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Lecciones sobre el arte de escribir
cuentos breves
Víctor Montoya*
El Tío1, como todo diablo de vasta cultura y declarado defensor
del cuento breve -brevísimo-, aprovechó una de nuestras
conversas para darme una lección sobre el arte de trabajar la palabra
con la precisión de un orfebre.
-Escribir un cuento breve es como grabar un verso de García Lorca
en un anillo de bodas -dijo-. Así de fácil pero a la vez
difícil.
Lo miré callado, pensando en que el Tío, a pesar de sus
atributos de Satanás, jamás dice las cosas al tuntún.
Es un tipo asaz inteligente, sabio en las ciencias ocultas y en las ciencias
de ciencias. ¿Qué no sabe? ¿Qué no puede?
¿Qué no quiere? Es un modelo de constancia y rigor intelectual.
Y, lo más deslumbrante, tiene una respuesta para cada pregunta.
Así un día, mientras hablábamos de literatura y literatura,
dijo: “Los hombres escriben cuentos violentos”. ¿Y
las mujeres?, le pregunté. “Ése es otro cuento”,
me contestó.
-En tu opinión, ¿cómo se distingue al buen escritor
de cuentos? -le dije a modo de tantearle sus conocimientos.
-Para empezar, al buen escritor se lo distingue incluso por la forma
de andar -replicó con la sabiduría de quien posee el don
del genio y la magia de la palabra-. El escritor de fuste no necesita
tarjetas de presentación, críticos ni reconocimientos. En
él, más que en nadie, la pasión de escribir es como
estar endemoniado, una forma de levitar al borde del delirio, de hacer
añicos la realidad y contar un cuento en el cual la mentira es
tan cierta que nadie la pone en duda, aparte de que su vicio de escribir
en soledad es una enfermedad endémica y sin remedio. Nadie lo puede
librar de esa atadura voluntaria, ni siquiera Cristo en calzoncillos...
El Tío, consciente de que la virtud del intelectual consiste en
simplificar lo complejo y no en hacer más complejo lo simple, se
daba modos de meterme los conocimientos como con cuchara, aplicando una
didáctica más eficaz que la de un profesor emérito.
Por eso cuando hablaba de un tema aparentemente difícil, como es
la literatura, lo hacía con gran desparpajo y muchos ejemplos.
-¿Y cómo se sabe que un cuento es un buen cuento? -le pregunté
con la curiosidad de quien aprovecha una charla sobre el arte de escribir.
-Cuando te atrapa desde un principio y el lenguaje fluye con fuerza propia,
cuando el lector reconoce las situaciones del cuento y empieza a identificarse
con los personajes, quienes, por su verisimilitud, dejan de ser puras
invenciones para hacerse creíbles a los ojos del lector. Un buen
cuento se parece a un caleidoscopio, donde uno encuentra nuevas figuras
literarias cada vez que lo lee y lo relee. Claro que todo esto no depende
sólo de la perfección formal del cuento, incluidos el argumento,
el lenguaje y el estilo, sino de la destreza del autor, quien debe mantener
el suspense del lector hasta el final. En el mejor de los casos, el cuento
debe tener un desenlace sorpresivo e inesperado, porque un cuento sin
un final sorpresivo es como un regalo descubierto en Navidad.
-Y si el cuento no atrapa desde un principio ni mantiene tenso el ánimo
del lector hasta el final, ¿qué hacer? -le pregunté,
mientras rememoraba los malos cuentos que escribí en mi juventud
creyéndolos obras maestras.
-¡Ah! -contestó el Tío, reacomodándose en
su trono-. En ese caso lo mejor es tirarlo como cuando se tira abajo un
edificio cuyas puertas y ventanas aparecieron construidas en el techo.
A propósito, García Márquez dice: "El esfuerzo
de escribir un cuento corto es tan intenso como empezar una novela”.
Y si el cuento, por alguna razón misteriosa, no sale bien desde
un principio, lo aconsejable es “empezarlo de nuevo por otro camino,
o tirarlo a la basura", porque escribir un cuento que no quiere ser
escrito es como forzar a una mujer que no te ama.
Me quedé pensando en que no es fácil ser albañil
de la literatura, un oficio que parece reservado sólo para quienes,
desde el instante en que conciben una historia en la imaginación,
se sienten apresados en un torbellino de imágenes y palabras.
-Otra pregunta -le dije-. A tu juicio, ¿quién es el buen
escritor de cuentos?
-El ñatito que ve como en una película la obra de su creación
y es capaz de inventar ficciones sobre los tres pilares fundamentales
de la condición humana: la vida, el amor y la muerte, así
algunos críticos digan que lo más importante no es QUÉ
se cuenta sino CÓMO se cuenta. Tampoco cabe duda de que un buen
escritor de cuentos breves, usando los instrumentos simples de la palabra
escrita, es capaz de crear personajes, a quienes les concede vida propia
con su aliento y su talento, los crea no de un montoncito de tierra, como
Dios creó al hombre, sino de un montoncito de palabras, como tú
me estás creando contra viento y marea, soplándome vida
en tus cuentos de la mina. El buen escritor posee la magia de sacar las
palabras hasta por los bolsillos, como el mago saca las palomas por las
mangas de la camisa.
-A propósito de ambientes y personajes, algunos de mis lectores
dice que me repito demasiado, que patino sobre el mismo tema y sobre el
mismo personaje.
-¡Bah! -refunfuñó el Tío-. No les hagas caso,
sigue insistiendo sobre el mismo tema, sigue escribiendo sobre este Tío
de la mina y, como recomendaba el viejo Tolstoi: “Describe tu aldea
y serás universal”.
En efecto, me prometí para mis adentros seguir escribiendo sobre
la realidad dantesca de los mineros y sobre las ocurrencias de su dios
y su diablo protector encarnados en el Tío, el mismo que en ese
instante conversaba conmigo sobre sus autores preferidos y sobre las claves
del cuento breve, dándome la oportunidad de preguntarle una y otra
vez, por ejemplo, ¿cómo elegir un buen cuento en medio de
tanta palabrería?
-Eso varía de lector a lector -aclaró el Tío-. Hay
cuentos y cuentistas para todos los gustos. Más todavía,
los cuentos, al igual que sus autores, tienen diversas formas, tamaños
y contenidos. Así hay cuentos largos como Julio Cortázar
y cuentos cortos como Tito Monterroso; cuentos livianos como Julio Ramón
Ribeyro y cuentos pesados como Lezama Lima; cuentos chuecos como Augusto
Céspedes y cuentos borrachos como Edgar Allan Poe; cuentos humorísticos
como Bryce Echenique y cuentos angustiados como Franz Kafka; cuentos eruditos
como JL Borges y cuentos dandys como Óscar Wilde; cuentos pervertidos
como Marqués de Sade y cuentos degenerados como Charles Bukovski;
cuentos decentes como Antón Chéjov y cuentos eróticos
como Anaîs Nin; cuentos del realismo social como Máximo Gorki
y cuentos del realismo mágico como García Márquez;
cuentos suicidas como Horacio Quiroga y cuentos tímidos como Juan
Rulfo; cuentos naturalistas como Guy de Maupassant y cuentos de ciencia-ficción
como Isaac Asimov; cuentos psicológicos como William Faulkner y
cuentos intimistas como JC Onetti; cuentos de la tradición oral
como Charles Perrault y cuentos infantiles como HC Andersen; cuentos de
la mina como Baldomero Lillo, cuentos rurales como Ciro Alegría,
cuentos urbanos como Mario Benedetti y así, como estos ejemplos,
hay un montón de cuentos como hay de todo en la viña del
Señor. El saber elegirlos no es responsabilidad del escritor sino
un oficio que le corresponde al lector.
Al escuchar el chorro de nombres, en mi condición de eterno aprendiz,
me quedé turulato por la sabiduría del Tío, quien
conocía las técnicas del arte de narrar sin haber escrito
un solo cuento. Claro que tampoco tenía por qué haberlo
hecho, si en sus manos tenía a un escribano como yo, encargado
de transcribir los dictados de su ingenio y su corazón de diablo.
Mi curiosidad por saber más sobre el arte de escribir cuentos
breves fue in crescendo, hasta que indagué el porqué de
su preferencia por el cuento breve.
El Tío se arrimó en el espaldar de su trono, irguió
la cabeza, cruzó los brazos y explicó:
-Porque es una creación literaria donde se ensamblan la brevedad,
la precisión verbal y la originalidad, pero también la sintaxis
correcta y la claridad semántica, porque no es lo mismo decir:
“Dos tazas de té, que dos tetazas”, ni es lo mismo
decir: “La Virgen del Socavón, que el socavón de la
virgen”.
Estaba a punto de abrir la boca cuando él, sin importarle un bledo
lo que quería decirle, se me adelantó con la agilidad propia
de un gran conversador:
-El cuento breve es tiempo concentrado, tan concentrado que, algunas
veces, puede estar compuesto sólo por un título y una frase.
Ahí tenemos “El dinosaurio”, un cuentito corto como
su autor: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía
estaba allí”, dice Monterroso, seguro de haber cazado un
animal prehistórico con siete palabras. Otro ejemplo, Antón
Chéjov, acaso sin saberlo, anotó en su cuaderno de apuntes
una anécdota, que bien podía haber sido un cuento condensado:
"Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve
a casa, se suicida". Lástima que el ruso dejó esta
idea entre sus apuntes como un diamante no pulido. De lo contrario, éste
podía haber sido el cuento breve más perfecto sobre la vida
de un millonario suicida. ¿Qué te parece, eh? ¿Qué
te parece?
-¿Y qué me dices de los cuentos de largo aliento? -le pregunté
sólo por llevar más agua a su molino.
El Tío se dio cuenta de mi actitud de preguntón, paseó
la mirada por doquier, se alisó los bigotes con la lengua y contestó:
-Los cuentos largos son como los largometrajes, si no terminas dormido,
terminas bostezando como cuando te metes en una sopa de letras. En el
cuento breve, que se diferencia de la novela por su extensión,
deben figurar sólo las palabras necesarias. No en vano Cortázar
decía que el cuento es instantáneo como una fotografía
y la novela es larga como una película.
-O sea que la clave de un cuento breve radica en sintetizar el lenguaje
-dije sin estar muy seguro de lo que decía.
-Más que sintetizar -precisó el Tío-, es necesario
economizar el lenguaje, evitando la “inflación palabraria”,
como dice Eduardo Galeano, quien recorrió un largo trecho hacia
el desnudamiento de la palabra. El lenguaje tiene que ser llano y sencillo,
lo más sencillo y claro posibles. No hay porqué escribir
una prosa florida ni abigarrada, ni usar un lenguaje rimbombante ni hacer
del cuento un árbol de abundante follaje y pocos frutos. Por el
contrario, se trata de hacer un striptease del lenguaje, hasta dejarlo
con su pura sencillez y encanto, porque en la sencillez del lenguaje se
esconde la belleza del arte literario...
-Cómo es eso de desnudar la palabra -irrumpí, sin haber
comprendido el meollo del asunto.
-Fácil -dijo el Tío-. ¿Recuerdas el ejemplito sobre
el letrero del pescadero?
-No -contesté, rascándome la cabeza.
-Ay, ay, ay. ¡Qué cabezota, eh! -enfatizó-. Según
el ejemplo de Galeano, el pescadero rotuló sobre la entrada de
su tienda: "AQUÍ SE VENDE PESCADO FRESCO". Pasó
un vecino y le dijo: "Es obvio que es 'aquí', no hace falta
escribirlo". Y borró el AQUÍ. Pasó otro vecino
y le dijo: "Es innecesario escribir 'se vende', ¿o acaso regala
usted el pescado?". Y borró el SE VENDE. Y sólo quedó
PESCADO FRESCO. Sí. Y pasó otro vecino y dijo: "¿Acaso
cree que alguien piensa que vende pescado podrido, que escribe 'fresco'...?".
Y borró FRESCO. Ya sólo figuraba PESCADO. Así es...
hasta que otro vecino pasó y le dijo al pescadero: "¿Por
qué escribe 'pescado'? ¿Acaso alguien dudaría de
que se vende otra cosa que pescado, con el olor que sale de aquí?".
Así que el pescadero quitó las palabras que escribió
sobre la entrada de su tienda...
El Tío parecía levitar mientras hablaba, como haciendo gala
de su memoria retentiva. Hizo una breve pausa y luego continuó:
-Qué te parece la ocurrencia del pelado Galeano, ese trotamundos
que, además de hacer striptease del lenguaje, logró escribir
la historia de América Latina en pedacitos y con las venas abiertas.
-Muy bueno el ejemplo, muy bueno -contesté-. Pero, ¿hacía
falta quitar todas las palabras del letrero?
-Está más claro que el agua. Hay cosas que no pueden ser
"palabreadas" así nomás. Por eso Galeano, siguiendo
las enseñazas del maestro Juan Carlos Onetti, se hizo consciente
de que “las únicas palabras que merecen existir son las palabras
mejores que el silencio".
-En eso estoy plenamente de acuerdo -le dije de golpe y porrazo-. Es
como cuando se habla, si las palabras que se van a decir no son más
bellas que el silencio, lo mejor es callar.
-Así es, pues -aseveró el Tío-. A veces, “la
única manera de decir es callando” o como dice el verso de
Pablo Neruda: “Me gustas cuando callas porque estás como
ausente...”.
Ahí se plantó nuestra conversa y se abrió un largo
silencio.
Antes de cerrar la noche, me despedí del Tío, no sin antes
agradecerle por su magistral enseñanza que, de seguir machacando
mi oficio de artesano en la palabra, me ayudará a mejorar mis cuentos
mal escritos, aunque sé por experiencia propia que “del dicho
al hecho, hay mucho trecho”, tal cual reza el refrán popular.
Iba a franquear la puerta, cuando de pronto, a mis espaldas, escuché
la voz del Tío:
-No dejes de escribir cuentos breves, como esos que a mí me gustan.
Me di la vuelta, le eché una veloz ojeada y pregunté:
-¿Como cuáles?
-Como los cuentos mineros donde cobro vida propia gracias a las aventuras
de tu imaginación.
Me volví otra vez y salí de prisa, sin dejar más
palabras que el silencio a mis espaldas.
FIN
"Cómo
escribir un cuento policial" por Gilbert K. Chesterton*
"Los escritores tienen la extraña idea de que su trabajo
consiste en confundir a sus lectores
y que, mientras los mantengan confundidos, no importa si los decepcionan.
Pero no hace falta sólo esconder un secreto,
también hace falta un secreto digno de ocultar."
Que quede claro que escribo este artículo siendo totalmente consciente
de que he fracasado en escribir un cuento policíaco. Pero he fracasado
muchas veces.
Mi autoridad es por lo tanto de naturaleza práctica y científica,
como la de un estudioso de lo social que se ocupe del desempleo o del
problema de la vivienda. No tengo la pretensión de haber cumplido
el ideal que aquí propongo al joven estudiante; soy, si les place,
ante todo el terrible ejemplo que debe evitar. Sin embargo creo que existen
ideales para la narrativa policíaca, como existen para cualquier
actividad digna de ser llevada a cabo. Y me pregunto por qué no
se exponen con más frecuencia en la literatura didáctica
popular que nos enseña a hacer tantas otras cosas menos dignas
de efectuarse.
Como, por ejemplo, la manera de triunfar en la vida. Se publican panfletos
de todo tipo para enseñar a la gente las cosas que no pueden ser
aprendidas como tener personalidad, tener muchos amigos, poesía
y encanto personal. Incluso aquellas facetas del periodismo y la literatura
de las que resulta más evidente que no pueden ser aprendidas, son
enseñadas con asiduidad. Pero he aquí una muestra clara
de sencilla artesanía literaria, más constructiva que creativa,
que podría ser enseñada hasta cierto punto e incluso aprendida
en algunos casos muy afortunados. Más pronto o más tarde,
creo que esta demanda será satisfecha, en este sistema comercial
en que la oferta responde inmediatamente a la demanda y en el que todo
el mundo esta frustrado al no poder conseguir nada de lo que desea. Más
pronto o más tarde, creo que habrá no sólo libros
de texto explicando los métodos de la investigación criminal
sino también libros de texto para formar criminales. Apenas será
un pequeño cambio de la ética financiera vigente y, cuando
la vigorosa y astuta mentalidad comercial se deshaga de los últimos
vestigios de los dogmas inventados por los sacerdotes, el periodismo y
la publicidad demostrarán la misma indiferencia hacia los tabúes
actuales que hoy en día demostramos hacia los tabúes de
la Edad Media. El robo se justificará al igual que la usura y nos
andaremos con los mismos tapujos al hablar de cortar cuellos que hoy tenemos
para monopolizar mercados. Los quioscos se adornaran con títulos
como La falsificación en quince lecciones o ¿Por qué
aguantar las miserias del matrimonio?, con una divulgación del
envenenamiento que será tan científica como la divulgación
del divorcio o los anticonceptivos.
Pero, como a menudo se nos recuerda, no debemos impacientarnos por la
llegada de una humanidad feliz y, mientras tanto, parece que es tan fácil
conseguir buenos consejos sobre la manera de cometer un crimen como sobre
la manera de investigarlos o sobre la manera de describir la manera en
que podrían investigarse. Me imagino que la razón es que
el crimen, su investigación, su descripción y la descripción
de la descripción requieren, todas ellas, algo de inteligencia.
Mientras que triunfar en la vida y escribir un libro sobre ello, no.
Primero
Lo primero y principal es que el objetivo del cuento de misterio, como
el de cualquier otro cuento o cualquier otro misterio, no es la oscuridad
sino la luz. El cuento se escribe para el momento en el que el lector
comprende por fin el acontecimiento misterioso, no simplemente por los
múltiples preliminares en que no. El error sólo es la oscura
silueta de una nube que descubre el brillo de ese instante en que se entiende
la trama. Y la mayoría de los malos cuentos policíacos son
malos porque fracasan en esto. Los escritores tienen la extraña
idea de que su trabajo consiste en confundir a sus lectores y que, mientras
los mantengan confundidos, no importa si los decepcionan. Pero no hace
falta sólo esconder un secreto, también hace falta un secreto
digno de ocultar. El clímax no debe ser anticlimático. No
puede consistir en invitar al lector a un baile para abandonarle en una
zanja. Más que reventar una burbuja debe ser el primer albor de
un amanecer en el que el alba se ve acentuada por las tinieblas. Cualquier
forma artística, por trivial que sea, se apoya en algunas verdades
valiosas. Y por más que nos ocupemos de nada más importante
que una multitud de Watsons dando vueltas con desorbitados ojos de búho,
considero aceptable insistir en que es la gente que ha estado sentada
en la oscuridad la que llega a ver una gran luz; y que la oscuridad sólo
es valiosa en tanto acentúa dicha gran luz en la mente.
Siempre he considerado una coincidencia simpática que el mejor
cuento de Sherlock Holmes tiene un titulo que, a pesar de haber sido concebido
y empleado en un sentido completamente diferente, podría haber
sido compuesto para expresar este esencial clarear: el título es
"Resplandor plateado".
Segundo
El segundo gran principio es que el alma de los cuentos de detectives
no es la complejidad sino la sencillez. El secreto puede ser complicado
pero debe ser simple. Esto también señala las historias
de más calidad. El escritor esta ahí para explicar el misterio
pero no debería tener que explicar la propia explicación.
Ésta debe hablar por sí misma. Debería ser algo que
pueda decirse con voz silbante (por el malo, por supuesto) en unas pocas
palabras susurradas o gritado por la heroína antes de desmayarse
por la impresión de descubrir que dos y dos son cuatro. Ahora bien,
algunos detectives literarios complican más la solución
que el misterio y hacen el crimen más complejo aun que su solución.
Tercero
En tercer lugar, de lo anterior deducimos que el hecho o el personaje
que lo explican todo, deben resultar familiares al lector. El criminal
debe estar en primer plano pero no como criminal; tiene que tener alguna
otra cosa que hacer que, sin embargo, le otorgue el derecho de permanecer
en el proscenio. Tomaré como ejemplo el que ya he mencionado, "Resplandor
plateado". Sherlock Holmes es tan conocido como Shakespeare. Por
lo tanto, no hay nada de malo en desvelar, a estas alturas, el secreto
de uno de estos famosos cuentos. A Sherlock Holmes le dan la noticia de
que un valioso caballo de carreras ha sido robado y el entrenador que
lo vigilaba asesinado por el ladrón. Se sospecha, justificadamente,
de varias personas y todo el mundo se concentra en el grave problema policial
de descubrir la identidad del asesino del entrenador. La pura verdad es
que el caballo lo asesinó.
Pues bien, considero el cuento modélico por la extrema sencillez
de la verdad. La verdad termina resultando algo muy evidente. El caballo
da título al cuento, trata del caballo en todo momento, el caballo
está siempre en primer plano, pero siempre haciendo otra cosa.
Como objeto de gran valor, para los lectores, va siempre en cabeza. Verlo
como el criminal es lo que nos sorprende. Es un cuento en el que el caballo
hace el papel de joya hasta que olvidamos que una joya puede ser un arma.
Si tuviese que crear reglas para este tipo de composiciones, esta es
la primera que sugeriría: en términos generales, el motor
de la acción debe ser una figura familiar actuando de una manera
poco frecuente. Debería ser algo conocido previamente y que esté
muy a la vista. De otra manera no hay auténtica sorpresa sino simple
originalidad. Es inútil que algo sea inesperado no siendo digno
de espera. Pero debería ser visible por alguna razón y culpable
por otra. Una gran parte de la tramoya, o el truco, de escribir cuentos
de misterio es encontrar una razón convincente, que al mismo tiempo
despiste al lector, que justifique la visibilidad del criminal, más
allá de su propio trabajo de cometer el crimen. Muchas obras de
misterio fracasan al dejarlo como un cabo suelto en la historia, sin otra
cosa que hacer que delinquir. Por suerte suele tener dinero o nuestro
sistema legal, tan justo y equitativo, le habría aplicado la ley
de vagos y maleantes mucho antes de que lo detengan por asesinato. Llegamos
al punto en que sospechamos de estos personajes gracias a un proceso inconsciente
de eliminación muy rápido. Por lo general, sospechamos de
él simplemente porque nadie lo hace. El arte de contar consiste
en convencer, durante un momento, al lector no sólo de que el personaje
no ha llegado al lugar del crimen sin intención de delinquir si
no de que el autor no lo ha puesto allí con alguna segunda intención.
Porque el cuento de detectives no es más que un juego. Y el lector
no juega contra el criminal sino contra el autor.
El escritor debe recordar que en este juego el lector no preguntará,
como a veces hace en una obra seria o realista: "¿Por qué
el agrimensor de gafas verdes trepa al árbol para vigilar el jardín
del médico?" Sin sentirlo ni dudarlo, se preguntará:
"¿Por qué el autor hizo que el agrimensor trepase al
árbol o cuál es la razón que le hizo presentarnos
a un agrimensor?". El lector puede admitir que cualquier ciudad necesita
un agrimensor sin reconocer que el cuento pueda necesitarlo. Es necesario
justificar su presencia en el cuento (y en el árbol) no sólo
sugiriendo que lo envía el Ayuntamiento sino explicando por qué
lo envía el autor. Más allá de las faltas que planea
cometer en el interior de la historia debe tener alguna otra justificación
como personaje de la misma, no como una miserable persona de carne y hueso
en la vida real. El lector, mientras juega al escondite con su auténtico
rival el autor, tiende a decir: Sí soy consciente de que un agrimensor
puede trepar a un árbol, y sé que existen árboles
y agrimensores. ¿Pero qué esta haciendo con ellos? ¿Por
qué hace usted que este agrimensor en concreto trepase a este árbol
en particular, hombre astuto y malvado?
Cuarto
Esto nos conduce al cuarto principio que debemos recordar. La gente no
lo reconocerá como práctico ya que, como en los otros casos,
los pilares en que se apoya lo hacen parecer teórico. Descansa
en el hecho que, entre las artes, los asesinatos misteriosos pertenecen
a la gran y alegre compañía de las cosas llamadas chistes.
La historia es un vuelo de la imaginación. Es conscientemente una
ficción ficticia. Podemos decir que es una forma artística
muy artificial pero prefiero decir que es claramente un juguete, algo
a lo que los niños juegan. De donde se deduce que el lector que
es un niño, y por lo tanto muy despierto, es consciente no sólo
del juguete, también de su amigo invisible que fabricó el
juguete y tramó el engaño. Los niños inocentes son
muy inteligentes y algo desconfiados. E insisto en que una de las principales
reglas que debe tener en mente el hacedor de cuentos engañosos
es que el asesino enmascarado debe tener un derecho artístico a
estar en escena y no un simple derecho realista a vivir en el mundo. No
debe venir de visita sólo por motivos de negocios, deben ser los
negocios de la trama. No se trata de los motivos por los que el personaje
viene de visita, se trata de los motivos que tiene el autor para que la
visita ocurra. El cuento de misterio ideal es aquel en que es un personaje
tal y como el autor habría creado por placer, o por impulsar la
historia en otras áreas necesarias y después descubriremos
que está presente no por la razón obvia y suficiente sino
por las segunda y secreta. Añadiré que por este motivo,
a pesar de las burlas hacia los noviazgos estereotipados, hay mucho que
decir a favor de la tradición sentimental de estilo más
lector o más victoriano. Habrá quien lo llame un aburrimiento
pero puede servir para taparle los ojos al lector.
Quinto
Por último, el principio de que los cuentos de detectives, como
cualquier otra forma literaria, empiezan con una idea. Lo que se aplica
también a sus facetas más mecánicas y a los detalles.
Cuando la historia trata de investigaciones, aunque el detective entre
desde fuera el escritor debe empezar desde dentro. Cada buen problema
de este tipo empieza con una buena idea, una idea simple. Algún
hecho de la vida diaria que el escritor es capaz de recordar y el lector
puede olvidar. Pero en cualquier caso la historia debe basarse en una
verdad y, por más que se le pueda añadir, no puede ser simplemente
una alucinación.
*Gilbert K. Chesterton (Inglaterra, 1874-1936) escribió ensayos
teológicos y literarios, polémicas y libros de poesía.
Su paso a la posteridad, sin embargo, se debe a la incursión en
el género policial, y, más precisamente, a la creación
de un personaje: el particular detective Padre Brown. El hombre que fue
jueves es su título más célebre
ENTREVISTA
A WILLIAM FAULKNER
—¿Existe alguna fórmula que sea posible seguir para
ser un buen novelista?
—99% de talento... 99% de disciplina... 99% de trabajo. El novelista
nunca debe sentirse satisfecho con lo que hace. Lo que se hace nunca es
tan bueno como podría ser. Siempre hay que soñar y apuntar
más alto de lo que uno puede apuntar. No preocuparse por ser mejor
que sus contemporáneos o sus predecesores. Tratar de ser mejor
que uno mismo. Un artista es una criatura impulsada por demonios. No sabe
por qué ellos lo escogen y generalmente está demasiado ocupado
para preguntárselo. Es completamente amoral en el sentido de que
será capaz de robar, tomar prestado, mendigar o despojar a cualquiera
y a todo el mundo con tal de realizar la obra.
—¿Quiere usted decir que el artista debe ser completamente
despiadado?
—El artista es responsable sólo ante su obra. Será
completamente despiadado si es un buen artista. Tiene un sueño,
y ese sueño lo angustia tanto que debe librarse de él. Hasta
entonces no tiene paz. Lo echa todo por la borda: el honor, el orgullo,
la decencia, la seguridad, la felicidad, todo, con tal de escribir el
libro. Si un artista tiene que robarle a su madre, no vacilará
en hacerlo...
—Entonces la falta de seguridad, de felicidad, honor, etcétera,
¿sería un factor importante en la capacidad creadora del
artista?
—No. Esas cosas sólo son importantes para su paz y su contento,
y el arte no tiene nada que ver con la paz y el contento.
—Entonces, ¿cuál sería el mejor ambiente para
un escritor?
—El arte tampoco tiene nada que ver con el ambiente; no le importa
dónde está. Si usted se refiere a mí, el mejor empleo
que jamás me ofrecieron fue el de administrador de un burdel. En
mi opinión, ese es el mejor ambiente en que un artista puede trabajar.
Goza de una perfecta libertad económica, está libre del
temor y del hambre, dispone de un techo sobre su cabeza y no tiene nada
qué hacer excepto llevar unas pocas cuentas sencillas e ir a pagarle
una vez al mes a la policía local. El lugar está tranquilo
durante la mañana, que es la mejor parte del día para trabajar.
En las noches hay la suficiente actividad social como para que el artista
no se aburra, si no le importa participar en ella; el trabajo da cierta
posición social; no tiene nada qué hacer porque la encargada
lleva los libros; todas las empleadas de la casa son mujeres, que lo tratarán
con respeto y le dirán "señor". Todos los contrabandistas
de licores de la localidad también le dirán "señor".
Y él podrá tutearse con los policías. De modo, pues
que el único ambiente que el artista necesita es toda la paz, toda
la soledad y todo el placer que pueda obtener a un precio que no sea demasiado
elevado. Un mal ambiente sólo le hará subir la presión
sanguínea, al hacerle pasar más tiempo sintiéndose
frustrado o indignado. Mi propia experiencia me ha enseñado que
los instrumentos que necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida
y un poco de whisky.
—¿Bourbon?
—No, no soy tan melindroso. Entre escocés y nada, me quedo
con escocés.
—Usted mencionó la libertad económica. ¿La
necesita el escritor?
—No. El escritor no necesita libertad económica. Todo lo
que necesita es un lápiz y un poco de papel. Que yo sepa nunca
se ha escrito nada bueno como consecuencia de aceptar dinero regalado.
El buen escritor nunca recurre a una fundación. Está demasiado
ocupado escribiendo algo. Si no es bueno de veras, se engaña diciéndose
que carece de tiempo o de libertad económica. El buen arte puede
ser producido por ladrones, contrabandistas de licores o cuatreros. La
gente realmente teme descubrir exactamente cuántas penurias y pobreza
es capaz de soportar. Y a todos les asusta descubrir cuán duros
pueden ser. Nada puede destruir al buen escritor. Lo único que
puede alterar al buen escritor es la muerte. Los que son buenos no se
preocupan por tener éxito o por hacerse ricos. El éxito
es femenino e igual que una mujer: si uno se le humilla, le pasa por encima.
De modo, pues, que la mejor manera de tratarla es mostrándole el
puño. Entonces tal vez la que se humille será ella.
—¿Trabajar para el cine es perjudicial para su propia obra
de escritor?
—Nada puede perjudicar la obra de un hombre si éste es un
escritor de primera, nada podrá ayudarlo mucho. El problema no
existe si el escritor no es de primera, porque ya habrá vendido
su alma por una piscina.
—Usted dice que el escritor debe transigir cuando trabaja para el
cine. ¿Y en cuanto a su propia obra? ¿Tiene alguna obligación
con el lector?
—Su obligación es hacer su obra lo mejor que pueda hacerla;
cualquier obligación que le quede después de eso, puede
gastarla como le venga la gana. Yo, por mi parte, estoy demasiado ocupado
para preocuparme por el público. No tengo tiempo para pensar quién
me lee. No me interesa la opinión de Juan Lector sobre mi obra
ni sobre la de cualquier otro escritor. La norma que tengo que cumplir
es la mía, y esa es la que me hace sentir como me siento cuando
leo La tentación de Saint Antoine o el Antiguo Testamento. Me hace
sentir bien, del mismo modo que observar un pájaro me hace sentir
bien. Si reencarnara, sabe usted, me gustaría volver a vivir como
un zopilote. Nadie lo odia, ni lo envidia, ni lo quiere, ni lo necesita.
Nadie se mete con él, nunca está en peligro y puede comer
cualquier cosa.
—¿Qué técnica utiliza para cumplir su norma?
—Si el escritor está interesado en la técnica, más
le vale dedicarse a la cirugía o a colocar ladrillos. Para escribir
una obra no hay ningún recurso mecánico, ningún atajo.
El escritor joven que siga una teoría es un tonto. Uno tiene que
enseñarse por medio de sus propios errores; la gente sólo
aprende a través del error. El buen artista cree que nadie sabe
lo bastante para darle consejos. tiene una vanidad suprema. No importa
cuánto admire al escritor viejo, quiere superarlo.
—Entonces, ¿usted niega la validez de la técnica?
—De ninguna manera. Algunas veces la técnica arremete y se
apodera del sueño antes que el propio escritor pueda aprehenderlo.
Eso es tour de force y la obra terminada es simplemente cuestión
de juntar bien los ladrillos, puesto que el escritor probablemente conoce
cada una de las palabras que va a usar hasta el fin de la obra antes de
escribir la primera. Eso sucedió con Mientras agonizo. No fue fácil.
Ningún trabajo honrado lo es. Fue sencillo en cuanto que todo el
material estaba ya a la mano. La composición de la obra me llevó
sólo unas seis semanas en el tiempo libre que me dejaba un empleo
de doce horas al día haciendo trabajo manual. Sencillamente me
imaginé un grupo de personas y las sometí a las catástrofes
naturales universales, que son la inundación y el fuego, con una
motivación natural simple que le diera dirección a su desarrollo.
Pero cuando la técnica no interviene, escribir es también
más fácil en otro sentido. Porque en mi caso siempre hay
un punto en el libro en el que los propios personajes se levantan y toman
el mando y completan el trabajo. Eso sucede, digamos, alrededor de la
página 275. Claro está que yo no sé lo que sucedería
si terminara el libro en la página 274. La cualidad que un artista
debe poseer es la objetividad al juzgar su obra, más la honradez
y el valor de no engañarse al respecto. Puesto que ninguna de mis
obras ha satisfecho mis propias normas, debo juzgarlas sobre la base de
aquélla que me causó la mayor aflicción y angustia
del mismo modo que la madre ama al hijo que se convirtió en ladrón
o asesino más que al que se convirtió en sacerdote.
—¿Qué obra es ésa?
—El Sonido y la Furia. La escribí cinco veces distintas,
tratando de contar la historia para librarme del sueño que seguiría
angustiándome mientras no la contara. Es una tragedia de dos mujeres
perdidas: Caddy y su hija. Dilsey es uno de mis personajes favoritos porque
es valiente, generosa, dulce y honrada. Es mucho más valiente,
honrada y generosa que yo.
—¿Cómo empezó El Sonido y la Furia?
—Empezó con una imagen mental. Yo no comprendí en
aquel momento que era simbólica. La imagen era la de los fondillos
enlodados de los calzoncitos de una niña subida a un peral, desde
donde ella podía ver a través de una ventana el lugar donde
se estaba efectuando el funeral de su abuela y se lo contaba a sus hermanos
que estaban al pie del árbol. Cuando llegué a explicar quiénes
eran ellos y qué estaban haciendo y cómo se habían
enlodado los calzoncitos de la niña, comprendí que sería
imposible meterlo todo en un cuento y que el relato tendría que
ser un libro. Y entonces comprendí el simbolismo de los calzoncitos
enlodados, y esa imagen fue reemplazada por la de la niña huérfana
de padre y madre que se descuelga por el tubo de desagüe del techo
para escaparse del único hogar que tiene, donde nunca ha recibido
amor ni afecto ni comprensión. Yo había empezado a contar
la historia a través de los ojos del niño idiota, porque
pensaba que sería más eficaz si la contaba alguien que sólo
fuera capaz de saber lo que sucedía, pero no por qué. Me
di cuenta de que no había contado la historia esa vez. Traté
de volver a contarla, ahora a través de los ojos de otro hermano.
Tampoco resultó. La conté por tercera vez a través
de los ojos del tercer hermano. Tampoco resultó. Traté de
reunir los fragmentos y de llenar las lagunas haciendo yo mismo las veces
de narrador. Todavía no quedó completa, hasta quince años
después de la publicación del libro, cuando escribí,
como apéndice de otro libro, el esfuerzo final para acabar de contar
la historia y sacármela de la cabeza de modo que yo mismo pudiera
sentirme en paz. Ese es el libro por el que siento más ternura.
Nunca pude dejarlo de lado y nunca pude contar bien la historia, aun cuando
lo intenté con ahínco y me gustaría volver a intentarlo,
aunque probablemente fracasaría otra vez.
—¿Qué emoción suscita Benjy en usted?
—La única emoción que puedo sentir por Benjy es aflicción
y compasión por toda la humanidad. No se puede sentir nada por
Benjy porque él no siente nada. Lo único que puedo sentir
por él personalmente es preocupación en cuanto a que sea
creíble tal cual yo lo creé. Benjy fue un prólogo,
como el sepulturero en los dramas isabelinos. Cumple su cometido y se
va. Benjy es incapaz del bien y del mal porque no tiene conocimiento alguno
del bien y del mal.
—¿Podía Benjy sentir amor?
—Benjy no era lo suficientemente racional ni siquiera para ser un
egoísta. Era un animal. Reconocía la ternura y el amor,
aunque no habría podido nombrarlos; y fue la amenaza a la ternura
y al amor lo que lo llevó a gritar cuando sintió el cambio
en Caddy. Ya no tenía a Caddy; siendo un idiota, ni siquiera estaba
consciente de la ausencia de Caddy. Sólo sabía que algo
andaba mal, lo cual creaba un vacío en el que sufría. Trató
de llenar ese vacío. Lo único que tenía era una de
las pantuflas desechadas de Caddy. La pantufla era la ternura y el amor
de Benjy que éste podría haber nombrado, y sólo sabía
que le faltaban. Era mugroso porque no podía coordinar y porque
la mugre no significaba nada para él. Así como no podía
distinguir entre el bien y el mal, tampoco podía distinguir entre
lo limpio y lo sucio. La pantufla le daba consuelo aun cuando ya no recordaba
la persona a la que había pertenecido, como tampoco podía
recordar por qué sufría. Si Caddy hubiese reaparecido, Benjy
probablemente no la habría reconocido.
—¿Ofrece ventajas artísticas el componer la novela
en forma de alegoría, como la alegoría cristiana que usted
utilizó en Una fábula?
—La misma ventaja que representa para el carpintero construir esquinas
cuadradas al construir una casa cuadrada. En Una fábula, la alegoría
cristiana era la alegoría indicada en esa historia particular,
del mismo modo que una esquina cuadrada oblonga es la esquina indicada
para construir una casa rectangular oblonga.
—¿Quiere decir que un artista puede usar el cristianismo
simplemente como cualquier otra herramienta, de la misma manera que un
carpintero tomaría prestado un martillo?
—Al carpintero del que estamos hablando nunca le falta ese martillo.
A nadie le falta cristianismo, si nos ponemos de acuerdo en cuanto al
significado que le damos a la palabra. Se trata del código de conducta
individual de cada persona, por medio del cual ésta se hace un
ser humano superior al que su naturaleza quiere que sea si la persona
sólo obedece a su naturaleza. Cualquiera que sea su símbolo
—la cruz o la media luna o lo que fuere—, ese símbolo
es para el hombre el recordatorio de su deber como miembro de la raza
humana. Sus diversas alegorías son los modelos con los que se mide
a sí mismo y aprende a conocerse. La alegoría no puede enseñar
al hombre a ser bueno del mismo modo que el libro de texto le enseña
matemáticas. Le enseña cómo descubrirse a sí
mismo, cómo hacerse de un código moral y de una norma dentro
de sus capacidades y aspiraciones al proporcionarle un ejemplo incomparable
de sufrimiento y sacrificio y la promesa de una esperanza. Los escritores
siempre se han nutrido, y siempre se nutrirán de las alegorías
de la conciencia moral, por la razón de que las alegorías
son incomparables: los tres hombres de Moby Dick, que representan la trinidad
de la conciencia: no saber nada, saber y no preocuparse, y saber y preocuparse.
La misma trinidad está representada en Una fábula por el
viejo aviador judío, que dice "Esto es terrible. Me niego
a aceptarlo, aun cuando deba rechazar la vida para hacerlo"; el viejo
cuartelmaestre francés, que dice: "Esto es terrible, pero
podemos llorar y soportarlo"; y el mismo mensajero del batallón
inglés que dice: "Esto es terrible, voy a hacer algo para
remediarlo".
—¿Fueron reunidos en un solo volumen los dos temas no relacionados
de Las palmeras salvajes con algún propósito simbólico?
¿Se trata, como sugieren algunos críticos, de una especie
de contrapunto estético o de una simple casualidad?
—No, no. Aquello era una historia: la historia de Charlotte Rittenmeyer
y Harry Wilbourne, que lo sacrificaron todo por el amor y después
perdieron eso. Yo no sabía que iban a ser dos historias separadas
sino después de haber empezado el libro. Cuando llegué al
final de lo que ahora es la primera sección de Las palmeras salvajes,
comprendí súbitamente que faltaba algo, que la historia
necesitaba énfasis, algo que la levantara como el contrapunto en
la música. Así que me puse a escribir El viejo hasta que
Las palmeras salvajes volvió a ganar intensidad. Entonces interrumpí
El viejo en lo que ahora es su primera parte y reanudé la composición
de Las palmeras salvajes hasta que empezó a decaer nuevamente.
Entonces volví a darle intensidad con otra parte de su antítesis,
que es la historia de un hombre que conquistó su amor y pasó
el resto del libro huyendo de él, hasta el grado de volver voluntariamente
a la cárcel en que estaría a salvo. Son dos historias sólo
por casualidad, tal vez por necesidad. La historia es la de Charlotte
y Wilbourne.
—¿Qué porción de sus obras se basan en la experiencia
personal?
—No sabría decirlo. Nunca he hecho la cuenta, porque la "porción"
no tiene importancia. Un escritor necesita tres cosas: experiencia, observación
e imaginación. Cualesquiera dos de ellas, y a veces una puede suplir
la falta de las otras dos. En mi caso, una historia generalmente comienza
con una sola idea, un solo recuerdo o una sola imagen mental. La composición
de la historia es simplemente cuestión de trabajar hasta el momento
de explicar por qué ocurrió la historia o qué otras
cosas hizo ocurrir a continuación. Un escritor trata de crear personas
creíbles en situaciones conmovedoras creíbles de la manera
más conmovedora que pueda. Obviamente, debe utilizar, como uno
de sus instrumentos, el ambiente que conoce. Yo diría que la música
es el medio más fácil de expresarse, puesto que fue el primero
que se produjo en la experiencia y en la historia del hombre. Pero puesto
que mi talento reside en las palabras, debo tratar de expresar torpemente
en palabras lo que la música pura habría expresado mejor.
Es decir, que la música lo expresaría mejor y más
simplemente, pero yo prefiero usar palabras, del mismo modo que prefiero
leer a escuchar. Prefiero el silencio al sonido, y la imagen producida
por las palabras ocurre en el silencio. Es decir, que el trueno y la música
de la prosa tienen lugar en el silencio.
—Usted dijo que la experiencia, la observación y la imaginación
son importantes para el escritor. ¿Incluiría usted la inspiración?
—Yo no sé nada sobre la inspiración, porque no sé
lo que es eso. La he oído mencionar, pero nunca la he visto.
—Se dice que usted como escritor está obsesionado por la
violencia.
—Eso es como decir que el carpintero está obsesionado con
su martillo. La violencia es simplemente una de las herramientas del carpintero
(sic). El escritor, al igual que el carpintero, no puede construir con
una sola herramienta.
—¿Puede usted decir cómo empezó su carrera
de escritor?
—Yo vivía en Nueva Orleáns, trabajando en lo que fuera
necesario para ganar un poco de dinero de vez en cuando. Conocí
a Sherwood Anderson. Por las tardes solíamos caminar por la ciudad
y hablar con la gente. Por las noches volvíamos a reunirnos y nos
tomábamos una o dos botellas mientras él hablaba y yo escuchaba.
Antes del mediodía nunca lo veía. Él estaba encerrado,
escribiendo. Al día siguiente volvíamos a hacer lo mismo.
Yo decidí que si esa era la vida de un escritor, entonces eso era
lo mío y me puse a escribir mi primer libro. En seguida descubrí
que escribir era una ocupación divertida. Incluso me olvidé
de que no había visto al señor Anderson durante tres semanas,
hasta que él tocó a mi puerta —era la primera vez
que venía a verme— y me preguntó: "¿Qué
sucede? ¿Está usted enojado conmigo?". Le dije que
estaba escribiendo un libro. El dijo: "Dios mío", y se
fue. Cuando terminé el libro, La paga de los soldados, me encontré
con la señora Anderson en la calle. Me preguntó cómo
iba el libro y le dije que ya lo había terminado. Ella me dijo:
"Sherwood dice que está dispuesto a hacer un trato con usted.
Si usted no le pide que lea los originales. él le dirá a
su editor que acepte el libro". Yo le dije "trato hecho",
y así fue como me hice escritor.
—¿Qué tipo de trabajo hacía usted para ganar
ese "poco dinero de vez en cuando"?
—Lo que se presentara. Yo podía hacer un poco de casi cualquier
cosa: manejar lanchas, pintar casas, pilotar aviones. Nunca necesitábamos
mucho dinero porque entonces la vida era barata en Nueva Orleáns,
y todo lo que quería era un lugar donde dormir, un poco de comida,
tabaco y whisky. Había muchas cosas que yo podía hacer durante
dos o tres días a fin de ganar suficiente dinero para vivir el
resto del mes. Yo soy, por temperamento, un vagabundo y un golfo. El dinero
no me interesa tanto como para forzarme a trabajar para ganarlo. En mi
opinión, es una vergüenza que haya tanto trabajo en el mundo.
Una de las cosas más tristes es que lo único que un hombre
puede hacer durante ocho horas, día tras día, es trabajar.
No se puede comer ocho horas, ni beber ocho horas diarias, ni hacer el
amor ocho horas... lo único que se puede hacer durante ocho horas
es trabajar. Y esa es la razón de que el hombre se haga tan desdichado
e infeliz a sí mismo y a todos los demás.
—Usted debe sentirse en deuda con Sherwood Anderson, pero, ¿qué
juicio le merece como escritor?
—Él fue el padre de mi generación de escritores norteamericanos
y de la tradición literaria norteamericana que nuestros sucesores
llevarán adelante. Anderson nunca ha sido valorado como se merece.
Dreiser es su hermano mayor y Mark Twain el padre de ambos.
—Y, ¿en cuanto a los escritores europeos de ese período?
—Los dos grandes hombres de mi tiempo fueron Mann y Joyce. Uno debe
acercarse al Ulysses de Joyce como el bautista analfabeto al Antiguo Testamento:
con fe.
—¿Lee usted a sus contemporáneos?
—No; los libros que leo son los que conocí y amé cuando
era joven y a los que vuelvo como se vuelve a los viejos amigos: El Antiguo
Testamento, Dickens, Conrad, Cervantes... leo el Quijote todos los años,
como algunas personas leen la Biblia. Flaubert, Balzac —éste
último creó un mundo propio intacto, una corriente sanguínea
que fluye a lo largo de veinte libros—, Dostoyevsky, Tolstoy, Shakespeare.
Leo a Melville ocasionalmente y entre los poetas a Marlowe, Campion, Jonson,
Herrik, Donne, Keats y Shelley. Todavía leo a Housman. He leído
estos libros tantas veces que no siempre empiezo en la primera página
para seguir leyendo hasta el final. Sólo leo una escena, o algo
sobre un personaje, del mismo modo que uno se encuentra con un amigo y
conversa con él durante unos minutos.
—¿Y Freud?
—Todo el mundo hablaba de Freud cuando yo vivía en Nueva
Orleáns, pero nunca lo he leído. Shakespeare tampoco lo
leyó y dudo que Melville lo haya hecho, y estoy seguro de que Moby
Dick tampoco.
—¿Lee usted novelas policíacas?
—Leo a Simenon porque me recuerda algo de Chéjov.
—¿Y sus personajes favoritos?
—Mis personajes favoritos son Sarah Gamp: una mujer cruel y despiadada,
una borracha oportunista, indigna de confianza, en la mayor parte de su
carácter era mala, pero cuando menos era un carácter; la
señora Harris, Falstaf, el Príncipe Hall, don Quijote y
Sancho, por supuesto. A lady Macbeth siempre la admiro. Y a Bottom, Ofelia
y Mercucio. Este último y la señora Gamp se enfrentaron
con la vida, no pidieron favores, no gimotearon. Huckleberry Finn, por
supuesto, y Jim. Tom Sawyer nunca me gustó mucho: un mentecato.
Ah, bueno, y me gusta Sut Logingood, de un libro escrito por George Harris
en 1840 o 1850 en las montañas de Tennesse. Lovingood no se hacía
ilusiones consigo mismo, hacía lo mejor que podía; en ciertas
ocasiones era un cobarde y sabía que lo era y no se avergonzaba;
nunca culpaba a nadie por sus desgracias y nunca maldecía a Dios
por ellas.
—Y, ¿en cuanto a la función de los críticos?
—El artista no tiene tiempo para escuchar a los críticos.
Los que quieren ser escritores leen las críticas, los que quieren
escribir no tienen tiempo para leerlas. El crítico también
está tratando de decir: "Yo pasé por aquí".
La finalidad de su función no es el artista mismo. El artista está
un peldaño por encima del crítico, porque el artista escribe
algo que moverá al crítico. El crítico escribe algo
que moverá a todo el mundo menos al artista.
—Entonces, ¿usted nunca siente la necesidad de discutir sobre
su obra con alguien?
—No; estoy demasiado ocupado escribiéndola. Mi obra tiene
que complacerme a mí, y si me complace entonces no tengo necesidad
de hablar sobre ella. Si no me complace, hablar sobre ella no la hará
mejor, puesto que lo único que podrá mejorarla será
trabajar más en ella. Yo no soy un literato; sólo soy un
escritor. No me da gusto hablar de los problemas del oficio.
—Los críticos sostienen que las relaciones familiares son
centrales en sus novelas.
—Esa es una opinión y, como ya le dije, yo no leo a los críticos.
Dudo que un hombre que está tratando de escribir sobre la gente
esté más interesado en sus relaciones familiares que en
la forma de sus narices, a menos que ello sea necesario para ayudar al
desarrollo de la historia. Si el escritor se concentra en lo que sí
necesita interesarse, que es la verdad y el corazón humano, no
le quedará mucho tiempo para otras cosas, como las ideas y hechos
tales como la forma de las narices o las relaciones familiares, puesto
que en mi opinión las ideas y los hechos tienen muy poca relación
con la verdad.
—Los críticos también sugieren que sus personajes
nunca eligen conscientemente entre el bien y el mal.
—A la vida no le interesa el bien y el mal. Don Quijote elegía
constantemente entre el bien y el mal, pero elegía en su estado
de sueño. Estaba loco. Entraba en la realidad sólo cuando
estaba tan ocupado bregando con la gente que no tenía tiempo para
distinguir entre el bien y el mal. Puesto que los seres humanos sólo
existen en la vida, tienen que dedicar su tiempo simplemente a estar vivos.
La vida es movimiento y el movimiento tiene que ver con lo que hace moverse
al hombre, que es la ambición, el poder, el placer. El tiempo que
un hombre puede dedicarle a la moralidad, tiene que quitárselo
forzosamente al movimiento del que él mismo es parte. Está
obligado a elegir entre el bien y el mal tarde o temprano, porque la conciencia
moral se lo exige a fin de que pueda vivir consigo mismo el día
de mañana. Su conciencia moral es la maldición que tiene
que aceptar de los dioses para obtener de éstos el derecho a soñar.
—¿Podría usted explicar mejor lo que entiende por
movimiento en relación con el artista?
—La finalidad de todo artista es detener el movimiento que es la
vida, por medios artificiales y mantenerlo fijo de suerte que cien años
después, cuando un extraño lo contemple, vuelva a moverse
en virtud de qué es la vida. Puesto que el hombre es mortal, la
única inmortalidad que le es posible es dejar tras de sí
algo que sea inmortal porque siempre se moverá. Esa es la manera
que tiene el artista de escribir "Yo estuve aquí" en
el muro de la desaparición final e irrevocable que algún
día tendrá que sufrir.
—Malcom Cowley ha dicho que sus personajes tienen una conciencia
de sumisión a su destino.
—Esa es su opinión. Yo diría que algunos la tienen
y otros no, como los personajes de todo el mundo. Yo diría que
Lena Grove en Luz de agosto se entendió bastante bien con la suya.
Para ella no era realmente importante en su destino que su hombre fuera
Lucas Birch o no. Su destino era tener un marido e hijos y ella lo sabía,
de modo que fue y los tuvo sin pedirle ayuda a nadie. Ella era la capitana
de su propia alma. Uno de los parlamentos más serenos y sensatos
que yo he escuchado fue cuando ella le dijo a Byron Bunch en el instante
mismo de rechazar su intento final, desesperado, desesperanzado, de violarla,
"¿No te da vergüenza? ¡Podías haber despertado
al niño!". No se sintió confundida, asustada ni alarmada
por un solo momento. Ni siquiera sabía que no necesitaba compasión.
Su último parlamento, por ejemplo: "No llevo viajando más
que un mes y ya estoy en Tennesse. Vaya, vaya, cómo rueda uno".
La familia Brunden, en Mientras agonizo, se las arregló bastante
bien con su destino. El padre, después de perder a su esposa, necesitaba
naturalmente otra, así que se la buscó. De un solo golpe
no sólo reemplazó a la cocinera de la familia, sino que
adquirió un fonógrafo para darles gusto a todos mientras
descansaban. La hija embarazada no logró deshacerse de su problema
esa vez, pero no se descorazonó. Lo intentó nuevamente,
y aun cuando todos los intentos fracasaron, al fin y al cabo no fue más
que otro bebé.
—¿Qué le sucedió a usted entre La paga de los
soldados y Sartoris? Es decir, ¿cuál fue el motivo de que
usted empezara a escribir la saga de Yoknapatawpha?
—Con La paga de los soldados descubrí que escribir era divertido.
Pero más tarde descubrí que no sólo cada libro tiene
que tener un designio, sino que todo el conjunto o la suma de la obra
de un artista tiene que tener un designio. La paga de los soldados y Mosquitos
los escribí por el gusto de escribir, porque era divertido. Comenzando
con Sartoris descubrí que mi propia parcela de suelo natal era
digna de que se escribiera acerca de ella y que yo nunca viviría
lo suficiente para agotarla, y que mediante la sublimación de lo
real en lo apócrifo yo tendría completa libertad para usar
todo el talento que pudiera poseer, hasta el grado máximo. Ello
abrió una mina de oro de otras personas, de suerte que creé
un cosmos de mi propiedad. Puedo mover a esas personas de aquí
para allá como Dios, no sólo en el espacio sino en el tiempo
también. El hecho de que haya logrado mover a mis personajes en
el tiempo, cuando menos según mi propia opinión, me comprueba
mi propia teoría de que el tiempo es una condición fluida
que no tiene existencia excepto en los avatares momentáneos de
las personas individuales. No existe tal cosa como fue; sólo es.
Si fue existiera, no habría pena ni aflicción. A mí
me gusta pensar que el mundo que creé es una especie de piedra
angular del universo; que si esa piedra angular, pequeña y todo
como es, fuera retirada, el universo se vendría abajo. Mi último
libro será el libro del Día del Juicio Universal, el Libro
de Oro del Condado de Yoknapatawpha. Entonces quebraré el lápiz
y tendré que detenerme.
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