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Alfredo Oreamuno "Sinatra"

El escritor costarricense Alfredo Oreamuno conocido como "Sinatra" fue recordado en un homenaje que se realizó el jueves 2 de setiembre, a las 7 pm en el Café La Posada. Asistieron su familia, amigos y lectores.

"Sinatra" fue el escritor del libro "Un harapo en el camino" (1970) obra considerada como todo un bestseller, ya que se vendieron más de 30.000 ejemplares en un año. Este libro relata la lucha de Sinatra frente al alcoholismo. Además del este libro Sinatra escribió otros como: Noches sin nombres, El callejon de los perdidos, Mamá Filiponda, Terciopelo, El jardin de los locos, Las hijas de la carraca, entre otros. Todos estos relatan historias de la calle, de delincuentes, alcoholicos, prostitutas, narcotraficantes, locos, etc.

Esta es una autobiografía que él mismo escribió como prologo al libro "Un harapo en el camino"

Alfredo Oreamuno Quiros (Sinatra)

Nací en una época de transición, la década de los 20. En ese tiempo todavía se hacían sentir las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, sobre todo la mala situación económica era casi general. Mi madre de exquisita cultura, profesora de Estado y todos los demás blasones que la adornan. Mi padre sumamente inteligente, trabajador, esforzado, dedicado a la farmacia, pero con un lunar trágico para cualquier época: el alcoholismo.
Forzando mi mente hasta donde recuerdo mi infancia, los primeros años los viví con mediana comodidad. Fuimos ayudando por parientes de buenos recursos económicos. Poco después de los tres años, llegaron mis hermanos y según cuenta mi madre la situación era cada día peor. La forma de vivir estrecha, fue creando en mi ánimo cierto desasosiego y a los siete años, daba muestras de una precocidad excesiva para esa edad. Vino luego la escuela, y bien la recuerdo, día a día iba creciendo en mí un incontrolable deseo de independencia, tal que a los once años intente fugarme. En ese entonces se nos castigaba duramente, muestra de ello son las señas del chilillo que mostraban mis piernas y sentaderas. Finalmente obtuve mi certificado de estudios primarios, luego vine al Liceo de Costa Rica. De ahí guardo los más grandes y gratos recuerdos. Fui expulsado sin terminar el bachillerato debido a mi mala conducta. Teniendo apenas diecisiete años falleció mi padre. La situación se agravó de tal manera en nuestro hogar, que no tuve más recurso que buscar otros horizontes y solventar en parte lo mal que la iban a pasar los míos. Mi madre disfrutaba de una pensión, pero materialmente insuficiente.
La Segunda Guerra Mundial había estallado y los trabajos del Canal de Panamá me ofrecieron una gran perspectiva; así, me enrolé entre los grupos de trabajadores que contrataban de todas partes del hemisferio. Siendo un adolescente tuve que tratar con toda clase de gentes, no obstante, siempre supe comportarme con dignidad Trabajaba en las esclusas y ganaba buen dinero. Con ello metía el hombro en mi casa. A los 19 años pesaba 165 libras, era un poco pendenciero, no me dejaba amilanar por nadie, creo que gran parte de esa actitud se debía a la crudeza del ambiente.
De regreso en mi tierra, el deseo de aventura continuó y la estadía en Costa Rica duró poco. Pronto embarqué en un pesquero con destino a la isla Galápagos, en donde la pesca del atún estaba en su mejor temporada. Poseía una constitución física admirable y había sabido cuidarme. Poseía una constitución física admirable y había sabido cuidarme. El dinero y las diversiones abundaban, sin embargo, las juerguitas eran esporádicas. Regresé cuando cumplía 21 años, traía buen dinero y venía contento. De nuevo en mi tierra, comencé a llevar una vida social bastante aceptable; buenas amistades y desde luego en un ambiente al que no estaba acostumbrado. Poco a poco me fui adaptando. Fiestas magníficas, paseos, nuevas amistades y así transcurrió el tiempo. Hay algo sí muy importante que me sucedió en ese lapso de actividad social; surgió la noctambulidad y era feliz amaneciendo donde había música y artistas. Esto ha perdurado hasta la fecha. Solamente mi acendrada afición al deporte, el cual practicaba con verdadero cariño, me detuvo de continuar participando de esa bohemia. Después comencé a trabajar en la Carretera Interamericana donde casé con una buena muchacha y nos trasladamos a San José.
Voy a permitirme llamar destino a esta fase de mi vida. Había llegado a San José no muy bien económicamente. Cierto día me encontré con un viejo amigo de apellido Quesada, nos saludamos y me invitó a que conociera una oficina de turismo que el tenía instalada en el viejo edificio de Feoli. Me propuso trabajara para él, que era a la sazón agente autorizado de las dos compañías más importantes que operaban en el país (Pan American y Taca). Esto sucedía por el año 46. Como yo ignoraba en qué consistía el trabajo, le rogué me explicara la labor que tendría que desarrollar, a lo cual contestó que, siendo como era una persona conocida con buenas conexiones, lo único que debía hacer era visitarlas, entregarles mi tarjeta a efecto de hacerlos clientes y que la oficina se encargaría de tramitarles todos los documentos de viaje. En vista de lo fácil que encontré la cuestión, acepté gustoso. A los pocos días comencé mis visitas a los presuntos clientes, con especialidad los que viajaban con frecuencia.
Sin darme cuenta había aparecido la gallina de los huevos de oro. Ese sistema no se conocía en Costa Rica suficientemente, y desde luego la economía de tiempo para los viajeros era nuestro caballo de batalla.
A los pocos meses mi trabajo daba espléndidos frutos. Por ese entonces éramos escasas cuatro personas dedicadas a ello y desde luego ganábase el dinero que uno se propusiera. Unido a este tipo de relaciones públicas, está de por demás decir las invitaciones a toda clase de fiestas, etc, a que está uno invitado. Aunque yo no tomaba, las circunstancias a veces lo exigían. La situación económica tan holgada me convirtió pronto en un verdadero dandi. Usaba la mejor ropa y me presentaba siempre muy bien vestido. Cometí un error, me culpo y no lo niego, hice abandono de mi esposa en cuanto al cariño, llegaba tarde a la casa y no le prestaba la debida atención. La señora un buen día, buscó otra compañía. Cuando me di cuenta de mi fracaso, ya era muy tarde. No había sospechado cuán intensamente la amaba. No pude percatarme de las fatales consecuencias que lo me traería más adelante.
El aliciente al trabajo lo perdí casi por completo; ya en las fiestas tomaba un poco más para olvidar la separación. Los negocios se fueron liquidando. Durante los primeros cinco años tomaba diariamente, todavía no afectado del todo. Luego sí, apareció la bohemia con toda su fuerza. Ya no vivía de día, ya que las serenatas me entusiasmaban más que el licor. Siempre amanecía en la vieja Esmeralda. Así, paulatinamente, como quien no quiere la cosa me fui adelantando en el vicio del licor, penoso y largo camino que habría de recorrer y que estaba inmisericordemente destinado para mí. A pesar de todos los esfuerzos que hice para detenerme, no lo conseguía. Vivía en la antesala de la muerte sentenciado sin remedio, como todo aquel que bebe con ansias irrefrenables. No obstante que hay siempre una medicina al alcance de la mano; se llama VOLUNTAD. Yo no supe usarla a tiempo, pero sin saberlo guardaba un poquito, lo suficiente, si se sabe aprovechar.