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Fernando Savater y la actualidad de los Diez Mandamientos
Fabián Kovacic, desde Argentina

"Lo fundamental sigue siendo lo permitido y lo prohibido"

Pasó por Buenos Aires hace dos meses con la excusa de la feria del libro. Verborrágico y vertiginoso, Savater llegó como un agnóstico a la Argentina para promocionar su último libro "Los diez mandamientos, una mirada desde el siglo XXI". En escasos cuatro días, el filósofo español paseó por algunos programas de televisión, impartió charlas y dialogó con el público. Dice que reflexiona sobre los temas que "preocupan a todos los mortales": la vida y la muerte, precisamente en tiempos de terrorismo.

-¿Qué sentido aparente tiene hablar dos mil años después de los diez mandamientos en televisión?

-Lo de la televisión fue una idea original que me propusieron en el Canal (A) para América Latina y en definitiva es hablar sobre las reglas que rigen a cualquier sociedad. Lo fundamental sigue siendo lo permitido y lo prohibido. Ninguna cultura permite el vale todo. Y más allá de lo antiguo que puedan parecer ese decálogo católico, digamos que sigue siendo en trasfondo sobre el que se modelan las leyes. No matar y no robar, por ejemplo está contemplado por nuestros códigos penales occidentales. Volviendo a lo de la televisión, creo que es importante un espacio de reflexión al menos para una franja de espectadores y en ese sentido la televisión puede ser sumamente útil. Si a la gente se le quita la cultura, el arte, la buena música, la sociedad se vuelve canalla. La cultura no es un adorno gratuito sino un elemento esencial de humanización. Si vas quitando la filosofía, la posibilidad de conversar, de reflexionar, la música o la literatura, se produce un empobrecimiento que termina en lo que llamo una especie de chimpancé tecnológico, que sólo mira una pantalla idiotizado.

Ficha biográfica.

Fernando Savater nació en 1947 en San Sebastián, en el País Vasco. Fue profesor de filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid hasta que en 1971 fue expulsado por razones ideológicas. Luego enseño también en la Universidad del país Vasco y actualmente lo hace en la Complutense de Madrid.

Es un divulgador de la filosofía a partir de la publicación de textos como Filosofía para Amador y Etica para Amador. Actualmente integra la iniciativa ciudadana Basta Ya, dedicada a la lucha contra la violencia y especialmente contra ETA, lo cual motivó que fuera amenazado de muerte por la agrupación separatista vasca.

-En su libro usted reflexiona profundamente y con sentido del humor sobre cada uno de los mandamientos. ¿Cuáles le resultaron particularmente interesantes?

-En el primer mandamiento -amar a Dios sobre todas las cosas-, Dios quiso con esa regla que la gente acatara los restantes. En cuanto a no matar, curiosamente los hombres matan en nombre de los más diversos dioses. Hombre... que me digan que lo hacen por el petróleo, lo entiendo; al menos son sinceros. Pero qué respuesta tiene uno cuando sentencian: Dios lo quiere así. Todos los ejércitos tienen capellanes y bendicen las armas, como si hubiera una urgencia para matar al prójimo o para que el otro sea más bueno... según nuestra óptica. Ya lo dijo Voltaire: piensa como yo o muere". En cuanto al respeto a los padres, tiene una estrecha relación con la educación: educamos a los jóvenes para que ellos puedan prescindir de nosotros, pero luego viene el gran problema, cuando nos olvidamos de nuestros padres y los dejamos silenciados en un geriátrico. Pero también cuando se le niega la filiación a un hijo, porque se está programando huérfanos, algo contrario a las leyes antropológicas. Que decir cuando se nos plantea no desear la mujer del prójimo. A veces la mujer quiere ser deseada y sería una descortesía no hacerlo. Alguien me planteó que eso lleva finalmente a la cuestión de la infidelidad. Lo malo no es el placer sino el dolor, que buscando el placer, se puede hacer al otro. En todo caso, pues, habría que reescribir la norma: No destruirás a los demás en la búsqueda de tu saciedad erótica.

-¿Cuál es la relación entre religión y filosofía?

-Un ser que se sabe mortal y cuyos deseos son frustrados por la realidad tiene que buscar compensaciones en la religión, en la filosofía, en el deporte, para aliviar una vida cuya realidad es inferior a las expectativas. La filosofía simplemente nos ayuda a convivir con nuestras preguntas irresolubles. Nosotros nos planteamos preguntas instrumentales, digamos, destinadas a ayudar o dejar hacer ciertas cosas, pero hay otras preguntas que no son instrumentales y que da igual que las contestemos porque no van a influir en nuestras vidas, como las preguntas sobre la muerte, el universo o el tiempo. Sin embargo, la filosofía contribuye a que nos entendamos mejor a nosotros mismos dentro de este mundo. A mí me gustaba la literatura antes que nada, pero cuando tenía 15 o 16 años descubrí autores como Bertrand Russell o Nietzsche y comencé a interesarme por esas cuestiones.

"Si vas quitando la filosofía, la posibilidad de conversar, de reflexionar, la música o la literatura, se produce un empobrecimiento que termina en lo que llamo una especie de chimpancé tecnológico, que sólo mira una pantalla idiotizado".

-¿Podríamos decir que la filosofía se ha popularizado?

-Es que los temas de la filosofía le interesan a todo el mundo. No he conocido nunca a nadie que no le interese la muerte, la libertad o el derecho a vivir. El problema es que la gente cuando se acerca a los libros de filosofía y no los comprende, los abandona, como sucede con la economía. A todos nos preocupan los problemas económicos porque tenemos que llegar a fin de mes, pero la mayoría de nosotros no sabemos ni leer las páginas económicas de los diarios.

-¿Ayuda la filosofía a comprender el terrorismo?

-La filosofía pretende comprender, no resolver. Por eso es lo contrario a un libro de autoayuda, en donde te dicen cómo conquistar a tu vecina. La filosofía te enfrenta a nuevas dudas, y complejiza la realidad. Aunque el terror no podamos resolverlo, debemos plantearnos qué significa que el terror sea uno de los grandes instrumentos de domesticación del ser humano.

"Que decir cuando se nos plantea no desear la mujer del prójimo. A veces la mujer quiere ser deseada y sería una descortesía no hacerlo. Alguien me planteó que eso lleva finalmente a la cuestión de la infidelidad. Lo malo no es el placer sino el dolor, que buscando el placer, se puede hacer al otro. En todo caso, pues, habría que reescribir la norma: No destruirás a los demás en la búsqueda de tu saciedad erótica".

-¿Y que significa cuando para alguien el valor de la vida es menor que sus ideas y no duda en inmolarse por eso?

-Es una pregunta grave, porque una persona que no teme morir es invencible. Los seres humanos somos controlables porque todos tememos a la muerte. Pero a alguien que le da igual morir, contra ése, salvo destruirlo, no hay otra cosa. Ahí hay una nueva batalla en la que aparecen involucradas cuestiones religiosas, ideológicas y prácticas políticas. Fíjate que la mayoría de esos atentados no los han perpetrado personas desesperadas, como sucede en Medio Oriente, en donde la bomba en el autobús israelí la pone un chico de 17 o 18 años, que ha nacido en un contexto de campo de concentración, sin trabajo, sin expectativas de nada. Pero ni los atentados del 11 de septiembre ni los de Atocha fueron ejecutados por gente que estuviera en ese estado de desesperación. El cabecilla de los atentados de Atocha había recibido 50.000 euros en becas de estudio del gobierno español. Estamos frente a un grupo de fanáticos que detestan occidente y dicen "no disfrutareis de vuestra prosperidad y tranquilidad". Lo impactante no es que muera una u otra persona, sino que destrocen la normalidad. Ese es el punto en el futuro que ya llegó. Somos sumamente vulnerables, nosotros lo occidentales. Nos juntamos en recintos cerrados que son verdaderas ratoneras urbanas. Eso facilita el objetivo del terrorista. Cuando las sociedades se hacen más complejas también son más vulnerables. Dependemos de instrumentos técnicos y sin ellos enfrentamos situaciones graves. La electricidad, el agua, los transportes son vulnerables y los hemos desarrollado en forma exponencial. Sin electricidad, estas aislado: no conservas alimentos en el refrigerador, no accedes a la autopista de internet, ni ves televisión, ni siquiera puedes leer un libro por la noche o escuchar música en tu equipo reproductor.

"La verdadera riqueza humana es la de los parecidos, gracias a lo cual podemos hablar los seres de distintas culturas, de distintos sexos, de distintos países, de distintas razas. La riqueza humana es nuestra semejanza y no nuestra diversidad."

-¿Vivimos una época de intolerancia?

-Al contrario. Nuestras sociedades son más tolerantes que nunca. Las sociedades antiguas eran muchísimo más intolerantes. En primer lugar no tenían ningún complejo de ser intolerantes, en cambio, nosotros tenemos el complejo de que hay que ser tolerantes.

-Más allá de los mandamientos las sociedades occidentales tuvieron en la Revolución Francesa la triada de valores "libertad, igualdad y fraternidad". ¿Qué queda de ellos?

-Deberían tener valor, pero de esa tríada que tú señalabas hay un caso muy curioso. Ahora se diría libertad, diversidad y fraternidad. La igualdad está mal vista, aunque es mucho más revolucionaria que la diversidad. Ha habido una corrupción de ese valor por trivialización de los contenidos. La verdadera riqueza humana es la de los parecidos, gracias a lo cual podemos hablar los seres de distintas culturas, de distintos sexos, de distintos países, de distintas razas. La riqueza humana es nuestra semejanza y no nuestra diversidad.

-Usted vive amenazado por ETA y convive con protección policial ¿se siente un privilegiado o condenado?

-Soy una de las 12.500 personas que en este país viven protegidas por custodia. Me impresiona que me lo pregunten. Prefiero dar vuelta la pregunta y cuestionar a mis compatriotas sobre qué sienten ellos al ver que buena parte de sus conciudadanos tienen que llevar escolta armada. Sobre todo en el País Vasco, donde esto ocurre con personas modestas, concejales de pueblo, a lo mejor, la señora de la limpieza que tiene que ir a hacer su trabajo con dos escoltas... o un concejal del Partido Popular. El problema no es qué sentimos, porque esto no es un misterio psicológico de los que vamos con escolta: es un problema de la sociedad que lo ve y lo considera como algo que no le concierne o bien una anomalía folklórica.