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Mes de diciembre, mes navideño, por eso cada semana compartiremos con ustedes cuentos sobre esta bella época del año. En esta edición un cuento de Carlos Rubio: Doña Ana y don Joaquín y un cuento de Navidad de Carmen Lyra.

Cuentos ticos de Navidad

Doña Ana y don Joaquín
Carlos Rubio, del Libro de la Navidad

Ellos se habían casado veinte años atrás. Sabios y bonachones eran doña Ana y don Joaquín. Todo el mundo los quería y nunca les faltaba techo, buen modo y por lo menos, una tacita de café para los que se arrimaran a su puerta.

La gente les saludaba cuando paseaban por las calles, ya fuera a pie o en carreta. Y aunque la pareja lo disimulaba, bien se sabía que doña Ana y don Joaquín repartían sus riquezas en tres partes iguales: una para quienes no tuvieran ni para comer, otra para sus servidores, y tan solo una tercera se la reservaban para ellos mismos. Como ven, no eran buchones ni agarrados, todo lo contrario, sonreían desprendidos y atentos por ayudar siempre al prójimo.

Tan solo había una situación que los entristecía: después de tantos años de matrimonio no lograban tener ni un hijo. Mucho le habían rogado al Supremo que les mandara un niño para chinear, y mirar crecer sano y fuerte. Pero nada. Pasaban los meses sin que la desdichada doña Ana sintiera en su estómago el golpecito leve de un bebé. Como ya estaban mayores, se habían hecho a la idea:

-Nunca vamos a escuchar el lloriqueo de un recién nacido en esta casa.

Así, la cuna permaneció vacía en un cuarto y, al final, la terminaron regalando a una pareja joven que pasaba por ahí. No quedaba esperanza. Ni modo, Dios les había deparado felicidad y riqueza, pero como que se había hecho el sordo cuando le hablaron de chupones y mantillas.

Para empeorar las cosas, don Joaquín, hombre bastante devoto, se dirigió una mañana al templo a rendir tributo al buen Dios. Y Rubén, el sacerdote, fue saliéndole con una conchada:

-¿Cómo se te ocurre, Joaquín, venir a la casa del Señor junto a todos los varones del pueblo? ¿Acaso no te das cuenta? ¡Nos hemos llenado de hijos! En cambio vos... tantos años casado y ni siquiera un carajillo que te ayude a arriar el ganado.

Don Joaquín se cubrió el rostro con el manto, muerto de vergüenza y salió corriendo, gradas abajo, sin que nadie lo viera. Cuando estaba en media calle se dijo a sí mismo:

-Ya se corrió la bola, ni un solo güila. ¡Qué tirada! No tengo cara para ir donde mi esposa. La verdad, no merezco mujer ni casa. ya sé, me voy a ir bien largo, donde nadie me pueda encontrar.

Y se fue huyendo por esos caminos, totalmente cubierto por su larga capa. Anduvo durante el día y la noche, hasta llegar a una de sus tantas fincas. Allí, se metió en un rancho, se hincó y rezó. Sus servidores estaban muy asustados porque el señor casi no comía y estaba poniéndose flaco como un macarrón, barbudo, canoso y dejado, como si quisiera dedicarse sólo a sufrir.

Y en la casa estaba doña Ana muerta del susto. Como en esos tiempos no había fax, ni teléfono, ni ninguno de los aparatos que usa la gente para llamarse cuando está lejos, la mujer no tenía la menor idea sobre dónde se encontraba su marido y los días pasaban lentamente por encima de ella, y nadie le daba noticia sobre su Joaquín. Y a la semana de no saber de él, le dio por pensar que se lo habían matado o estaría sufriendo alguna desgracia.

Y pasados algunos meses, se vistió de negro, como una viuda, y se asomó al jardín, que ya estaba seco y descolorido. Se sentó en una banca de piedara, con la nariz roja y los ojos aguados de tanto llorar y vio para el cielo. Fijó su vista en una rama de laurel, donde había un nido. Y en ese nido estaban una yigüirra y un yigüirro que les daban de comer a sus pichoncillos. Doña Ana se puso otra vez a moquear y exclamó:

No volveré a cantar sin hijo ni marido. Sola me voy a quedar a tejer mi destino.

Larga tela de la soledad, colores tristes y fríos, me sentaré a remendar en el sillón del olvido.

¿Dónde estás, mi Joaquín, en desierto destino, en una barca de mar o en la corriente del río?

Y la yigüirra así le contestó:

No llorés, doña Ana, vestite de amarillo. Tu esposo vendrá pronto con un ramo de lirios.

Y la señora se asustó de que la pajarilla le hablara. Se acercó un poco más y descubrió un ángel, con alas esponjosas y traje de organdí, sentado en la rama del laurel. Tan bonito estaba que cualquiera lo hubiera puesto en andas para llevarlo en procesión. Y el ángel le sonrió:

-No llorés, buena señora. Don Joaquín vendrá pronto. Tatica Dios, aunque no parezca, todo lo ve y lo escucha, y le ha puesto mucho cuidado a su oración. En nueve meses te nacerá una niña. Y será amada de generación en generación. Le pondrás por nombre María, y de feria, te regalará el mejor de los nietos.

Doña Ana se llevó las manos a la boca, pues no cabía de la contentera. Y se atrevió a preguntar:

-¿Ya lo sabe mi esposo?

Y el ángel batió sus alas y planeó por encima de ella:

-Anoche mismo lo visité y le dije que no fuera jupón, que se bañara y se arreglara como Dios manda y se viniera para acá.

Doña Ana, que no se cambiaba por nadie, se despidió con una oración y el ángel se llevó esas palabras, como si fueran mariposas entre sus manos. La mujer se perfumó, se puso su traje de fiesta y se encaminó de prisa hacia la puerta de oro.

Y allá, a lo lejos, en el caminillo blanco, vio venir a don Joaquín, como un ajito, con un ramo de lirios en la mano.

Todo el pueblo de Israel fue testigo y los esposos se encontraron con regocijo. Así lo cuentan desde hace mucho tiempo y, desde entonces, así está escrito.


Un cuento de Navidad
Carmen Lyra

Un cuento de Navidad?
Y el recuerdo del relato escuchado hace mucho tiempo, cuando yo era chiquillo, se desentumece en mi memoria.
Es una relación sencilla, tan sencilla como un trocito de muselina blanca, y no sé por qué, mi imaginación cree percibir la tristeza a través de su trama sin complicaciones, tan distintamente como vería la luna.
Quien la narrara me pareció -visto desde mis siete años- un hombre viejo, mas hoy desde mi sesenta me parece joven.
Fue en la sala de mi casa paterna, una víspera de Navidad. Cierro los ojos y la cabeza del narador inclinada con abatimiento surge de las sombras. Era un rostro moreno, pálido, de nariz aguileña, sonrisa sin alas y mirada triste. Sin duda era más joven que mi padre, sin embargo su cabello estana encanecido, mientras que el de aquél se conservaba negro.
Hablaba con acento suave y hondo.
Desde la profundidad en que yace esa ápoca lejana, sube la voz doliente en aquel hombre cuyo nombre he olvidado:
-Vivíamos en el campo, lejos del poblado.
Era el día de Navidad. En la tarde mis hermanitos y yo estuvimos con algunos amigos de la villa y nos confiamos emocionados nuestras ilusiones sobre las maravillas que el Niño-Dios nos dejaría bajo la almohada.
Al volver al hogar éramos como potranquillos en cuyas crines la Esperanza hubiese prendido su campanita de plata. La alegría que nos llenaba y que rebozaba por ojos y boca, lo iluminó todo y el hogar pobre y triste fue para nuestra fantasía un lugar resplandeciente y alborozado. No vimos abatido el rostro de nuestra madre, sino jubiloso, sus besos nos supieron a promesas de inefables dichas.
Al acostarnos, pedimos a Dios por el padre ausente y el vacío que él había dejado en el hogar no maltrató nuestros corazones como de costumbre. En el umbral de cada uno de nosotros, la ilusión velaba y su canción sin palabras ahuyentaba los Dolores. Cuando mi madre apagó la luz no lo echamos de ver: la visión del Niño-Dios con su saco repleto de juguetes, era un sol que nos deslumbraba.
Envidiamos a los chiquillos de la ciudad: a ellos les tocaría los mejores presentes, no cabía duda.
Me arrebujé bien y experimenté un gran bienestar entre mi lecho tibio, mientras fuera el viento fuerte de diciembre con sus crueles rachas de cilampa, pasaba azotando los árboles y estremeciendo la casa.
Mis hermanitos se durmieron. En la habitación contigua mi madre dejó de suspirar: seguramente el sueño también la había rendido.
Solo yo estaba en vigilia. Al aquietarse el viento, percibía la respiración acompasada de mis hermanitos y el ruido de un ratoncillo al roer la madera. Yo me preguntaba sino era dentro de mí en donde roía esa bestezuela traviesa e inquieta.
La impaciencia correteaba por mi cuerpo, cantaba y me hacía cosquillas.
Por las maderas entreabiertas de la ventana deslizó su silencioso encanto un rayo de luna. Entonces la idea del Niño Jesús en marcha por los caminos, con su preciosa carga a la espalda, se precisó en mí. Quizá en ese momento atravesaría el puente que hay entre el pueblo y nuesra casa. Tal vez habría puesto el saco en el parapeto oara descansar y estaría inclinado mirando correr las aguas plateadas y rumorosas. ¿No tendría miedo? ¿No lo llenarían de pavor las sombras que acechan de noche en los caminos?
¿Y qué nos traería? ¿Qué habría metido en su en su saco para mí? El escalofrío de la dicha que se acerca, recorrió mi piel.
De pronto me asaltó una idea egoísta: mi cama era la más alejada de la puerta, quedaba en el rincón más oscuro d ela pieza...Pudiera ser que el Niño entrara y dejara los mejores juguetes a mis hermanos y para mí sería el último, algo muy feo: un caballo cojo, una caja de música con la cuerda rota...También podríana contecer que no me viera o que cuando se diera cuenta de mí, ya no tuviese nada. Mejor sería ir a situarse en el corredor de la entrada.
Y la visión de Jesús, solito por los caminos, desafiando el frío y miedo ir a dejar juguetes a todos los niños, me dió ánimo.
Levánteme muy quedo, envuelto en las ropas de la cama; cargado con mi almohada, salí de la habitación sin que ni aun el cariño materno me sintiese y fui a acostarme en el corredor, atravesado en el umbral de la puerta. Así el Niño no podía entrar sin tropezar conmigo.
Titiritaba de frío y de miedo. Entre el viento iban voces cavernosas, sollozos, gemidos, carcajadas. Sobre las copas de los árboles asomaba la luna menguante, amarillenta, sobre un cielo empañado. Bajo los fallajes danzaban sombras misteriosas. Cuando una ráfaga de garúa caía sobre el pavimento de madera del corredor, era como si arrojaran puñados de semillas menuditas y espinosas, algunas de las cuales me maltrataban la cara y las manos.
Me envolví la cabeza en la sábana para no mirar a mi alrededor. En el fondo de mi ser, la ilusión me alentaba con su canción de oro.
Si me huviesen preguntado lo que deseaba dejara el Niño Jesús en mi almohada, no habría podido decirlo. Si alguien hubiera cristalizado en el juguete más raro y precioso la idea vaga y misteriosa que flotaba en mi imaginación, el encanto se habría roto. ¿Qué traería para mí en el divino saco? El ignorarlo me sumía en una deliciosa sensación inefable.
La impaciencia, el frío y el miedo se fueron apaciguando...
Vi al niño subir la pendiente en cuya cima estaba nuestra casa. Recogía para no tropezar su túnica morada y yo distinguía perfectamente sus piececitos blancos que levantaban el polvo al caminar. El resplandor escintilaba sobre su cabeza. También en su boca escintilaba una sonrisa. No tenía el cabello ensortijado como en las láminas, sino lacio y le cubría las orejas como a mi hermano Juan de Dios.
Los pollitos de mamá que el día anterior rompieron el cascarón le salieron al encuentro; él puso a un laso su saco y los levantó en sus manos y los besó.
Por un agujero dle saco salió rodando la bola de hule destinada a mi hermanito menor y rodó por la pendiente. Jesús silbó y de entre los matorrales salió Mechudo, el perrito que se nos muriera el mes pasado y los dos corrieron tras la fugitiva. Yo reía a carcajadas...

Desperté.!Por fin era de día¡ La ilusión despertó también y saltó impaciente entre mi corazón. Con mano trémula quité la sábana que me cubría la cara y miré anheloso...
Sobre mi cuerpo, en la almohada, en torno mío había tan solo montones de hojas secas que el viento trajo hasta allí...
Fue como el presagio de la vda futura -añadió y se quedó silencioso.


El pato Mágico
Ricardo Fernández Guardia

Doña Isabel de Ayala nos invitó a celebrar la Nochebuena con una cena de tamales, guisados bajo su dirección y conforme a una famosa receta, herencia de su madre.
-Hace muchos años que no como tamales tan buenos-observó uno de los convidados.
-En efecto- dijo a su vez don Rafael Padilla, abogado, sesentón, amable y decidor-, la cocina de nuestros padres, sencilla,pero sabrosa y sana, se ha perdido y lo siento.
-Tiene usted razón- repuso doña Isabel- es mucha lástima que vayan desapareciendo las antiguas costumbres. Lo peor del caso es que no hemos logrado reponerlas con otras mejores; lejos de eso.
Y después de una pausa añadió con un suspiro.
-Cómo echo de menos los portales! ¡Eran tan bonitos!
-Los portales? -replicó el abogado-. No me hable usted de los portales. Los recuerdo con horror. Bien muertos están.
-Cosa más rara. Y ¿por qué?
-El por qué sería largo de contar. Es todo una aventura y temo aburrir a usted con un relato que no tiene mayor interés.
Pero como todos insistiéramos en saber la causa de inquina así:
-Mi abuelo don Sebastián Padilla fue un hombre rico y de mucha empresa. La mitad de su vida la pasó viajando en buques de vela, unas veces en Guatemala donde compraba jergas, otras a El Salvador a la famosa feria de San Miguel, y las más a la América del Sur con cargamentos de café que allá trocaba por mosto, hamacas y otros géneros de comercio.
Su regreso al hogar, después de cada ausencia, era siempre un acontecimiento muy sonado y la paertura de maletas una verdadera fiesta, porque no escaseaban los regalos con destino a la familia y los amigos: mantos limeños para las señoras, sombreros de Jijipapa para los hombres, baratijas para los muchachos; y cosa que no faltaba nunca, alguna novedad para el portal de la abuelita, el más esplédido en aquellos tiempos de la ciudad de San José.
Ya era un molino de viento automático con sus aspas veloces y rosario de saquitos blancos que descendían de la troje; ya un jilguero artificial que gorjeaba a perfección, o un volatín, que hacía equilibrios en la cuerda. Imaginen ustedes con qué ojos miraríamos los niños esas maravillas que no nos era permitido tocar. Mayores tentaciones no me han asaltado en el resto de mi vida.
"Sucedió que en uno de tantos viajes trajo mi abuelito un patito, juguete verdaderamente peregrino que le había costado un dineral. La linda avecita nadaba en una jofaina, iba y venía con desenvoltura admirable, se sumergía, agitaba las alas, abría y cerraba el pico como un añade de carne y hueso. Decir lo que de sentí al mirar aquel artefacto extraordinario, que parecía salir de manos de un hechicero, es cosa superior a mi elocuencia. Ni Alí Baba ante los tesoros de los cuarenta ladrones, ni Aladino en el jardín de las granadas de rubí experimentáron asombro igual al mío. Durante varias noches no pude conciliar el sueño pensando en el patito. Poseerlo se me figuraba el colmo de la felicidad, y creo que si en aquel entonces me lo hubiesen ofrecido a cambio de la bienaventuranza eterna, no habría vacilado en sacrificar mi cachito de cielo.
-Conque de pequeño era usted mal cristiano-interrumpió maliciosamente doña Isabel.
-No, por cierto, era un niño muy devoto y hasta con mis puntas y ribetes de monaguillo, pero los deseos en la infancia son tan vehementes, imperiosos... En fi, para no cansar a ustedes, me quedé flaco de tanto pensar en el animalito, que bien embalado en su caja de madera había ido a parar a un gran armario de cedro amargo en que la abuelita guardaba las chucherías del portal. Largas horas me quedé absorto mirando el vetusto mueble guardián incorruptible del objeto de mis desvelos. Aún conservo, grabados en la memoria, los menores detalles de aquel armatoste, en cuyas hojas macizas un artista de la época colonial había tallado algunos follajes en estilo portugués.
¡Qué no habría dado porque me fuese lícito penetrar un segundo en el arca venerable, transmitida de madre e hija Dios sabe desde cuando! Pero esto era imposible. Recelosa por naturaleza, la abuelita no se separaba de la tosca llave de hierro forjado, Sésamo del santuario:
"No sé cómo ni cuándo germinó en mi caletre el proyecto diabólico de robar el palo; pero sí recuerdo que a partir del instante en que lo formé ya no tuve otra pensamiento. Los riesgos de semejante picardía no se me ocultaban; con todo, ninguna consideración fue bastante para detenerme, tan violento era el antojo que me devoraba. Una vez decidido a llevar a cabo la empresa temeraria, me resigné a esperar la única ocasión propicia para realizarla: la Navidad. Tres meses estuve rumiando el crimen, de modo que llegaba la fecha oportuna, mi plan, bien madurado, me parecía infalible. El patito sería mío, y lo que era mejor, sin que nadie lo supiese. Para lograr este triunfo verán ustedes lo que imaginé.
"Quince días antes de la Nochebuena comenzaron los preparativos del nacimiento. Por toda la casa se veían papeles de colores, estrellas de plata, flores de mano y muselinas. Una de mis tías, soletrona y beata de campanillas, se afanaba tiñendo serrín destinado a figurar el verdor de losprados. Apenas era posible moverse en aquella babel de sacos de musgo, latas de pintura, frascos de goma arábiga, tijeras, alambres, ovillos de hielo, clavos y tachuelas; en tanto que allá en la cocina se hacían grandes preparativos relacionados con la bucólica, y en un rincón de la despensa fermentaba la deliciosa chicha de piñuela en una panzuda tinaja nicoyana. Pero ninguna dde estas cosas, que en otras ocasiones me habría entusiasmado, consiguió apartar de mi mente la idea fija en ella.
"Llegó por fin el gran día de la solemnidad. El portal estaba dispuesto en la sala. Alzándose en el fondo apareciía un semicírculo de montañas, dominado por un volcán arrogante, de cuyo cráter salía humos a ratos. En las faldas de los cerros veían ranchitos de paja, indezuelos de Guatemala con sus trajes pintorescos y un castillo medieval; abajo, praderas pobladas de borregos con sus pastores, un río de papel metálico, casas de cartón y una aldea suiza; arriba, la bóveda celeste de tarlatana, tachonada de estrellas, de la que prendía una lluvia trémula de hilos de plata: la gloria. Cerniéndose en las alturas, un ángel, carrilludo y sanote, portador de un listón que en letras de oro decía: Gloria in excelsis Deo; en el centro de una graciosa cabaña, sobre la cual se mecía la estrela de los Reyes Magos, que cabalgando majestuosos bajaban por un sendero de arena. Dentro de la cabaña el primoroso nacimiento de talla, obra de un artista a mi juicio, como el lago cristalino que debía servir para que nadase el patito mágico.
"Terminado el laborioso aderezo del portal, la abuelita sacó del armario las joyas más preciadas de su colección: el molino, el jilguero, el pato y un guacamayo de tamaño natural, que al ser tocado un resorte oculto en la percha que lo sostenía, lanzaba su grito estridente de ¡lapa! Al anochecer hubo iluminación de la sala con gran acopio de bujías y lámparas. Después el abuelito puso en marcha todos los mecanismos. ¡Qué portentos! Sin embargo, yo sólo tenía ojos para el patito. Mudo y ambelesado contemplaba sus evoluciones en el agua, y cuando hacía cua cua con su vocecita aguda, me daba vuelcos el corazón.
"A medida que se acercaba la hora de consumar mi tenebroso intento, me fue entrando un gran desasosiego, aunque para vergüenza mía debo decir que no le causaba la perspectiva del pecado sino el temor de un fracaso. Estaba en ascuas, entraba, salía, daba mil vueltas sin motivo. En aquella agitación estuve hasta que llegó el momento de regresar a casa de mis padres.
Mi plan era sencillo y a mi modo de ver infalible. Comenzaría por meterme ostensiblemente en la cama, y luego, cuando todos estuviesen en la misa del gallo, era mi propósito levantarme a hurtadillas, correr a casa de los abuelos y aprovechando su ausencia apoderarme del pato.
"Al principio, las cosas salieron a la medida de mis deseos. Nadie me vio salir y hallé las puertas abiertas, como lo esperaba. Llego temblando, avanzo a puntillas por el zaguán, me aproximo a la entrada de la sala; con mil precauciones acerqué mi ojo inquisidor...¡Maldición! El portal estaba solo. Dormitando en una mecedora, una empleada viaje custodiaba los tesoros de la abuelita. ¿Qué hacer? Sentí un despecho indecible ante la evaporación de mis ensueños. Después me entró miedo. Si me descubría la criada. ¿cómo explicar mi presencia llí tan a deshora? Entonces pensé en la fuga: pero el imán del patito me detuvo. La voz de mi madre que se oía en la calle me dejó aterrao. La vieja sacudió la modorra, tomó una vela y salió. Al verla venir me eché al suelo y pasó rozando con mi cuerpo sin descubrirme. El peligro eminente me hizo recobrar el ánimo. De un salto me planté en la sala y con la agilidad de un gato fui a ocultarme debajo del sofá. Unos minutos después entraron los abuelos en compañía de mis padres y otras personas de la familia.
"Mientras echaban una última ojeada al portal, yo me moría de angustia en mi escondite. Un sudor frío me corría por las sienes y las espaldas. Salieron por fin, y la abuelita, después de apagar las luces, echó llave a la habitación dejándome encerrado. El chirrido de la cerradura repercutió en mi alma como un eco sepulcral. Estaba completamente alelado, sin una idea, y solté el llanto. ¡Oh, que mala Nochebuena! Durante una hora estuve oyendo ruido de platos y cubiertos. Terminada la cena sonaron voces y pasos en el zaguán al salir los convidados; más tarde percibí el cierre de la puertas; por último nada. El silencio me devolvió un tanto la calma. Hice examen de conciencia y comprendí toda la negrura de mi conducta. El pecado era muy bgrande, ¿quién podría negarlo? Pero el castigo era tremendo... ¿Cómo salir de aquel aprieto? ¡Virgen de los Angeles, ilumíname, compadécete de mí, sacame de este abismo! Y volví a llorar...¡y el patito allí tan cerca! Por mi mente cruzó una idea repentina. ¡Albricias, ya estoy salvado! ¿Cómo era posible que no se me hubiese ocurrido antes una cosa tan sencilla? La casa era baja, la sala daba a la calle, nada más fácil que abrir una ventana y escapar. Por otra parte, el criado de mi padre se levantaba a las cuatro de la mañana y salía en busca de leche y pan, dejando la puerta apenas entornada. Con aguardar su partida y colarme de la casa, nadie sabría mi escapatoria.
"Me volvió el alma al cuerpo y salí a gatas de mi escondite.Palpando las paredes di con la ventana y pude abrirla sin dificultad. Un salto y a la calle; pero un pensamiento me dejó inmóvil cuando ya tení aun pie en el aire. ¡El pato! El pato objeto de mis anhelos, el pato causa de mis congojas, el pato talismán de mi dicha. ¿Cómo dejarlo estando allí tan a mano? El demonio de la codicia triunfaba de nuevo. Regreso y andando despacito llego al portal a tientas. Con infinito cuidado estiró el brazo... una iglesia de madera...No, el lago está más allá...Todo un rebaño de ovejas, después el molino...De pronto ¡Qué alegría! La voluptuosidad más exquisita es menguado placer comparada con lo que sentí al contacto con sus plumas. Sin resuello, con el corazón palpitante, lo estrecho tiernamente y olvido donde estoy. Ebrio de felicidad pierdo el tino y me extravío al comprender la retirada. De pronto un batacazo y gritos pavorosos. He tropezado con la aldea suiza y me encuentro de bruces. Siento que me he roto las narices, pero no digo esta boca es mía...¡Y sin embargo continúan los alaridos! ¿Quién grita entonces? Se me erizan los cabellos de espanto, me quedo petrificado, mis ideas me confunden, sólo sé que tengo miedo, mucho miedo, un miedo horrible, cerval. ¿Cuanto tiempo permanecí en aquel estado? No lo puedo decir. El crujido de una puerta me hizo volver a la realidad. Brilla una luz y veo dibujarse la figura enjuta del abuelito, con una palmatoria en una mano y una pistola de arzón en la otra...Y los gritos seguían, agudos, salvajes, aterradores. En mi caída había arrastrado el guacamayo, cuyo mecanismo, desarreglado por el golpe, andaba sin parar: ¡lapa! ¡lapa! ¡lapa!
El castigo fue inmediato: una tunda fenomental. Y mi pobre abuelito, que no era ningún Cid, nunca pudo perdonarme el susto que le propiné y murió creyendo que habría de ser la deshonra de la familia. Conque ya saben ustedes por qué detesto los portales.

Esto fue lo que contó aquella Nochebuena don Rafael Padilla, abogado sesentón, amable y decidor.


Reciclaje celestial
Ani Brenes

Una historia especial mientras llega Navidad


Escuchen lo que sucedió allá en el cielo en estos días.
Dios Padre estaba muy atareado, así que convocó a los ángeles con más
experiencia y después de enterarlos de su propósito eligió a dos para que se
hicieran cargo de preparar la Navidad.
Ni qué decir de las mil cosas que ambos deseaban hacer, todo bajo la
aprobación divina y para demostrar ante la Corte Celestial su creatividad.
Después de muchas reuniones alistaron una propuesta para Dios Padre:
-Veo que han tomado en serio su trabajo -comentó el Todopoderoso. Estoy muy
orgulloso pero no estoy de acuerdo es en los aspectos económicos. El
presupuesto se ha ido reduciendo a fuerza de remendar los desastres que los
seres humanos causan allá abajo. Si no fuera por otros que tratan de ayudarme
con campañas y acciones en favor del planeta, estaríamos en bancarrota.
Piensen un poquito, observen, pregunten. Si es necesario hagan un viajecito
allá por la Tierra y luego me cuentan-.
Ante tales razones, no había nada que discutir.
Asombrados quedaron los ángeles al ver las carreras de los humanos con los
preparativos navideños. Sólo que la mayoría, centraba su interés en los
regalos, las compras, las fiestas, los trajes, las deudas... Pero más aún al
ver el desperdicio: cuánta basura, árboles cortados, cuántos problemas... Y
qué poco amor en una época donde hay tanto que celebrar.
Mas no todo era negativo. También gozaron viendo a las abuelas haciendo
muñecas de trapo y vestiditos de retazos; campesinos pintando hermosos
carritos y carretones de recortes de madera con ruedas de lata. Papás
reparando la bicicleta del hermano mayor para que los más pequeños la
aprovecharan de nuevo, familias felices sacando las cajas de figuras del
pasito para hacerles un retoque y planeando la mejor manera de construir el
portal con lo que se iban encontrando. Y en las escuelas, a los niños con sus
maestras elaborando hermosos adornos con materiales que para algunos no eran
más que basura.
Al cielo regresaron con una idea fija hasta la bodega celestial. Buscaron a
ángeles expertos en electricidad, carpintería, pintura y decoración y ¡alas a
la obra! Sacaron estrellas sin brillo, trozos de arco iris, alas rotas,
cometas sin cola, nubes percudidas, túnicas sin dueño, y mil cosas más que se
fueron convirtiendo en maravillas.
Fue una Navidad impresionante. El Padre Celestial no cabía en sí de la
emoción al contemplar los hermosos decorados, las estrellas más brillantes,
la música especial, los intercambios de pensamientos positivos, pero sobre
todo notaba que los ángeles sonreían más que antes y estaban más unidos entre
sí.
-Debo reconocer que su trabajo ha sido excelente -dijo Dios. Lo que me
preocupa es que no podremos cubrir los gastos, que me imagino fueron muchos.
Recuerden que les dije... -
-Señor -interrumpieron los ángeles-, no hay nada que cubrir sino mucho que
agradecer. De nuestro viaje a la Tierra aprendimos cómo hacer grandes cosas
con recursos sencillos, lo importante que es la colaboración para que cada
uno pueda usar sus talentos, la alegría de trabajar con ilusión y compartir
nuestras ideas. Y, sobre todo, el dejar a un lado tantas ilusiones materiales
que en realidad no hacen sino separar a las criaturas haciéndoles perder el
verdadero significado de la Navidad.
La respuesta de Dios fue simplemente una sonrisa más, que se extendió por
cielo y tierra llegando hasta el corazón de todo lo creado.



Los portales de Nochebuena
Por Teodoro Quirós
Tomado de Artículos escogidos, de 1904


No solamente los hombres de la alta política han venido a menos en este país. También los portales han degenerado y no se ven tan notables y graciosos como aquellos de movimiento que admirábamos hace algunos años, con sus ferrocarriles de hoja de lata ( sin contrato yanqui) que giraban airosoamente alrededor de una verde loma hecha toda de tela encerada, sus mares representados con tanta naturalidad que daban mareos y provocaban la gana de comer fresco, y sus pasos, primorosamente colocados en una gruta prehistórica.
Todavía tengo el recuerdo de un portal donde había figurado un volcán en actividad, con temblores y todo. La parte superior era uan olla de barro, pintada convenientemente, con su hueco arriba, por donde salía humo procedente de un puro de los de a tres por cinco, que uno de los individuos de la casa fumaba debajo.
Este año no hemos visto nada que valga la pena.
Ni siquiera un paso medianejo, y eso que un paso es lo primero en todo portal decente.
A propósito de esto, una señora de la buena sociedad... de San Vicente de Paúl, que suele poner su portalito un año sí y otro no, me decía:
-¿Recuerda usted mi paso del año pasado? Cincuenta colones me costó, sin contar la mula. Desgraciadamente ha sido necesario venderlo, y este año he salido del apuro con un mal paso.
-No está del todo mal-le contesté-y por otra parte, no será el primer mal paso que vea en nuestra sociedad.
El más famoso de los portales de este año, ha sido el de doña Laura Licopodio.
Nosotros estuvimos a verlo antenoche y salimos de allí sumamente complacidos.
En primer lugar, llaman la atención las montañas y cerros del fondo, indispensables en todo portal.
En la cumbre de estos cerros y casi a la altura de las nubes de tarlatana y las estrellas de papel plateado, que sirven de dosel a todo portal, se ve un grupo de bailarinas, lo que nos parece muy natural, auqnue no lo es tanto como una serpiente de cascabel que ocupa todo el cerro, de uno a otro extremo, y que está en actitud de morder al ángel del Gloria in excelsis Deo, el cual no parece darse cuenta del perligro que lo amenaza.
Un soldado de caballería, tan grande como una iglesia que por allí cerca se ve, parece dispuesto a darle un sablazo a la serpiente.
Olvidaba decir que las bailarinas están rodeadas de toda clase de animales feroces: leones, tigres, panteras, chacales y usureros.
Otra iglesia sirve de remate a un peñasco inaccesible, lo que no es obstáculo para que gran número de feligreses de ambos sexos estén por allí como en disposición de entrar al templo, cosa que no hacen, porque casi todas las figurillas, de madera unas, de trapo y de porcelana otras, son de mayor tamaño que la puerta principal del sagrado recinto.
Nosotros le hicimos observar todas aquellas anomalías a doña Laura, pero ella nos replicó que en los portales, como en la vida, todo es convencional.
-¿Y qué representa aquel polichinela que se ve en aquel camino, montado en un macho cabrío, en compañía de otros dos caballeros?-preguntamos a la buena señora.
-No es un polichinela, es uno de los reyes magos. El verdadero rey está guardando en el cofre, desnarigado, y he tenido que sustituir la borriquita con ese cabro, porque la borriquita se ha quedado sin las dos orejas.
-Lo que sí está muy gracioso es el establo. ¡Qué mirada tan apacible la de San José!
-¡Y que naturalidad la del buey!
-¡No le falta nada más que hablar!
-¿Sabe usted una cosa, doña Laura?
-Diga usted.
-Que ese grupo de hermanas de la caridad que ha puesto usted en aquel potrero, a la vera del camino, parece un plantío de coliflores.
-Como esa figurillas son hechas aquí en la casa...
-En cambio, puede estar usted muy satisfecha de lo artístico de ese sembrado de verduras. Lo malo es que ha colocado usted allí un elefante que estaría mejor allá cerca de las bailarinas, o al pie de aquel cerro donde hay varias aves de corral.
-¿Qué quiere usted que yo haga?No puede estar uno en todo.
-¿Y podría usted indicarme que represnta aquella zapatilla que está en medio de aquel lago?
-Es una barca.
-¿Sabe usted que eso está muy propio? Pero nada tan natural como aquel grupo de chiquilllos que van saliendo de la escuela.
-¿Cuál grupo?...¡Si no son chiquillos! ¿No ve usted que son patos, carracos y otras aves domésticas que salen del corral?
-¡Pues es verdad¡ ...No había reparado bien. ¿Y aquellas dos figurillas desnudas que se ven en esa milpa o cañaveral, qué representan?
-Son Adán y Eva en el Paraíso.
-¡Qué ingenioso! ¿Y la manzana?
-La manzana no se ve, porque se supone ya se la han comido.
-Las horas muertas nos hubiéramos estado observando todas las curiosidades del portal de doña Laura. Cuando ya nos disponíamos a marcharnos, nos dijo la buena señora:
-Esperen ustedes, caballeros, voy a mostrarles la gran novedad de mi portal.
desapareció por una de las puertas del fondo y en seguida vimos salir de una peña, un chorro de agua cristalina, formando una graciosa cascada. El agua corría por un cauce hecho de cristal, cubierto de piedrecillas y arena y se deslizaba murmurando como un riachuelo de verdad...
Esa mañana supimos que doña Laura estaba desolada. El surtidor de agua, por un descuido del encargado de hacerlo funcionar, inundó todo el portal durante la noche, con gran detrimento de todos los chirimbolos y baratijas.
Sólo se salvaron las bailarinas, la serpiente y lo que estaba en la parte alta.
Los que más sufrieron fueron Adán y Eva.
¡Justo castigo por su pecado tan original!




¡Planta en tu espíritu un Ärbol de Navidad !


En medio del corro bullicioso de la vida, el árbol se muestra colmado de dones al alcence de todas las manos.
Que unos lo llamen oasis, qPlanta un árbol de Navidad
por Omar Dengo ue otros le digan estrella; y otros lo juzguen sagrado; y otros le pidan amor...
Que cada cual alzando la mano hacia el follaje luminoso, se sienta ennoblecido. ¡Oh encanto! dirán, y encontrarán que la maravilla está en ellos!
El árbol parezca, sin embargo, sencillo y sereno, un simple arbusto del camino...Y haya en el magnífica profusión de regalos para las almas de los seres y de las cosas.
Para la piedra, lo que pueda hacerla mármol y rubí. Para el lirio, la mano gloriosa del Arcángel. Para el ave para la estrella, para todos...
¡Algo para todos!
Para tú hermano ¡Tú!
Para tu vida. ¡Dios!


Noche Buena en San José
Año de 1828

Tomado de Tradiciones costarricenses
Por Gonzalo Chacón Trejos

En las caistas de la ciudad incipiente, desde el bajo de la Cuesta de los Moras hasta el Cuartel de Armas, casitas de adobes, bajitas, encaladas con tejas rojas y ventanas de rejas de madera torneada. Al oscurecer, los piadoso vecinos ponen en las ventanas velas de sebo o candiles de higuerilla cuya tenue luz brilla como cocuyos en la negrura de la noche, reflejándose en las aguas de consumo de las acequias que corren cantarinas entre guijas por calles y solares.
En las casas del centro, donde viven los ricos y poderosos, grandes casonas con amplios corredores ampedrados que dan a la calle y en cuyos horcones dejó la soga sus huellas por el ordeño diario y mañanero, vense algunas linternas con vidrios de colores que pregonan a distancia la riqueza de la casa en un alarde luminoso de lujo.
Silenciosa, minúscula, con algunos ranchos pajizos y las calles de tierra, sin alumbrado público, la ciudad parece dormida en tanto que los habitantes esperan, en las duras camas de pabellón -defensa contra los alacranes del techo y el sereno que se cuela por entre las tejas- o en las rígidas cujas de esterilla, la hora sagrada del Nacimiento anunciando por las camapnas de la iglesia, para rezar al Niño Dios una oración de amor y de esperanza y redirse luego otra vez al sueño que es tregua cicatera en la brega del trabajo obstinado contra la naturaleza, el ailamiento y la pobreza que no permiten jolgorios ni despilfarros.
En la madrugada la mecha de los candiles se apaga, falta de aceite; se consumen las velas y las linternas de vidrios de colores ya no alumbran los corredores emboñigados de las casonas del centro.
Clarea el alba sobre la espesura del bosque en lo alto de la Cuesta de los Moras; cantan los gallos, mugen las vacas; una carrera traqueadora desgrana en el aire su música de esfuerzo y paciente lentitud...
Las campanas llaman a misa.
Ha pasado la Noche Buena.


Cuento del pato

La nochebuena de Jovito
Por Delfina Collado

Bajo un cielo encapotado, con fría y fina silampa y viento cortante, enterraron a la madre de Jovito, después de leer un misal de capuchino.
El indito regresó solo, mojado y hambriento.
Recogió la llave que escondían bajo una piedra y abrió el candado.
Sin deseos de nada, se acurrucó en el petate envuelto en un saco que le quedaba grande.
Al día siguiente se fue a vivir con la abuela que se arrastraba para encender el fuego, buscaba los huevos o recogía la ropa lavada que tendía bajo el árbol a secar.
Pasaron los meses y el frío decembrino tejía nidos entre lso cafetales. Comenzaba la recolección.
Jovito, junto con los peones de la hacienda, recogió el fruto, y le entregó el producto de su trabajo a la abuela para ayudarla en el gasto.
La Noche Vieja se acerca. ¡Ya no está su mamá para darle su regalo! ¡No tendrá sorpresas! ¡Y desea tanto una!
En aquel horizonte rojo de café, oye hablar a los otros chicos de los obsequios que esperan.
El frío aumenta, la lluvia se va del todo, las flores de Pascua florecen y los cafetales luceb sus faldas rojo encendido, mientras los pájaros alborotan en los potreros y pastizales.
Sólo en el corazón del pequeño indio anida la tristeza.
Misa de gallo en el pueblo: las gentes llegan con rústicos farolitos que parecen cocuyos iluminando los caminos. En la iglesia del pueblo, el Nacimiento rodeado de cohombros, anonas, racimos de plátanos, papayas, manzanas rosas, menta y romero. Velas que parpadean moviendo dombras. Villancicos, trajes y juguetes.
Jovito, de la mano de su abuela, paso a paso, acoplando el suyo al de la anciana, llega al camposanto con un ramo de flores silvestres.
Al regreso, ya de nuevo en la choza, la anciana le dice: -Jovito, recoja y tráigame la ropa, mientras le caliento un café con tamal.
Caminó hacia el solar, acercándose al árbol del que colgaba la ropa puesta a secar. Recogió una falda, un fustán, un delantal, una toalla, una camisa a cuadros. Suspiró pensando: -Navidad, sin mi mamá, y no tuve ningún regalo.
Alzó los ojos al cielo, mientras, de un manotazo, se espantaba un lagrimón que le rebalaba. Pero su manita se quedó inmovil a medio camino, mientras una sonrisa se abríaa en su rostro.
Ahí, bajo el árbol cargado de verdor, en el bolso de su viejo y olvidado pantalón que los yigüirros habían convertido en nido, piaban dos pajarillos blancos de estrellas y húmedos de frío.
Se acercó ligero: ¡Que maravilla! Un regalo con vida y corazón que late, sueve plumón de brisa y tiernos trinos.
Las avecillas abrieron sus picos de siete colores, acurrucándose confiados, cuando Jovito los anidó entre sus manos.