"La rambla paralela" de Augusto Monterroso

Manuel Delgado

Fernando Vallejo lo anunció sin ambage alguno: "La Rambla paralela" será su última novela.

No se hastió de la literatura, porque la verdad ya estaba hastiado desde el primer momento de las letras y de la vida.

Escribía, según ha confesado, para llenar el profundo vacío que lleva en su alma, por un lado, y para olvidar, por otro, pues se hacía la ilusión que todo cuanto llevaba al papel lo borraba de su memoria.

Pero lo cierto es que su vida seguía igual: ni se llenaba el vacío, ni se vaciaban sus recuerdos.

Entonces seguir escribiendo era un sinsentido más, igual que seguir viviendo.

El también había confesado la tercera causa de su dedicación a la literatura: escribía para fastidiar a los demás, una de las aficiones más reconfortantes que existen. Pero ahora ha llegado a la conclusión de que es mejor seguir fastidiándolos desde otro atalaya: la del ensayo.

A partir de aquí se dedicará a este género, mejor dicho, a hacerle la vida imposible a cuanto sabio hay en el mundo, desde Darwin, al que ya destronó de su Olimpo, hasta Einstein, otro tautólogo (¿se dice así?).

Y de esta manera, con el precedente de ese anuncio de su suicidio literario, Vallejo nos trae otra edición más de ese golpeteo interminable del martillo sobre el yunque. El martillo es su irreverencia ilímite. El yunque, el alma. Para él solo existe una verdad inconstrovertible, una ley de la naturaleza, que expresa una oración desoladora: "Nada de lo que estaba mal se componía y todo lo que estaba bien lo dañaban. Esa era la ley del mundo."

Toda la obra de Vallejo parece una sola novela, una sola historia que se cuenta y se recuenta, se aumenta y se corrije, vuelve atrás con nuevos detalles, con otra perspectiva de las mismas iniquidades. Aquí y allá cambia una calle (o quizá solo el nombre de esa calle), un cafetín, un personaje, pero persiste la misma la desesperanza, el vacío, la queja interminable por un mundo que no es nuestro, de una humanidad que se envilece y lo envilece todo a su paso, al tiempo que lo destruye. Y en el fondo su Medellín, su Antioquia, su Colombia, puta despreciada y despreciable, la más baja de todas, la más putrefacta, pero también la más amada. ¿Qué existe en el mundo más vil que Colombia? Solo esta nostalgia por ella (la del desterrado, desterrado de su patria y desterrado del mundo) que la envilece y que la redime.

"La Rambla paralela" tiene no obstante algunas diferencias. Una no muy radical consiste en que no transcurre en el país suramericano (hay otros ejemplos de ese desliz geográfico en obras anteriores) sino allí, en esa calle de Barcelona, en entorno físico de una ciudad que después de muchos años sigue siendo la misma, y en su entorno psicológico, en su recuerdo, porque la Rambla, la paralela, la de verdad, solo existe en la memoria.

A esta ciudad ha venido el viejecito con su carga para participar en una feria del libro y vender un puñado de páginas impresas, dictar una conferencia a un grupo reducido de lectores y maldecir por haber venido; una feria fracasada y equivocada, igual que su vida.

En realidad, él llega a esta ciudad para morir, y novela será la historia de esa vela que se apaga, de este hombre agobiado por una semana de insomnio que sólo espera el más reconfortante de todos los sueños: el de la muerte. ("Llevaba no sé cuántos días sin dormir y nos dijo algo que se me quedó muy grabado: que el sueño sin sueños era el estado más feliz del hombre, y solo entonces, era cuando la mula descansaba de sí misma y de la inmensa carga que llevaba encima").

Sofocado por el calor del verano (algo así como Meursault en El Extranjero de Camus), caminando por la Rambla paralela, observando ese mundo lleno de gentes que padecen del peor de los absurdos, el de copular e infestar al mundo con el fruto de sus vientres, atravesando calles congestionadas con los ojos cerrados, mirando sin ser visto, el personaje es poco menos que un fantasma. El mismo reconoce que ha tomado el mejor seguro contra el secuestro, robo o atropello: la muerte, que vino ya muerto a Barcelona. Era "un cínico que abusaba de su condición de fantasma".

En esos cinco días de terca espera ("Y claro que amaneció, ¿cuándo no? Sigue siempre amaneciendo y saliendo el sol por el mismo lado, necio, terco"), el personaje (¿Vallejo? Claro que sí) libra la última batalla contra sus enemigos jurados: Dios, el mundo, la humanidad. ("Veía a un inocente cruzando la calle acompañado de su mamacita linda, y los bendecía con la mano izquierda a ver si un carro los atropellaba y los mataba a los dos").

Y de nuevo la mujer. La Rambla paralela tiene un sentido para él por el muchachito con el que hizo el amor décadas atrás. Es quizá esa condición de homosexual sin tapujos, radical y fanático, la que lo lleva a la más chocante de sus maldiciones: su visión de la mujer. Aquí vuelve aparecer ese odioso odio por las vaginas de las que, como él lo acepta, conoce tan poco. "La mujer es una bestia ambiciosa, paridora, lúdrica", afirma.

Pero también es una víctima. Dice que ellas son "esos pobres animalitos que esta civilización infame ha degradado convirtiéndolas en gallinas ponedoras, una vacas paridoras, unas máquinas despiadadas de fabricar hijos".

La verdadera razón es que la relación heterosexual es reproductora, el ser humano una peste despreciable y la mujer una máquina para eternizar la locura de la vida.

Dos consecuencias: la definición de su prójimo: "El pacto del hombre con el perro, el caballo y el camello era el único de la especie bípeda que él respetaba, y el amor a los animales su religión... Que ni soñaran con que él era su prójimo. Su prójimo eran los animalitos, empezando por la ratas, esas almitas inocentes de Dios calumniadas por el hombre, que no trasmitían el sida, ni el cristianismo, ni el mahometanismo, ni la malaria".

Segunda: la esperanza escatológica, el sueño con la bomba atómica, el rol devastador del sida o la catástrofe natural que acabe de una vez por todas con la pesadilla. ("Bendito seas san Antonio de Ebola, que el día de mañana te vas a soltar a hacer milagros. Empezá por Africa y seguí con Colombia. Rebajanos siquiera cuarenta millones").

Pero hay que tener cuidado con una conclusión apresurada. Vallejo no es ni un loco sicópata (¡cuánto desearía el serlo!), ni un esnobista, ni un misántropo. Detrás de esa confesión desesperada late un corazón humano, un hombre que es capaz de llorar por la muerte de un perro callejero (recuerden La virgen de los sicarios), o por la agonía de su hermano, víctima del sida. También por la mujer. No el balde los grandes amores en sus novelas, además de los muchachitos, son seres de género femenino: su abuela y su perra. La agonía del personaje comienza en realidad no en Barcelona hace cinco días, sino hace mucho tiempo, cuando ellas dos huyeron por el callejón de la muerte.

A veces da la impresión de que Vallejo es un niño herido, abofeteado en plena calle, humillado por la maldad, o mejor, por los malos. Y como niño se desquita maldiciendo a todo el mundo. Sí, es un niño en lucha contra el mundo, una batalla que libra él solito y que tendrá solo un éxito posible, él lo sabe: su propia muerte.

Pero cuidado otra vez: Vallejo es un grito desesperado mas no desesperanzado. Es una bofetada que quiere despertarnos, hacernos mirar el peligro antes de que, entonces sí, sea demasiado tarde.

Quiéralo o no (Vallejo lo ha negado muchas veces) hay tras tanta maldad un hombre bueno, ese yace dormido en el corazón de cada ser humano. Y este cínico incorregible lo sabe, y por eso nos martillea con su lamento interminable.

La vida es un absurdo, de pe a pa coincidió en eso con Vallejo. Pero tras ese nihilismo ilímite, persiste la esperanza, no de la felicidad, que es una quimera, si de que los seres humanos algunas vez se encuentren, y se abracen para llorar juntos, uno sobre el hombro del otro, como dos buenos hermanos.

Una última cosa merece ser destacada, y es que esta obra , como otras del mismo autor ,en especial “El desbarrancadero”, se escribirán y se escriben ya, entre la mejor literatura del continente.

Todo literato tiene el derecho a escribir malas obras; a lo que no tiene derecho es a escribir mal. Y en este sentido, Vallejo es una muestra de la mejor escritura, de exquisito manejo del idioma y formidable dominio del lenguaje.

Se trata sin duda, de uno de los más destacados maestros de la literatura del presente. Ojalá que se decida a no cumplir su promesa, y vuelva de nuevo a novelar.