"...Que me permitan servirla (a Costa Rica) como hijo"
Martí, hermano adoptivoManuel Delgado
Dos veces estuvo José Martí en Costa Rica, ambas con el fin de organizar la nueva guerra de independencia de Cuba. En concreto, Martí debía resolver en este país un problema crucial: la unidad con el Titán de Bronce, Antonio Maceo, héroe de la guerra de los diez años (1868-1878), inteligentísimo y valeroso líder los viejos luchadores, con la nueva generación reunida en el Partido Revolucionario Cubano.
Maceo había venido a Costa Rica con un puñado de cubanos como exiliado, y había recibido el apoyo directamente del Congreso de la República. Se le concedieron tierras en Guanacaste, y hacia allá partieron los hacendosos excombatientes y sus familias para fundar la hacienda La Mansión, hoy conocida simplemente como Mansión
El Apóstol, con sus 40 años, era ya el hombre maduro, el líder blanco (hijo de españoles, para más señas) representante de la nueva intelectualidad cubana, poeta insigne (que había anunciado, aún antes que Darío, el nacimiento del modernismo, que más bien debió haberse llamado "latinoamericanismo"); periodista, escritor, líder carismático que agregaba al arrojo mambí su visión política y su capacidad de unir al cubano dentro y fuera de la isla.
Vino Martí a sellar con su don de líder la unidad de dos generaciones de luchadores y de dos razas ("raza", ese término hoy lanzado, dichosamente, al olvido, era común en aquellos años. ¡Cuántas páginas dedicó Martí a la lucha contra el racismo. Valga sólo recordar aquella frase suya segúna la cual "hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro. Cubano es más que blanco, más que mulato, más que negro"!). Maceo era mulato, y su presencia en la guerra no solo hacía temblar al colonislista, sino que además era la única llave para involucrar en la lucha a las masas negras, fuerza principal del combate.
"Hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro"En su primera visita (1893) lo recibieron en Costa Rica su maestro Antonio Zambrana, separado de Martí por la polémica entre "autonomismo" e "independentismo" (de más está decir que Martí rechazaba cualquier "autonomía" y exigía la plena independencia de Cuba) y un grupo de intelectuales ticos, discípulos de aquel, entre los que descollaba el periodista y abogado Pío Víquez.
Aquí proclamó discursos, tuvo encuentros (entre ellos, uno con miembros de la Logia Masónica; Martí era masón), recitó poemas y, sobre todo, hermanó con Maceo.
De aquella primera visita quedan una maravillosa página, tejida con filigrana de oro, acerca de aquella bella capital que entonces enorgullecía al país. Domingo en San José, se llama esa pequeña joya, que describe en rápidas pinceladas la visión del visitantes desde el balcón del Gran Hotel, "frente al Palacio de Gobierno, pintado de amarillo claro..."
"Un sol suave y alegre bañaba la ciudad --cuenta Martí--, y del silencio de las seis, que era como un flor de oro, iba saliendo el peón pobre y descalzo, con el chiste seco y la castiza conversación, que va alternando con los porteros que abren; el señor domingón, todo él negro y gris, con bombín filipino, y el bastón de caña y hueso, el oficial de bocamangas sangrientas, pulcro y pechudo; la paseadora de la mañana, con su saya de seda, el despacioso botín, por los hombros el pañolón amarillo y azul, con los flecos que barren, y en la cabellera suelta y ondeada un lazo de cinta; y la indiecita ostentosa, que va comiéndose la tierra, oronda en su saya blanca y su reboso de fresa escachada, y detrás de ella, y como ella descalzas, las tres o cuatro chacalinas, como mujeres en miniatura."
"De las gracias del mundo, Costa Rica es una"¡Cuánta dulzura, cuánta amorosa atención al peón, a la india...!
Poco después Martí publicó en Nueva York un artículo sobre Antonio Maceo. Allí se refiere a Costa Rica con palabras llenas de gratitud y encanto que asoman no solo la mirada acuciosa, sino además ese algo de profeta que envolvía como un aura todo cuanto tocaba su inteligencia. Solo anlgunas frases:
"Como un himno es la república, y cada hijo lleva la azada al hombro... De las gracias del mundo, Costa Rica es una, con su rocío de ciudades por el valle ameno, cada cual como mosaico en joya, y en la serena población la vida fuerte, con hijo de médico o de juez, y su raíz en el campo, como todo hombre que quiere ser libre, y el padre al pie de las matas, buscándole al café la flor, o de peón con el cinto plateado, detrás de las carretas."
Líneas más abajo, Martí compara al país con un ser vivo que aún se encuentra en el capullo o en el huevo: "La cáscara aún la oprime, pero ya aquello es república".
Viajero humilde y silenciosoPero quizá la más valiosa página de aquella primera visita de 1893 sea la carta enviada, a través de la persona de Pío Víquez, a todos los costarricenses.
"Yo no puedo decir con palabras, vestidura tantas veces del interés y la lisonja, el tierno agradecimiento con que recordaré siempre la bondad con que Costa Rica ha premiado en mí, viajero humilde y silencioso, el amor y la vigilancia con que los americanos.. hemos de mantener a esta América nuestra... en los instantes en que por sus propias puertas muda de lugar el mundo."
"Yo no puedo decir con palabras, vestidura tantas veces del interés y la lisonja, el tierno agradecimiento con que recordaré siempre la bondad con que Costa Rica ha premiado en mí, viajero humilde y silencioso, el amor y la vigilancia con que los americanos.. hemos de mantener a esta América nuestra... en los instantes en que por sus propias puertas muda de lugar el mundo."Y agrega: "Sólo de un modo puedo responder a esta merced grande: y es pedir a usted y a mis amigos de Costa Rica que me permitan servirla como hijo."
El segundo viaje de Martí se realizó un año después. Fue mucho más discreto. Martí venía justo a ultimar detalles de lo que sería su gran obra: la invasión a Cuba. La tarea era poner de acuerdo a Maceo y los demás cubanos para que organizaran su traslado a la isla.
Martí entró por el Caribe y salió por Puntarenas. Un atraso en la embarcación que lo iba a sacar del país le obliga a permanecer varios días en ese puerto. Allí es testigo de un baile nocturno, inmortalizado en su página La parranda.
"Habla el cielo, de puro estrellado, y en el hotel de Puntarenas no hay ya quien traiga una pipa, como por allí llaman al coco de agua... A la parranda se ha ido todo el hotel: a la marimba libre, que a las siete empezó, y va a durar hasta las doce".Luego describe-- ¡él, un cubano!-- el baile, al son de la marimba y el violín, con sus parejas que vienen y se encuentran, se separan, se persiguen... "Al rematar el baile, se desvanecen por los bancos, como retazos de nubes".
Pocas son las referencias de Martí a Costa Rica, pero todas de una gran veneración y cariño.
En sus Apuntes de viaje llama a Costa Rica "tan pequeña y tan hermosa".
En un artículo del Harper's Monthly de 1887, llama al país "industriosísima colmena", y señala que "inspira cariño por la cordialidad de sus habitantes, los 'hermaniticos', como en Centro América los llaman, y respeto por su laboriosidad e industria".
Haciendo un balance de la Conferencia Panamericana de Washington, dice el 31 de marzo de 1890:
"La misma Costa Rica, pequeña como una esmeralda, se levanta y dice:... Pequeño es mi país, pero pequeño como es, hemos hecho más, si bien se mira, que los Estados Unidos".
Pero esa admiración no es ni fanática ni cándida. En los citados Apuntes se burla sarcásticamente del presidente Tomás Guardia. Mente sagaz y sin prejuicios, profiere frases del demócrata que no entiende cómo ese dictadorzuelo pudo tomar las riendas del país.
El paso de Martí por Costa Rica fue de una importancia vital para la historia de Cuba y por ende para la historia latinoamericana. Aquí, en este país, selló la alianza que habría de llevar a Maceo, un año más tarde, de nuevo a la manigua. Hacia allá fue el Titán de Bronce al encuentro con la historia y la inmortalidad, cuando cayó en combate antes de ver concluida su obra."Costa Rica, afirma Martí, era un país muy feliz y ya no lo es tanto hoy que el régimen personal y audaz de un hombre que está convencido de que nadie en su pueblo tiene ni la fuerza y ni intención de quitarle el poder. Guardia supo, cuando aspiró al poder, meterse en una carreta llena de yerba, deslizarse así al patio del castillo de la guardia, ponerse en contacto con los partidarios que le acompañaban en la aventura, y hacerse dueño del castillo. Asaltado de ese modo, pero entregado a ese placer, fiado en su estrella, seguro de no haber (ininteligible)... se descuidó de aprovechar la riqueza de esas hermosas tierras,--donde no había antes hombre pobre, porque el más pobre tenía su patio lleno de matas de café, que al final de la cosecha vendía muy fácilmente y bien pagado."
El paso de Martí por Costa Rica fue de una importancia vital para la historia de Cuba y por ende para la historia latinoamericana. Aquí, en este país, selló la alianza que habría de llevar a Maceo, un año más tarde, de nuevo a la manigua. Hacia allá fue el Titán de Bronce al encuentro con la historia y la inmortalidad, cuando cayó en combate antes de ver concluida su obra.
Y hacia allá fue también Martí, al encuentro con su destino, con la muerte que él sin duda siempre quiso: no en un frío hospital ni en un florido asilo de ancianos, sino en el campo de batalla.
Pero la muerte del Apóstol encierra una ironía que debe ser motivo de moditación. Martí introduce un cambio visionario sin precedentes en la historia de la filosofía política, y ese cambio consiste en concebir la fuerza militar como subordinada a la parte civil y, en consecuencia, al partido como guía de la acción revolucionaria.
El había vivido en muchos países de América Latina y se había percatado de la terrible herencia de la guerra independentista, que dejó como secuela una interminable cadena de gobiernos militares. Contra eso alertó, de manera expresa, muchas veces.
Pero Martí fue víctima de su propia consecuencia. Aquel hombre blanco, culto y refinado, habanero (siempre la revolución había tenido a Santiago como cuna), intelectual y poeta para peores, necesitaba granjearse el respeto de los militares, heroicos sin duda, pero aún cortados según los viejos patrones. Aunque no era militar (visto cien años y pico después, hay que decir con toda claridad que no necesitaba serlo), él sabía que debía tomar las armas para ganar incluso su derecho a hablar.
Así lo dice en su carta a Manuel Mercado, escrita horas antes de su muerte:
"Ya puedo escribir... ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber... de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso."
Sobran más palabras.