"Hombrecitos" de Louisa May Alcott

La continuación de mujercitas. Esta vez Jo y su esposo intentan crear un
lugar agradable para su escuela de jóvenes.Es una historia con más aventuras que Mujercitas, pero habitada por las
mismas temáticas: los sueños, el amor, la esperanza, la lealtad y la familia.

Significado, valor: Una novela que resalta el valor de la inocencia. Una excelente continuación
de la tan famosa "Mujercitas". La autora sigue destacando los valores familiares sobre todas las cosas y la
importancia de mantener nuestra dignidad contra todo.Es encantador ver como, con un poco de amor, esta pareja se encarga de
corregir el sendero y la mente de los niños que toman bajo su cuidado.Es de rescatar las increibles descripciones de la niñez, que con tanto esmero
la autora se encarga de resaltar.

Biografía de Louisa May Alcott:
Nació el 29 de noviembre de 1832 en Germantown, EUA y murió el 6 de marzo de
1888 en Boston

Ante el frascaso económico de su padre, teniendo como ambición lograr una
buena posición monetaria para su familia, Louisa May se dedico a trabajar
para lograrla. Fue maestra, empleada doméstica y más tarde comenzó a escribir
algunos cuentos, aunque nada brillantes. Durante la guerra civil americana se
reclutaría como enfermera voluntaria, aunque sería enviada de regreso al
contraer una enfermedad infecciosa de la que jamás lograría recuperarse
completamente. Fu entonces cuando volcó sus experiencias en un libro llamado
Hospital Sketches (1863), que significaría su primer paso hacia el
reconocimiento. El periódico The Atlantic Monthly comenzó entonces a publicar
sus cuentos. Finalmente, escribiría Mujercitas utilizando las situaciones ya
vividas en su juventud como referentes. Fue el inmediato y enorme éxito de
esta novela lo que permitió a Alcott escribir en 1869 en el períodico "Paid
up all debts...thank the Lord!"(He pagado todas las deudas... gracias al
Señor!). Luego de este logro, siguió utilizando esta fórmula, escribiendo
historias basadas en las familiares propias, aunque más tarde se dedicaría a
los cuentos góticos y thrillers

Fragmento de "Hombrecitos"

XXI Capítulos:

CAPÍTULO 1

-Caballero, ¿quiere hacer el favor de decirme si estoy en Plumfield?...-
preguntó un muchacho andrajoso, dirigiéndose al señor que había abierto la
gran puerta de la casa ante la cual se detuvo el ómnibus que condujo al niño.

-Sí, amiguito; ¿de parte de quién vienes?

-De parte de Laurence. Traigo una carta para la señora.

El caballero hablaba afectuosa y alegremente; el muchacho, más animado, se
dispuso a entrar. A través de la finísima lluvia primaveral que caía sobre el
césped y sobre los árboles cuajados de retoños, Nathaniel contempló un
edificio amplio y cuadrado, de aspecto hospitalario, con vetusto pórtico,
anchurosa escalera y grandes ventanas iluminadas. Ni persianas ni cortinas
velaban las luces; antes de penetrar en el interior, Nathaniel vio muchas
minúsculas sombras danzando sobre los muros, oyó un zumbido de voces
juveniles y pensó, tristemente, en que seria difícil que quisieran aceptar,
en aquella magnífica casa, a un huésped pobre, harapiento y sin hogar como él.

-Por lo menos, veré a la señora- dijo, haciendo sonar tímidamente la gran
cabeza de grifo que servía de llamador.

Una sirvienta carirredonda y coloradota abrió sonriendo y tomó la carta que
el pequeñuelo silenciosamente le ofreció. Parecía acostumbrada a recibir
niños extraños: hizo que tomase asiento en el vestíbulo y se alejó, diciendo:

-Espera un poco, y sacúdete el agua que traes encima.

Prontamente halló entretenimiento el chico, con sólo dedicarse a contemplar,
desde el oscuro rincón próximo a la puerta, el espectáculo que se
desarrollaba ante su vista.

La casa debía estar llena de chicuelos que se distraían jugando en aquella
hora lluviosa del anochecer. Había muchachitos por todas partes; arriba y
abajo, en lo alto y al pie de la escalera, en las habitaciones y en los
pasillos; por todas las puertas se veían grupos de niños de distintas edades,
que retozaban con gran contento. Dos espaciosas habitaciones, a la derecha,
servían evidentemente de aulas, a juzgar por los pupitres, mapas, pizarras y
libros de que estaban llenas. En la chimenea ardía buena lumbre; ante ella,
varios niños tiraban por alto las botas, discutiendo un juego de cricket. Sin
hacer caso del alboroto, un muchacho de espigado talle tocaba la flauta en un
rincón. Dos o tres saltaban sobre los pupitres y se reían de las caricaturas
que un compañero trazaba en la pizarra.

En la habitación de la izquierda, sobre una larga mesa, veíanse jarras de
leche y bandejas llenas de panecillos, galletas y bizcochos. El aire estaba
impregnado de olor a manzanas cocidas y a tostadas de pan con manteca...,
¡olor desesperante para un estómago hambriento!...

En lo alto de la escalera había jugadores de bolos; en la primera meseta y en
la segunda había quienes se dedicaban a otros juegos; en un escalón leía un
niño, en otro, una chiquitina le cantaba a su muñeca; dos perros y un gatito
se mezclaban a los grupos infantiles; y, en fin, a lo largo del pasamanos, se
deslizaban algunos diablejos.

Sugestionado por aquella animación, Nathaniel salió del rincón en que tomara
asiento, y cuando un chico, al resbalar por el pasamanos, cayó con fuerza
bastante para romper una cabeza que no estuviese acostumbrada a once años de
caídas y de coscorrones, instintivamente corrió a socorrer al desdichado
jinete, creyendo encontrarle medio muerto. El caído, sin embargo, se limitó a
hacer algunas muecas de disgusto; luego, mirando al intruso, exclamó:

-¡Hola!...

-¡Hola! replicó Nathaniel.

-¿Eres nuevo? preguntó el caído, sin levantarse.

-Aún no lo sé.

-¿Cómo te llamas?

-Nathaniel Blake.

-Yo me llamo Tommy Bang; ¿quieres que demos una vuelta? insinuó.

-Preferiría esperar un poco, hasta saber si me quedo o no murmuró Nathaniel.

-Oye, Medio-Brooke, ven a ver a uno- gritó Tommy, volviendo a cabalgar en el
pasamanos.

Al oírse llamar, el pequeñuelo que leía sentado en un escalón, alzó sus
negros ojazos, cerró el libro, lo guardó bajo el brazo, y descendió a
saludar "al nuevo", encontrando muy simpático a aquel pobrete delgaducho y de
dulce mirada.