Un huerto para Bryce

Manuel Delgado

Bryce es un autor difícil, y esta novela no es la excepción. Por eso resulta grato que el Premio Planeta, tributado generalmente a obras más bien fáciles y superficiales, haya recaído en este escritor latinoamericano. Y es doblemente grato esto último, que sea un peruano quien reciba un premio generalmente guardado para los de la península Ibérica.

El huerto de mi amada es una reunión de ingredientes que siempre están presentes en las obras de Bryce: humor a granel, ironía de la buena, de la fina, amor y pasión, y mucha crítica social.

Se trata, no de una historia de amor, en la que el autor es ducho, como lo demostró en La amigdalitis de Tarzán, sino de una historia de pasión, del retrato de una inmensa herejía de una mujer de la alta oligarquía peruana, madura y guapa, de primer apellido de virrey y segundo de expresidente, con un muchachito que no ha alcanzado la mayoría de edad, religioso hasta el alma para peores, inteligente y casto, también de buena familia, pero al parecer demasiado joven e inexperto para enfrentarse a la jauría oligárquica que acosa a la mujer, la más deseada de todo Lima.

Y de un par de mellizos, representantes de una clase media venida a menos, con su casa ruinosa y su viuda también ruinosa, y el sueño, tantas veces acariciado, de ser alguien en la vida.

Por esas casi 300 páginas desfilan diputados, niñas bien que juegan al polo, autos soñadores de los cincuentas, París y Nueva York, y esa Lima con cielo de panza de ballena muerta que los oprime a todos.

Por allí, Bryce se da gusto retratando a los señoritos y señorones de las clases altas de Perú, tan rancias, desfasadas y torpes como la que más que pueda apreciarse en el continente.

En medio, esa loca pasión, ese encuentro del joven que descubre el amor con la mujer madura que lo recobra y que conduce a donde solo puede conducir: a la derrota.

Pero más que una historia de amor o de pasión, El huerto de mi amada es un retrato de ese Perú que termina en los setentas y que se transforma para no volver atrás.

El político que ha fallado en la tentativa de ser presidente termina utilizando la palabra "peruano" para insultar.

La mujer madura, que fue el sueño erótico de media Lima, termina vieja, sola y despreciada.

El joven apasionado redunda en un científico serio, llamado de todas las universidades del mundo. Eso sí, fuera del Perú, pues personas como él no tienen cabida en ese país que el novelista describe como mediocre.

Los mellizos traviesos, esa clase media venida a menos, se vuelven discretos, conservadores, defensores de su pequeño privilegio.

Y mientras tanto el mundo sigue, con esa misma actitud frenética y loca del comienzo.

Alfredo Bryce Echenique tuvo la desdicha de convertirse en un autor célebre con su primera obra, Un mundo para Julius, que desde el primer momento se convirtió en un clásico latinoamericano. Le pasó lo mismo a otros autores de esa época del boom o el postboom (a Carlos Fuentes con La región más transparente y a Vargas Llosa con La ciudad y los perros). Tuvo la desdicha de arrastrar no solo la fama que a él tanto le molesta, sino además el reto de ser mejor con la edad madura.

Quién sabe si lo habrá logrado. Un cosa si está clara, y es que Bryce sigue siendo un escritor sólido, con obras innovadoras que no se quedan en lo ya escrito sino que siguen experimentando con el lenguaje, los personajes y las situaciones. Además, que sigue activo, quizá en el momento más productivo.

Pese a las dificultades de lenguaje, que hace su lectura pesada y lenta, El huerto de mi amada es una obra de valor, una obra digna de su autor. Y por supuesto, digna de cualquier premio.