"La familia de Pascual Duarte" de Camilo José Cela
El libro se desarrolla en la España analfabeta de principios de siglo. Entre
suciedad, incultura y violencia nace y vive Pascual Duarte, actualmente se
diría de él que era "carne de cañon", vivió una época demasiado desgraciada y
rancia que le llevó al garrote vil.
La Nota del transcriptor informa sobre el hallazgo del manuscrito de Pascual Duarte a mediados de
1939, puntualizando la función casi meramente traslativa del autor y
justificando la publicación del relato para presentar en Pascual un modelo de
lo que no se debe hacer. A continuación viene la Carta anunciando el envío
del original: El 15 de febrero de 1937, desde su celda de condenado a muerte
y como "pública confesión" de su vida, Pascual Duarte envía el manuscrito a
un Sr. Barrera, por ser éste el único amigo de don Jesús González de la Riva
cuyas señas conocía Pascual, asesino convicto y confeso de don Jesús. Figura
en tercer término la Cláusula del testamento del Sr. Barrera (11 de mayo de
1937: por cierto la fecha exacta en que C.J.C. cumplía 21 años, su mayoría en
el dolor sin fin), alusiva al manuscrito y según la cual éste debía ser
quemado sin leerlo salvado de las llamas y usado a voluntad de quien lo
encontrase si, al cabo de dieciocho meses, se había librado de la
destrucción. Pascual Duarte dedica sus páginas a la memoria del "insigne
patricio" don Jesús González de la Riva, Conde de Torremejía, quien, al irlo
a rematar aquél, le llamó Pascualillo y sonreía. Y viene, en fin, el relato
mismo, dispuesto en diecinueve capítulos. Los cinco primeros se refieren a la
familia de Pascual Duarte no creada por él: su pueblo y casa (cap. 1), sus
padres (2), su hermana Rosario (2-3), su hermano Mario (4-5). Al final del
capítulo 5, al lado de la sepultura de su hermano, Pascual desflora a su
novia, Lola, y en tal momento se interrumpe la narración. Ha pasado el
prisionero quince días sin escribir y, en la celda, medita sobre la muerte y
contempla por la ventana, a lo lejos, una posible familia feliz (cap. 6).
Tras esta pausa reflexiva el relato prosigue, extendiéndose por seis
capítulos nuevos, a lo largo de los cuales Pascual, sin dejar su condición de
hijo y hermano, aparece como novio, esposo y padre: decide casarse con Lola
(7); su luna de miel tiene un final sangriento (8); el primer hijo es un
aborto (9); el segundo hijo muere a los once meses de un mal aire (10);
madre, mujer y hermana lamentan el vacío (11); la mujer y la madre abruman a
Pascual con insoportables reproches (12). Nueva pausa reflexiva: El condenado
a muerte ha pasado treinta días sin escribir. Medita. Ha confesado con el
capellán de la cárcel y desea seguir escribiendo esta otra confesión que
tanto alivio le trae (cap. 13). La narración continúa. Pascual huye de su
familia hacia el ancho mundo (14); regresa al cabo de dos años para ver morir
a su esposa tras haberle ella descubierto su entrega a "El Estirao", rufián
de su hermana Rosario (15); mata a su enemigo cuando éste viene a llevarse a
Rosario (16) y, pasados tres años en el penal de Chinchilla es puesto en
libertad por su buena conducta y retorna a la sombría soledad de su casa
(17). Rosario ha buscado a Pascual una novia, Esperanza (18). Con Esperanza
se casa, pero la madre le hace imposible la vida y Pascual, incapaz de
dominar el odio que hacia ella ha venido sintiendo desde antiguo, la asesina
(19). Inclúyese al final otra Nota del transcriptor, donde éste supone que el
parricida permaneció en Chinchilla hasta 1935 ó 1936, saliendo de presidio
antes de empezar la guerra, y dice no haber podido averiguar nada acerca de
su actuación durante los quince días de revolución que pasaron sobre su
pueblo, salvo que asesinó a don Jesús por motivos ignorados. Una carta del
capellán de la cárcel de Badajoz y otra de un guardia civil dan sendas
versiones de la ejecución de Pascual y de su conducta ante de ella y en el
momento de sufrirla: conducta ejemplarmente cristiana según el sacerdote y
cobarde en extremo según el gendarme.Significado: La familia de Pascual Duarte, así vista, es una narración en forma
autobiográfica que expone la perdición de un hombre en las determinadas
circunstancias familiares y sociales que el relato mismo describe o indica. Y
esa perdición, que encierra una validez típica no en los detalles de la
fábula sino en su total sentido, tiene por causa el abandono y por resultado
la soledad.Prólogo a La familia de Pascual Duarte
Los dos hombres, el joven y el viejo, tan amigos, no a pesar de la diferencia
de sus años, sino precisamente porque uno tenía muchos y el otro era mozo
todavía, habían hablado, mientras paseaban por el alijar luminoso, del pasado
y del devenir de la novela. Sobre lo que dijeron habría mucho que consignar,
porque a ambos, uno mirando atrás y otro al futuro, se les ocurrieron
comentarios agudos. Ahora, llegados al límite del altozano, se sentaron como
otras tardes a contemplar el espectáculo de la llanura, con la ciudad en
medio, soñando sobre rocas sus sueños, ya tan viejos como los de las rocas
mismas; y el río que abrazaba el caserío y se perdía caracoleando después.
Callaron un rato y volvieron sobre uno de los temas que les había
entretenido.-La Familia de Pascual Duarte -dijo el joven- ha tenido el privilegio,
excepcional en la historia de la literatura, de pasar, en términos breves,
desde la categoría de un libro juvenil y de batalla a la de libro clásico. Y
esto, que siempre es difícil, alcanza en la presente ocasión categoría
milagrosa, por dos razones: porque es un libro violento y porque es un libro
español. La violencia hace también vivir a la obra de los hombres, pero la
aleja de las latitudes clásicas, por lo menos durante largos años, hasta que
el tiempo la lima los dientes, lo cual acaba siempre por suceder. Pascual
Duarte, rezumando todavía truculencia, ha entrado en los Campos Elíseos.
Esto, pocas veces se ve. Y menos en España, país en perpetuo trance pasional;
y por ello, lo que en todas partes puede ser motivo de retardar el
reconocimiento de los méritos de una creación, aquí se suele convertir en un
obstáculo casi insuperable.-Sin embargo -arguyó el de más edad-, el milagro se ha hecho. Y se ha hecho
porque como todos los milagros humanos en realidad no es un milagro, sino por
el contrario, un suceso lógico, aunque de lógica un tanto encubierta. La
historia de Pascual Duarte es sólo en apariencia violenta. Esto me parece
esencial. En ella suceden, sin duda, episodios atroces. Pero lo atroz puede
no ser violento si brota de esa profunda raíz vital por donde sube y baja la
savia de todo lo existente. La vida, si lo es en verdad, y no artificio, es
placentera o trágica, según sopla el viento, sin dejar de ser la vida misma y
sin perder, en uno o en otro caso, su armonía elemental. Cuando lo atroz, lo
trágico, se hace monstruoso, inarmónico, violento, es porque se ha desgajado
de su raíz humana, porque ya no es verdad, sino truco. Sin esa raíz, un
cuento de color de rosa puede ser monstruoso también. La tremenda historia de
Pascual Duarte, como la de los héroes griegos o la de algunos protagonistas
de la gran novela rusa, es tan radicalmente humana que no pierde un solo
instante el ritmo y la armonía de la verdad; y la verdad jamás es monstruosa
ni inmoral, aunque en ocasiones irrite la pituitaria y haga estornudar al
quisquilloso fariseo.Lo malo es, sin duda, tan verdad como lo bueno -repuso el mozo-; pero la
maldad, que no tiene límite, como que es agresión a la divinidad, aspriración
negativa a superarla, es siempre en su médula, viloencia y anormalidad.
Duarte es un hombre malo, contumazmente malo, y es artificio quererle
equiparar con los héroes que, por serlo, tienen siempre, aun en el caso en
que se valgan de medios torpes, un sentido creador y, por lo tanto, bueno.Es así como principio general -le atajó el de las canas-; pero el lector que
no sea tonto, y no es casi nadie que lee a conciencia, advierte al punto, o
por lo menos presiente, que este terrible Pascual, nunca harto de sangre, era
en el fondo, como declaró el Padre Lurueña, con palabra autorizadísima,
puesto que le confesó antes de salir para el cadalso, un manso cordero,
acorralado y asustado por la vida. Pecará de ligero el que vea en esta
afirmación un alarde de humorismo. Cuando el humorismo es sincero, esto es,
cuando espontáneamente nace, a su tiempo, de los humores vitales y no por
artificio de oficio y beneficio, es ni más ni menos que un modo pulcro de
decir las cosas necesarias que sin humorismo serían difíciles de decir; como
la salsa del buen cocinero hace agradable al paladar los más recios bocados.
A veces esto no lo sabe ni el mismo autor, que cree que está, simplemente,
jugando a la Retórica. Inútil es añadir que el autor de La Vida de Pascual
Duarte sí lo sabe y muy bien.-Para mí no tiene duda que no que pone a este libro en la categoría de lo no
común, no es la pasión que inspira su argumento, ni la perfecta y no buscada
maestría con que se cuentan en sus páginas, con hermosa sencillez, los
sucesos más extraordinarios, sino eso difícil de comprender a primera vista:
que Pascual Duarte es una buena persona y que su tragedia es -y por eso es
tragedia sobrehumana- la de un infeliz que casi no tiene más remedio que ser,
una vez y otra, criminal; cuando pudiera haber sido, con el mismo barro de
que está hecho, el vecino más honrado de su lugar extremeño. Lo que da
aspecto de truculencia a este relato, y esto sí es puro truco, si bien
legítimo y bien logrado, es el artificio con el que el autor nos distrae para
que no reparemos en que Duarte es mejor persona que sus víctimas y que sus
arrebatos criminosos representan una suerte de abstracta y bárbara, pero
innegable justicia.Vivamente le arguyó el mancebo así:
-No, no, eso no se puede admitir. La justicia jamás la puede decidir ni
ejercer libremente el hombre. La justicia humana es necesariamente
imperfecta, y, a las veces, absurda. El día que pueda contemplarse desde la
Eternidad la vida de los hombres como un paisaje completo y lejano, lo
probable es que nada sorprenda tanto a los bienaventurados, si en ellos
existe la capacidad de sorprenderse por alguna cosa, como la insólita rareza
con que la justicia humana debe haber coincidido, a lo largo de las
generaciones, con la Justicia estricta, la de Dios. Y debe ser así porque
nada caracteriza la irremediable imperfección del hombre como su
imposibilidad para ser justo, aun cuando quiera serlo con todas las veras de
su corazón. La Justicia, en consecuencia, no es una realidad entre los
hombres, ni podrá serlo nunca, sino una ficción cuya eficacia residirá
precisamente en el hecho de que cada hombre no pueda administrarla por sí
mismo. Puesto que es fundamentalmente expuesta al error, tiene que estar
vinculada y monopolizada por un artificio social -las leyes, los tribunales,
los magistradosque, aunque manejados y servidos por seres humanos, asume las
imperfecciones de su actuación con la irresponsabilidad de los entes de
creación. El mito, sin carne ni hueso, de la Justicia, absorbe y neutraliza
las imperfecciones en la administración de la justicia, que al individuo no
se le podrían perdonar. De igual modo, la Medicina, como entidad científica,
sirve de antídoto a los tropezones de los médicos. Ahora bien, Pascual Duarte
olvidaba esto y se tomaba la justicia por su mano. Si cada hombre quisiera
hacer lo propio, aun suponiendo que acertara, la Justicia desaparecería en
unas horas. En el fondo, esto es lo que ocurre en las guerras, y sobre todo
en las revoluciones. Lo más grave de ellas no son las desolaciones
materiales, sino el que sus protagonistas decreten la sustitución de la
Justicia establecida por una justicia personal, de individuo a individuo, sin
otro código que la llamada Razón de Estado, Acción Directa u otro artificio
similar. No es raro que en estas circunstancias, el hombre armado y anárquico
haga justicia estricta; pero a la larga o a la corta la Justicia sale
perdiendo y hay que volver a empezar a armar el tinglado y a enseñar a
respetarle, que no es tarea floja. Este tejer y destejer del respeto a la ley
es lo que más ha retrasado la marcha del mundo. Así, pues, la justicia cumple
con su deber enviando a la horca a los que, como Duarte, hacen la justicia
por su propia mano; y acierta, al dar sólo una categoría de atenuante, a la
consideración de que tal vez pudiera el brazo armado de violencia estar
movido por la razón.-Todo eso es verdad- repuso el viejo-; es verdad en el orden de la moral
social, que yo estoy siempre dispuesto a acatar. Y me gusta que, teniendo tan
pocos años, reacciones así. Pero ello no desvirtúa el hecho, que hay que
reconocer, como reconocemos que se está poniendo el sol, de una lejana,
bárbara, pero radical vena de justicia fluye en lo profundo de los ímpetus
agresivos de nuestro protagonista. Y esto explica lo que su triste historia
tiene de armonía permanente, de orden, bajo el tumulto superficial; y el que,
en consecuencia, la figura de Pascual Duarte sea ya como el esquema clásico
de una variedad tremebunda pero realísima, de la fauna humana, pareja de
otras no menos atroces que tienen también su literario arquetipo.Callaron de nuevo los dialogantes, porque los dos comprendían que la polémica
no tendría fin; y como eran inteligentes sabían que la luz sólo nace de las
discusiones que de antemano tienen una solución conocida, como el final de
las comedias, que no se sabe cuál va a ser, pero que ya está escrito.Biografía de Camilo José Cela
Camilo José Cela Escritor español Nació el 11 de mayo de 1916 en Iria Flavia,
A Coruña. Fue el primogénito de la familia Cela Trulock y bautizado con los
nombres de Camilo José Manuel Juan Ramón Francisco de Jerónimo en la
Colegiata de Santa María la Mayor de Adina. En 1925 la familia se instala en
Madrid y cursa estudios en el colegio de los escolapios de Porlier. En 1931
es internado en el sanatorio del Guadarrama, aquejado de tuberculosis
pulmonar. Emplea el tiempo en lecturas de la obra completa de Ortega y Gasset
y la colección completa de clásicos españoles de Rivadeneyra. En 1934
comienza la carrera de Medicina en la Universidad Complutense, aunque
abandonó para asistir, en la nueva Facultad de Filosofía y Letras, a las
clases de Literatura española contemporánea de Pedro Salinas. Fue amigo de
Miguel Hernández y María Zambrano, en cuya casa de la plaza del conde de
Barajas conoce en tertulia a Max Aub y otros escritores e intelectuales.
Formó parte del bando franquista durante la Guerra Civil española y fue
herido en el frente. Algunos años después rechazó la dictadura de Franco y
mantuvo una actitud independiente y provocativa. En 1940 estudia derecho en
Madrid. Su primera novela fue La familia de Pascual Duarte (1942). Debido la
censura que sufría España, su novela La colmena (1951), obra en la que se
narra la vida miserable de unos seres en el Madrid de los años inmediatamente
posteriores a la Guerra Civil española, tuvo que publicarse en Buenos Aires.
Otras novelas destacadas son Mrs. Caldwell habla con su hijo (1953), Oficio
de tinieblas-5 (1973), su obra más vanguardista, y Cristo versus Arizona
(1988). En 1956 fundó la revista literaria Papeles de Son Armadans de la que
fue director y donde aparecieron publicaciones de muchos escritores españoles
en el exilio durante la dictadura franquista. Sus libros de viajes destacados
son Viaje a la Alcarria (1948) y Del Miño al Bidasoa (1952). En poesía
destacar: Pisando la dudosa luz del día (1945), y María Sabina (1970). Además
ha escrito varios volúmenes de memorias y numerosos relatos, artículos
periodísticos y trabajos de erudición, entre los que hay que señalar su
Diccionario secreto (1968 y 1971). En 1989 recibió el Premio Nobel de
Literatura y en 1995 el Premio Cervantes. En 1996 le nombraron marqués de
Iria-Flavia. Falleció el 17 de enero de 2002 en Madrid a los 85 años a causa
de un paro cardiaco.