Cuentos de claveles
Manuel Delgado
Tatiana Lobo llegó a Costa Rica a finales de los sesentas, proveniente del sur sur de Chile, en un trayecto que la llevó, primero, a la capital sureña y después a Alemania.
Azotada por una miopía atroz, quería ser actriz, pero la vida le jugó una trampa. La convirtió, por el contrario, artista plástica, ceramista, y buena.
Fue a través de ese otro campo de la creación como se ligó al desconocido mundo de los indígenas. Recorrió muchos kilómetros de malos caminos o de trochas para llevar a los habitantes de Talamanca su conocimiento. Fue en esa labor filantrópica como volvió a encontrarse con el texto literario, embuido de un dramatismo sin par, que se refleja en el relato sintético, en el diálogo justo, el climax preciso.
De esa experiencia nacieron estos once cuentos (o casi todos ellos), que ligaron a la escritora, y para siempre, con su vocación verdadera.
Tiempo de claveles fue publicado por primera vez en 1989 en un modesta edición a la que siguieron, con furia imparable, sus demás obras. En diez años, Tatiana había hecho historia, descubriendo para el país la novela histórico-indigenista (Asalto al paraíso, 1992), la magia del Caribe (Calypso, 1996) y la literatura de género. Dos premios Aquileo J Echeverría (1993 y 2000) evidencian su éxito como narradora.
En cierta forma, esas tendencias están presentes en sus primeros cuentos. Hija de agua es la historia de la mujer ninguneada, de la explotación que la familia (y a través de ella, la sociedad) hace de la mujer. Un cuento ligado a una experiencia común, copiado y reelaborado a partir de la experiencia de la vida.
Qué será lo que quiere, Sobre la Piedra y Final de hilo son su homenaje al indígena, arrancado sin piedad de su medio natural y cultural y encerrado hasta la muerte en patrones ajenos, que no lo comprenden ni lo valoran, mientras Agua nacida es el choque de la dos culturas, que no pueden comprenderse pese a los esfuerzos de los personajes.
Abacá y El enjambre enfrentan al lector con otra experiencia. Se trata del enfrentamiento con una naturaleza que ya no puede ser controlada, producto de la intervención irracional del hombre. El primero es sin duda alguna un apocalíptico llamado ecológico.
Los tres cuentos restantes se salen en parte del conjunto. Querida prima es un resabio del Chile que había quedado atrás, mientras Somos tres en el reflejo tiene el mar como escenario y Tiempo de claveles es un cuento de ciudad, de la capital. Aunque son muy diferentes los tres, ellos están unidos por un sentimiento de incomprensión, donde los seres humanos, tan cercanos, están ausentes el uno del otro.
Tatiana ha dicho que en esos cuentos se refleja su admiración por Juan Rulfo. Tienen menos pretensión mágica y más intención realista, pero en realidad hay algo del verbo preciso, la ausencia de descripciones, la acción directa y ese misterio con que los personajes se enfrentan a sus semejantes y a un medio natural hostil, en la mayoría de los casos la selva y sus linderos.
La decisión de la editorial Norma de reeditar estos cuentos que iniciaron la carrera, brillante por cierto, de esta escritora es un acierto.
Aquella primera edición, de la que muy pocos se acuerdan, pasó casi desapercibida. Ahora, al releer esos relatos, se da uno cuenta de que en la cuentística nacional el nombre de Tatiana Lobo debe tener un lugar de privilegio, casi como el que se ha labrado en la novela.
Vida de Tatiana Lobo Wiehoff
Nació en Puerto Montt, Chile en 1939
Estudió en Alemania y Madrid
Su obra abarca diversos géneros: Tiempo de claveles (cuento, 1989); Entre Dios y el Diablo, mujeres de la colonia (cuento, Premio Nacional Aquileo J. Echeverría en 1993); Calypso (novela, 1996, traducida al alemán); El Caballero del V Centenario (teatro, 1989); Blancos y Negros, todo mezclado (historia, coautoría con Mauricio Meléndez, 1997) y El año del laberinto (novela, 2000, galardonada con el Premio Aquileo J. Echeverría y el premio Ancora de La Nación).
Su obra Asalto al Paraíso, su primera novela recibió una Mención Honrosa de la Municipalidad de Santiago de Chile en 1993 y el Premio Sor Juana de Inés de la Cruz, de México, en 1995.