En memoria de José Marín Cañas: Somos cadáveres esperando la muerte de nosotros mismos

Por Gilberto LOPES

Vivir no es un ejercicio aislado, sino un movimiento en función de los demás, dijo Arnáez, con un pie ya puesto en el patíbulo. Extraño personaje, ese Marín Cañas. Empezamos a acordarnos de él cuando parece que se nos va perdiendo en el olvido. Este año es el centenario de su nacimiento; ya son pocos los que recuerdan su tono cascarrabias, su aire algo pedante; su irritante posición, tan conservadora, su apoyo al detestable régimen de Franco. Queda lo demás; suficiente para permitirnos trazar la huella de ese personaje odioso, tan buen escritor. Lo primero es destacar lo añoso de la propuesta, fuera de moda: vivir no es sino un movimiento en función de los demás. Todo se hace más fácil a partir de esta llamada de atención, aunque no agota el debate. Hay que rastrear en su obra el resto del personaje. Me preguntaba, mientras leía, ¿cuál era la mejor? Pensaba sólo en dos: El Infierno Verde y Pedro Arnáez. ¿Cómo decidir, o –más bien- cómo justificar cualquier decisión? La muerte Marín Cañas nos sugiere un camino. Se trata del tema de la muerte, tratado en dos vertientes. La primera es más concreta, como en Coto, ese relato breve sobre la guerra contra Panamá. “La vista del cadáver de Herrera me dio de nuevo la sensación de algo real. Una cosa tangible, una tragedia concreta me rodeaba”.

El combate había terminado en derrota: 16 muertos entre la tropa costarricense. En El Infierno Verde, como historia de guerra que es, también está esa versión de la muerte. Pero no es la única. No se trata allí solo de lo concreto de la muerte, de sus formas, del morir picado por una coral, o como consecuencia de la metralla de la aviación boliviana. Ahí está también otra versión: la de la muerte como condición de la vida, como reflexión filosófica. Esa muerte más concreta ha sido apenas un escenario, le da tensión dramática a la obra. En El Infierno Verde es así. –Nos ponemos de pie y avanzamos. La muerte nos escolta, La muerte, con mil formas grotescas; una muerte indigna, sucia, grotesca.

Más al principio, cuando decide enrolarse, el hijo del estanciero, personaje anónimo que narra la historia de la Guerra del Chaco, contada en El Infierno Verde, se pregunta: ¿Iba a la muerte? ¿Qué me esperaba en el Chaco? Y explica: “iba a la desolación, pero detrás dejaba también una desolación. Iba a la tragedia; pero en la ciudad estaba el vivir mediocre”.

El tema ya no lo dejará nunca Marín Cañas, en sus novelas. “La presencia concreta de la Muerte (la mayúscula es del autor) alivia un poco el desasosiego de las turbas”.

Ya van en camino. Después, cuando le toca matar, mirando los ojos fijos y vacíos del indio, vuelve a pensar en la vida. Para eso he cumplido 30 años, dice. ¿Qué esperaban de mi, mi abuelo y mi padre? Estoy matando. La amarga reflexión concluye con la frase: “somos cadáveres esperando la muerte de nosotros mismos”.

Lo esencial, en la vida y en la trinchera, es la espera. Esperar, esperar, esperar la muerte de nosotros mismos. Es una visión de la vida, una propuesta. La encontramos reiterada en la obra de Marín Cañas. Pero me parece que es en Pedro Arnáez donde el tema toma dimensiones más profundas. En primer lugar, porque la historia se cuenta con un pie en el patíbulo. Arnáez está preso y condenado. Y cuenta. Si en El Infierno Verde el narrador nos sugiere que la vida es esperar y morir, aquí cambia apenas el escenario, cuando Arnáez le dice: “llover y morir”, mirando por la ventana que da al bananal. Era el primer encuentro entre los dos. Dos más iban a suceder, los tres marcados por la muerte. El primero, en Guápiles. Iba el doctor hacia la costa, recién llegado de Europa, a combatir el paludismo. Y dice: -la costa atlántica tenía el encanto terrible de lo orlado por la muerte.

Pero no; la muerte como obsesión: ese es el encanto de la obra de Marín Cañas. Ahí nos da la clave. Lo aclara en el diálogo que sigue. Los peones de las fincas gastan la plata: en tragos y los dados. - Si la cantina no existiera el dinero podría serles de provecho, le dice el doctor. E insiste: - Yo quitaría la cantina; el licor los embrutece, el juego los hace esclavos. - Con cantina o sin cantina no tienen redención. - ¿Qué los esclaviza? La respuesta llena la escena de luz: - Los desasosiega la muerte.

Lo mismo que a usted, lo mismo que a mí. Llover y morirse: no hay nada más. Nada más cercano a la idea de esperar que ver llover: esperar y morir, era el camino en El Infierno Verde. Pedro Arnáez es un recorrido por la vida, un viaje. Distinto, de cierto modo, al del soldado en el Chaco. Pero quizás no tanto, si vemos ambos como caminos distintos del mismo viaje por la vida. En Pedro Arnáez la propuesta es más clara. - Todo ha envejecido, no se por qué se obstinan en darle eternidad a una construcción humana… El debate es sobre la cultura y no es difícil imaginarse al propio Marín Cañas detrás del personaje, tratando de dilucidar sus propias dudas. La cultura que se desmorona al paso de lo bárbaro. El razonamiento es sencillo: lo bárbaro es joven y solamente lo joven tiene vitalidad; y la conclusión, lógica: en la muerte está el secreto renovador. Eso es lo que nos desasosiega.

Así transcurrió el primer encuentro. En el segundo, la muerte asumió un contorno más concreto, aunque debemos volver un momento hacia atrás. A Pedro Arnáez, un muchacho de 15 años, lo pone en movimiento la muerte de su padre, pescador. Ahí comienza su historia. Es cierto que el relato introduce otros temas que inquietaban al autor: el debate social, su crítica del marxismo, pero son apenas atajos, que lo vuelven a conducir al cauce principal. En alguno de esos atajos afirma: “había que conservar la democracia porque era la que nos daba libertad”.

Pero no nos vamos a desviar por esos caminos. El segundo encuentro se da precisamente en una escena que da vida a ese secreto renovador, del que nos habló hace poco. Arnáez está intranquilo. El hijo está colocado transversalmente, el parto será difícil. Y cuando Arnáez oye que su hijo ha nacido, comprende también que la madre ha muerto. No había más allá; todo terminaba allí, asegura. Pero hay una forma de vencer a la muerte, de hacernos casi inmortales: que otro siga con lo que fue nuestro, con nuestro corazón, con nuestros sentimientos. El escenario cambia entonces, bruscamente. Arnáez se ha ido y Marín Cañas busca, nuevamente, otro conflicto de su época para continuar la historia. Coto es la guerra con Panamá, el 21. El Infierno Verde, la del Chaco, el 32. Arnáez reaparece ahora en El Salvador, en vísperas de la rebelión indígena y campesina, también del 32. Ahí será el tercer encuentro. La muerte toma, aquí, de nuevo, su dimensión trágica pero más concreta. Arnáez tiene ya 50 años. Cuando huye, herido, se entera de que su hijo también lo está. Y vuelve para encontrarse, por última vez, con el doctor, el mismo que había traído al mundo a ese hijo, 12 años atrás. Aquel hermoso muchacho era el continuador de su unidad, por encima de la muerte, piensa el médico, momentos antes de operarlo. Y después, cuando le dice que su hijo se salva, oye a Arnáez, que lo abraza, susurar: - llover y morirse. Falta poco para que lo fusilen y ya es tarde. Es ahí cuando afirma: “vivir no es un ejercicio aislado, sino un movimiento en función de los demás. Debí aprender esto siendo joven y lo vengo a entender cuando ya las cosas no tienen remedio”.

Los atajos

Desde luego, la obra de Marín Cañas no se agota aquí. Si hemos elegido un camino, no hay por qué apartarse. Pero señalemos otras pistas. Ya hemos hablado de los escenarios de guerra en los que sitúa sus obras. Algo se ha destacado también sobre su manera de contar. Alberto Cañas, uno de los que más saben de eso, ya dijo que cuando llegue el momento de la revisión, quedará fijado su papel renovador de la literatura costarricense.

Escribió como nadie había escrito aquí. Tiene razón, enterró el costumbrismo. De eso se ha hablado demasiado poco y debería ser tema de su centenario, que se cumple el año próximo. ¿Por qué no dedicarle una cátedra a ese hombre que escribió, por los años 30: “allá por los hierbales que estaban por donde el cielo bajero unta las montañas de azulidad”? Nadie escribía así, y quizás tampoco se exploró todo lo que ese camino podía dar a la literatura costarricense. Pero hay más. Marín Cañas habla de política, discute las ideas de su tiempo, debate sobre el marxismo, insiste de tal manera que llega a quebrar el ritmo de la novela. El Infierno Verde le sirve a ese hombre, tan reaccionario, para insistir en el papel miserable de la Standard Oil en la guerra del Chaco; y la rebelión en El Salvador, para criticar el “terraje”, ese pago al hacendado que a veces no le dejaba al campesino para comer. Pero esos son otros atajos por los que nos conduce ese hombre hosco, que alejó de su obra a muchos que lo conocieron. Nosotros, que no lo conocimos, hemos vuelto a encontrarlo, mientras vemos llover y esperamos.