La lectura y la escritura como procesos estético, ético y político
Jorge Ramírez Caro*
Nada más político que aprender a leer y a escribir. Desde que ingresamos al sistema educativo se nos impone no sólo un canon literario, sino también una manera de ver, de percibir, de idear, de imaginar. La escuela nos dice qué pensar, qué decir y qué hacer por medio de los textos que nos obliga a leer y de las tareas que nos exige resolver. Esa decisión político-ideológica es una decisión planificada, premeditada. Desde antes de que yo nazca el sistema ha pensado qué y cómo ponerme a leer y a escribir: ha contratado a un grupo de intelectuales para que seleccione los textos que tenemos que leer cada año. Así, leer a equis o a ye autor es una cuestión de conveniencia: leeremos lo grato, lo saludable y lo productivo para el orden vigente. Todo aquello que lo pugne, cuestione, subvierta y pervierta será excluido del canon sagrado de los textos de lectura obligatorios.
Lo mismo sucede con el proceso de escritura. Del mismo modo como no se puede escribir fuera de las leyes y de las normas de la lengua, se nos termina de enseñar que tampoco se debe hacer fuera de las costumbres y de los valores sociales y culturales de la comunidad o de la patria a la que pertenecemos. Este apego a lo ya dado, a lo establecido y a lo consabido tiene un efecto también político en los estudiantes: el sometimiento y la resignación a lo que debe y a lo que tiene que ser. Dentro de esta lógica, para escribir bien es necesario adorar a los modelos, imitarlos y reproducirlos. Como consecuencia de esta práctica asistimos a una cultura de la copia y del plagio que pone de relieve la incapacidad crítica y autocrítica de niños y jóvenes, quienes no se atreven a escribir sus propias vivencias, sus propias preocupaciones ni sus propias expectativas. El respeto al modelo y a lo ya dicho los termina de alienar de su propia palabra, de su propia voz y de su propia realidad. Al mecanizar la lógica de la reproducción queda asegurada la perpetuación del orden vigente tal y como nos lo han impuesto. No sólo el mundo cultural y la realidad histórico-social quedan intactas y alienadas, sino también nuestra actitud hacia nosotros mismos y hacia los otros con los que compartimos y sufrimos este mundo.
La finalidad de orientar Talleres Literarios no fue sólo para crear un espacio en el que los interesados pudieran discutir sobre su trabajo de escritura, sino también para propiciar una manera de experimentar, de percibir y de interpretar la realidad histórica, social y cultural desde la cual se lee y se escribe. He creído, y así lo he planteado en los Talleres y sistematizado en Las cenizas del sentido y en Los juegos del duende, que los procesos de lectura y de escritura no pueden ser ajenos a nuestra realidad, a nuestros problemas, a nuestro otro y a la realidad que lo incluye o lo excluye, lo alimenta o lo devora.
La escritura y la lectura nunca pueden convertirse en una ventana que sólo sirva para ver más allá de nuestro espacio vital, sino también para ver más acá, más adentro de nuestras raíces y de nuestras entrañas. Si después de leer y de escribir seguimos siendo los mismos seres de antes, con la misma visión y la misma percepción de antes, de seguro que la lectura y la escritura que practicamos, en lugar de un proceso, no son más que actos rituales en los que echamos a volar fantasías etéreas y eyaculaciones erráticas que nunca alcanzarán a generar vida en ninguna parte.
Algunos llamaron locura al hecho de que el lector se sintiera, no sólo estremecido, sacudido y entusiasmado por la lectura, sino también al hecho de que se armara con los valores que promovía el texto leído y se lanzara al mundo a enmendar entuertos, sinrazones e injusticias. Otros, para justificar la apatía y el anonadamiento estético, ético y político en el que los ha sumido el texto, se han preocupado por dejar bien claro que la literatura no hay que leerla como algo que sucede ni sugiere, sino como algo irreal e irracional, razón por la que no deben tomarse en serio las representaciones, ideaciones y maquinaciones que emergen del proceso de lectura: pretender darle vida a un sueño, a una esperanza y a una utopía sería signo inequívoco de desquiciamiento. Los entes rectores del orden, de la armonía y de la felicidad estarían dispuestos a dos cosas: desautorizar aquellos libros nocivos y nefastos para el alma humana y perseguir, marginar y eliminar a sus lectores. En caso de que esto no se llevara a cabo, la política a seguir por las partes interesadas en que las cosas sigan inalterables sería: por un lado, saturar a los utópicos con el material de su predilección y, por otro, la total indiferencia respecto a todo aquello que les gusta y para lo que tienen habilidades. La finalidad de ambas estrategias es la misma: desmontar de la mente del creativo e imaginativo el mecanismo que lo lleva a pensar e idear un mundo que enjuicie, cuestione y descalifique el vigente.
Es para seguir promoviendo esta actitud inconformista y utópica que me he interesado en apadrinar Talleres en escuelas y colegios y en comunidades alejadas del área metropolitana. La base fundamental de la que he partido han sido los conocimientos previos que los participantes poseen sobre la lectura, la escritura y el contexto donde se ubican. En algunos casos nos hemos puesto a recopilar dichos, refranes, rumores, chistes y anécdotas sobre personajes de la zona, sobre las experiencias familiar, educativa, vecinales y personales. Todo ello lo hemos enmarcado dentro de un contexto social, histórico y cultural, lo hemos iluminado con lecturas, visto representado en textos literarios y en películas; después hemos procedido a producir nuestras propias versiones críticas y creativas sobre todo aquel mundo del que estamos tejidos. Con ello hemos cubierto tres procesos escalonados e interdependientes en la mecánica de los Talleres que imparto: la sensibilización, la imitación y la creación.
Me preguntarán si con estos Talleres persigo formar escritores profesionales. Evidentemente no. Dos cometidos pretendo alcanzar: primero, que los participantes despierten a la lectura del mundo, de sí y del otro y que esta experiencia los lleve a escribir su propia realidad, su propio mundo, sus propios problemas y su propio yo múltiple; segundo, que descubran que los procesos de lectura y escritura no están desvinculados de las experiencias vitales concretas, razón por la que no se puede leer y escribir de espaldas al contexto social, histórico y cultural en que se insertan.
Sobre el primer cometido, me ha interesado que los participantes logren adquirir y dominar metodologías de lectura para ir más allá de lo evidente y se puedan internar en las estructuras profundas que gobiernan los textos que utilizan como modelos y a partir de los cuales hacen sus primeras imitaciones: del conocimiento de los valores, de la ideología y de las diferentes representaciones y simbolizaciones que el texto materializa dependerán las estrategias y mecanismos discursivos a que el escritor someta sus patrones o modelos estético-ideológicos. Esas estrategias serán mucho más contundentes si se parte de un conocimiento de las estructuras materiales que enmarcan el texto producido y al productor. La ironía, la parodia, la subversión o la perversión de los modelos serían equiparables con la crítica y la propuesta de trasformación que el escritor proponga de la realidad desde la que escribe. De un lector que no sepa diferenciar, gozar y explicar estos mecanismos en el texto que lee, no se podrá esperar que sea un escritor que se distancie de su propio contexto para enjuiciarlo, cuestionarlo y replantearlo estética, ética y políticamente.
Sobre la relación entre leer y escribir con las experiencias vitales, considero de capital importancia no desvincular las experiencias estéticas, éticas y políticas de la vida cotidiana de los participantes. Creer que las representaciones que tenemos del mundo no tienen nada que ver con nuestra vida diaria es uno de los cometidos principales de la educación nacional: en el aula se resuelven problemas y preguntas que nada tienen que ver con las necesidades vitales de los estudiantes; de las aulas universitarias salen profesionales que no saben cómo afrontar los problemas inmediatos de sus comunidades porque han vivido su carrera divorciados del mundo que los rodea, pensando y resolviendo problemas de otras latitudes, preocupados por las agendas de los organismos internacionales, de las transnacionales económicas y de las demandas del mercado mundial. Los proceso de lectura y escritura deben propiciar una vuelta al ser humano que lee y escribe, una vuelta a su propio entorno, a sus propias circunstancias. Si la lectura y la escritura no nos ayudan a descubrirnos como seres ubicados en un aquí y en un ahora, de seguro no estamos leyendo y escribiendo para nosotros ni para nuestras necesidades, sino para las exigencias de un mecanismo que califica o descalifica o para satisfacer las demandas de un mercado que deshumaniza y mercantiliza todo.
El cuestionamiento que se desprende de los planteamientos que hago acerca de la lectura y la escritura recae sobre el sistema educativo en el que hemos sido iniciados, pero muy mal iniciados: la forma en que nos han enseñado a leer no busca independizarnos y otorgarnos autonomía mental y espíritu crítico, sino todo lo contrario. La fragmentación del texto que hace la escuela es una manera de descuajar la voluntad de leer y la posibilidad de percibir y experimentar la fuerza sugestiva y generativa que los textos producen en los lectores que leen fuera de los lineamientos de un programa y de las políticas de un Ministerio o de un gobierno. La asignación de trozos de libros, además de simplificar, refuerza el facilismo propio de esta educación regresiva que no pierde ocasión para aminorar la responsabilidad y el compromiso de los estudiantes en el proceso enseñanza-aprendizaje.
En este contexto, los Talleres Literarios no son sólo espacios alternativos a este proceso enseñanza-aprendizaje, sino también a los procesos éticos y políticos en los que tarde o temprano se involucran los participantes. En lugar de hacerlo de una manera pasiva y natural, el Taller los inicia consciente, crítica y creativamente. Los mecanismos de representación y de simbolización que los participantes estudian y practican no tiene otro propósito que hacerlos críticos y autocríticos de su propio quehacer, de su propio medio y de su propio vivir.
Al situarse en un aquí y en un ahora, los talleristas pueden visualizar la relación entre el pasado, el presente y el futuro en la historia de sus vidas, de su comunidad y del mundo desde y para el que leen y escriben. Se darán cuenta de que la necesidad de pensarse en el tiempo y en el espacio está mediada por el olvido y la memoria: aquello que se va y aquello que se queda después de la lectura guardará similitud con aquello que se va y con aquello que se queda de los procesos sociales, históricos y culturales. Ese reducto, ese sedimento asentado en la memoria funcionará como la cantera de donde se extraerá el material con el cual se levantará el nuevo mundo de la escritura, en la que se descubrirán a sí mismos junto con los otros en este mundo.
Este descubrirse a sí también se logra cuando descubren, sienten y viven al otro en el mundo que leen y desde el que leen. De este modo, lo leído, lo sentido, lo evocado y lo sugerido por el texto se convierten en experiencia estética, en sentido ético y en conciencia política para ser, hacer e interactuar en el mundo con los otros. Porque la lectura no sólo me convierte en un lector del libro, de la vida y del mundo propio e interior, sino también del mundo ajeno y exterior sin el cual no tendría sentido mi proceso de lectura y sin el cual no trascendería la escritura: escribir es estar con el yo que somos para encontrar al otro que nos completa y sin el cual seríamos indefinibles e inalcanzables. En la medida en que me pongo a desalmacenar lo vivido, en la medida en que palabreo lo que siento, en esa medida pesco esa vida que me quiere dejar atrás y en la que me subjetivizo con todos aquellos que soy cuando me abro al mundo del otro. Cuando alcanzo esa libertad de apertura y de entrega, puedo decir que la lectura hecha escritura me ha sacado de mis propios límites hundiéndome en mis propias sombras.
Estos viajes desde los placeres y los gozos estéticos hacia la memoria y la conciencia ética son los que nos mantienen inyectados de esperanzas en una mejor vida y en un mejor futuro con utopías abiertas. Si la lectura sirviera sólo para afirmar y confirmar el mundo y lo que hasta ahora ya se sabe, vano sería el germen de locura y la semilla de inconformidad que cada uno de nosotros procura sembrar en cada una de nuestras palabras. Si un texto me electriza y me sacude es porque ha detectado en mí una pizca de lo que él propone y porque sintonizo con aquella fuerza, con aquellos valores, con aquella manera de percibir y representar el mundo. Si un texto no me deja dormir del mismo modo como lo hacía hasta ese momento y me hace soñar otros horizontes, es porque ha descubierto en mí un insumiso cuya voluntad se levanta como fénix dispuesto a no claudicar. Ante aquel arrebato por las fuerzas desplegadas en el proceso de lectura puede que me ponga a escribir o puede que suba a mi caballo y me lance al mundo para liberarlo de los monstruos que lo tienen cautivo.
La lectura y la escritura me salvan del inmovilismo y me dan la posibilidad de echar a andar la historia que otros han creído finalizada: las sombras de los libros se pasan a vivir con las sombras de mi alma y viceversa, y juntas comienzan a generar nuevos e indómitos fantasmas. La fuerza sugestiva y evocativa generada por el proceso de lectura me permite entregarme ahora en estas palabras que, como semillas, buscan su terreno propicio: ellas son mi Caballo de Troya que regalo a quienes deseen expresar sus sueños con sus propias palabras.