Canon literario y textos de mujeres
Yadira Calvo

Yo quiero realizar mi exposición haciendo el recorrido literario que puede seguir una persona desde su ingreso a la segunda enseñanza. Para acercarme mejor a sus sentimientos, voy a imaginar que esta persona es una joven. Así pues, ella llega al liceo. Allí se le van a suministrar unas ciertas lecturas recomendadas por el Ministerio de Educación y recogidas en ciertas obras como las antologías Leer y pensar, de la editorial Santillana, y las crestomatías Español. Lecturas, de la Editorial Costa Rica, ambas graduadas de 7º a 11º. En sétimo, en cualquiera de estas dos obras, ella leerá once textos, todos de hombres; en octavo, doce, uno de mujer; en noveno, décimo y undécimo la relación entre escritores y escritoras que conocerá, va a ser de treinta y dos a nueve por la antología de Santillana, y de diecinueve y ocho por las crestomatías de la Editorial Costa Rica. Si obtuvo el bachillerato unos año atrás, podía haber

contado con el libro de Luis Fernando Quijano, Español: el cotidiano quehacer del idioma, publicado por la EUNED en 1991. En este el caso, allí tuvo una panorámica de ochenta años de literatura costarricense, comprendidos entre 1900 y 1981. La proporción entre autores y autoras fue de veinticuatro a cuatro en novela y cuento, de treinta a cuatro en poesía y de veintidós a una en ensayo.

Terminada su segunda enseñanza, esta joven ha estado en contacto con cincuenta y un textos literarios, si usó las crestomatías de la Editorial Costa Rica; con sesenta y cinco, si usó las antologías de Santillana; y con setenta y seis, si usó el libro Quijano. En ninguno de los tres casos superó el conocimiento de nueve autoras, lo que da un máximo del 18%.

Vamos a suponer que esta joven está interesada en las letras, y por lo tanto, independientemente de que asista a una universidad, va a seguir leyendo y estudiando por cuenta propia. Le interesa una visión general de la literatura costarricense, y busca una historia literaria. Se encuentra con la de Abelardo Bonilla, que es en cierto modo un clásico.

Vamos a suponer, para no extender el relato, que se dirige sólo a las primeras décadas del siglo XX y a una sola sección: el capítulo XXV, sobre la literatura miscelánea. Allí, la presencia de un apartado que se titula “Otros autores”, le permite darse cuenta de que Bonilla saca de la corriente principal a los escritores considerados menos buenos o secundarios. Y otro apartado, después del de “Otros autores”, sobre “la producción femenina y sus principales representantes”, le hace pensar también otra cosa: que esta producción es más secundaria que la de los autores secundarios. Bonilla mismo le garantiza que ha deducido correctamente, puesto que para este historiador el objeto esencial es “la literatura costarricense, en la esfera de la intuición y la fantasía”, con un interés “variable y graduado en relación con el valor estético de las obras”.

Así pues, ya por lo que concluye, lo que sigue no es de mayor interés. Pero ella es curiosa, y esto la lleva a examinar ese apartado minúsculo y de tercer orden sobre las mujeres. Ahí se encuentra citadas dos autoras de obras pedagógicas, una de literatura infantil, tres de poesía, una de novela y otra de cuento. Propiamente de miscelánea sólo hay dos (una escribe estampas y retratos y otra, crónicas, cuentos, impresiones). Le queda clara entonces una cosa más: las otras ocho no están en el apartado de literatura miscelánea porque escriban obras misceláneas, sino porque Bonilla hace con ellas una mezcla miscelánea, y esto es otra cosa. Pero en su candidez, nuestra joven se va confirmando en el escaso valor de la producción literaria femenina

Toma Poesía contemporánea de Costa Rica, de Carlos Rafael Duverrán, y allí encuentra recogidos los textos cuarenta y tres varones y diez mujeres; sigue con la Antología de una generación dispersa, de Carlos María Jiménez, Jorge Bustamante e Isabel C. Gallardo, y con Narrativa contemporánea de Costa Rica, de Alfonso Chase. En ellos se encuentra respectivamente una relación por sexo de diecisiete a seis en el primero y de veintinueve a seis en el segundo. Intentando averiguar sobre otros géneros, da con Ensayistas costarricenses de Luis Ferrero Acosta. En la Nota Editorial averigua que él se propone “analizar el pensamiento filosófico de nuestros mejores pensadores”. Abre el índice y lee los nombres de dieciocho ensayistas, todos varones. Un poco alarmada vuelve a la introducción, y entonces ve citadas, sin antologizarlas, a dos autoras, pero en seguida se da cuenta que ellas practican un género que Ferrero llama cuasi-ensayo. Se queda con la idea de que en el país hay al menos dieciocho varones muy buenos ensayistas (nuestros mejores pensadores) y dos mujeres cuasi-ensayistas, hasta que en una compra venta se le aparece cubierta de polvo la Antología femenina del ensayo, de Leonor Garnier, con once textos. Antes de leerlos, hojea la introducción, y allí mismo se le advierte que el exiguo número de representantes en ese género se debe a la marginación porque, lógicamente “al bloqueársele a la mujer su capacidad de pensamiento, continúa siendo un ser instintivo más que pensante“. Puesto que el ensayo es literatura de ideas, y las mujeres resultan ser instintivas más que pensantes, nuestra estudiosa, desde luego no va a gastar su tiempo leyendo tal obra, y con mucho cuidado, la vuelve a poner entre el polvazal de las estanterías.

A estas alturas, ella está persuadida de que casi no hay autoras, o por lo menos casi no las hay que merezcan entrar en los libros de texto, las historias y las antologías. Pero también está persuadida de que esas pocas que logran entrar deben ser muy buenas para conseguirlo. Ha oído hablar de Sor Juana Inés, pero de ella sólo le suena aquello de “hombres necios que acusáis / a la mujer sin razón”. Acude al tomo primero de la Antología de la literatura hispanoamericana de Rogelio Alfonso Granados, donde Sor Juana figura como la única representante de su sexo. Allí se lleva una gran sorpresa, cuando el autor empieza a hablar de “los oscuros reflejos dorados” las “bien trazadas, finas, francas, oscuras” cejas, “los grandes ojos”, y “los delgados labios” de sor Juana. De pronto, ya que Rogelio Alonso le ofrece esta posibilidad, la joven intenta averiguar por ejemplo cómo serían la cejas de Juan Zorrilla, o los ojos de Sarmiento, o los labios de Andrés Bello. Pero no. Sólo se entera de cómo eran de sabios y de estudiosos y de literatos.

En su búsqueda, ella va dejando atrás las antologías, para orientarse por la crítica y empieza a leer qué se dice de La ruta de su evasión, puesto que Yolanda Oreamuno fue una de las ocho o nueve autoras de cuya existencia se enteró en el colegio. Localiza un texto de Montúfar Navas, sobre la novela de Yolanda. Por él se entera de que una virtud de esta obra, fue “su contribución al arte sin sexo”, “a pesar de haber sido escrita por una mujer’; se entera también, leyendo mucho, de que el jurado que la premió en Guatemala, atribuía la obra a “un escritor avezado, tal vez un médico”, y al abrir la plica se llevó una sorpresa el encontrarse con “un retrato de mujer, joven y hermosa”. Después se enteró de que Eugenio García Carrillo había encontrado en Yolanda una “fibra viril” que dio “a su vida y a su obra un matiz inconfundible”. En adelante lo siguió encontrando este tipo de “elogios”. Un día leyó las alabanzas de Zorrilla a los “varoniles y vigorosos” versos de Gertrudis Gómez de Avellaneda; otro día las de la Academia de Ciencias Morales y Políticas de España, sobre las “páginas doctas y viriles” de Concepción Arenal; otro las de Miguel Ángel Asturias a Clementina Suárez, porque ella “jamás sería una poetisa” sino “todo un poeta”. Y así muchos más. Ahí fue cayendo en la cuenta de que algunas alabanzas a mujeres notables en realidad eran alabanzas al talento de los hombres. Ellos eran el modelo al cual el mayor o menor grado de acercamiento hacía mejor o peor una obra femenina.

Recientemente, es decir apenas hace un par de semanas, nuestra joven, por estar actualizada compró Le monde diplomatique en su versión castellana , año I, número 10 de marzo del 2003. Lo único que le interesaba de él era un artículo de Guy Scarpetta, titulado “Eso que sólo las novelas pueden decir”. Se trataba de un extenso análisis de las formas que ha venido adquiriendo la novela histórica desde realismo hasta acá en todo el mundo. En él se citaban los nombres más representativos en todas las nuevas tendencias: veintinueve autores en total. Ni una sola autora.

Como nuestra joven era, desde sus tiempos del colegio una lectora apasionada de obras literarias, desde hacía mucho tiempo se había dado cuenta de que indistintamente del sexo de quien las escribiera, las había malas y las había buenas, y las había mediocres, y esto le representaba una seria contradicción con todo lo que había aprendido. Entonces empezó a entender por qué decía Levin Schücking, que ante la idea de que lo que se impone es porque es bueno, habría que preguntarse si no es más bien que aquello que se impone, después se considera bueno”. Con esta idea en la cabeza, nuestra joven pudo empezar a encontrar la punta de algunos mecates en que se venía enredando: una punta era que a través de todos los medios empleados para su educación literaria, se le había venido transmitiendo no sólo una nómina de obras consagradas, sino un canon tal como lo definió Mary Louise Pratt. Es decir, toda una maquinaria de valores que generan sus propias verdades; unas verdades que se construyen en torno a intereses e ideologías dominantes de clase, género y raza. Otra punta fue la comprensión de que el poder de canonizar está sobre todo en manos de las instituciones académicas, las antologías, las historias, la crítica, los concursos y los premios; y una tercera punta, la del más apretado de los mecates: la de que si nuestra formación literaria depende del consumo de textos canónicos, difícilmente podremos valorar la escritura de grupos subordinados o excluidos, y hasta es posible que nos parezca que sus textos justifican su exclusión. ¿Cómo podría ella valorar con justicia las obras escritas por mujeres después de lo que aprendió, si, como dice el refrán, de padres gatos, hijos mininos?