Nokes, mirando de soslayo al Aprendiz. Y luego
se estuvo riendo hasta que todo él se convulsionó
como si fuera de gelatina— ¡Ya veo, ya veo! Veinticuatro
muchachos y veinticuatro porciones con su respectiva sorpresa,
y la estrella en una porción extra. Así que
la escamoteaste antes de la cocción y te la guardaste
para otra oportunidad. Siempre fuiste un pillastre; un vivo,
pudiera decirse. Y ahorrador: no desperdiciabas ni una brizna
de mantequilla. ¡Ja, ja, ja! De modo que así
fue. Debía haberío supuesto. Bueno, pues ya
se ha aclarado. Ahora puedo echar tranquilo una cabezada.
—Se arrellanó en la silla— ¡Cuidado
con que tu aprendiz no te juegue a ti alguna treta! Dicen
que uno siempre encuentra la horma de su zapato. —Y
cerró los ojos.
—Adiós,
Maestro, —dijo el Aprendiz, cerrando la caja con un
golpe tal que el cocinero volvió a abrir los ojos—
Nokes, —dijo— eres tan sabio que sólo dos
veces me he aventurado a decirte algo. Te dije que la estrella
venía de Fantasía, y acabo de decirte que la
recibió el herrero. Y te has reído de mí.
Añadiré una sola cosa más antes de marchar.
¡No vuelvas a reírte! Eres un viejo impostor,
vanidoso, gordo, holgazán y bellaco. Yo hice casi todo
tu trabajo. Sin darme jamás las gracias, aprendiste
de mí cuanto te fue posible.... menos el respeto por
Fantasía y un poco de educación, que ni siquiera
te alcanza a darme los buenos días.
—Si
de educación hablamos, —dijo Nokes— por
ningún lado la veo en tus insultos a quienes te superan
en años y condición. ¡Vete al diablo con
tu Fantasía y tus memeces! ¡Buenos días!,
si eso es lo que estabas esperando. ¡Ahora lárgate!
—Agitó burlonamente la mano— Si tienes
escondido en la cocina a uno de esos fantásticos amigos
tuyos, envíamelo y le echaré un vistazo. Si
agita su varita mágica y logra adelgazarme, le tendré
en mayor estima, —rió.
—¿Dispones
de unos momentos para el Rey de Fantasía? —respondió
su interlocutor, que para consternaci6n de Nokes crecía
cada vez más en altura a medida que hablaba. Se echó
atrás la capa. Llevaba el atuendo de Cocinero Mayor
en día de gala, pero las ropas blancas resplandecían
y destellaban, y en su frente apareció una joya de
gran tamaño, como una radiante estrella. Era el suyo
un rostro joven, aunque severo.
—Anciano,
—dijo— al menos en años no me superas.
En cuanto a mejor que yo, a menudo te has burlado de mí
a mis espaldas. ¿Quieres desafiarme ahora abiertamente?
—Dio un paso adelante y Nokes se apartó asustado.
Intentó pedir socorro a gritos, pero descubrió
que apenas sí le salía un hilo de voz.
—¡No,
Señor!, —musitó. —¡No me haga
daño! ¡Sólo soy un pobre anciano!
El
rostro del Rey se aplacó.
—¡Ay,
sí! Razón tienes. No temas, tranquilízate.
Pero, ¿no esperas que el Rey de Fantasía hago
algo por ti antes de irse? Que tu deseo se cumpla. ¡Adiós!
Duerme ahora.
Se
envolvió de nuevo en la capa y partió en dirección
al Pabellón. Pero antes de que desapareciera de su
vista, los ojos atónitos del viejo cocinero ya se habían
cerrado, y comenzó a roncar.
Cuando
volvió a despertarse, el sol se estaba poniendo. Se
frotó los ojos y se estremeció ligeramente,
porque el aire otoñal era fresco.
—¡Agh!
¡Qué sueños!, —dijo— Debe
de haber sido la carne de cerdo que he comido. —A partir
de entonces tuvo tanto miedo a sufrir malos sueños
como aquél, que apenas se atrevía a comer algo
por temor a que le sentase mal, y sus comidas vinieron a ser
muy frugales y sencillas. Pronto adelgazó, y la ropa
y la piel le colgaban en arrugados pliegues. Los niños
le llamaban Viejo Espantapájaros. Después, durante
algún tiempo, descubrió que podía volver
a dar unas vueltas por el pueblo y caminar sin más
ayuda que un bastón. Y vivió muchos años
más de los que hubiera vivido de la otra forma. Se
comenta que llegó incluso a cumplir el siglo: la única
cosa digna de recuerdo que hizo. Pero hasta su último
año de vida pudo oírsele decir a todo el que
quería prestar oídos a su relato: —Inquietante,
podríais decir; aunque un sueño estúpido,
cuando piensas en ello. ¡Rey de Fantasía! ¡Pues
vaya! No tenía ni varita mágica. Y si dejas
de comer, adelgazas. Eso es lógico. Cae por su peso.
No tiene nada de mágico.
Y
llegó el día de la Fiesta de los Veinticuatro.
Allí estaba el herrero para cantar sus canciones y
su mujer para atender a los niños. El herrero los contempló
mientras cantaban y bailaban, y pensó que eran más
hermosos y vivaces de lo que ellos habían sido en su
infancia... Súbitamente se le ocurrió preguntarse
qué habría estado haciendo Alf en sus ratos
libres. Cualquier niño parecía digno de recibir
la estrella. Pero la mirada del herrero seguía casi
siempre a Tim: un muchachito más bien regordete, torpe
en el baile, aunque con una voz dulce cuando cantaba. Estaba
sentado a la mesa en silencio observando cómo afilaban
el cuchillo y partían la Tarta. Inesperadamente, alzó
la voz:
—Señor
Cocinero, córteme sólo un trozo pequeño,
por favor. He comido tanto que me siento bastante lleno.
—Bueno,
Tim, —dijo Alf— Voy a cortarte un trozo especial.
Vas a ver qué bien te lo comes.
El
herrero estuvo atento mientras Tim comía el pastel
con parsimonia, aunque con evidente deleite; pero pareció
decepcionado al no encontrar ninguna sorpresa ni moneda. Pronto,
sin embargo, comenzó a brillarle en los ojos una luz,
y se echó a reír y se llenó de contento,
y cantaba en voz baja para sí mismo. Luego se levantó
y empezó a bailar solo, con una gracia extraña
que nunca antes se le había notado. Todos los niños
reían y aplaudían.
—Entonces
todo va bien, —pensó el herrero— Así
que eres mi heredero. Me gustaría saber a qué
lugares inciertos ha de llevarte la estrella. ¡Pobre
viejo Nokes! Aunque supongo que nunca llegará a saber
que en su propia familia ha ocurrido algo tan sorprendente.
Nunca
lo supo. Pero en aquella fiesta sucedió algo que le
agradó sobremanera. Antes de finalizar, el Maestro
Cocinero se despidió de los niños y de todos
los presentes.
—Ha
llegado la hora de decirnos adiós, —comentó—
Dentro de un día o dos me marcharé de aquí.
El Maestro Harper está ya bien preparado para hacerse
cargo del puesto. Es muy buen cocinero y, como sabéis,
es de vuestro propio pueblo. Yo regreso a casa. No creo que
me echéis de menos.
Los
niños despidieron al Cocinero con buen humor, y le
dieron las gracias afectuosamente por su hermosa Tarta. Sólo
el pequeño Tim le cogió la mano y le dijo muy
quedo:
—Lo
siento.
De
hecho, en el pueblo hubo varias familias que durante algún
tiempo echaron de menos a Alf. Algunos de sus amigos, en particular
el herrero y Harper, lamentaron su marcha y cuidaron de los
dorados y pinturas del Pabellón en recuerdo suyo. Casi
toda la gente, no obstante, se sintió satisfecha. Llevaba
mucho tiempo con ellos y no sintieron que se produjese un
cambio. Pero el viejo Nokes golpeó el suelo con su
bastón y dijo con rotundidad:
—¡Por
fin se ha ido! Y sé de alguien que se alegra. A mí
nunca me agradó. Era un pillo. Demasiado listo, diría
yo.