Cuando desperté, el genio ya no estaba ahí

Por Santiago Porras J.

Aunque Augusto Monterroso habría sido el primero en oponerse al adjetivo grande (dada su particular y sabia ironía), con la muerte suya se ha ido uno de los grandes cuentistas de nuestro tiempo. De él pueden hablarse muchas cosas, desde su capacidad de escribir sobre una infinidad de temas, con la brevedad que, según sus palabras y para el disfrute de quienes lo lean, le fue impuesta por algo más fuerte que él, hasta su verticalidad en el combate de lo que consideraba injusto.

Monterroso trastocaba aquello que le solía escuchar a mi padre (quién no sabía escribir): “A mí me gusta hablar poco pero que se escriba bastante”; en un: “A mi me gusta escribir poco pero que se entienda bastante”. Descubrir a Monterroso fue uno de los hallazgos más gratos que la literatura me ha dado. Bajo un lenguaje económico alcancé a entrever la profundidad de su humor crítico, con una polisemia capciosa y subyugante, expresada con la precisión que la abrumadora cantidad de escritos y escritores impone. ¡Claro!, ¡todo era un trampa suya!

La tortuga y Aquiles
Por fin, según el cable, la semana pasada la Tortuga llegó a la meta. En rueda de prensa declaró modestamente que siempre temió perder, pues su contrincante le pisó todo el tiempo los talones. En efecto, una diezmiltrillonésima de segundo después, como una flecha y maldiciendo a Zenón de Elea, llegó Aquiles.

Augusto Monterroso

Al margen de su literatura, una de las cosas que Monterroso enseña (sin pretenderlo) con sus opiniones es a desacralizar el oficio de escritor, al que el candor de algunos suele darle una connotación e importancia más allá de lo real. Él sabe y acepta que la pluma y el fusil son armas no solo diferentes en su naturaleza sino en las circunstancias en que se emplean. Alguna vez dijo: El escritor es un artista, no un reformador. Los Versos sencillos de Martí son la obra de un “escritor”. Cuando Martí quiso actuar como político agarró un fusil, atravesó el Caribe, se montó en un caballo y murió brillantemente en el primer combate.

Vida de exilios la suya. Honduras fue su patria nativa; Guatemala su patria elegida y terminó viviendo la mayor parte de sus años en México, su patria adoptiva. De la primera, a juzgar por sus escritos no guarda los mejores recuerdos. Las vicisitudes económicas y políticas en Tegucigalpa llevaron a los Monterroso Bonilla a vivir a Guatemala; de donde las dificultades políticas conducirían a Monterroso, en definitiva, a residir en México. Pero como en él todo adopta el disfraz de la ironía en el acápite sexto de su DECÁLOGO DEL ESCRITOR, dice: Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de Byron, o ganar tanto como Bloy.

El espejo que no podía dormir
Había una vez un espejo de mano que cuando se quedaba solo y nadie se veía en él se sentía de lo peor, como que no existía, y quizá tenía razón; pero los otros espejos se burlaban de él, y cuando por las noches los guardaban en el mismo cajón del tocador dormían a pierna suelta satisfechos, ajenos a la preocupación del neurótico.
Augusto Monterroso

Su evidente escepticismo, tan parecido a la displicencia hacia la figura del escritor, puede haberlo perjudicado ante los academicistas costarricenses para que su obra recibiera una mayor divulgación en nuestro país. A mí me resulta extraño y hasta imperdonable que no se le incluya en las lecturas “obligatorias” para estudiantes. Una vez descubierto por ellos, podría contribuir a que el ejercicio de la lectura les resulte más grato, al grado de que terminen haciéndolo un hábito si darse cuenta (que es como se hacen todos los hábitos, menos el del monje). Otra derivación de conocer las opiniones de Monterroso es que con su desmitificación del escritor habría ayudado a moderar la exacerbada generación de “vocaciones literarias” en nuestro país, transformándolas, tal vez, en permanentes “vacaciones literarias”. Monsiváis dijo que a Monterroso no le gustaba relacionarse con quien ha escrito más de lo que ha leído.

Si un epíteto merecería este extraordinario escritor es taimado. El mismo García Márquez dijo que a Monterroso hay que leerlo manos arriba; no de otra manera debe leerse alguien que en el acápite décimo del mencionado decálogo: Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él. Con estos antecedentes, leerlo es una constante y grata lucha para no dejarse sorprender por su ingenio socarrón (afortunadamente la lectura es un vicio solitario y nadie tiene que enterarse de los chascos que inevitablemente sufrimos con él).

Una buena muestra del ingenio de Monterroso lo constituye su célebre epígrafe: Los animales se parecen tanto al hombre que a veces es imposible distinguirlos de éste, el que atribuye a un tal K’nyo Mobutu. Esa frase por su evidente obviedad y el nombre de su “autor” debe conducirnos, sin más lectura, de una connotación antropológica inicial a la connotación antropófaga final.