Fugarse de la muerte
Laura Fuentes Belgrave
laurafuentes@clubdelibros.com
Si la vida de una
poeta se abriera en gajos de mandarina cuyo centro fuera un poema, nadie se
arrepentiría de pelar la fruta. Y es que el arrepentimiento quizás
sea la mejor excusa para volver a Julieta Dobles, para retomar el sabor de unos
versos escritos a deshoras, a sabiendas de que los no dichos del discurso, vuelven
como la lluvia pertinaz a mojar las páginas de su último libro:
"Poemas para arrepentidos", publicado este año por la Editorial
de la Universidad Estatal a Distancia (EUNED).
El título del libro es una gran mentira, porque de arrepentimiento en
arrepentimiento la poeta engarza lo vivido y lo palpado, donde no hay lamento,
sino explosiva entrega, quizás algún sinsabor malherido, pero
nada en estas líneas indica pesar por la existencia.
Inicia así
con su Primera Fuga, donde repasa aquellas sensaciones esperadas del relámpago,
la tiniebla y la llamarada, para confesarnos que se arrepiente de arrepentirse,
y es entonces cuando arriban la muerte, los hijos y esa agria escama de la nada
que se abre en toda vida, el dolor de la soledad a la espera de encontrar un
escondite donde ocultar el llanto, el amor que es olvido, pero también
bosque y humus creciente, a la expectativa.
Este escape la lleva -¿adónde más sino?- a la infancia
y su color de crepúsculo, al refugio primigenio donde la belleza conquistó
su pluma, el cual le permite volver al juego, quizás alrededor de un
antiguo Higuerón cuyas profundas raíces aún conserva intactas
en la memoria.
Emprende fortalecida su Segunda Fuga, donde lo añorado y el presente
la embargan, y mujer atalaya, pero también mujer paloma exclama:
"Dios mío,
qué reto es el vivir
manteniéndose entera,
qué desafío es el darse
sin diluirse en los otros,
qué acto de magia se hace imprescindible
ante el amor y su tributo antiguo,
cuando el alma quisiera ensimismarse
en sus tenues ropajes,
y cantar, sin orillas, libremente,
una canción de mares transparentes y salvos.
Y volar, volar detrás de las palomas
y de las golondrinas afiladas,
más allá de sus altos refugios,
al otro lado de la tierra, donde tiene
mi manantial su nacimiento,
y otros montes recogen
la curva de la tarde,
y otra lluvia, más amada y sonora,
salpica con sus tenues diamantes toda el alma".
No obstante, la
fuga duele, y la poeta pena en el desarraigo que le produce ese exilio forzado,
esa angustia de saberse lejana a su mundo arrebatado, violentado por la espera
inocua en noches de insomnio que se alargan en años, que sin embargo,
le otorgan fuerza de savia perenne para asegurar su regreso al destino anhelado.
Y estalla de gozo, porque recuerda su fuga, abre las ventanas del corazón
a la música que nace dentro de sí, de la otra, la que todavía
respira el aire de tierra con olor a cebollas, descubre sus voces latentes en
el temido abismo, desafía el vértigo y renace la mujer que se
subleva y no claudica hasta volver.
Sobrevive, ya libre de toda atadura, y desnuda, como si estuviera en el principio
de todo, pero con la libertad de una viajera azul que conserva su memoria, se
enfrenta de nuevo a la vida para no albergar más arrepentimientos, porque
de todos ha huido para encontrarse a ella misma de nuevo.
"Rompo
en esos instantes
la cadena de siempres y de nuncas,
el terror, el silencio, y el olvido,
y me lanzo en la busca de mí misma,
perdida allá en la infancia,
cuando el goce de conocerse
era total y entero,
poderosa ante el mundo
que me veía nacer, repetida hasta el alba,
flor de mí misma bajo viejos soles
que se renuevan, limpios, con cada nacimiento".
El libro "Poemas para arrepentidos", no deberían leerlo aquellas personas que han deplorado sus vidas hasta la saciedad, sino aquellas que han vivido el tiempo transcurrido entre uno de sus nacimientos y el próximo que llegará, donde la muerte es espera y renovación, pero no final.