"La loca de la casa" de Rosa Montero

Por María Bonilla

Ni narrativa, ni ensayo, ni autobiografía... pero aún así, en realidad es un poco de todo. El propio lector es quién decide qué es lo que quiere creer y lo que no quiere creer y hasta cierto punto, es el texto mismo el que juega con el lector. Este efecto lúdico es la principal característica que me provoca enmarcar el libro dentro del género satírico, pero no la sátira como la entendemos en la actualidad, fruto de un discurso mordaz o lascivo que busca poner en ridículo un sujeto o fenómeno social, por el puro placer de hacer burla. En la sátira como género literario, encontramos la dualidad y la ambigüedad unidas, donde antropológica y socialmente hay componentes que conforman este género. Más que sátira literaria es producto de un fenómeno social que la exige.
El género satírico surge alrededor del siglo III a. C., su nombre proviene del vocablo latino "satura", nombre gastronómico que designaba una especie de ensalada donde se mezclaban gran cantidad de vegetales, especies y condimentos que le daban un sabor muy original. Es la misma mezcla que logra Rosa Montero, no es un género específico sino la mezcla de muchos, una aleación de defectos y actitudes de personas, sociedades, grupos o épocas, que pone el dedo en la llaga de problemas intemporales a través de una sonrisa meditada y racional ante todo. Logra en el libro una condición que generalmente satisface al género satírico y es que la censura no va dirigida tanto al individuo mismo como al vicio o defecto que padece. El objeto de la sátira es muy delicado, para tomar este género y elaborarlo como lo hace Montero, se debe ser un ideólogo coherente con el credo, eso es lo que permite una denuncia fidedigna y la autora alcanza su objetivo.
La expresión de Santa Teresa de Jesús, que llama a la imaginación "la loca de la casa", sirve a Rosa Montero para titular este libro mestizo, mezcla rara de ingredientes diversos. Lo que comenzó siendo un conjunto de apuntes en torno al oficio de escribir, se fue transformando en algo más impreciso pero también más creativo: a la reflexión sobre la literatura se le añadió el papel de la imaginación en la obra artística, y luego el punto de locura que entraña toda ficción, y por último el paralelismo entre la pasión por narrar y la pasión amorosa. El feliz resultado se mueve entre la realidad y la ficción, entre la literatura y la vida, entre la mentira del sueño y la mentira de lo real, he aquí la dualidad. En sus propias palabras, "una obra sobre la imaginación, la creación, la pasión amorosa, la locura y sobre esa capacidad de fantasía que forma parte sustancial de las personas."
El libro está elaborado con una serie de trucos literarios de manera que cuando el lector empieza a leer se cree que todo lo que lee es real, pero llega un momento, después de muchas páginas, en que se replantea la veracidad del texto y se percata del engaño, aquí es donde está la ambigüedad. En esa perplejidad está la mayor sorpresa del libro y también su mayor encanto, como si fuera una clase práctica de todas las tesis mantenidas por la autora. Pero el aclarar esos engaños es un esfuerzo innecesario que no merece la pena hacer, porque en el fondo lo que el libro dice en realidad es que la vida imaginaria es tan real como la vida real y a veces es más rica y más real incluso que la realidad misma.
La autora emprende un viaje al interior en un juego narrativo lleno de sorpresas. En él se mezclan la literatura y la vida en un cóctel casi afrodisíaco de biografías ajenas y autobiografía novelada. Propone la imagen del escritor como un daimon, médium o iluminado, haciendo una analogía con la misma Teresa de Jesús, un criterio religioso que fundamenta el criterio de veracidad en el relato. Lo sagrado y lo profano se conjugan en la imaginación, la que según Rosa Montero "cayó sobre mí como una lengua ardiente del Espíritu Santo".
Montero, al igual que Santa Teresa de Jesús, son elegidas por la palabra, ese Verbo es su "arma secreta". La obra escoge al escritor y lo utiliza como un vehículo para materializarse. Escribir es para ellas al mismo tiempo el umbral de la creación y el purgatorio.
En el libro nos cuenta con ironía y humor curiosidades de las vidas de personajes como Tolstoi, Walser o Carson McCullers quienes influyeron de algún modo en su vida y de cuyas biografías la autora se ha permitido la licencia de incorporar variaciones ficticias.
No se calla y denuncia a aquellos escritores que malograron su obra anteponiendo a ella la fama y la fortuna: Cela, García Márquez y la casa que le regala Fidel Castro, Goethe que se vende barato para abrigarse al amparo de la corte. No es fácil preservarse íntegro y atreverse a desnudar a los poderosos, para ello sostiene que el escribir debe ser un ejercicio limpio y libre, exento de poder político o económico. Lo análoga nuevamente con un "don divino", donde los espejismos de la fama o la fortuna no deben anteponerse ni debe permitirse que las debilidades humanas perviertan el talento y con ello "perder el alma".
Un libro sobre la fantasía y los sueños, sobre la locura y la pasión, sobre los fantasmas que acosan al escritor, los peligros que pueden terminar con el genio creativo, la vanidad del artista y su propensión al llanto y a la queja, la búsqueda del crítico perfecto, pero descubre además en el lector la figura del novelista.
Defiende la narrativa como el arte primordial de los humanos. Para ser tenemos que narrarnos, y en ese cuento que nos contamos acabamos por mentirnos, por imaginarnos, por engañarnos. Como lectores, inventamos nuestros recuerdos y por eso somos, por encima de todo, novelistas.
El problema del género no lo expone explícitamente, pero el hecho de tomar como base la frase de Santa Teresa de Jesús, busca "sacralizar" su visión de mundo a través de la literatura y lo expresa con soltura afirmando que ese "don divino" del escritor también se le ha concedido a la mujer a través de la historia. La literatura femenina completa el panorama literario universal y eso no implica posiciones sexistas, simplemente complementa una literatura que es patrimonio de todos. El discurso de lo femenino es parte y complemento de lo masculino. La palabra es la que nos hace humanos.
Pero, además, este libro es también un canto a la libertad, habla de la muerte, porque para Montero, la muerte y el paso del tiempo son dos obsesiones de los escritores.
En La loca de la casa ante todo están presentes sus años de novelista y lectora, mezclando psicoanálisis con travesuras adultas, esquizofrenias propias con ajenas y donde se atreve a dar incluso, códigos de conducta para novelistas.
En resumen, el libro exalta la capacidad de la imaginación, la locura y la pasión amorosa como ejes narrativos. Primero la imaginación, esa que alimenta el alma del poeta para Santa Teresa de Jesús, ese delicado límite entre la realidad y aquellas ficciones que podemos llegar a transformar en realidades, el punto sutil donde el sueño nos permite despertar y darnos cuenta de que es necesaria una percepción más aguda del esplendor de la vida. Luego la locura, que la autora define como "la imaginación sin domesticar" y que en algún momento todos los seres humanos hemos padecido y finalmente, la pasión amorosa, tercer pilar de la obra, sería, para Montero, "el invento más redondo de esas vidas inventadas" y que además es la única locura admitida socialmente. La literatura es lo único que se parece a la pasión amorosa, ya que cuando se está escribiendo "se comparte el temblor interior de estar viviendo las vísperas del prodigio". La muerte no existe en ese momento. Escribir es lo más parecido a enamorarse: con el alma en otra parte, eres eterno.
Todos tenemos que buscar a la loca, porque dependemos de ella, y esa loca de la casa, esa imaginación, le da sentido a la existencia, ordena el caos que es el mundo. Sin esa imaginación, la vida sería incomprensible e inaguantable.
Los invito a leerla..."vais a ver lo que un escritor verdadero, verdaderamente dotado puede hacer si se lo propone..."