Ninguna revolución es tiempo perdido

Laura Fuentes Belgrave
laurafuentes@clubdelibros.com

El tercer tomo de las memorias de Ernesto Cardenal, conocido poeta, sacerdote y exministro de cultura durante el gobierno sandinista en Nicaragua, lleva por título: “La Revolución Perdida”, no obstante al llegar al final del libro, queda la sensación de que la lucha y la experiencia ganadas por el pueblo nicaragüense no se perdieron.
A lo largo del grueso volumen conformado por 17 capítulos, y publicado por Anama Ediciones, el autor narra los pormenores del descontento popular generado por la implacable dictadura de la familia Somoza que reinó en Nicaragua desde 1937, con el apoyo y financiamiento de los Estados Unidos, la cual comenzó a resquebrajarse cuando el pueblo ya no pudo soportar más la explotación socio-económica, física y psicológica de tantos años.
Los nicaraguenses reaccionaron para liberarse en forma armada del sistema abusivo que los constreñía. Cardenal narra la conformación del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), integrado por profesionales e intelectuales inspirados en la figura de Augusto César Sandino, asesinado precisamente por las ideas que propagaba.

Su vida

El también escultor es natural de Granada, a 45 kilómetros al sur de Managua. Nació en 1925 y en la actualidad se ubica entre las figuras cumbres de la llamada corriente de la poesía del exteriorismo.

Para los estudiosos de la poesía nicaragüense el inicio y fin de la revolución sandinista, creó una atmósfera especial para la literatura. Y es en la década del 80 cuando nace la escuela exteriorista que tuvo como poeta paradigmático y guía a Cardenal.

Esta línea retomó la idea de la vanguardia nicaragüense de que una literatura de identidad nacional debía tener como base elementos del habla, además inclinada a una corriente ideológica de izquierda promovía la idea del compromiso político.

El intelectual, que no se aparta de sus sandalias, boina negra y pantalón azulón -jean-, tomó los hábitos a los 31 años en el monasterio trapense de Getsemaní, en Kentucky, Estados Unidos.

En su creación sobresalen Epigramas (1961), Oración por Marilyn Monroe (1965), Homenaje a los indios americanos (1969), Oráculo sobre Managua (1973), Canto Cósmico (1989), En Cuba (1970).

El poeta fue condecorado el pasado mes en la Mayor de las Antillas con la Orden José Martí, por su respaldo a la Revolución.

En esa ocasión dijo que la Isla el 'único país en rebeldía contra el imperialismo', pronosticando el nacimiento de una 'nueva revolución' a partir del movimiento antiglobalización contra el neoliberalismo.

Vislumbramos con esperanza, agregó, los albores de una nueva revolución que se viene levantando en toda la Tierra, los miles de jóvenes que protestan contra la guerra, el neoliberalismo y la globalización y anuncian que otro mundo es posible.

El pensamiento y las acciones del FSLN calan entre la población a tal punto, que el autor cuenta como desde los barrios más humildes, -especialmente Monimbó, que tiene un lugar fundamental en la historia contemporánea de Nicaragua- mujeres y hombres se arman con lo que pueden e inventan, contra los desmanes de la Guardia Nacional de Somoza, que generalmente no dejaba un latido vivo donde atacaba.
El poeta convertido en narrador, rescata la fortaleza del pueblo combatiente, así como historias y nombres que ahora pocos conocen; el de Carlos Fonseca Amador, convertido en mártir de la revolución, el de la Comandante Dora María Téllez que junto a Edén Pastora –en aquel tiempo no se había vuelto un “contra”- toman el Palacio Nacional en una arriesgada operación, el periodista Pedro Joaquín Chamorro, el oficial sublevado Adolfo Báez Bone, la guerrillera Claudia Chamorro, así como el jefe del primer contingente que intentó matar a Somoza: Pablo Leal, cuya lengua fue arrancada por Anastasio Somoza hijo, cuando una vez capturado se negó a hablar.
Por otro lado, aparecen también las historias de la gente anónima que entregó su vida a la insurrección, a sabiendas de que cada río de sangre que corría por la patria soñada y esperada por décadas, no sería en vano, había sido tanto el sufrimiento, que bien valía sacrificarse gozosamente por las generaciones que vinieran. Los muchachos y muchachas de Solentiname, Masaya, Diriamba, León, Jinotega, Granada y Matagalpa, entre otras localidades lucharon a brazo partido contra la dictadura, una de las características de la revolución nicaragüense fue la juventud de los insurgentes del FSLN, habían niños y niñas que combatían desde los 11 años, como fue el caso de Manuel de Jesús Rivera, apodado “La Mascota”, que comenzó siendo correo de los guerrilleros del Frente, y terminó jefeando un grupo de “chavalos” que detectaba las posiciones de la Guardia Nacional y los hostigaba con bombas de contacto. Finalmente, también fue asesinado por los soldados.
Cuenta el sacerdote que las madres de esos jóvenes a pesar del dolor de perder a sus hijos, se sentían orgullosas de que a tan corta edad ya tuvieran ese deseo de liberar a su país. El sandinismo se convirtió en el áncora de salvación de un pueblo consciente y desesperado. Sobre la palabra “sandinista” –actualmente descontextualizada por los procesos políticos que han tenido lugar en Nicaragua- pesan muchos estereotipos para las personas ajenas a esa revolución, no obstante, después de leer a Cardenal es fácil situarnos y comprender la importancia que tuvo en un tiempo histórico determinado, el ser sandinista, como una insignia de identidad patria.
Cuando finalmente llegó el triunfo de la revolución, el 19 de julio de 1979, ésta se anunció por Radio Sandino, que cubría toda Nicaragua e informaba a los guerrilleros mediante mensajes en clave, era una emisora clandestina que transmitía “desde un lugar en Nicaragua”, pero realmente estaba en Costa Rica, así como varios lugares para el refugio temporal de los guerrilleros y armas escondidas que muchos gobiernos y organizaciones donaron al FSLN.
La celebración de la revolución fue un verdadero éxtasis donde participaron miles de personas ondeando sus pañuelos y banderas rojinegros, una multitud que vitoreaba al Frente Sandinista y la junta de gobierno elegida para recuperar el control del país y sus recursos.
Como explica el poeta, quizás el aporte más importante de la revolución, una vez abolida la dictadura, fue sin duda el dar tierras a quiénes no las poseían, pero también el interés por incentivar la educación y la cultura autóctona de Nicaragua. A los 6 meses del triunfo comenzó la cruzada de alfabetización realizada por estudiantes de secundaria, que llegaron a las zonas más alejadas del país, para enseñar a leer y escribir a los campesinos, y cuando volvieron estaban tan impresionados por las condiciones de vida que habían compartido con ellos, que comprendieron que la revolución tenía mucho trabajo por delante y necesitaba voluntad y esfuerzo para cambiar las cosas.
Ernesto Cardenal, desde el Ministerio de Cultura, se preocupó por la promoción de las manifestaciones culturales nicaragüenses: lteratura, música, pintura, folklor, teatro, danza y artesanía tuvieron una eclosión extraordinaria durante los años que duró la revolución. Nicaragua, por fin había despertado de una larga pesadilla y sus creadores pusieron manos a la obra.
El autor del libro, no pasa por alto todas las críticas hechas a la revolución, -la mayoría sin conocimiento de causa- y la formación poco tiempo después de “La Contra”, movimiento armado y contrarevolucionario, financiado por el gobierno de Ronald Reagan para aterrorizar a los nicaragüenses y sacar al gobierno sandinista del poder –que posteriormente fue escogido por la población en las primeras elecciones libres que conocieron-.
Renombrados escritores e intelectuales extranjeros asistieron durante esos años de la utopía nicaragüense a brindarle apoyo moral al país, entre ellos; Julio Cortázar, Mario Benedetti, Claribel Alegría, Günter Grass, Allen Ginsberg, Graham Greene, Eduardo Galeano, Gabriel García Márquez, entre muchos más.
Una de las curiosidades de la revolución en Nicaragua, fue el carácter eminentemente cristiano que tuvo, donde se estimularon y respetaron las arraigadas creencias del pueblo, para muestra un botón: “Con Carlos y Sandino alfabetizaremos al obrero y al campesino. Si sos cristiano alfabetizá a tu hermano”, rezaba uno de los afiches de la revolución, que siempre tuvo muy claro el eje espiritual que la inspiraba, basado en la teología de la liberación.
Aún así, fue tanto el desgaste del pueblo en aquellos años de lucha contra “la contra” y la presión de Reagan, que al final, sucedió lo previsible, de nuevo en elecciones libres, perdió el FSLN y ganó Violeta Chamorro.
Luego llegaría la “piñata sandinista” ante el estupor de algunos líderes que no se enriquecieron a costa de los bienes del Estado, pero el mal estaba hecho, y la imagen del FSLN había comenzado a mancharse ante la opinión pública mundial.
No obstante, los logros de la revolución en la cultura y la educación nicaragüense, fueron fundamentales para un desarrollo que luego se estancó. La pobreza y la corrupción sigues reinando en Nicaragua, esperemos que tal vez como nos dice Cardenal: “Habrá más revoluciones. Pidamos a Dios que se haga su revolución así en la tierra como en el cielo”.

Este libro está a venta en Librería Internacional (2203015)