RELATOS DEL SUR, FÁBULA DE LA NOCHE
Por Gustavo Adolfo Chaves
En una entrevista con Doriam Díaz, para el periódico La Nación, tras ser declarado finalista del Premio de Literatura Joven ST Dupont MEET, en 1999, Marco Antonio Castro reconoció: No quiero hacer una apología de la marginalidad, sino contar algunas cosas que me han pasado o cómo quisiera que hubieran sucedido. Yo me pregunto si con eso quiso decir que la literatura puede transformar la memoria.
Ahora que he leído sus Relatos de un barrio al sur de la noche, libro con el que ganó el Premio UNA-Palabra 2001 en cuento, mi impresión es que sí, sí puede. Y no porque él como escritor, para consolarse a sí mismo en sus artificios, decida descaradamente confundir la realidad y la ficción, sino porque nos demuestra que esa vida que retrata con palabras "y que el lector puede imaginar como de otras personas, de otros lugares, y en otras circunstancias" resulta tan parecida a la nuestra que sonroja y asusta. En este libro, Castro ha ido un paso más allá para mostrarnos la otredad viva en nosotros. El mismo Castro dice que prefirió el nombre relatos para transcribir una impronta vivencial que quizá no tendría otra palabra como cuentos.
Así, en siete relatos, el autor ensaya diversas formas de abordar lo mismo: la vivencia irrenunciable y multitudinaria de un vecindario en los barrios del sur de San José.
Debo reconocer que, mientras leía, me resultó excesiva la cordialidad con la el escritor aborda los temas de su libro, haciéndose sentir a pie entre sus páginas. Sin embargo, visto el trabajo en su cabalidad, esa acusada complicidad es, quizá, la condición base del éxito literario de este trabajo. Castro, que es un tipo instruido e inteligente, pone sus palabras al servicio de personajes quizá menos privilegiados, como su Rubén Cecilio Cruz Loaizaga, aprendiz de hacelotodo que por haber trabajado como guarda en una desusada biblioteca pública puede hacer suyas ¾porque le atañen¾ las palabras escritas por un tal Mario (Benedetti) y otro igualmente díscolo (para él) Tata Mundo. Así, la inteligencia es una con las pasiones, y por eso, desde páginas tristes, Castro ha probado que es posible ir más allá de la desolación que entraña la sobrevivencia.
Luego está la noche, que a mi juicio no pasó del título y por razones justas. Ya dijo el autor que no pretendía hacer una apología de la marginalidad, condición esa que todos supondríamos evidente en un espacio como el sur josefino. Por eso, la noche se queda en el mito, en el temor lejano de una sociedad que prefiere no mirarse en el estanque y asustarse con su reflejo. El anti-Edipo costarricense (como quizá lo llamaría Castro el psicólogo), es también un complejo: no es pretender, simplemente, que, en tanto no miremos la esfinge, ésta no existe, sino buscar en ella únicamente los rasgos que nos complacen. Sea como sea, es un auto-engaño. Los habitantes de esta noche-mito, pobres que se enfrentan a estructuras sociales adversas y que son el laboratorio más indefenso de las patologías sociales, no quedan, para este escritor, en desechos oscuros. Viven entre nosotros y con nosotros. Castro les ha brindado su tinta sin complejos, sin pretender que la sociedad les deba otra cosa que reconocimiento (lo cual sería un gran avance). Quizá, como en Steinbeck, no hay que haber emigrado a California y pasado hambrunas campesinas para entender y hacer propia aquella escena final de Las uvas de la ira en la que Rose se ofrece a amamantar a un hombre adulto y desconocido que agoniza y necesita cualquier alimento para soportar una noche más con vida. Tampoco con estos relatos de Marco Antonio Castro se necesita ser un desertor de la escuela ni un chapulín en ciernes para darnos cuenta de que estas condiciones son tan contiguas a nosotros que nuestro olvido es doblemente sancionable: al no reconocer estas realidades, parte de nuestra propia condición se disuelve. Pero insisto, no hay sentimentalismos justicieros. Hay vivencia, mucha; y hay sentido de la dignidad en cada personaje. Eso es lo que más sorprende, porque entonces la penumbra y el miedo se deshacen.
Castro insiste en poetizar su visión del entorno, haciendo paréntesis entre las acciones y logrando que cada relato evolucione con un ímpetu atropellado. Esto, que pareciera ser un punto flaco de la escritura, demuestra al final ser el medio inevitable para transformar la memoria de ese sur agredido en sus símbolos y en sus rostros, donde la poesía acaso sea la trinchera más elocuente, efímera y quebradiza, su vena más oculta. Los personajes, y nuevamente Castro entre ellos y con ellos, indagan en un sentido que les explique su natural búsqueda de convivencia y de familiaridad en sus interminables malas rachas, algo quizá demasiado inasible para sus condiciones de vida. Y en esto somos uno (aquí, allá y allende), ellos y nosotros.
Tenemos en estas fábulas sutiles un trabajo cálido de un autor tenaz. Un libro de gran placer, mas nunca "hay que agradecerlo" complaciente.
Lo que se sabe sentir "dicen que decía Cervantes" se sabe escribir. Pero no siempre sucede a la inversa. Espina de escritores. Por eso, la palabra se da a la tarea de falsear el sentimiento. Y entonces aire, tórax, cuerdas vocales y sentido se confabulan para hacer aparecer el sonido. El mismo que se esparce por el aire, hasta repicar en las teclas internas de algún oído cercano... Y dicen algo. Y alguien entiende. Pero a veces uno quiere decir y no puede... y alguien sigue entendiendo.
ÉL Y SU LIBRO
Marco Antonio Castro nació en San José, en 1972. Cursó estudios de Psicología y Sociología en la Universidad de Costa Rica y la Universidad de Louisville (Kentucky), donde asistió como becado Fullbright.
En 1996 fue Quinto Lugar en el Concurso Iberoamericano de Poesía por Internet Ricardo Yamal. También fue finalista del Segundo Premio de Literatura Joven ST Dupont MEET (Maison des Écrivains Étrangers et des Traducteurs de Saint-Nazaire, Francia). Su primer libro publicado, Relatos de una barrio al sur de la noche, recibió el Premio UNA-Palabra 2001, en cuento.
La presentación se realizará el próximo jueves 12 de junio en El Farolito (Centro Cultural de España en Barrio Escalante), a las 7 p.m., con la presencia de Juan Durán Luzio, Gerardo César Hurtado y Rosa Chavarría Fonseca. El libro está ya en librerías y su precio es de ¢1400.