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Entre la novela de acción y la crítica social; entre la crónica de época y la novela sentimental, "El Nudo" nos atrapa desde el inicio en los hilos de una historia vertiginosa y un tanto frenética.

El 24 de junio se presentará el libro "El nudo" de Rodrigo Soto a las 7 pm en el Centro Cultural de España. Mesa principal Carlos Cortés y Margarita Rojas.

Como en sus libros anteriores, el autor explora aquí la sicología, los valores y otras claves simbólicas de las clases medias urbanas –en particular de la generación que asoma a la “mitad del camino de la vida” con el fin de siglo–, en una crónica desmesurada y a la vez rigurosamente fiel, de una generación y de una época.

Aunque comparte con las antiguas fábulas su vocación ejemplarizante, El Nudo nos propone, más que una moraleja final, una serie de interrogantes sobre nuestra sociedad y sobre nuestro tiempo.

Primer capítulo de la nueva novela de Rodrigo Soto llamada "El nudo"

Aquí sucede solo lo que yo escribo, pero sin tu ayuda nunca llegaremos al final, y ese desgarbado, miserable harapiento que se dispone a cruzar la calle con las primeras insinuaciones del día –apenas la sospecha, la premonición de un amanecer–, nunca podrá hacerlo. Permanecería entonces el tiempo congelado, el amanecer en suspenso y el miserable ahí, a un lado de la carretera, paralizado como estatua de sal. Nada sucedería. Solo tu deseo y mi palabra, o tu palabra y mi deseo, o lo que nace de su encuentro, puede dar inicio al tiempo, poner en movimiento los hilos de la trama y empujar al sol para que continúe su lento pero incontenible ascenso.
La que se anuncia, sin embargo, no es una mañana cualquiera, sino la del último día, del último año, del último siglo del segundo milenio –hay quienes dirán que el último–, de la cristiandad. De la misma forma, el paso que el miserable se dispone a dar tampoco es un paso cualquiera, pues marca el inicio de nuestra historia, o al menos el principio del fin. ¿Pero qué es el fin? ¿Y dónde está el comienzo? Reconozco que se trata de preguntas inoportunas que resulta preferible obviar.
Para él es solo un paso, anónimo y sin importancia, pero si supiera lo que enseguida va a suceder, probablemente reconsideraría su parecer y dudaría de darlo, o al menos lo dejaría de considerar un simple paso más, pues el auto que asoma a lo lejos iluminando la carretera, es conducido por hombre completamente borracho.
Nos encontramos en la carretera que comunica Santa Ana y San José, al oeste del Valle Central de Costa Rica, en el sitio conocido como el Alto de las Palomas. Hasta hace pocos años, aquí crecían milpas y frijolares, pastaban plácidos jamelgos y vacas descastadas, chillaban las piapias y los pájaros carpintero, y por la cresta de los árboles se deslizaban sigilosas ardillas y zarigüeyas. Y, naturalmente, abundaban las palomas que le dieron su nombre. Ahora proliferan familias de jóvenes profesionales e incipientes empresarios. La mayoría posee dos carros, los jardines de sus casas están al cuidado de los campesinos que cultivaban las milpas que antes crecían ahí; crían hijos por lo general sanos que envían a escuelas privadas; pagan televisión por cable y usan los teléfonos celulares con la discreción de la que carecen aquellos para quienes el celular es conquista o distintivo de estatus. ¡Ah! Y están bien familiarizados con la Internet.
La carretera es perfecta para correr, y el conductor no ve razones para no hacerlo ahora. Como casi todos los borrachos, tiene una confianza irracional en sus reflejos, y a medida que acelera el carro, despierta en él un viejo sentimiento de dicha y libertad. Cierto es que, en su caso, además de la confianza en sus reflejos, se ampara en la que le produce su automóvil, un BMW deportivo de color negro.
Y aunque descubre al miserable hasta el último instante, cuando ya lo tiene encima, consigue reaccionar y, dando un brusco giro al timón, evita el atropello. Lo que no puede evitar (ni yo tampoco, y ni siquiera vos) es que el auto derrape y salga de la carretera a más de cien kilómetros por hora, para ir a estrellarse, con gran estruendo de latas retorcidas y vidrios rotos, contra un gran árbol de poró plantado junto a la carretera, que por esos días comienza a florecer.
Luego de unos instantes en los que el motor todavía funciona y las ruedas giran por inercia, se establece un silencio inesperado y profundo. Paralizado en mitad de la calle, el miserable contempla el estropicio con el corazón a punto de saltar como un sapo inflado de su boca. Mira el auto destrozado, imagina lo peor y recuerda (o no recuerda, pero de alguna forma esto interviene en su decisión) la sabiduría milenaria que sostiene que las sogas se rompen siempre por el punto más delgado. Para él es fácil comprender que ahora se encuentra en tan delicada posición, de modo que, tras asegurarse que ningún carro se acerca y que nadie se asomó desde las casas cercanas, arranca a correr.
No pasa mucho antes que lo dobleguen la debilidad y el cansancio. Es comprensible: ahora que la claridad aumentó, podemos ver la ruina estampada en su cuerpo. Se diría que una serpiente lujuriosa y voraz lo devoró, o, si fuera un edificio, que un terremoto u otra catástrofe lo redujo a escombros: las mejillas hendidas, los labios agrietados, los ojos enrojecidos, el cabello enmarañado y mugriento, de color indefinido, y la piel, en general, verdosa y cetrina. Todo en él recuerda la derrota, el dolor, la privación y, con toda probabilidad, una muerte prematura y terrible en camino.
Así las cosas, a lo sumo ha corrido un kilómetro cuando se desploma sobre el pasto de uno de los potreros que flanquean la carretera. El sapo dentro de su corazón infla y desinfla el cuello a toda velocidad.
El hombre se tiende de espaldas y por unos minutos contempla el cielo del alba, levemente azulado, en el que aún flotan algunas estrellas y los restos destrozados de la luna. De pronto, una pequeña luz cruza veloz toda la extensión del firmamento y desaparece tras los cerros de Escazú, cuya silueta se dibuja en el alba. Aunque se encuentra agitado y muy confundido, repara en ella y se pregunta qué fue. “No una estrella fugaz”, piensa, o la idea no alcanza la forma ni la claridad del pensamiento, pero se insinúa con suficiente claridad para consignarla aquí, “tal vez un satélite o la estación espacial Mir.”
Antes que juzgués a este cronista y relator de invenciones con la dureza que te caracteriza, permitime recordarte (porque sin duda lo sabés de sobra), que una vida contiene muchas vidas y una historia multitud de historias, de modo que tales palabras (“satélite” y “estación espacial Mir”) en la cabeza de este miserable, podrían venir, como de hecho vienen, de una etapa remota de su vida, lo que equivale a decir de una vida anterior.
El hombre contempla la claridad creciente en el cielo, las sucesivas tonalidades de azul que transfiguran el firmamento, la paulatina desaparición de estrellas que sucumben ante la marejada de la luz. Aún falta mucho para que el sol despunte, y sin embargo es evidente que el día se instaló. Lo confirma el griterío de los pájaros, el canto lejano de algunos gallos, el rumor remoto de los autobuses y los carros... Para quien nada tiene, sino el temor y el cansancio, aún estas cosas pequeñas y sin importancia constituyen un arrullo, y para él lo son, de modo que lentamente se adormece.
Tendido sobre el pasto, su rostro de repente es atravesado, como por un relámpago, por una turbación. Su frente, ancha y ligeramente abultada, la surcan tres arrugas profundas, de las que se desprenden, como afluentes de un sistema fluvial, otras menos definidas. En los pómulos tiene cicatrices de acné, que desde algunos ángulos lo infantilizan y desde otros le infunden cierta apariencia feroz. Ha de rondar los cuarenta años, pero si nos dejáramos llevar por la primera impresión, fácilmente le daríamos cincuenta, quizás más.
Pero ¡silencio! Ya despierta. Ha de ser la luz del sol que ahora alcanza sus ojos, o el calor de la mañana que sacude sus alas y alza vuelo. Una expresión de incomodidad se imprime en su rostro, lo modela, lo llena desde dentro. La mañana pone ante él la penosa obligación de vivir, de cargar con su cuerpo, con su sed, con ese insaciable agujero por el que vive cayendo, y del que solo brevemente consigue salir.
Brevemente... Pero ¿qué no daría por un momento de esos, cuando se arroja al vacío y se aleja volando? Atrás, abajo, queda el estiércol, el mierdero, el agujero sin remedio del mundo. Es la sensación de lanzarse a un precipicio y ser tomado por los ángeles en pleno vuelo: dejarse caer para subir, la ingravidez repentina que lo lleva más allá de su cuerpo.
- ¿Sabe qué, primo? Ser piedrero es tuanis, es lo que se dice toda. Si no, ¿por qué cree usté que tanta gente se va así, resbaladita en esto? Si fuera una mierda nadie se embarcaría, ¿verdá? Uno siente como que, ¿ya? Como que así debería ser siempre, como que la vida de veras, la vida de verdad, como tiene que ser legítimamente la vida para que sea vida y no muerte, es así, ¿me entiende? Y todo lo demás es cuento, es hablada, es mentira, es… ¿Ya? Pero lo pior es andar arratado. ¡N´hombre, eso sí es feo! Se siente uno peor que una rata y quiere palmarse. Idiay, mejor se muere y ya. ¿Cómo le dijera? La vara empieza aquí, en la garganta, o si no en el estómago, pero de ahí se pasa rapidito a todo el cuerpo. Es como si le anduvieran zompopas por dentro. ¿Me entiende? Y después comienzan la nervia. Una voz que le dice o le ordena lo que tiene que hacer: conseguirse una piedrita y ya. Pero no una voz, nada que ver, es otra vara. Aunque sea un toquecito, ¿me entiende? Darle unos toques y tranquilizarse. Estar tuanis, estar tranquilo. Ponerse buenísimo y nada más. Tal vez con esa vara uno se está matando, pero ¿qué? ¿Acaso le hago daño a alguien? Y no: lo que es la muerte, lo que de veras es la muerte de verdad, es cuando el cuerpo pide y uno no tiene nada que darle… ¡Ay, Dios mío! Mejor se muriera de una vez y ya, estaría tranquilo. Pero ¡qué va! No es tan fácil. Uno no se palma así no más. Entonces esa vara va creciendo, creciendo por dentro, hasta que no hay otra cosa, hasta que solo queda eso y uno ya no aguanta más. Eso es el final, o como dice el dicho: nunca se pone más oscuro que cuando va a amanecer, ¿ya? Porque uno sabe que de alguna forma, aquí o allá, va a conseguir la cochinada para salir de ahí, del hueco ese que es el infierno, que es lo más triste que le puede pasar a alguien y que no se lo deseo ni a mi peor enemigo, calda hijupueta yo, por esta cruz…
O también podría decirte:
- ¡Mamita, mamita! ¡Ayúdeme con algo, por favor! No ve que ando horrible; de veras, mita, yo sé la piedra lo jode a uno, se lo lleva en banda, pero por Dios que no aguanto más. Ya ve que a nadie le hago daño, prefiero pedir y mantener el vicio con lo que me dan, y no andar robando ni asaltando a la gente, como tantos maleantes que andan por ahí. Hijueputa yo si algún día no salgo de esta vara. ¡Por Dios que sí! Ya he ido dos veces a donde unos curas muy legales que tienen una finca por allá por Cartago, que lo ayudan a uno, pero ¡qué va! No he pegado. De repente me viene una vara por dentro y me pongo loco y tengo que salir de ahí. Pero quién quita un quite y la tercera es la vencida, ¿verdá? Cualquier día de estos me vuelvo a internar y salgo de ahí limpio, curado... ¡Qué más quisiera yo en la vida!
El miserable ha pronunciado estas palabras infinidad de veces, pero ahora no encuentra a quién decírselas y continúa avanzando por un costado de la carretera, alejándose del sitio donde hace un par de horas ocurrió el accidente. En su interior crece la sed y se aviva el llamado; su cuerpo se debilita y a la vez siente crecer una fuerza y una determinación, la certeza de que solo eso que busca, cuya carencia lo ciega y lo hace desfallecer, lo arrebatará de la muerte y le devolverá la vida.
Hace un momento abandonó la carretera principal y ahora se adentra en una de las urbanizaciones que flanquean la carretera. La Nochebuena acaba de pasar, pero algunos cipreses resecos ya fueron arrojados a las calles y ahí dan tumbos empujados por el ventarrón. El miserable no los ve; pasa a su lado y husmea, revuelve dentro de las bolsas de basura. Sabe que ahí no encontrará lo que busca, aquello que necesita, lo único que puede devolverle la vida, darle un sosiego momentáneo y algo parecido a la felicidad. Lo hace movido por una especie de costumbre, por la creencia estúpida de que algún día hallará ahí algo de valor –no un resto de pizza ni un lacito rojo ni el cadáver de un reloj despertador taiwanés–; algo que le resuelva no digamos ya la vida (a la que en general considera irreparable), pero al menos unos días, unas semanas de tranquilidad.
La Nochebuena acaba de pasar y en las cocheras, junto a los autos, descansan carritos de pedales, patinetas y bolas de básquet, bicicletas sin estrenar. Desde lejos, desde fuera del reino enrejado, él mira lo todo y busca el resquicio, el descuido que le permita robar algo.
Y la niña de la bicicleta roja que se tambalea a lo lejos, en la acera, como en una cuerda floja mientras trata de pedalear, lo observa con instintiva desconfianza. Se detiene, se yergue sobre los pedales y se pone muy seria mientras lo mira venir. Lanza una mirada de alarma hacia la puerta entreabierta de su casa, pero no hay nadie ahí, sus padres nunca se despiertan tan temprano, la empleada fue de vacaciones. El hombre continúa avanzando en su dirección, y mientras ella hace un esfuerzo por no abandonarse al temor, le sonríe de la forma como ha descubierto que le gusta a los grandes. Sin embargo no funciona, pues ahora el tipo ha llegado hasta donde ella y la empuja y le trata de arrebatar la bicicleta. Ella se aferra al manubrio con todas sus fuerzas, mira un instante los ojos turbios del hombre, la sucia mano que viene hasta la suya y la desprende con violencia de la manivela, después la empuja y ella sale impulsada hacia atrás, trastabilla, va a caer, cae de espaldas y se golpea, escucha un golpe seco, ¡toc!, ¡plop!, ¡cock!, en su cabeza, comienza a llorar.
Grita –es algo que sabe hacer muy bien–, y corre aterrorizada hacia la casa: la luminosidad difusa del recibidor, su imagen fugaz en el espejo; luego, la penumbra del pasillo, hasta darse de bruces contra la muralla de la puerta del cuarto de sus padres. Escucha sus propios gritos durante un instante, y ya la puerta se abre, ya aparece su padre en pijamas, con la expresión de quien comprende que algo grave ocurrió, su madre un poco más atrás, ajustándose la bata a toda prisa, interrogándola con la mirada. Una cosquilleo tibio se desliza por su pelo hasta invadir el cuello. Tienta con su mano y descubre la sangre en sus dedos.
Mientras llora y grita, grita y llora y relata entre mocos lo que sucedió, su madre la abraza con fuerza y ella se deja envolver en esa tibieza entrañable, en ese olor familiar. Se abandona a su propio llanto, se pierde en él y cae en su agujero confortante. Como si viniera de muy lejos, escucha que su padre grita que lo va a matar. De reojo mira como él se viste a toda prisa, rebusca en lo alto del closet y saca algo de ahí. El abrazo de su madre le hace bien, la empuja más hondo, más adentro en el agujero espumoso del llanto. Su padre sale del cuarto con una pistola en la mano; la niña escucha los gritos de su madre: que mate, que mate a ese hijueputa, mientras la abraza con tanta fuerza que ella debe esforzarse para respirar.
Ahora la madre descubre alarmada la sangre en la cabeza de su hija y explora el cráneo para hacerse una idea del tamaño y la profundidad de la herida. El padre corre hacia el garaje, abre el portón y sube a su auto, lo enciende, pone la reversa y sale a toda prisa, dando coces como en un caballo que resintiera la brusquedad del jinete.
El padre maneja convencido de que el hombre no pudo alejarse mucho, y se detiene en cada esquina para lanzar un vistazo en todas las direcciones. A su lado, en el asiento del acompañante, reposa grave y solemne el revólver Smith & Wenston calibre .38. Tras recorrer las calles adormiladas de la urbanización, sale a la carretera principal y toma la dirección de San José.
A pesar del día y de la hora, circula una cantidad considerable de vehículos. Mientras conduce, siente y se repite enfurecido que así no se puede vivir. Tenemos que hacer algo. Es el colmo. Hijueputa malnacido ese. Si lo agarro lo mato. Entonces su mente accede al principio de investigación policial según el cual, para atrapar a alguien, debemos colocarnos en su sitio y tratar de pensar y actuar como él. Comprende así que difícilmente un hombre que acaba de arrebatar su bicicleta a una niña de pelo castaño llamada Gabriela, saldrá a la carretera principal, pues de inmediato llamará la atención, y adivina que más bien intentará alejarse del sitio por callejuelas y caminos marginales, para desgracia suya abundantes en la zona.
Acelera bruscamente para alcanzar el desvío que lleva a Guachipelín –es muy probable que el tipo se vea obligado a caminar por ahí–, y se dispone a girar a la izquierda en medio del chillido de los neumáticos. No ve, o quizás no le importa, que en ese instante un sedán blanco sale hacia la carretera principal. Lo hace muy despacio y el conductor lo descubre a tiempo para detener el auto, pero él viene más rápido y no puede hacer lo propio. Aunque intenta evitar el golpe, escucha el lamento de las latas al arrugarse. Quedan los dos carros detenidos casi en mitad de la carretera. Suspira para tranquilizarse, recuesta su cabeza contra el manubrio, y permanece unos segundos así, entregado de lleno al sentimiento de que éste está llamado a ser un día de mierda. Luego se voltea para mirar al conductor del sedán, que a su vez lo mira sacudiendo la cabeza con mueca de fastidio.
Aunque la mueca resulta comprensible en semejante situación, para el padre de la niña es la gota que rebalsa el vaso. Abre la puerta y se lanza caminando a grandes trancos hacia el carro blanco e insultando a gritos al conductor: imbécil, ¿no ve?, yo tenía la vía.
Dentro del sedán, el conductor escucha los insultos y se esfuerza por conservar la calma. Hace descender el vidrio para examinar mejor a quien le grita. Es alto –mucho más que él–, bastante delgado, el pelo laceo y castaño se agita al compás de sus movimientos, lleva bigote y patillas. Continúa gesticulando muy cerca de donde él hace esfuerzos sobrehumanos para controlarse. Escucha las groserías y, en su interior, un griterío de voces lo llama a salir. Mira la guantera al alcance de su mano y piensa en la 9 Mm., pero se refrena y encuentra en ello un pequeño motivo de satisfacción.
Los vehículos que circulan por la carretera disminuyen la velocidad y dan un rodeo para eludir los carros que bloquean el paso. Lo trivial de la visión –un autobús desde donde los pasajeros asoman para curiosear–, contribuye a tranquilizarlo. Pero ahora el otro conductor da media vuelta, regresa a su vehículo y, tras sumergir medio cuerpo por la ventanilla, emerge con un revólver en la mano. Como un relámpago él saca su Baretta de la guantera, y ya se dispone a utilizarla cuando el aullido de una sirena rompe en mil pedazos la extraña intimidad de ese encuentro.
En mitad de la calle, el otro conductor se voltea para ver de dónde viene el sonido y queda paralizado con el revolver colgando de una mano. Él también mira la unidad de paramédicos que se acerca a toda velocidad, rumbo a San José: ahora aminora la marcha para eludir los carros atravesados, se desvía hacia la cuneta en medio del lamento de la suspensión, y se aleja velozmente, mientras el sonido de la sirena se adelgaza.
Todo ha sucedido muy rápido. Desde su asiento puede ver al conductor del vehículo que lo chocó: continúa mirando la ambulancia que se aleja, y se diría que algo le sucedió, pues ahora alza su revólver y lo contempla con estupefacción, como si no entendiera por qué lo tiene en la mano. Enseguida le lanza una breve mirada y retorna a su vehículo. Cuando sale de ahí, ya no trae el revólver en la mano.
Con presteza él esconde la Baretta en el lugar habitual. El tipo llega hasta su ventanilla con la expresión desencajada, se agacha y rompe a llorar: jura que no sabía lo que estaba haciendo, se disculpa, introduce una mano dentro del carro y le palmea la espalda, insiste en tocarlo, lo quiere abrazar. Esta es la oportunidad que necesitaba él para largarse de ahí. Le pide al tipo que se tranquilice, propone que lo olviden todo y que dejen las cosas como están. Enciende el motor del sedán blanco y, cuando se aleja, grita divertido: ¡pendejo!, ¡maricón! Y ríe del desgraciado.
Dentro de la ambulancia los paramédicos se esfuerzan para mantener los signos vitales del conductor del BMW accidentado. Trabajaron varias horas con sierras y sopletes para liberarlo de las latas retorcidas, en ese lapso perdió mucha sangre. Así lo informa por radio uno de los asistentes a la sección de Emergencias del Hospital San Juan de Dios, en donde se activan los preparativos para recibir a un paciente en condiciones críticas.
La tarea de esa doctora que camina a toda prisa por los pasillos, consiste en supervisar la entrada del paciente al Hospital: debe recibir el informe de los paramédicos, realizar una valoración inicial y elaborar, junto con dos colegas, un diagnóstico que establezca las prioridades de la atención, incluyendo las intervenciones quirúrgicas. Ha realizado esta labor durante años y se considera –y es considerada por sus superiores– una profesional competente. Ahora se dispone a recibir a la unidad de paramédicos –cuya sirena ya se escucha a la distancia–, con cierta ansiedad y habitual expectación, ignorando por completo a los pacientes de menor gravedad que aguardan en la sala.
Pero es precisamente de ahí, de esa zona indefinida, excluida de su atención, de donde emerge una voz que la llama por su nombre. La doctora se voltea a tiempo para ver la figura alta y todavía borrosa de una mujer que se incorpora de una silla con un niño en brazos. A contraluz no logra identificarla, pero la voz le resulta familiar y aguza la mirada tanto como puede. Avanza un par de pasos en esa dirección y la mujer hace otro tanto, hasta que por fin reconoce a una vieja amiga a quien tenía años sin ver. La mujer se acerca y con expresión angustiada le explica que había demasiada gente en el vecino Hospital de Niños, le ruega que atienda a la pequeña. Solo entonces la doctora advierte que se trata de una niña y no de un varón.
El sonido de la sirena es ahora muy intenso, ella sabe que dispone de poco tiempo para encontrar un colega que la reemplace. Corre por el pasillo y no muy lejos se cruza con un compañero que le debe un favor. La doctora le explica de lo que se trata y él accede a tomar su puesto, no de muy buena gana, es verdad. Ya más tranquila, regresa a la sala en busca de la mujer y de su hija, mientras el médico se dirige a recibir la unidad que ahora ingresa al patio de ambulancias.
Cuando las compuertas se abren, todo lo que el doctor ve es el gesto de frustración de los paramédicos, que sin necesidad de palabras le hacen saber que ya no hay nada que hacer. Mira la sábana ensangrentada que cubre el cuerpo, y piensa que después de todo hizo un buen trato con la doctora.