Kertész: Europa después del muro

Manuel Delgado


Un vicio que carcome a Europa es su provincianismo.

Es una forma de provincianismo que consiste en creer que el mundo concluye en el Mediterráneo y los Pirineos o, incluso, en ni quiera pensar en eso. Es un provincianismo que se hace en nombre del universalismo (globalización, se dice ahora) y que conduce solo a una visión abstraccionista, según la cual después de mí, el diluvio.

El valor del tomo de ensayos de Imre Kertész, Premio Nobel de Literatura 2002, titulado Un instante de silencio en el paredón. El holocausto como cultura, es que nos permite ver esas deficiencias del europeo medio de hoy. Tiene la virtud de permitirnos jugar a psicólogos, y ver tras sus hechos (es decir, sus palabras) una realidad que ellos mismos no pueden o no quieren ver. Si el niño se porta mal, ¿qué clase de traumas lo impulsan? ¿Qué experiencias funestan delata su comportamiento?

Más que un protagonista, el autor es una víctima de una Europa que inició la última guerra mundial (la anterior también, y quizá la trasanterior y la de más atrás), que inició y enterró (al menos así lo cree) el comunismo, y que fue cuna de ese sello imborrable que se llama holocausto. Fue también la cuna de todas las utopías, que nos vienen resonando desde el Renacimiento, pasando pro la Revolución Francesa y la Comuna de París. Un mundo agotado, que después de ganar todas las guerras que ella misma inició, muestra una humanidad cansada.

Kertész lo dice que una sola frase: "Aquí estamos ahora, triunfantes, vacíos, cansados, desilucionados".

No se atreve a decirlo, ni siquiera a pensarlo, con radicalidad, pero él encuentra, al cabo del tiempo, o más aún, cuando el tiempo se ha agotado y la historia comienza su post-historia, no más que un mundo de desilusión: "Ahora que ha madurado el fruto de cuarenta años de lucha y el segundo imperio totalitario también ha caído, el sentimiento predominante es de derrumbamiento, de apatía, de impotencia. Como si la náusea de una resaca recorriera Europa, como si hubiera despertado una mañana gris constatando que en en lugar de dos mundos posibles de pronto solo le queda un único mundo real, el mundo triunfante del economicismo, del capitalismo, de la pragmática ausencia de ideales, carente de alternativa y, en todo caso, de trascendencia, desde la cual ya no hay camino alguno hacia la tierra, según se mire, maldita o prometida".

Trágica confesión de un anticomunista.

Kertész aclara que antes, durante el régimen "soviético", existía al menos el ideal de la lucha por la libertad. De pronto la ansiada libertad impone su rostro verdadero, este que tiene tan poco de humano. La utopía ha terminado, y con ella ha terminado la única vida que merece tal nombre.

Esta constatación es, más que otra cosa, un sentimiento. Kertész es un doble reprimido, un doble exiliado, y busca en la otra mitad suya, su condición de judío, explicación a esa totalidad perdida. El holocausto no es un hecho, ni siquiera una tragedia: es una cultura, con la que Europa sella su propio bautismo. Enfrentarla en esa realidad es el único principio de la redención.

¿Por qué es esa la verdadera realidad oculta de Europa? Posiblemente habría que ser judío para entenderla a cabalidad. Y más aún, ¿por qué Europa, pese a todo lo que se ha dicho y escrito, sigue sin comprenderlo? Kertész ensaya una respuesta, pero ella es débil e insuficiente. Por último termina predicando como un pastor de tercera que da consejos morales allí donde lo que se requiere son respuestas trascendentes.

Es quizá en el provincianismo mencionado arriba donde estriba la llave para comprender las insuficiencias de la visión. Lo que el autor no parece mirar es que ese holocausto que mandó a la muerte a diez millones de judíos, es solo uno de los muchos que ha protagonizado su continente. (Por cierto, no dice nada de los 40 millones de rusos muertos en la guerra, para no citar las demás nacionalidades).

¿O es que tenemos que olvidar los 30 millones de indígenas y otros tantos millones de africanos sacrificados para que Kertész hable hoy desde esa plataforma de riqueza y poder que se llama Europa?

Kertész no menciona este hecho. No menciona tampoco que Hungría fue parte de los dos imperios que iniciaron las dos últimas guerras mundiales. Comprender este hecho le haría mirar con otros ojos el holocausto y por tanto a Europa.

Al igual que él, todos nos sentimos vacíos, cansados, desilucionados. A diferencia de él, no todos nos sentimos triunfantes. Y la diferencia está en que Europa hizo la historia, y nosotros simplemente la sufrimos.

Una respuesta y una salida podrían surgir de una unidad de ambos sentimientos, de un verdadero universalismo, que le permita a este y sus compañeros de continente comprender que más allá de las columnas de Hércules hay todo un mundo que conocer.

Cada vez que uno lee algo nuevo de Imre Kertész se le confirma la certidumbre de no saber por qué fue premiado como Nobel el año pasado. (A no ser por la sospecha de que el Nobel es un premio para europeos, con algunas excepciones que lo legitiman). Por doquier encuentro cosas más interesantes que leer.

Como novelista, ya habíamos dicho en otra parte que es un autor que por todo lado asoma sus deficiencias. Para decirlo con claridad, es un novelista mediocre. Como ensayista, a la par de Ernesto Sábato, por ejemplo, es un pigmeo.

Cada escritor habla para su entorno. ¿Qué si no? Pero al hacerlo hace universalidad. Así sucede con Susan Sontag, con Alejo Carpentier o con Antonio Buero Vallejo, ninguno de ellos, por cierto, premiados con el Nobel. Pero los europeos parece que más y más se han quedado hablando con los europeos, por más que quieran apoderarse del término universalidad.