SENDEROS DE IDENTIDAD, DE JUAN DURÁN LUZIO
Yadira CalvoEs el año de 1502. Está Colón en Jamaica, abandonado, con una tripulación adversa, desilusionada y hambrienta. Han naufragado dos de sus cuatro naves originales, y en ese terrible estado de ánimo, escribe a los Reyes Católicos, contándoles un episodio que ha ocurrido en las playas de Cariay, es decir, en Limón: "Cuando llegué allí, luego me enviaron dos muchachas muy ataviadas. La más vieja no sería de once años y la otra de siete, ambas con tanta desenvoltura, que no serían más [que] unas putas". Colón cuenta que las hace vestir y las devuelve.
Posteriormente, tres personas más volvieron sobre el episodio: su hijo Hernando, testigo presencial de los hechos, Pedro Mártir de Anglería y Fray Bartolomé de las Casas. Contra la percepción del Almirante, que las califica de putas, estas otras tres personas destacan el semblante "honesto y alegre" de las niñas, e incluso Las Casas destaca también el hecho de que no mostraran pena ni tristeza, viéndose entregar a gente "tan extraña y feroz" y que pasaran la noche en el navío "con toda honestidad, a buen recaudo".
"Comenzaba así a plasmarse en lenguaje escrito -dice Juan- la percepción de un creciente conflicto sexual que, aunque latente, surge ya detrás de las menciones sobre las jóvenes cariarenses; menciones que poco iban a variar en adelante, cuando el europeo se refiriera a las indias; como en la carta colombina, las más de las veces se las caracterizará con matices o rasgos negativos.
Sesenta años más tarde, es decir, en 1562, otra carta, esta vez de Juan Vázquez de Coronado, da cuenta a otro rey, esta vez Felipe II, de algunos hechos ocurridos en lo que después llegó a ser nuestro país. Aunque se trata formalmente de una carta de relación, en realidad es una carta para autopromocionarse y pedir dinero, en la que Vázquez de Coronado intenta, y consigue elevar su figura desmejorando la de su predecesores, especialmente la de Juan de Cavallón. "De este modo, -dice Juan- el yo que escribe se ha ido construyendo espléndidamente a sí mismo: en torno a ese sujeto se adhieren las positivas nociones, presentes y futuras, de, según el orden del texto, invertir, socorrer, pacificar, conocer, conquistar, colonizar, fundar, hacer justicia y evangelizar".
Y llegamos al año 1787, en que se acaba de publicar "el primer libro impreso obra de un costarricense". Se trata de la Memoria sobre los medios de destruir la mendicidad y de socorrer los verdaderos pobres de esta capital, del cartaginés Antonio de Liendo y Goicoechea, sacerdote franciscano que reside en Guatemala. Fray Antonio es un ilustrado, y como tal, señala Juan, es un hombre en crisis entre "su devoción por la racionalidad del Viejo Mundo, que él ha leído y aprendido en los libros y en los laboratorios, y su afecto espontáneo por los aborígenes, quienes, después de todo, son también sus compatriotas. Apenas empieza a asomar entonces la identificación entre lo precolombino y los símbolos nacionales de lo propio".
El siglo XIX se ve representado por el ujarraseño Florencio del Castillo, cuyas propuestas y logros, dice Juan, "confirman su condición de letrado colonial y de hombre culto de su tiempo preocupado por la noción de situar el producto intelectual como un bien de valor, como otros bienes digno del mayor resguardo y, por ellos, requeridos de protección legal". Se refiere a tres documentos, "de la mayor importancia para trazar la historia de la defensa de los escritores en el mundo de habla hispana", los tres expedidos en las Cortes de Cádiz, bajo la presidencia Florencio. El más importante de ellos, las Reglas para conservar a los escritores la propiedad de sus obras, es decir, la ley de derechos de autor.
En 1888, esto es, en el mismo año en que en Montevideo se publica Tabaré, un josefino, Manuel Argüello Mora, escribe la primera novela del país, Risas y llantos, y con el seudónimo de Sirio la publica por entregas en la revista Costa Rica Ilustrada. El país está dando manifestaciones de progreso tales como electricidad, tiendas, teléfonos y huelgas. La novela, que después se publicó en formato de libro con el nombre verdadero de su autor y con el título de Misterio. Escenas de la vida en Costa Rica, pertenece a la familia fundada por Balzac y por Flaubert en Francia: es una obra de costumbres, parienta de sangre de otras muchas surgidas por la época en el continente, y tal vez -conjetura Juan- tributaria directa del chileno Blest Gana.
A partir de mediados de la segunda mitad del siglo XIX, Latinoamérica empieza a sentirse amenazada por los Estados Unidos, a raíz de sus incursiones bélicas a México entre 1846 y 1848, y la guerra hispano-cubana-norteamericana, en 1898. Estos sucesos revisten un gran interés literario porque producen una cosecha novelística nada desdeñable: en 1899 El problema, del "criptoanglófilo" guatemalteco Máximo Soto Hall, la primera novela antiimperialista de la literatura hispanoamericana; y dos obras de Gagini a manera de adversación contra la "disimulada anglofilia" de El problema: El árbol enfermo en 1918 y La caída del águila en 1920, ambas, "formas perdurables de la expresión de la protesta antiimperialista en el país y expresiones acabadas de la naciente narrativa nacional".
En 1900, cuando "aparecían nuevas fuerzas en la composición de las relaciones laborales y sociales", llegan Las hijas del campo, de la mano de un García Monge de 19 años, una "juvenil conciencia responsable". Con ellas llega también el naturalismo de Zola, que convierte al novelista en "juez de instrucción de los hombres y sus pasiones", y a la novela en documento de denuncia social.
En 1937, Max Jiménez, un autor que se encuentra, al decir de Juan Durán, en las avanzadas de la creación y de la teorización literaria -y artística en general- en nuestro continente, publica El jaúl. Contra el sentir de la crítica que la ha clasificado de naturalista, este autor encuentra que más bien parece deudora del Valle Inclán, de Unamuno y de los prosistas españoles de la generación del noventa y ocho. Más interesante que eso, él ve en ese decadente San Luis de los Jaúles en que se desarrolla la obra, una especie de síntesis del país, cuyo propósito medular sería desmentir la imagen oficial del campesino. En este sentido Max Jiménez sería, como otros autores hispanoamericanos del momento, un crítico que hace una gran contribución a la patria, si bien en ella hay una "cuota de afecto y repudio compartidos".
Y después de este costarricense universal, en Senderos de identidad se pasa a narrar las vicisitudes de un Gran Maestro Internacional en el juego del ajedrez, Gran Maestro Internacional en el juego de la vida y Gran Maestro de la Literatura Costarricense: me refiero a Joaquín Gutiérrez Mangel. Y lo hace, Juan, honrando a don Joaquín, como quien despliega sus piezas en una partida de ajedrez sobre el tablero de la vida, que lleva al Maestro a Chile en la época de Allende. Allí pasó de peón pasó a rey, hasta que -dice Juan- "un rufián interrumpe la partida, desbarata el tablero cuando ve a sus amos inevitablemente derrotados; lanza las piezas por los aires y comienza a torturar y a asesinar a sus oponentes, sean peones, alfiles, reyes o damas". Tal rufián provoca el regreso de don Joaquín a la patria.
Y esta obra que se ha iniciado con textos epistolares, crónicas y cartas de relación, termina con el examen de la poesía de Laureano Albán, orientada en algún momento, dice el ensayista, hacia "la figura solar y libre de Pablo Neruda", luego en lucha con ella porque al maestro o se intenta imitarlo o se intenta superarlo y acomodarlo a la voz propia. Esto último es lo que hace Laureano, a juicio de Juan, en un segundo paso creativo. El tercero es aquel que llevará su obra a escapar a los "dados del tiempo". El texto sobre Albán fue escrito para prólogo de La enciclopedia de las maravilas, publicado en 1995.
Aquí se cierra en los puros finales del siglo XX, el espacio de Senderos de identidad, abierto desde los puros inicios del siglo XVI. En él, la pluma de Juan Durán se desliza con la profundidad y erudición del especialista, y la llaneza del autor que hace de su texto una obra para el conocimiento y para el goce de un público no especializado. Se trata de un autor que sabe elegir el detalle significativo, el ángulo visual que nos ofrezca la perspectiva más válida para reconstruir la situación comentada: un Cristóbal Colón frustrado y triste, un Juan Vázquez cuenteando al rey para sacar provecho; un José Antonio de Liendo y Goicoechea como fraile ilustrado que sabe separar su fe de su razón; un Florencio del Castillo tan moderno que nos atraparía, si lo escucháramos, con sus defensa sobre los derechos de autor; un Manuel Argüello Mora publicando por entregas y con pseudónimo la primera novela del país, por temor a dañar su imagen de intelectual sin tacha; un Gagini polemizando con Máximo Soto Hall no con discursos sino con obras de ficción; un Max Jiménez juzgando sin piedad a la Costa Rica idílica que todavía hoy no se puede criticar sin consecuencias; un Joaquín Gutiérrez ajedrecista que no juega con el cálculo y las matemáticas sino con la inspiración y los sentimientos; un Laureano Albán que lleva en sí el mandato de la escritura como llevaban los cruzados el mandato de conquistar Jerusalén.
De este modo, el autor nos conduce a través de la literatura, por los senderos de la identidad nacional, haciéndonos detener aquí y allá en unos cuantos autores a través de cuyas obras cimeras se puede otear el panorama general de la historia de los textos en Costa Rica.