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Laura Restrepo, pronto en Costa Rica

“Colombia es un país que se reinventa a si mismo”

Por Fabián Kovacic
Desde Argentina

“En primer plano hay una historia de amor y locura, pero en el trasfondo de mi novela, está esa Colombia de los años ochenta dominada por capos de la droga como Pablo Escobar”, confiesa Laura Restrepo acerca de "Delirio", su última novela ganadora del Premio Alfaguara 2004. Periodista, militante de izquierda y periodista, Restrepo es hoy directora del Instituto de Cultura y Turismo de Bogotá, junto al alcalde Luis Garzón. Aquí habla de su vida como militante política, la relación con sus padres y la vida cotidiana en un país con “sus propias guerras”.

Laura Restrepo estará a principios de julio en el país, en el marco de la Feria del Libro donde presentará su nuevo libro "Delirio", ganador del Premio Alfaguara 2004.

-¿Cómo se conjuga su vida pública, periodística y de escritora? Suena compleja...
-Tengo la sensación que militancia, literatura y periodismo se corresponden como un método básico. No me siento cambiando muy radicalmente entre una y otra. Las tres tienen una pasión por la aventura humana.

"Tengo la sensación que militancia, literatura y periodismo se corresponden como un método básico".

-Lo preguntaba porque la prosa periodística está muy atada a la realidad y la literatura a la ficción.
-Desde hace un tiempo para acá he escrito solo ficción. Y la ficción te da la libertad de mentir para llegar a una verdad más profunda. Sentía como periodista que muchas veces investigas y armas el cuadro general de la situación y sin embargo hay ciertos datos que la investigación no te los dio. Permanecen ocultos porque sucedieron en la alcoba, en la intimidad. Y según vas armando las piezas, digamos, el agujerito de la que te falta está ahí y tu sabes exactamente como es, pero no lo puedes poner porque no tienes una fuente para citar. Estaría faltando a la ética profesional. Siento que con la ficción lo que estás tratando de hacer es armar el rompecabezas con piezas que te da la realidad y luego todas aquellas que te faltan las puedes inventar sin temor a faltar a ninguna ética porque desde el principio estás diciendo voy a decir mentiras. Y luego bajo ese lema, voy a decir mentiras, puedes empezar a decir verdades.

-¿Que puntos comunes tiene la Colombia de "Cien años de soledad" y la de "Delirio"?
-Colombia es un país pasado por la literatura de García Márquez, inventado por él. Nosotros lo vemos distinto a nuestro propio país, después de apareció la obra de Gabo. Eso es en parte el efecto que sobre la humanidad ejercen estos grandes escritores. Ellos parten de la realidad y la realidad empieza a ser imagen y semejanza de lo que ellos han escrito. Cuando a mi me preguntan si el peso de Gabo impide escribir, yo repregunto si el peso de Quevedo y Cervantes impide escribir a los españoles. Los clásicos son los clásicos y lo que hay allí es como un enriquecimiento de la realidad. El tema de Gabo es el siglo diecinueve, es el gran novelista del siglo diecinueve. Escribiendo desde el siglo veinte Gabo logró novelar esa Colombia que no estaba novelada desde el siglo diecinueve, esa parte mítica, fundacional. Los que escribimos después nos dedicamos más a las realidades contemporáneas, que si son muy distintas. Gabo no ha entrado mucho en este tropel de ahora.

-En esos años de García Márquez el problema colombiano no era tan grave.
-Creo que tal vez era necesario novelar el siglo diecinueve antes de entrar el siglo veinte y algún instinto lo llevar a llenar ese vacío. En ese sentido se convierte en un punto de partida para poder novelar el siglo veinte.

Hay cuatro libros básicos, los cuatro evangelios, de la biblia latinoamericana, de esa conformación de la mitología literaria de América Latina, que a mi manera de ver son “Los ríos profundos”, de José María Arguedas; “Gran Sertao Veredas”, de Joao Guimaraes Rosa, “Pedro Páramo”, de Juan Rulfo, y “Cien años de soledad”, de Gabo.

-Cuando se refiere a los nuevos escritores del siglo veinte ¿cual es su referencia sino es García Márquez?
-Nosotros leíamos devotamente a García Márquez, pero teníamos otro maestro más afín a la realidad urbana que queríamos narrar y era Mario Vargas Llosa. A decir verdad, entre los escritores del boom había algunos que eran bíblicos. Hay cuatro libros básicos, los cuatro evangelios, de la biblia latinoamericana, de esa conformación de la mitología literaria de América Latina, que a mi manera de ver son “Los ríos profundos”, de José María Arguedas; “Gran Sertao Veredas”, de Joao Guimaraes Rosa, “Pedro Páramo”, de Juan Rulfo, y “Cien años de soledad”, de Gabo. Pero después Vargas Llosa entraba mucho más en un proceso histórico, laico, y urbano.

-¿Como se escribe en Colombia con la sombra de García Márquez presente?
-Se habló mucho de eso. Desde el principio dabas por descontado que García Márquez te había liquidado para siempre y allí no había nada que hacer y de alguna manera te zafabas del problema. No hay que matar al padre, como dicen los psicoanalistas. El padre ya nos devoró a todos sus hijos. Esa pelea está perdida. Dejemos que el padre viva y vayamos por el costado.

-Usted ha estudiado la enfermedad de la bella Agustina, protagonista de "Delirio", ¿como fue eso?
-La historia se me atravesó a partir de pensar la guerra colombiana mas allá de los tiros. Hay una manera de reírse de esa violencia tan grande que a veces resulta un mecanismo de defensa y supervivencia importante. Los colombianos tenemos que estar locos. Esto tiene que habernos afectado la cabeza totalmente. Entonces yo quería un personaje que mostrara los mecanismos y esa es Agustina la protagonista de "Delirio", que trata de mostrar esa locura exterior ya como un verdadero problema psíquico. En Colombia se tiene la sensación de que la guerra es una cosa que sucede en la calle. Si logras sobrevivir a ese paso por la calle y te encierras en tu casa, entonces la guerra se queda afuera. Y de pronto se me ocurrió que eso no puede ser así. Esa guerra tiene que estar permeando las paredes de la casa y la familia tiene que estar impregnada con toda esta violencia. En nuestra propia mente y nuestro corazón tiene que haber sufrido. Tenemos que ser gente bien rara, nosotros los colombianos.

-¿La relación con su padre la llevó a ser escritora?
-Algo así. Yo había escrito siempre en los pasquines de la izquierda. Pero el que estaba empeñado en que fuera escritora fue mi padre, a quien quise mucho ya hace 25 años que murió. El tenía ese capricho. Cuando yo tenía trece años me regaló una máquina eléctrica de escribir que era grande como una mesa. Yo estaba con la expectativa de mi regalo de cumpleaños, sin imaginar que ese era el regalo.

"En Colombia se tiene la sensación de que la guerra es una cosa que sucede en la calle. Si logras sobrevivir a ese paso por la calle y te encierras en tu casa, entonces la guerra se queda afuera. Y de pronto se me ocurrió que eso no puede ser así. Esa guerra tiene que estar permeando las paredes de la casa y la familia tiene que estar impregnada con toda esta violencia. En nuestra propia mente y nuestro corazón tiene que haber sufrido. Tenemos que ser gente bien rara, nosotros los colombianos".

Cuando vi aquel armatoste dije y ¿que es eso?. Ni siquiera sabía para que servía. La decepción fue tremenda. Después durante un tiempo, él salía temprano del trabajo, me llevaba al instituto de mecanografía y esperaba abajo, mientras me enseñaban a teclear. Era su empeño siempre con la convicción de que yo iba a escribir. Y yo, no sé... bueno, no era mi decisión. Hice muchas otras cosas en la vida mientras mi padre estuvo vivo. Y sin embargo cuando se murió sentí que era una manera de acercarme a él. Empecé a devorar los libros que él devoraba. Esas primeras guías que uno busca cuando está rastreando tu propio estilo, de tu propio tono, eran los libros que él leía. Le gustaban los autores bien particulares. Como de la literatura norteamericana de los años cincuenta y sesenta. Se había formado en esa corriente. Y entonces me puse a leer a William Saroyan, a Nikos Kazantzakis, a John Steinbeck, que le encantaban. Y entonces yo quería saber de esos autores que era lo que a él le gustaba como para tratar de hacer algo que correspondiera a sus expectativas.

-Después tomó distancia de esa literatura y se alejó.
-De todos modos yo ya había estudiado literatura y fui profesora, pero en ese momento en que empecé a escribir fue toda una fuente. La vida te trae lecturas a paladas y desde luego aprendes y tomas. Yo reivindico el derecho de tomar lo que tu quieras. Pienso que la cultura se hace colectivamente. No le atribuyo demasiado al hecho individual. Me parece que es como una distorsión publicitaria, comercial, eso de hacer estrellas de las individualidades, cuando el placer de la cultura consiste en esa especie de olla común donde todos ponemos y sacamos. Y la alegría de pensar que los que vienen después de ti, escarbarán en lo tuyo y tomarán lo que quieran y descartarán el resto.

-Tengo entendido que alcanza con preguntarle como fueron sus años de escuela para saber como fueron tus padres.
-Mi padre era un hombre muy libertario. Y muy desvinculado de cualquier tipo de institucionalidad. Algo muy colombiano, por otra parte. Los colombianos no creen mucho en las instituciones, para bien y para mal, porque digamos que nos las destruyen con cierta frecuencia. El no terminó nunca la escuela, jamás fue a un médico, no pisó una iglesia, tampoco un club social. Le fascinaba viajar. Era un hombre con vocación de viajero y una nostalgia de sitios no conocidos, enorme. Entonces viajábamos mucho y desde luego la escuela era una de esas instituciones que le parecían deplorables. Le parecía una perdedera de tiempo que uno fuera al colegio. Y nunca nos dejó ir ni a mi hermana ni a mi. Fuimos a un montón de escuelas. A veces no sentamos a hacer un recuento de a cuantas fuimos y nunca terminamos de contarlas. Pero el siempre se encontraba el pretexto para que no fuéramos mas y nos mudáramos a otro lado. Pero al mismo tiempo creía que había que llevar a las hijas a conciertos y a teatros, y visitar ruinas.

-Todo un iluminista.
-Si pero a su ritmo y a su aire. Eso de que a uno lo regañaran los profesores nunca lo entendió.

-Y su madre era autodidacta pero manejaba muchos idiomas...
-Eran de distinta clase social. Ella venía de una familia rica y tradicional y mi padre de una clase media ilustrada. Mi madre era huérfana y se educó en internados en Europa toda la vida.

"El problema de la guerra no es tanto lo que te asusta sino que se convierta en normalidad. Es aterrador como se va metiendo hasta que ya por momentos se olvida que la vida podría ser distinta".

-¿Cómo es el miedo en la sociedad colombiana?
-Es un factor peligrosamente ausente en la sociedad colombiana. El problema de la guerra no es tanto lo que te asusta sino que se convierta en normalidad. Es aterrador como se va metiendo hasta que ya por momentos se olvida que la vida podría ser distinta. Además como le decía yo a un jesuita canadiense que había pasado por allá. El me decía ¿por qué los colombianos no tienen miedo si esto es tan atroz? Y yo le contestaba que: sencillamente porque lo único que te puede ocurrir es que maten, pero mientras no te maten no hay problema, puedes decir lo que quieras y hacer lo que quieras.

-Decía Simone de Beaviour, que lo más escandaloso del escándalo es que uno se acostumbra.
-Así es. La normalización de la guerra, aceptarla como una normalidad es terrible. Es uno de los grandes peligros de Colombia. La otra cara de Colombia que se conoce poco por fuera es que si la guerra es tan virulenta es porque hay un proceso de resistencia democrática y de resistencia pacífica muy fuerte. Si no a quien andarían matando tanto. Ocurre que está atomizada y cada vez que levanta la cabeza logran trancarle el camino con asesinatos selectivos. Pero ya hay un proceso enorme del movimiento pacifista en Colombia tiene unas dimensiones épicas muy emocionantes. El principal problema viene cuando te olvidas de soñar con otra cosa. Mi hijo que ya tiene veintitrés años, procuro que periódicamente salga que valore lo que es andar con tranquilidad en la calle.

-Colombia, con todo no es una sociedad feudal y violenta según su criterio. ¿Cómo es eso?
-Para dar un ejemplo concreto, tomemos un capo de la droga de los de antes, porque los actuales ya están incorporados al capital financiero y eso ya es una mafia de cuello blanco, muy bien recibida por el resto de la humanidad. Pero tomemos a un Pablo Escobar y toda esa mafia plebeya que además está en el telón de fondo de mi novela. La historia en primer plano es una historia de amor y locura, pero en el trasfondo está esa Colombia de los años ochenta dominada por capos de la droga como Pablo Escobar. Por un lado tienes un señor feudal con modales campesinos, que ama a los animales, tiene zoológicos, caballos, pero al mismo tiempo está absolutamente al tanto de lo que ocurre en el mundo de las comunicaciones, se maneja a través de satélites y está conectado con el mundo de las finanzas internacionales, sus operaciones las hace en Panamá, Suiza y los grandes paraísos fiscales. Es decir, en la figura de un mismo narcotraficante tienes al señor feudal y al producto del capital financiero.

-Entiendo que usted sufrió una amenaza de muerte y tuvo que exiliarse en México y España.
-Si, pero no tuvo mayor importancia frente a la realidad de otros colombianos. Esas amenazas me las hicieron después de participar en la comisión de paz que negoció con el M 19 y otros grupos guerrilleros, en 1983. En determinado momento cuando se puso muy complicada la cosa y quedó claro que me podían matar, a mi me pareció una bobada. Hay un dicho de un escritor colombiano, Alvaro Cepeda Zamudio, que dice: el que se murió se jodió. Y finalmente es una buena máxima. En ese momento yo estaba muy interesada en seguir en el juego político porque la negociación, a pesar de que había pasado por algunos baños de sangre espantosos, estaba encaminada. Era una jugada torpe dejarme matar y decidí irme para afuera. Desde el exterior entré a militar en el M 19 desde esa perspectiva de legalizar al grupo y entregar las armas. La ventaja es que en Colombia las guerras empiezan y acaban rapidito y cuando quieres acordarte ya estás metida en otro conflicto y ya nadie se acuerda de ti y de porque ayer te querían matar por el centro ahora está focalizado en otra cuestión. Cuando me di cuenta que la mía había pasado, pues decidí volver porque todos estaban ya en otra guerra y ya nadie se acordaba de cuales habían sido mis pecados.

-Suele decirse que una sociedad en decadencia produce momentos de esplendor cultural. ¿Hay algo de eso en Colombia?
-Creo que tendría ciertos reparos en decir que Colombia es una sociedad en decadencia. Es una sociedad muy activa y de vanguardia en muchos aspectos. Es algo hecho con la democracia. Hay un espíritu fundacional. Es un país que se está reinventando a si mismo. Y eso es espléndido. Es una de las razones que tengo para vivir allá. Y eso una razón para que los colombianos hagan lo indecible para no tenerse que ir. Si tienes en cuenta la magnitud de la violencia, el éxodo colombiano es relativamente pequeño, porque es apasionante vivir allá. Siempre digo que Colombia es un país que se desploma todas las noches y lo reinventamos todas las mañanas. Eso explica el nivel de creatividad tan desaforado que hay. Si se piensa en un evento anual como el festival de poesía de Medellín, el más grande del mundo, te das cuenta de lo que digo. Hans Magnus Ensenzberg, el poeta alemán, decía que era el único sitio del mundo dónde a él lo trataban como a una estrella de rock. Porque para oír recitar a esos poetas en Medellín asisten dos o tres mil personas. A veces los recitales son en el propio idioma del autor y la gente ni siquiera entiende. En Colombia suele decirse que el que no es poeta, es novelista y el que no es novelista es pintor. En el instituto de cultura que dirijo, los siete millones de colombianos traen sus producciones, su cuadrito pintado, su poema. Esa creación viene de las ganas de vivir. En Colombia en medio de las balas cruzadas, hay pueblitos mínimos perdidos en la espesura de la selva que se declaran territorios de paz, a si mismos. Y se pronuncian en contra la guerrilla, de los paramilitares, de los militares, de cualquier cosa que tenga que ver con la guerra y las armas. De allí sale un ansia de vivir.