EL vuelo del Ra y la ciencia ficción costarricense

La semana anterior se realizó con gran éxito la presentación del libro "El vuelo del Ra" de Manuel Delgado.

El presentador de la noche fue Iván Molina quien aceptò gustoso enviarnos su comentario sobre el libro y un recorrido por la ciencia ficción en Costa Rica, con los suscriptores de CLUBDELIBROS.

Aqui está:

 EL vuelo del Ra y la ciencia ficción costarricense

En el último año, han sido publicados en Costa Rica cinco libros de ciencia ficción: Deus ex Machina, de Daniel Garro Sánchez; Venus desciende, del suscrito; Posibles futuros, una antología de cuentos de varios autores y autoras; La corporación, de Edwin Quesada, y ahora El vuelo del Ra, de Manuel Delgado. A esto habría que añadir que hay, por lo menos que yo sepa, tres obras más en preparación o en vías de publicación, todas de relatos.

Hasta cierto punto, y en el contexto regional, este reciente interés en la ciencia ficción parece ser una especificidad costarricense, ya que en el resto de América Central no se observa un desarrollo similar, pese a que la prestigiosa editorial guatemalteca, F&G, publicó en el 2008 la "novela futurista" El sueño de Mariana, del escritor salvadoreño Jorge Galán; y a que países como Guatemala y El Salvador cuentan con algunas importantes obras en este género, escritas por autores reconocidos como Rafael Arévalo Martínez y Álvaro Menéndez Leal.

Ciertamente, es posible encontrar en el pasado literario costarricense cuentos y novelas de ciencia ficción o próximos a este género, desde finales del siglo XIX e inicios del XX. Algunas de estas obras son bastante conocidas, como El problema, la polémica novela del guatemalteco Máximo Soto Hall, publicada en Costa Rica en 1899, o La caída del águila, de Carlos Gagini, dada a conocer en 1920. También cabe mencionar el relato "El número 13013", de León Fernández Guardia, publicado en 1908, cuya versión en inglés circuló en 1925 (quizá uno de los primeros cuentos latinoamericanos afín a la ciencia ficción en ser vertido a ese idioma). Igualmente, conviene recordar la narración "El planeta de los perros", de Alberto Cañas, incluida en una antología latinoamericana de ciencia ficción que se publicó en Buenos Aires en 1970. De estos aportes, el más elaborado fue el de Gagini; sin embargo, su novela, claramente inspirada en la ciencia ficción de Julio Verne y H. G. Wells, no tuvo continuadores inmediatos.

Pese a que en los treinta años posteriores a 1960 escritores reconocidos como Alfredo Cardona Peña, Fabián Dobles, Carmen Naranjo y Fernando Durán Ayanegui incursionaron en la ciencia ficción, sus iniciativas en este campo no dieron origen a un movimiento literario centrado en este género. De hecho, se podría afirmar que la producción de ciencia ficción en Costa Rica, hasta la década de 1990, permaneció dominada por contribuciones esporádicas, dispersas y experimentales. Tales características son todavía visibles en la antología C.R. 2040, que la EUNED publicó en 1996, y se reconocen en la obra en curso de ciertos autores y autoras costarricenses que incursionan parcialmente en el género.

Ahora bien, fue en la década de 1990 cuando, en mi opinión, se inició una nueva fase en la producción de ciencia ficción en Costa Rica, con la novela corta Una sombra en el hielo, de Laura Quijano Vincenzi, publicada en 1995. Tal libro, cuya trama se ubica en un futuro lejano y en un escenario no costarricense, marcó el inicio de una ciencia ficción más especializada y profesional, al dejar atrás la experimentación y asumir los retos específicos que implica el género, como la construcción de verosimilitudes y significados con base en innovaciones científicas y tecnológicas y sus impactos en la sociedad y la cultura. Todo esto es logrado, además, de una manera creativa, sin incurrir en la artificiosidad que a menudo acompaña las incursiones en el género de autores que desconocen sus códigos de producción.

De esta manera, el camino abierto por Gagini en el decenio de 1920, fue recuperado, ampliado y enriquecido por Quijano Vincenzi, un cuarto de siglo después. De 1995 en adelante, nuevos autores, entre los que cabe destacar a Jessica Clark, Emilia Macaya y Alberto Ortiz, se han sumado al esfuerzo por construir una ciencia ficción costarricense.

Explicar las razones por las cuales fue hasta el tránsito del siglo XX al XXI que se empezó a configurar en Costa Rica un círculo de escritores especializados en ciencia ficción no es una tarea fácil, en vista de la ausencia de estudios disponibles. Pero se pueden mencionar, a manera de hipótesis, algunos factores.

Ante todo, y en términos del contexto histórico, se debe destacar la mayor capacidad de compra de la sociedad costarricense, que ha permitido que sectores relativamente amplios de la población tengan acceso a las nuevas tecnologías, especialmente en el campo de la comunicación y la información. Conviene añadir, a lo anterior, la expansión en el acceso a la educación universitaria pública y privada, con todo lo que esta experiencia supone de difusión y apropiación de diversos paradigmas científicos. Igualmente, hay que resaltar el desarrollo en el país de un sector de alta tecnología y la creciente inversión realizada por Costa Rica en el campo de la investigación científica. Por último, la ciencia ficción ha ampliado de manera significativa sus espacios en la industria cultural global (especialmente en el cine y la televisión), por lo que no sorprende que existan ya en el país grupos y actividades identificados con el género, como "X Files Costa Rica" y el festival "Matsuri".

Por el lado de las editoriales es preciso resaltar que, en la década de 1980, la Editorial Costa Rica perdió la posición dominante que tenía desde el decenio de 1960, debido a problemas internos y a la expansión de las editoriales universitarias y de un conjunto de pequeñas y activas editoriales privadas. En el curso de este proceso, el canon literario prevaleciente también fue desafiado y, como resultado, hubo más posibilidades para publicar obras de temáticas y géneros alternativos, como es el caso de la ciencia ficción.

No obstante el desarrollo experimentado en los últimos años, la ciencia ficción costarricense es todavía un género en construcción. Uno de los principales indicadores de tal condición es el hecho de que aún son pocos los autores y autoras que se deciden a identificar sus obras como de ciencia ficción. Las editoriales tampoco parecen estar muy convencidas de dar ese paso. De hecho, de los cinco libros mencionados al inicio, únicamente en dos el término ciencia ficción es consignado en el título y en la contraportada. En todo caso, es probable que esta situación cambie a corto plazo y que, a medida que la ciencia ficción consolide su posición en el mercado y en la esfera cultural y se convierta en objeto de investigación sistemática por parte de los estudiosos literarios, alguna editorial pública o privada asuma el reto de inaugurar la primera colección especializada en el género.

Como se puede apreciar por lo expuesto hasta ahora, El vuelo del Ra forma parte de una importante y decisiva transformación de la literatura costarricense y de las condiciones en que tal producción cultural es realizada. Más aún, esta novela de Manuel Delgado contribuye, en varios sentidos, a consolidar el cambio indicado.

Lo primero que conviene destacar es que El vuelo del Ra es una obra de madurez, que asume el desafío de describir y explicar, de manera coherente y verosímil, cómo está organizada una sociedad futura que habita en una nave espacial, sin dejar de lado los aspectos científicos y tecnológicos de ese mundo, ni sus dimensiones políticas y sociales.

En segundo término, en este escenario ya de por sí fascinante, Delgado desarrolla una trama tan interesante como original, en la que el pasado social y el de sus personajes son hábilmente combinados para producir una narración que, a la vez que cautiva, invita constantemente a la reflexión. Puesto que el autor además de periodista es filósofo, no sorprende que sus personajes, aparte de luchar por sobrevivir, se afanen por construir sentidos para sus vidas.

Por último, la organización de la novela, en breves capítulos que evocan un estilo cinematográfico, mantiene el suspenso desde el inicio hasta un final sorprendente, en el que las distintas líneas narrativas que conforman el argumento principal se encuentran de maneras inesperadas. De hecho, al leer las últimas páginas del libro, las primeras adquieren un sentido nuevo.

Aunque no es mi intención revelar aquí información que permita conocer la trama de la novela más allá de lo que se expresa en su contraportada, sí me gustaría resaltar, en mi condición de historiador cultural, algunos aspectos de la sociedad que habita el Ra.

La principal característica de ese mundo es que aúna complejidad, diversidad y sofisticación. A diferencia de algunas obras de ciencia ficción, que plantean la coexistencia de increíbles avances científicos y tecnológicos con valores y visiones de mundo medievales, los seres humanos que viajan en el Ra conforman una sociedad secular. De hecho, el nombre de la nave, Ra, es un indicador de esperanza, no de religiosidad. El Dios cristiano y el imaginario correspondiente rara vez son mencionados.

En esta sociedad, el mercado existe, pero no domina la vida de sus habitantes, y el poder está organizado en tres divisiones: el civil, el militar y el científico. La importancia de la ciencia se manifiesta, a su vez, en que el principal criterio de diferenciación social y de acceso al poder es el grado o nivel de educación. Hombres y mujeres han alcanzado la igualdad de derechos y, aunque curiosamente el matrimonio todavía existe, no parece ser el eje de las relaciones de pareja y de la sexualidad.

Asimismo, es una sociedad en la cual la memoria colectiva tiene una presencia fundamental. Los habitantes del Ra viven entre los recuerdos de las recientes luchas políticas y sociales y la nostalgia por el planeta que debieron abandonar: la Tierra. Para enfrentar mejor esa pérdida, se afanan por reproducir a bordo, de la mejor manera posible, diversas condiciones terrestres, como el día y la noche (con una excepción crucial, de la que ustedes se enterarán una vez que lean la novela).

Por último, se trata de una sociedad cuya utopía no consiste en lo que es, sino en el proceso de ser, es decir, en el viaje mismo, realizado en una nave que fue y es una prisión y, a la vez, un medio fundamental de liberación.

Sin duda, en El vuelo del Ra hay algunos ecos distantes y cercanos de otras obras de ciencia ficción en las que, por diversas circunstancias, pequeñas comunidades humanas son obligadas a desplazarse por el espacio. Pienso, en lo inmediato, en Héctor Servadac, una novela de Julio Verne publicada en 1877; en la serie "Space 1999", producida entre 1975 y 1977; y en "Dark City", la célebre película de Alex Proyas estrenada en 1998. En el marco de esta específica corriente temática, Delgado hace una contribución valiosa y original. Para conocer cómo lo logró, los invito a que vuelen con el Ra.

Actualizado (19 Julio 2010)

 

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