El corazón del silencio: entre tumbas y hortensias rojas
Yadira CalvoYolanda, una mujer madura, soltera, bajita, rellena, con el pelo teñido de color caoba y un traje “demasiado formal”, regresa por unos días a la ciudad de su infancia. Ha estado ausente durante muchos años y mientras tanto, una dictadura militar ha producido asesinatos, persecución y complicidades en su familia y en su pueblo. En el autobús conoce a Miguel Cárcamo, un hombre de cabello blanco, que “ni en el gesto corporal revelaba emociones. Aguien decidido a proteger su intimidad”. No por azar en ese momento Miguel duerme, con “las espaldas rectas, la cabeza correctamentea apoyada en el respaldo, las manos cruzadas sobre el sexo”.
En la enorme casa paterna ahora sólo vive Aurelia, la vieja prima guardadora de lealtades ominosas, oscuros resentimientos, y recuerdos torturadores; Aurelia, “virgen inmolada en el altar de las genealogías, fiel guardiana de los secretos de una familia para la que, en el mejor de los casos, ella era sinónimo de una casa heredable”.
Yolanda intenta averiguar los sucesos que rodean la desaparición del primo Marcelo durante la dictadura. Un nudo difícil de soltar porque en las gentes del pueblo se imponen la desconfianza y la cautela. Las preguntas se disimulan, las respuestas se sesgan, la verdad se oculta. Inquisitiva, Yolanda realiza intentos inútiles con su prima y con el padre Paul; visita el precario que antes había sido un bosque, y allí averigua que a sus habitantes los van a desplazar a un barrio decente. Alguien denunció que el tugurio está asentado sobre la tumba que guarda los restos de ocho víctimas de la dictadura. El nudo empieza a soltarse: primero un profesor de primaria, después Miguel Cárcamo, finalmente Aurelia, van desanudando a partes la historia, cada uno su versión, no siempre la verdad.
Esta es a brochazos, la historia contada en El corazón del silencio. Pero una novela es mucho más que su argumento, y en esta resultan fascinantes los recursos que intensifican y subrayan el mundo narrado. Entre ellos me interesa destacar los símbolos de la vida bajo la dictadura: por una parte la tumba, el lago y el pantano; por otra la incomunicación, el autismo y las hortensias rojas.
La tumba clandestina constituye un elemento crucial a lo largo de la novela. Se trata de una zanja abierta apresuradamente, ante la que llevaron a varios hombres detenidos, y puestos en fila, les dispararon. Esta tumba, a punto de abrirse, constituye el núcleo de los interrogantes y expectativas de la ciudad, pero resulta ser tan engañosa como la dictadura misma.
El “pantano”, en realidad “un humedal lodoso”, es un correlato de la tumba y una tumba también, a su manera. En el otoño, con la humedad, se convertía en una “trampa sin fondo”, con un fuerte olor a cosa descompuesta y maloliente”. Durante la niñez, un día, Yolanda tiró en él su muñeca para ver qué pasaba: “La vio desaparecer en un lento proceso que duró una eternidad […], hundiéndose poco a poco hasta que el lodo se la tragó y la superficie, apenas alterada, volvió a su modorra amenazante y misteriosa”. Doloroso anticipo y premonición de lo que en el futuro el pantano llegaría a tragar.
También guarda sus siniestros secretos el lago, “un lugar —piensa Yolanda— para meditar y trascender los apuros y apetitos de este mundo”; un sitio donde “el agua encerrada por la tierra tiene de tranquilidad lo que el horizonte marino tiene de abrumador”. Pero un lugar que también “traga”, como la tumba y el pantano. Bueno, por lo tanto, para ocultar a los muertos y despistar a los vivos y a la justicia porque sin cadáver no hay crimen.
Y luego tenemos las extrañas conversaciones entre Aurelia y Yolanda, todas al bies, todas con pies de plomo, todas rozando apenas la superficie de la verdad, oscilando siempre entre el quiero y el no puedo. Las dos primas son incapaces de comunicarse, porque entre ellas se yergue El General, y “la política, como la religión, es un tema muy peligroso para la armonía familiar. Hay que hacer como si nada hubiera pasado, como si el tiempo tuviera más de un camino por donde transitar, tiempo paralelo, bifurcado, en el que todo es posible y las cosas pueden ocurrir de muy diferente manera y todas son verdad”. Junto al General, entre las dos también está un cadáver sobre el que se dicen algunas mentiras y sobre el que se guardan muchos silencios. Yolanda y Aurelia, en cierto modo son tumbas también.
En cuanto a Melania, la antigua novia de Marcelo, sabemos que enloqueció y dejó de hablar. Su estado da título a la novela, porque Melania vive “en el corazón del silencio” y por ello se constituye en el gran símbolo de la vida bajo la dictadura. Ella “había hecho estallar todos los límites para huir del dolor. Valor o cobardía, qué mas daba”. Ella “se había refugiado en un lugar donde todas las cosas estaban a salvo de cualquier intento por aprisionarlas entre la verdad y la mentira, entre el bien y el mal, entre lo cierto y lo falso”. Melania es la metáfora de lo que no se debe o no se puede o no se quiere verbalizar. El verdadero corazón del silencio se genera en todo lo que se calla o se desvirtúa porque nos implica o porque nos espina, como callan Aurelia por sus lealtades; el padre Paul por sus recelos; Miguel Cárcamo por su cobardía. Cada uno de ellos con su rabo que majar.
Y por último, las “extrañas hortensias rojo oscuro” del jardín de Miguel” son uno de los símbolos más poderosos en la novela porque en sus significados opuestos representan la esencia del relato. El rojo es un anuncio del fuego, la sangre, la vida, el ardor y la pasión: estas hortensias costituyen el punto clave del acercamiento entre Yolanda y Miguel, fugaz abrazo de bolero que se interrumpe porque primero está la reunión política, lo que en todo caso, para efectos del momento, significa que él sigue, tal como ella lo vio la primera vez, dormido y “con las manos cruzadas sobre el sexo”. El rojo es el símbolo de la guerra y de la ira: estas hortensias fueron el indicio que condujo a las capturas y las ejecuciones y constituyeron el equívoco que provocó la desaparición de Marcelo; nos recuerdan las violencias del pasado y los rencores del presente. Más importante aún, el rojo oscuro es el color funerario de la sangre derramada: la misma que tiñó el bordado de punto de cruz del mantel de Aurelia; la misma que regó la infame zanja de las ejecuciones; la misma que marcó de horror de la dictadura militar cuyos crímenes se ocultaron en “el corazón del silencio”.