UN LUGAR DE MUJERES MÁS ALLÁ DEL PARISMINA
Por Yadira Calvo
En la novela "Más allá del Parismina" de Carmen Naranjo hay dos elementos fundamentales y profundamente entrelazados. El primero consiste en los modos en que se percibe a Isabel, el personaje protagónico; el segundo es esa especie de utopía más allá del Parismina que da nombre a la obra.
Las percepciones sobre la protagonista son tan opuestas entre sí, que a veces dudamos de que se refieran a una misma persona. Para Miguel, su ex amante, ella es "dulce y buena", "soñadora y bella”, “limpia”, “noble”, “sublime”. Su lenguaje se resiente de hiperbolismo, con expresiones como: "Isabel, Isabelita, me invoco a tu pureza y a tu hermosura, a tu aire de gran dama, a tu inagotable fuente de amor casto y sublime"; “gran patrimonio de madre pura y noble". Desde el principio sabemos que Isabel no es ni quiere ser ni parece una gran dama, porque "gran dama" es una concepción patriarcal de lo femenino opuesta a la espontaneidad de este personaje. En el mundo de la realidad de los seres humanos, no existe esa mujer que Miguel anda buscando. Isabel es siempre un ideal que se persigue en vano y lo peor es que él tiene conciencia de eso: "Tengo miedo —declara—, un miedo espantoso de que no coincida tu cara con mi sueño, tus palabras con las que oigo a través de mi silencio, tus gestos libres con las velas de libertad, las que te he puesto en tu ausencia". Cuando al fin un día se vuelven a cruzar los caminos de los dos, "ni siquiera se miraron con curiosidad alguna de reconocimiento". Miguel, como Pigmalión, no ama a una mujer, sino una imagen por él creada. Isabel hubiera preferido que amara a la mujer que ella es y no a la que él se inventó. Esta es una de las razones por los cuales, a través de toda la novela, él no la puede encontrar.
Este libro se presentará el próximo jueves 26 de mayo, 6 pm en Librería Universal de Zapote. La otra razón es el hecho de que no sola esa imagen es falsa, sino que de una manera brutal y sobrecogedora, en todas partes se da topetones con las múltiples voces anónimas, en general masculinas, que encuentra al paso. Estas voces se refieren a Isabel como "basura", "mierda", "diabla", “salvaje”, "ortiga brava", "bicho malo que asfixia", "buena para ciertos momentos"; se la compara con una víbora, se la identifica con una fiera, con una harpía, con una hiena; y hasta alguno declara que prefiere acostarse con una terciopelo que con ella. De camino, cuando pregunta por Isabel, la respuesta más frecuente es la que la asocia con el desafuero y la inmoralidad sexual, con calificativos como “hueco”, “perra”, “devoradora”; se la denomina “conocedora del oficio”, "puta de fuego", “puta de las buenas”, "refinada en puterías", "monstruo de insaciables cavernas", "mugre de orgasmos gigantescos”… Uno de los hombres anónimos con quienes Miguel se encuentra, dice de ella: "Es de las que no se conforman con los jugos, quiere las mismas entrañas y es capaz de escarbarlas con sus propios dedos, una asesina tendida en una cama, sonriente, burlona retadora", una “cámara de tortura”, de desafío incansable, de esas que te roban en un instante el aire y te ahogan y al rato no sos más que un poco de basura, de pura basura" […] "La carnicería de tu virilidad, la que la parte en pedacitos y te deja sin sexo, sin fuerza, sin saber si sos un híbrido o un muñeco sin ademanes propios".
Dice Walter Benjamín que "cuando la esclerosis del mito amenaza acabar con su potencial de vitalidad, la narración lo reconstruye en un plano mucho más fresco y estimulante, menos referido a los remotos orígenes y más enraizado con la forma más rica de cotidianidad". Eso es lo que hace la autora de esta novela: enraizar el viejo mito de las vaginas dentadas, en el mundo de las realidades cotidianas. Por eso sus palabras nos resultan a veces semejantes a lo que en otra épocas llamaban "verdades de loco": "espinosas como erizos de castañas, ásperas como almendras amargas".
El miedo a Isabel se origina fundamentalmente en el hecho de que ella se plantee como libre, y sobre todo libre para elegir su compañía sexual: "Pertenezco al género mujer —declara—, para el que desde hace siglos se ha recetado conformidad, resignación, servilismo y sometimiento a lo que disponga una autoridad superior". Ella es inasible para Miguel y temible para los otros hombres anónimos de la novela, porque sostiene un discurso de igualdad y de libertad: afirma no haber nacido "para compromisos o ataduras". "La disimilitud entre la conquistada y el conquistador —dice en un monólogo— es enorme, nunca alcanza un nivel de igualdad, a pesar de la estrategia del cortejo y de la lisonja". Isabel se autodefine como una "mujer de decisiones […] muy firme en eso de estar sola por largo tiempo”. Por ella sabemos que tuvo varios oficios, todos honorables, que no se dedicó a la prostitución ni instaló burdeles, que no coincide en casi nada ni con la mujer que Miguel busca, y que no coincide en absoluto con aquella de que a Miguel le dan noticias.
Es un hecho que estamos ante una ficción de la novelista, pero es también un hecho que, como señala Mario Monteforte, "lo propio de la literatura es hacernos ver, hacer percibir, hacer sentir algo que alude a la realidad". La realidad que Carmen Naranjo nos hace ver y sentir a través de la metáfora que constituye su obra, es la realidad tal como la percibimos muchas personas, principalmente muchas mujeres, y la solución que ella encuentra se inscribe dentro de lo que se ha denominado la utopía: un "no lugar" en el cual las cosas pueden o deben ser diferentes. En algún pasaje de la novela, Miguel reconoce que "Isabel no estará porque quizás ahí no ha estado nunca y no hay lugar en donde buscarla, sólo él conoce su sitio y ya no sabe si es en un inexistente pueblo de esa colina, de otra colina o en el puro centro de su corazón". No hay donde buscarla; Isabel va hacia utopía, o para ser más precisa, hacia una de sus formas, a la que las feministas han llamado "ginecotopías": lugares —ficciones literarias— donde las mujeres pueden gozar de todo lo que la sociedad patriarcal les ha venido arrebatando por siglos.
Si el primer elemento fundamental denunciado en esta novela es la incapacidad de nuestra cultura para vernos de otro modo que no sea ángeles o monstruos, el segundo elemento es la ginecotopía: el sueño de un lugar donde se pueda escapar de este tipo de concepciones. Cada vez que concluye una relación afectiva con un hombre, Isabel le deja un papel: "Si me necesitás en algo, me podés buscar más allá del Parismina". Parismina es ese lugar utópico que se plantea como alternativo: una "tierra húmeda y pantanosa, llena de terciopelos, de tortugas, de lagartijas y de iguanas, hasta de blancas garzas que rompen el verde muy oscuro de la maleza amenazante”.
A Isabel le han fallado las ataduras emocionales con los hombres: Tempestad fue para ella sólo compañía del camino; ella fue para Mao Chang sólo compañía de un rato, y los dos a quienes más amó eran agresores domésticos: Miguel la golpeaba por celos, Vicente la golpeaba porque sí. El saldo es que ha recibido humillaciones, se ha quedado coja, ha perdido dientes, está marcada de cicatrices. Pero hay también otras razones para soñar un lugar más allá: la idealización de que es objeto por parte de Miguel y la detracción de que es objeto por parte de los demás. En este contexto, ese hipotético lugar "más allá" adquiere una dimensión simbólica y se establece como un espacio de libertad. Por eso, cuando llega a Parismina, ella no se queda en el pueblo, sino que continúa "más allá siempre en busca de un lugar libre" para construir su rancho. El lugar que busca es aquel donde disfrutar "de la musicalidad de las aguas" y donde sentirse "camino al mar." El agua en cualquiera de sus condiciones es universalmente un símbolo de feminidad. Monologando sobre su relación con Isabel, Miguel se confiesa: "No he dejado de ser un verdugo [...], por eso la lluvia me persigue". Cuando Miguel, a través de la obra, camina en medio de la lluvia, esto es un indicio de que es perseguido por su particular concepción de la feminidad. Por eso la forma en que acaba, sumergido en las aguas, resulta particularmente significativa. En la novela, a ese lugar más allá del Parismina no pudo llegar ninguno de los hombres con quienes la protagonista se relacionó. Por ella sabemos que ellos no van a llegar allí porque cuando le dejó a Miguel el clásico mensaje de "si me necesitás en algo... " se trataba —dice— de "la simple invitación a que se perdiera en la penumbra de la selva y del aguacero". Cuando el acto se repite con los otros hombres, se han repetido las intenciones. Por eso allí sólo pudo llegar Jessie Brown, otra mujer, con lo cual Más allá del Parismina se configura como un espacio femenino, una ginecotopía.
En el último párrafo, admirablemente condensado, se resume el sentido de la novela: "Las aguas ya habían invadido la planta inferior del rancho y se entretenían en socavar los cimientos, así como la base de los horcones. "Un zapatazo insolente del viento (el viento es un símbolo masculino)... "un zapatazo insolente de viento rompió la puerta, pero ellas no le dieron importancia…”. Es una atmósfera de tormenta, y en el rancho azotado por la tempestad, hay dos personas, Isabel y Jesie, libres de miedo, convencidas de que "no hay ningún remedio mejor que el cariño". Más allá del Parismina es el lugar simbólico donde la agresión del patriarcado ya no la alcanza; donde no la alcanza la imagen de dama pura y noble, ni la de ramera insaciable. Allí, finalmente, ella se encuentra libre para ser quien es.