El libro "Paraíso en la otra esquina" de Mario Vargas Llosa
Pareciera que no hay uno, sino dos Marios Vargas Llosa.Uno es el político resentido, el comentarista obtuso, egoísta, superficial, que sigue invocando a los demonios y sus inquisidores, profundamente anclado en el lenguaje de la guerra fría y en la postura norteamericana de esa guerra.
La izquierda debe haberlo tratado muy mal para que él reaccione con tanto resentimiento y tanta soberbia. Una tontería, porque él tiene valor de sobra para hacerse sentir en el ámbito intelectual mundial sin necesidad de recurrir a muletillas ni mentales ni del idioma.
Pero hay otro Vargas Llosa, el Artista (así con mayúscula), el Profeta. Se trata del latinoamericano profundo que nos resuena en La ciudad y los perros y La guerra del fin del mundo, y que creíamos perdido para siempre cuando nos sorprendió con La fiesta del Chivo.
La sorpresa es mayor ahora con su más reciente novela, El Paraíso en la otra esquina, una obra reveladora, de un profundo humanismo y un aprecio pegajoso por la libertad.
El Paraíso es dos novelas en una; su tiempo transcurre en dos momentos, dos épocas históricas: una es el ambiente del primer movimiento obrero, anterior al surgimiento del marxismo, cuando el primer socialismo (Fourier, Saint Simon) ha mostrado su incapacidad, su carácter burgués y su inoperancia, y de una de su heroína que pregona un nuevo camino, Flora Tristán. El segundo es la decadencia post-revolucionaria, la noche oscura que siguió a la derrota de la Comuna de París, en cuyo seno peleaba un conjunto de soñadores que a la postre fueron los padres del siglo XX, entre ellos, el nieto de la Tristán, el pintor Paul Gauguin.
El desaliento hermana a las dos épocas, pero es un desaliento de distinto signo. En la primera, es la percepción de que las cosas no se han hecho de buen modo, pero cabe la esperanza de corregir. En ella hay todavía un mundo por conquistar. En la segunda, es la renuncia, la toma de conciencia de que el espíritu ha muerto en Europa y de que todo trazo de vida debe ser buscado en otra parte, en un mítico paraíso que, a la postre, tampoco existe.
El espíritu de uno y otro está recogido en los pesares de los dos protagonistas, cuya vida va narrando la novela como vidas paralelas, que discurren juntas sin tocarse jamás.
Flora Tristán nació hace 200 años, hija de un rico hacendado del Perú y de Therese Leisney, una francesa que no tuvo en cuidado de fijarse en que su matrimonio por la iglesia realizado en suelo español no iba a ser reconocido por la Francia laica.
Como consecuencia, a la muerte temprana de su padre, es lanzada junto a su familia a la miseria.
Flora jamás recuperaría el tesoro de sus mayores. Ganaría sí, otro tesoro, el conocimiento de cerca de la miseria y la opresión tanto social como de género.
De su hija Alina, sufrida hasta lo más hondo del alma, habría de nacer Paul Guaguin, sufrido hasta más allá de lo más hondo del alma.
Flora dedica su vida, hasta el sacrificio, a la ambición de conquistar dos metas: justicia social para el proletariado e igualdad para la mujer. Gauguin, dedica la suya a la búsqueda de un arte que recupere la vida y de un paraíso no corrompido por las normal morales y estéticas de occidente.
Para ambos, sendos paraísos, como en el juego infantil que da nombre a la novela, están siempre, como la antípodas, en la otra esquina, por siempre inalcanzables.
Al igual que en la tragedia griega o shakespereana, esos mundos sin sentido solo puede tener como salida la muerte, que lanza a la cara la jarana de su corruptibilidad, insensibilidad y sinrazón. En mundos tan estrechos y mezquinos, almas tan nobles no podrían sobrevivir. Y esa muerte es aterradora para ambos, no porque ninguno de ellos la tema, sino porque transcurre en medio de la sordera y la incomprensión. Aún después de muertos, la vida insensata sigue cobrándoles el pecado de su autenticidad y sus almas soñadoras.
La obra destila por todos sus poros chorros de amargura, pero también ríos de amor, compasión y espíritu solidario. Vargas Llosa se erige, igual de Cyrano, contra todos los prejuicios, incluidos los homofóbicos, para recuperar el ansia de libertad y ánimo creativo que la sociedad europea ha destruido en su territorio e intenta destruir en los demás.
Los sueños de Flora y Paul, tan diferentes uno del otro, se levantan como un reto y como una pregunta: ¿Vas a dejar que todo siga como está?
Y la respuesta, al cabo de casi 500 páginas de dolor, parece no tener vuelta de hoja: ¿Es que acaso vale la pena la vida que no se la sacrifica en aras de estos ideales?