Diablo Guardián de Xavier Velasco

Alfaguara, México, 2003. 500 páginas

Por Carlos Cortés

A pesar de haber recibido un gran premio literario, Diablo guardián es una buena novela. Lo digo con y sin ironía y digo más: es una muy buena novela. Hasta aquí sé que mi provocación se extralimita, porque en estos tiempos decir que una novela es buena o mala es casi un delito imperdonable. Un crítico mexicano, Emmanuel Carballo, uno de los descubridores de García Márquez en los sesentas, dijo hace dos semanas que pensó que Carlos Fuentes sería un escritor universal y que se equivocó. Los premios, como la celebridad, ofrecen una plataforma mediática extraordinaria, y auguro que Diablo guardián, que es una novela escrita por gusto, desde y por el placer, es más, escrita a mano, por confesión propia del autor, será un éxito, pero nunca está de más desconfiar de los éxitos instantáneos y preguntarse si nos dan, como dijo el crítico mexicano de los últimos libros de Fuentes, gato por liebre, guajolote por águila.

Con esa pizca de escepticismo, un algo de entusiasmo y un tantito de curiosidad por descubrir a un autor diré que joven, casi desconocido, o poco conocido para los españoles y considerado “maldito” para un sector de la intelectualidad mexicana, lo cual es una rareza en la trayectoria algo irregular de los premios Alfaguara, con excepción de la consagración de dos maestros como Sergio Ramírez y Tomás Eloy Martínez, me puse a leer Diablo guardián y quedé fascinado como lo estarán ustedes cuando escuchen a Xavier Velasco, que es, a su vez, un pálido reflejo de la entretenida ecolalia polifónica que es escuchar a sus personajes.

Lo que me engatusó de Diablo guardián no fue la anécdota, no fueron los personajes –aunque hay uno es que irresistible-, las técnicas narrativas, la ambientación, la temática moderna, el espíritu contemporáneo o poscontemporáneo, sino otra cosa: el lenguaje, las palabras, lo que Oscar Wilde traducido por Cabrera Infante in fraganti llama la nieblablabla, es decir, la niebla de palabras. El lector de Diablo guardián termina mareado de palabras, harto, hastiado, enamorado y réquete enloquecido por Violetta/Rosalba, pero no se va. Un buen narrador lleva al lector a donde no quiere ir con un cuento que desconoce y una jerga que no siempre entiende, pero que durante unas horas de lectura se convierten en su universo simbólico de referencia. Vamos: en todo su mundo, en su planeta-lector.

Eso, ya lo han descubierto ustedes, es lo que llamamos literatura, y esto es lo que logra Diablo guardián. Para ser justos con la obra, e injustos con su autor, que la palmó tres años de escritura a mano para que esta noche, frente a ustedes, Sonia y yo lo interpretamos sesuda, sudada y concienzuda y aburridoramente, para ser justos, como les decía, deberíamos leer en voz alta esa voz que escuchamos desde el primer capítulo y que secuestra la acción y la articula, la masculla, la crea, la vocifera, mastica y vomita, la recrea y la reinventa desde el principio. ¿De qué habla? De todo y de nada, de la vida, del mundo, de sí misma, sobre todo, y aún así nos interesa. Me atrevo a decir que si esta novela está fatalmente condenada a algo parecido a la posteridad, o a la post-posteridad, o lo que quede de ella, después de la posmodernidad, es por esa voz-personaje-historia-texto-cuerpo, que es una de las más logradas invenciones de la narrativa latinoamericana reciente: Violetta/Rosalba/coatlicue/virgen de las palabras: “De la lástima al desprecio te puedes ir a pie, ¿me entiendes?” (64), “Llegué hablando en inglés, y ya sabrás que había un tlahuica de cajero: Yo Jane y tú Tarzán, pinche nativo. Ni mi nombre me preguntó, el güey. Camino de regreso me compré no sé cuántas revistas, un pastel poca madre para mí solita y hasta le di propia al ruletero. Niña rica, ¿me entiendes” (65), “¿Sabes para qué sirve el dinero? Para comprar a tus demonios”, dice en la página 206. “Si el problema comienza por la sangre, yo tendría que estarme cortando las venas” (pág.194) o más adelante en la misma página: “Si de verdad mis genes son tan corrientes como sospecho, mi problema está en que soy una mercancía de Sears empeñada en llegar a un aparador de Saks. ¿Cómo haces para que una blusa de diez dólares parezca de quinientos?”.

¿Cómo haces que una novela-moviola-videoclip-chat-room-rap-bolero-y-rock-and-roll de 500 páginas se mueva como un cuento bien contado y nunca merme en su ritmo trepidante? Ahí está el detalle, joven, diríamos en los cuarentas. No mames, güey, diríamos con Amores perros. Todo es cosa de ritmo, de equilibrio, de melodía y de tempo, porque no por nada Xavier Velasco ha sido durante bastante tiempo cronista de los dos ámbitos mágicos que más lo enredan en su cadencia: la música y la noche. Diablo guardián fue escrita como un poema o mejor aún como una canción, no sabemos muy bien de qué género, solo que tiene 500 páginas, y está el detalle. El secreto es el contrapunto y la constante apelación a un idiolecto de la clase media del D.F. que, en realidad, ya lo imaginaron ustedes, es una pura (re)invención del autor.

El habla popular mexicana es una de las mayores creaciones verbales y literarias de Latinoamérica y quizá del mundo, desde el “flor y canto” precolombino hasta la Picardía mexicana, Cantinflas, los albures, los narcocorridos, Otro Rollo (Adán Ramones, para no citar a la insufrible Patty Chapoy) y el nuevo cine mexicano. Xavier se vale de ella, recreándola, enrevesándola y desnudándola, esa lengua, para hacer verosímil su personaje y su universo textual. Me niego a pensar que la novela ocurre en la Ciudad de México o en esa ciudad-ícono del siglo XX que es Nueva York, de la que Violetta/Rosalba da una de sus mejores definiciones: “En New York nadie es rico. No suficientemente, ¿ajá? –esa muletilla, ajá, termina siendo en el libro como el cursor de la pantalla de la computadora-. Siempre hay algo que no puedes tener... Te compra y te tira –dice más adelante, página 157-, por eso la quieres”. Ay, carajo.

Diablo guardián, a pesar del contrapunto del otro personaje, ya no voz sino discurso, Pig, y que es el taquígrafo de la rayería verbal de Violetta/Rosalba, no acontece sino en las palabras de Violetta y esto la hace una novela de lenguaje, pero no una novela experimental, sino una novela oral, hablada, coloquial, perramente vociferada que el lector traga a grandes trancos de lectura como si ingresara vertiginosamente en un videojuego o en ese hiperespacio que es la historia imaginada en la imaginación del lector. No hay respiro, pero no queremos que haya respiro, porque los capítulos de Pig son rápidamente devorados para inyectarnos un poco más de la adrelina picaresca de Violetta, con sus pretenciosas zambullidas al inglés, con su argó en chilango hablado de Colinas del Sur, Colonia del Valle o Ciudad Satélite, como dice una crítica mexicana, con su repertorio en rock permanente, como quien entra a un mall.

Ahí está: la novela ocurre, acontece, sucede y permanece en un gigantesco mall de palabras, nuestras iglesias de la post-posmodernidad, donde el silencio ya no existe y siempre hay un rap, un carajo, una bullaranga, una algarabía perenne y discotequera y puteril a ratos y droga y anochecina –siempre es de noche en un mall o no es día- que sigue el ritmo de nuestra respiración agitada y consumista: to Visa o not to Visa.

Diablo guardián ocurre en un mundo después del silencio, donde el silencio es imposible y quizá espantoso. Consumo, luego existo, o consumo y luego hablo y hablo y hablo porque existo como personaje-heroína-mosquitamuertiando –todos los héroes pierden, dice Xavier Velasco-, y parece decirle Violetta/Rosalba a su transcriptor, Pig. Ya lo sé: la novela ocurre en un walkman –chum, chum, chum, como ruido de fondo- como quería el novelista chileno Alberto Fuguet, justamente uno de los jurados de este desopilante, herético, pícaro, desalmado y transgresor premio Alfaguara, cuando inventó aquella otra aldea global latinoamericana de nombre McOndo, a lo que Violetta/Rosalba le respondería: “Una zona asquerosa. Gente hablando español y de repente algún McDonald’s cochambroso. O como tú decías: chancroléptico. Detesto los Mc’Donald’s. Un día mis papás nos tuvieron horas haciendo cola para entrar a uno, creo que era el primero que ponían en México. Yo tenía no sé, como doce años. Y estaba segurísima de que la eme tenía el mismo amarillo de las vomitadas de los clientes. Ya sé que no tiene sentido: la chica cheesy no se halla en Mc’Donald’s”.

Ya lo habrán ustedes adivinado: la chica que habla en chilango quiere dejar de ser una pinche naca poca madre y entiende que el mundo, o su mundo, al menos, es un mall, que es lo más parecido a la felicidad que encuentra en un mundo doméstico que es el inframundo, el mundo de los muertos vivos.

En una entrevista, después de haber ganado el premio, Xavier recordaba haber escuchado a Carlos Fuentes decir que “qué haría Madame Bovary hoy en día con una American Express”. Bien, Violetta/Rosalba no es una Madame Bovary sino una Eréndira que habla como La Maga de Cortázar metida dentro de un chat-room de adolescentes esquizofrénicos con 100 mil dólares para gastar en su planeta-mall y le va re mal. Existo mientras consumo, consumo mientras tengo dinero, tengo dinero mientras existo. Soy lo que consumo: “¿Nunca has sentido que una tienda te comprende?”, dice en el colmo de su paraxismo del cash. Diablo guardián es lo opuesto de la novela del crack –Volpi, Nacho Padilla, etc.-. Es la novela del cash.

Esta novela es una novela poslatinoamericana: lo que Fuguet intentó crear, una narrativa sin realismo mágico, anti-rreal maravilloso, sin éxito, en 1996 con McOndo, viene a hacerlo Diablo guardián con una novela que ni siquiera es mexicana en su sentido posapocalíptico, a pesar de que se expresa como una atropellada clasemediera del D.F., sino que supera esos límites y se interna tanto en los intersticios del lenguaje hablado, aunque esto sea un artificio de buen escritor, y de la cultura del siglo XX-XXI, fin y principio de siglo, cultura ya no sé ni cuántos post ponerle –quita y pon- y mejor no le pongo ninguno. Ping pong.

Una novela que termina siendo una irremediable fantasía verbal de la condición humana en el tercer milenio, una sátira explosiva sobre la descomposición de la clase media globalizada, en este caso mexicano-latino-americana, y del “american way of life” trasladado a las ínfulas esperpénticas del subdesarrollo.

Porque ya lo sabemos: este lenguaje hablado, oral, de grabadora de la calle, de transcripción ingenua de periodista y cronista obvio-objetivo de la realidad –como quería, sin hacer, Puig-, no existe: lo que existe es la literatura. Es un ardid, un truco, tres años de trabajo, no sé cuántas horas de insomnio redentor, décadas de oficio en la vida y en el arte y el milagro de la literatura. Después de estar pegados como víctimas en la telaraña de palabras –red, tejido, intertexto, estructura, organización- nos damos cuenta que todo es un ardid, ardid urdido, pero ya estamos pegados y traspapelados y ya no podemos parar ni separar. Lo mismo les pasa a los pobres personajes, algunos demasiado buenos y otros demasiado malos, que giran alrededor de Violetta/Rosalba como una mantis religiosa disfrazada de Madonna y que se digiere a sí misma, por un lado, mientras por el otro desenrolla la lengua.

Xavier Velasco compone un patch-work incendiario de palabras íntimamente trenzadas con su ritmo interior como un cuerpo elástico que deja que el lector le dé la forma que quiera, al cabo que hizo decir a uno de los más influyentes críticos españoles, Rafael Conte, en su crítica en El País: “...pero no se sabe en qué lengua está escrita y creo que ha traspasado los límites que toda experimentación debiera imponerse para ser útil de verdad”. “Sí, cómo no”, diría Violetta/Rosalba o “a poco”.

Es decir: es una experimentación inútil, como toda la literatura que se precie de serlo. Bueno, dudo que haya un mejor cumplido para un escritor que tiene la edad, el tamaño, la dimensión y la estatura que tiene su libro.

Los capítulos-contrapunto de Pig-cochino-marrano-puerco-cerdo-escritor-narrador-transcriptor-testigo conforman una teoría de la literatura: “ser cada día un embustero artificioso, y a veces hasta un asesino sin cadáver ni cuerpo del delito” (25). ¿Qué lo justifica? El placer, la gravedad que hace que el lector siga leyendo hasta consumirse en palabras.

Quiero cerrar, antes de comenzar y recomenzar el diálogo que yo ya empecé cuando leí y releí la novela, diciendo que esta es una novela mesmérica, para utilizar un término que me gusta a mí y sé que a Xavier también le gusta, que no oía desde mis tiempos de alquimista a la manera de Rimbaud. Mesmérica, hipnótica, magnética, extravagante, relampagueante, chispeante y para colmo divertida, pícara, satírica, ácida y, como el lenguaje hablado mesmerizado o “arterizado” –dice Lezama Lima- por la (re)creación verbal de la escritura: viva, muy viva, en perpetua vitalidad en busca del lector vivificado y vivificante. ¿Ajá?