José Marín Cañas
Escéptico y romántico, tertuliador insigne y trabajador inagotable. Amigo de los horarios, admirador de las gestas, soñador como un adolescente frente al mar y pragmático como un obrero español.
Nació el 28 de agosto de 1904, hijo de José Marín Rico y Emilia Cañas Ojel Jaramillo, inmigrados españoles que llegaron a residir a San José dos años antes.
La vida de privaciones materiales de su familia, lo obligó a desenvolverse en diferentes oficios desde muy joven. Fue cargador en el mercado, panadero, comerciante; a nada le arrugó la cara. Conocía el valor del trabajo y el peligro del ocio.
Cursó la secundaria en el Colegio Seminario, pero luego vio truncados sus estudios de Ingeniería en Segovia y debió regresar a Costa Rica. En la escuela Manuel Aragón recibió un título de contaduría pública del que hizo poco uso en su vida. Aprendió a tocar el violín, por lo que trabajó dando serenatas, tocando en bailes y fiestas e incluso en el teatro América, donde interpretaba la música para las películas no sonoras. Aquel vínculo con el cine se manifestó años después; quizás fue algo que no abandonó nunca.
La formación familiar le había dado un interés por las letras y el arte. Siendo apenas un niño le pidió a su padre que le regalara una máquina de escribir.
De adolescente envió sus primeras líneas a un periódico y el director García Solano reconoció el talento y lo invitó a trabajar en la redacción. Así comenzó labores en el Diario de Costa Rica, en los años treintas.
El 13 de marzo de 1933, junto a sus colegas Adolfo Herrera García y Rubén Hernández y apoyado por su contertulio y viejo amigo Abelardo Bonilla, asume la dirección del nuevo diario vespertino: La Hora.
Los tiempos heroicos y juveniles cuando estuvo al frente de este periódico sensacionalista alcanzó todo un éxito y cambios en el periodismo nacional.
Este periódico fue, de alguna manera, un experimento cuyo objetivo, según Marín, era interesar a un público alejado de la lectura de diarios. Noticias de corte más ligero, informaciones sorprendentes, notas policiales, etc, constituían los rasgos preponderantes del experimento que ya había resultado en Londres y Estados Unidos: el sensacionalismo.
Era un periódico barato, en formato de tabloide, como lo que se hace hoy, pero en aquel tiempo era el primero en ese tamaño.
Director y redactores no lo veían como un ejercicio irresponsable, sino todo lo contrario; era una forma de acercar al lector para luego proporcionarle otros materiales para su reflexión y lectura. Incluso mantuvo siempre una página literaria.
Muchos recursos literarios de los que echaban mano tanto Marín como Herrera, dejaron frutos interesantes en las letras costarricenses y marcaron definitivamente la carrera literaria de Marín Cañas.
Como escritor, Marín Cañas logra cambios y renovaciones importantes en las letras costarricenses. Su forma puntillosa de trabajar con el idioma era la de un relojero. La voluminosa obra en narrativa, ensayo y periodismo muestran a un hombre enamorado de la palabra. Pero la incontrastable decisión de guardar silencio por casi 30 años evidencian su carácter férreo y su anacrónico talento.
Con origen en el periodismo, su mayor pasión, inició una carrera literaria con tendencia a hacer cuadros de costumbres, volcado hacia el mundo urbano.
Lágrimas de acero es su primera novela, la cual se publica en España en 1929. Ese mismo año aparece en Costa Rica Los bigardos del ron. Con personajes preponderantemente citadinos y decadentes, reúne retratos cotidianos de un mundo bohemio y nocturno, con la influencia del dramaturgo español Ramón del Valle Inclán, tanto en el estilo como en el lenguaje mismo, al usar términos españoles en el decir de los personajes.
Casi en toda su obra literaria vemos una y otra vez la innovación, deseo de hacer las cosas de manera diferente y, principalmente, fundar un estilo propio.
Él mismo sostenía que los mejores escritores no alcanzan fama ni reconocimiento de las mayorías, pero sus obras, si son buenas, perduran.
Tú, la imposible, memorias de un hombre triste, es su segunda novela y la publica en 1931.El juego de disfraces del autor lleva a la confusión total. Esto no fue entendido en su época y la novela ha sido la más duramente criticada de toda su obra.
Como lo habían hecho otras veces, Adolfo Herrera García y Marín Cañas inventaban historias cuando los temas de las noticias no daban para llenar el periódico desde la corriente sensacionalista que tenía. Así, por ejemplo, la historia de un hombre lobo en San José tuvo buena acogida del público y surgió de la imaginación literaria de Herrera.
La aventura de tomar del periodismo un hecho y convertirlo en literatura es resultado de los años atrevidos en La Hora y de la complicidad de su inseparable Adolfo Herrera García.
En 1934 publicó en cuatro entregas una crónica acerca de la guerra de 1921 con Panamá, bajo el título de Coto. El éxito absoluto que logró hizo que volviera al experimento, pero esta vez con un desafío mucho mayor.
Infierno verde, es el cuaderno-diario que lleva un campesino, quien lucha en la guerra del Chaco, entre Bolivia y Paraguay. Según la introducción que el mismo Marín le dio, ese cuaderno es rescatado por un viajero alemán, quien lo vende a un amigo de Marín, quien luego se lo envía a este, y de ahí su publicación. La novela fue publicada por entregas y luego editada en un libro por una de las principales editoriales españolas, Espasa Calpe. El atrevimiento en estilo y estructura provocó una reacción incluso internacional que colocó la obra como una de las mejor escritas en el continente.
Animado por la buena crítica, el reconocimiento a su nueva novela y sus artículos y ensayos, José Marín Cañas emprende su mayor proyecto literario, la novela Pedro Arnáez.
En 1942, Farrar y Reinhardt, casa editorial de Nueva York, convocó a un certamen lationamericano para el cual se seleccionó Pedro Arnáez, junto con otras cuatro obras nacionales. Marín, desconfiado y escéptico, decidió poner goma a las hojas del ejemplar que envió para comprobar si era realmente leído por el jurado, pero luego de conocer al ganador, le devolvieron el ejemplar con las hojas intactas.
Tal fue la decepción que sufrió don José Marín, que decidió no volver a escribir.
Sin embargo, los elogios sobre Pedro Arnáez jamás han faltado. Su gran fuerza poética en el lenguaje, las imágenes cautivantes, la estructura compleja e innovadora y el humanismo de la historia la colocan como la mayor obra de su autor. Incluso el maestro Constantino Láscaris dijo preferir Pedro Arnáez a Cien años de soledad.
Desde los años juveniles en que le ponía música de fondo a las películas sin sonido en el teatro América, Marín Cañas tuvo relación estrecha con el cine. Más adelante trabajó con una distribuidora de películas, escribía los comentarios para los periódicos y luego montó su propia empresa distribuidora, pero no pudo competir con otros más poderosos.
El cine fue una de sus pasiones y tema recurrente en su tertulia.
Sobre su amada España escribió dos libros: Pueblo Macho, ensayo sobre la guerra civil española, y Tierra de conejos, conjuntos de narraciones y cuadros de España. Aunque allá además se publicó su primer libro, Lágrimas de acero, y algunas de sus otras obras recibieron muy buena crítica.
Apagada la tarde, el hombre del borsalino andaba a paso decidido unas cuantas cuadras hasta perderse en el trajín.
La partitura que hacían los cables del alumbrado y las estrellas que empezaban a asomar en la prematura noche josefina marcaban su paso hasta la puerta tranquila del Instituto de Cultura Hispánica, del que era director.
El vínculo de Marín Cañas con la tierra de sus ancestros era muy firme, pero no superaba su identificación con esta tierra que nunca lo comprendió plenamente.
En 1968, tras 28 años de no escribir, pese al ruego de muchos de sus conocidos, finalmente aceptó por razones económicas volver a las páginas de los periódicos. Gracias a eso, en los siguientes dcce años publicó en la página 15 del diario La Nación sus sabrosas columnas.
En 1971 debió abandonar la cátedra que impartía en la escuela de Periodismo de la Universidad de Costa Rica por no contar con el título universitario. Resentido una vez más por la miopía del ambiente, se amparó en su viejo orgullo español y prometió jamás volver a poner un pie en sus aulas, para lamento de muchos estudiantes de periodismo y satisfacción de algún burócrata de turno.
Recibió algunos galardones principales en el país, como el Premio Nacional de Cultura Magón en 1967, el de Periodismo Pío Víquez, y en España, donde se le otorgó la Condecoración de Comendador de la Orden de Isabel La Cotólica y la Gran Cruz de Alfonso X.
Tuvo una vida muy activa y productiva. Era un hombre dedicado a su propio talento.
Murió en la madrugada del domingo 14 de diciembre de 1980. Con enfisema. Nunca dejó de fumar.