La luz en la oscuridad

Manuel Delgado


En la ópera Boris Gudonov, Mussorgski introduce a un niño tarado para iluminar el futuro de Rusia. El idiota Ivanovich llora porque los otros niños le han quitado un kópek. De pronto aparecen los patricios, que marchan sobre Moscú para tomar el poder. Las masas de pueblo corren victoriosas con la caravana. La algarabía deja solo al niño, que sigue llorando. Solo que ahora no llora por el kópek perdido, sino por el futuro de Rusia.

Las funciones serán de jueves a domingo, a las 8 p. m. Las entradas costarán ¢1.800 (general) y ¢1.200 (estudiantes). Las reservaciones podrán hacerse a los teléfonos 257-8305 y 257-8304.

No es la primera vez que los poetas recurren a los discapacitados para mostrar la grandeza humana.

Tampoco es la primera vez que Antonio Buero Vallejo recurre a esa imagen. Quizá por su condición de pintor, son los ciegos los que, en muchas de sus obras, nos enseñan la luz. Porque la ceguera en Buero no es una condición del género humano, sino una condición impuesta. En su primera obra, En la ardiente oscuridad, los ciegos tienen que mostrar su alegría por la ayuda del poder. Pero ellos saben que allá arriba brillan las estrellas, es decir, la libertad, aunque la dictadura les impida verla.

La misma situación la encontramos en El concierto de San Ovidio. Aquí la ceguerra es símbolo de la miseria y de la explotación, de la tragedia humana, que envuelve también a Adriana, "moza de mala fama", como la llama Buero, una campesina que por hambre se vende al negociante Valindin. ("He rodado mucho y sé lo que es el hambre. ¡También vosotros seguís con él (Valindin), también tú te has quedado! Os ha atrapado como me atrapó a mí. Ya ves que no somos tan distintos. Pero yo sé que tú te avergüenzas cada día cuando tocas en la barraca, y yo me avergüenzo cada día de seguir con él!").

También envuelve a la madre superiora, que sabe que Valindin es un malvado, pero se vende a él igual que Adriana. ("Pienso que ese señor os despedirá al día siguiente de abrir la feria, si es que no se arrepiente en los ensayos. Pero me pregunto si puedo arrebataros los beneficios que ofrece. El os daría cuarenta sueldos diarios y las comidas. Algo más sabrosas, sin duda, que nuestra pobre olla... Además, ofrece dejar al hospital una manda de oraciones. Si accedéis, vuestras hermanas y hermanos de infortunio alcanzarán también una mejora.")

La maldad, no es, entonces, una condición subjetiva, no depende solo (aunque Buero nunca va a dejar de señalar la responsabilidad individual) de cada alma. Es algo exterior que corrompe a los hombres desde fuera. Es un mal social que penetra como el éter a todos los seres humanos.

El concierto de San Ovidio relata la historia de un grupo de ciegos recluidos en un hospicio de París en 1771. El rico comerciante Luis María Valindin convence a la priora de firmar un contrato por medio del cual seis de ellos se ven obligados a participar en una orquestina de cuerdas y presentarse en una feria. Los ciegos son engañados creyendo que se trata de una actividad artística, pero en realidad el comerciante sólo desea presentarlos como fantoches, con gorros de tontos y orejas de burro. David, el más sensible e inteligente del grupo, logra descubrir el ardid, pero no tiene fuerza para hacerle frente. Con lágrimas de vergüenza en los ojos, sube al estrado (la barraca) para servir de hazmerreír a una sociedad corrupta e insensible.

Más tarde la trama se complica que una historia de amor que conducirá al desenlace, para mi gusto una salida que oscurece el fondo filosófico y social de la obra, pero que debe ser entendida a la luz de dos razones: la primera, las condiciones en que la obra fue escrita, en lucha con la feroz censura de la dictadura franquista; y segundo, quizá más importante, la convicción profunda de Buero (presente en toda la su obra) de la responsabilidad personal e íntima de cada ser humano.

El concierto de San Ovidio es una obra de sobra meritoria, que induce a profundas meditaciones sobre el destino humano y su dignidad y sobre el papel de los artistas, siempre discapacitados, siempre enfrentados a formas diversas de dictadura, siempre enfrentados al dilema de comer mejor o ser consecuentes con su conciencia.

Escrita en 1962, cuando ya Buero era un dramaturgo consolidado (recuérdese que había comenzado su camino de éxito década antes, apenas salió de la cárcel franquista), la obra siempre ha gozado del aplauso del público. Se trata sin duda de una de las grandes obras dramáticas de la España de postguerra.

La puesta, dirigida por Leonardo Perucci, es meritoria, realizada sin concesión alguna, aunque con bastantes mutilaciones que interrumpen su ritmo. Además, es muy oportuna, en momentos en que la humano se adentra en una nueva Edad Media que nos convierte a todos en ciegos y en fantoches.

Buero Vallejo es un personaje admirable. Profundo, profundísimo, intransigente con la sociedad y consigo mismo, desgarrador, a veces excesivamente filosófico y discursivo, es el dramaturgo más importante de la lengua española desde Lope de Vega. Eso de por sí le da su lugar en la historia. Pero es además un ejemplo personal. Condenado a muerte por la dictadura, rodó de prisión en prisión hasta que alcazó la libertad en 1946. Ya por entonces había abandonado la pasión de su juventud, la pintura, para dedicarse al teatro.

En libertad, Buero escoje quedarse en España y luchar desde dentro. Sorprendentemente, apenas cuatro años más tarde estrena una de sus mejores y más críticas obras: En la ardiente oscuridad. A partir de entonces no para de escribir. Obra tras obra, estreno tras estreno (solamente una obra suya, La doble historia del doctor Valmy, no pudo representarse en la España franquista y fue estrenada en Inglaterra) su estatura va creciendo.

Sus obras son hoy un ejemplo insigne del teatro contemporáneo.

Antonio BUERO VALLEJO (Guadalajara, 1916).

Realizó los estudios de bachillerato en su ciudad natal (1926-1933). Pronto manifestó una decidida vocación por el dibujo que sería alentada por su padre. Al ser éste destinado a Madrid en 1934, Antonio se traslada a la capital con su familia, y cursó estudios en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Al estallar la guerra y no pudiendo alistarse como voluntario, por la negativa de sus padres, trabaja en el taller de propaganda plástica de la F.U.E. hasta que al ser movilizada su quinta es destinado a un batallón de infantería. Al final de la contienda es condenado a muerte, pena que le fue conmutada ocho meses después. Tras un largo peregrinar por diversas cárceles sale en libertad condicional el año 1946. Vuelve a su antigua vocación pictórica, la cual quedará relegada a un segundo plano al obtener el año 1949 el premio Lope de Vega con Historia de una escalera y en el mismo año el premio de la Asociación de Amigos de los Quinteros por su acto único: Las palabras en la arena. Buero desempeña una actividad intelectual y literaria intensa, acudiendo a diversas ciudades extranjeras para dar conferencias, charlas, debates o abrir coloquios. Muchas de sus adaptaciones de Shakespeare, Ibsen y Bertol Brecht son de una perfección notable. Desde 1971 pertenece a la Real Academia Española. Rebelde a las clasificaciones, la obra dramática de Buero Vallejo se integra en una serie de planos que aparecen superpuestos en sus primeras obras (lo simbólico y lo realista, lo existencial y lo social) y que irán evolucionando a lo largo de su trayectoria dramática. La historia de una escalera (1949) —obra que marcó un hito en nuestro teatro de la postguerra— se puede calificar como el drama de la frustración social visto a través de tres generaciones de la clase media baja. En La ardiente oscuridad (1950) trata sobre una Institución de ciegos, en ella se plantea el dilema de si debemos aceptar nuestras propias limitaciones, tratando de ser felices con ellas, o debemos rebelarnos trágicamente.
A estas primeras obras siguieron La tejedora de sueños (1952), basada en una original interpretación del mito de Ulises y Penélope, La señal que se espera (1952), donde se exalta el poder creativo de la fe, Casi un cuento de hadas (1953), que trata del valor que supone para el hombre la posesión del amor, e Irene o el tesoro (1954) sobre la diferencia abismal entre el mundo real y la fantasía de la protagonista. En Hoy es fiesta (1955) y Las cartas boca abajo (1957), los ambientes se acercan a los representados en La historia de una escalera, desarrollándose respectivamente en la azotea y en el interior de unas casas modestas. Un soñador para un pueblo (1958) es, en cierto sentido, un «drama histórico» (sobre Esquilache, ministro de Carlos III). Esquilache, en nombre de la razón, pretende sacar al país del oscurantismo tradicional en que se encuentra pero termina derrotado por este mismo pueblo. Sobre Velázquez, Las Meninas (1960), y Goya, El sueño de la razón (1970), están basados los dos dramas siguientes de tipo «histórico». A ellos se une La detonación (1977), que gira en torno a la figura de Larra. Relacionada con este grupo se encuentra El concierto de San Ovidio (1962), en el que se recrea el ambiente de los ciegos del Hospicio Quince-Veinte en el París del siglo XVIII. Aquí los ciegos son un símbolo de los oprimidos. La historia, en este ciclo, es el pretexto de que se vale el autor para plantear problemas de actualidad sin cortapisas de la censura. El tragaluz (1967) enfrenta dos mundos paradójicos: vencedores y vencidos. La doble historia del doctor Valmy (1976), trata el tema de la tortura. En La llegada de los dioses (1971), vuelve a aparecer la ceguera del protagonista como símbolo de la rebelión contra las injusticias que le rodean. La Fundación (1974) presenta a varios presos políticos que buscan la libertad a través de enfrentar realidad y ensueño. En esta obra merecen destacarse las modernidades técnicas del dramaturgo: el público ve la realidad escénica a través de la fantasía del personaje principal. La situación política de fines de los setenta le inspira Jueces en la noche (1979). Con Caimán (1981), vuelve a los planteamientos sociales de su comienzo. La obra dramática de Buero Vallejo es considerada como la más relevante de la postguerra en España. A través de ella el autor intenta adquirir conciencia de las realidades de tipo psicológico, social o metafísico en que se desarrolla la vida del hombre actual.