Un pez y un pájaro pueden enamorarse, pero ¿dónde harán su nido?...

Por Dlia Mcdonald

Desde que se inició la polémica sobre si Cocorí es o no racista, ha corrido mucha agua bajo los puentes y ha provocado una erosión que entiendo hiere muchas susceptibilidades. Ahora para mí todo eso no tiene importancia, porque se reduce a un juego de palabras cuyo significado se pierde en la nebulosa de los años de 1930 a 1980. Desde mi punto de vista, los años posteriores que inculcaron mis valores de crianza fueron modificando, poco a poco, el sentido peyorativo e insultante de muchas palabras, pero sobre todo de las actuaciones de la gente mayor. Sin embargo, la polémica asienta sus raíces entre la nebulosa del racismo y la discriminación racial, y los prejuicios raciales, por desconocimiento y por una forma errada de mirar las cosas, y que según creo es parte de esas aguas de tempestad que socavan y derriban puentes, pues hay un duelo de sentimientos dentro de cada uno y cada uno sabrá donde le chima más el zapato.

En 1972, era yo una niña negra que se criaba en un San José valle-centrista, influida por la política racial y social imperante en los EEUU., que nos llegaba por el mercadeo bananero. Precisamente por ser una niña, viví una serie de experiencias que todavía ahora no puedo explicar cómo ni por qué desaparecieron sin dejar más huella de la necesaria en mí. Por esos azares de la vida nosotros fuimos una de las primeras familias negras que se asentaron el centro de ese valle, en lo que hoy es Barrio México, y fuimos durante más de quince años los vecinos de raza de un montón de meseteños, con diversos niveles de acercamiento al epíteto “negro”. Es decir, que parte de mi modo de pensar y de ver las cosas tomó forma en ese ambiente, en el que unos y otros hablaban y se comportaban en forma agresiva.

Muy pequeña, me tocó descubrir el racismo, la intolerancia racial, los prejuicios y toda la crueldad de la que pueden ser capaces los niños y fue en el mismo tiempo en que ingresé a la escuela publica de mi barrio y de primera mano. Recuerdo una serie de caras triangulares y cuadradas, de pelo largo o corto, bigotes elevados y bocas torcidas asomados a puertas y ventanas señalándome de camino a la escuela, como también recuerdo los comentarios y las molestias que causaba mi presencia en las pulperías o la señora que siempre, de primero a tercero, tenía un balde de agua para mojarme al pasar, pues ella de alguna forma pensaba que era de chocolate y que Limón era toda… no sé, pero el miedo más enorme era a la escuela y a sus habitantes: del total de estudiantes de ese lugar solo había una negra, yo, que todos los días tenía un apodo nuevo que se acentuaba según lo que estuviese de moda en el mercado, y en el conocimiento de sus padres y de lo que leíamos:

/ Chocoleta,/ Chocolito,/ Tapita,/ Nucita,/ Harrick’s,/ Boneta,/ Mona/

Conga,/ Popi[1]/ Dulce de Leche, /Yuca, /Negra Chumeca panza de muñeca/

Ñampi,/ Zoncho/ Betún Nugget,/ Only White,/ Bembona,/ Azulote,/ Cuervo/

Tolomuco, / Guatil/ Zopilote/ Tijo, /Alambrina, /Gatúbela/ Brillo / Café sin leche,/ y una lista de innombrables proporciones, que salían del libro de lectura, -no recuerdo si obligatorio, pero sí ganador de un Premio Nacional en Cuento de 1972-, Más Abajo de la Piel, de Abel Pacheco de la Espriela.

Encuesta:

Fui a varias universidades, públicas y privadas. Seleccioné a 25 personas, todas de descendencia negra, afro-caribeña, de 14 a 24 años, hombres y mujeres, y les pregunté:

1) ¿Te parece que Cocori es racista?

2) ¿Qué pensás de todo esto?

3) ¿ Qué dijeron tus compañeros cuando leyeron Cocorí?

4) ¿Qué apodos te daban en la escuela, antes y después?

* “No me pareció racista”, 20 de ellos

*” Cocorí es tan racista como El Principito”, 24 de ellos

* “Es solo un libro, ¿qué daño puede hacer?”, uno.

* “Mis papás dicen eso, yo les creo, pero no lo leí”, uno

* “Por qué los adultos limitan la opinión de los demás con base en su experiencia? 20 de ellos

* “En la escuela en que yo estuve el maestro nos explicó las diferencias raciales”.

* ¿Cómo vamos a saber de qué hablan, si nos niegan el derecho de hablarlo y de conocerlo?” 15 de ellos

* Nunca le vi la parte racista al libro, 23 de ellos

* “Yo sé de prejuicios, y de discriminación. Es lo mismo que ser el alumno bueno de la clase y por tener las mejores notas, uno es un chuzo”

* “En la escuela y el cole, todos éramos Cocorí”

* “De todo le dicen a uno, hasta que le llega el apodo oficial, y uno por eso no se va morir, porque todos sufrimos discriminación en alguna medida y si no aprendemos a defendernos y a que no nos importe, qué va a pasar.”

Los años en que se supone se forma el carácter de una persona, fueron para mi de dolor, humillación, burla y vergüenza ajena; ¿qué les había hecho yo? Nada, pero mi condena fue exclusión total de primero a tercero, por la maestra muy digna y señorial, que me formó en las primeras letras, una mujer alta, rubia y gorda que no me permitía salir a recreo, porque no debía ni podía mezclarme con sus otros estudiantes, y que ensayaba conmigo todo lo que puede crear la mente de un adulto racista contra un niño negro, sin oportunidades de defenderse. Y aunque era tímida y retraída, era tanta mi furia, porque si bien mis padres entendían mi situación, no tenían los recursos para una escuela privada, o el tiempo para llevarme a otra escuela por la lejanía, tuve que subsistir y sobrellevar todo aquello. Ellos comprendían la situación, aunque según testimonio de la maestra era solo mi imaginación infantil, pero no podían hacer más. Se limitaban a apoyarme como podían, dentro de su ignorancia de uno y otro lado, porque los que me atacaban -en apariencia- eran niños como yo… Me cansé de llorar y ellos de hablar y quejarse con los directores. Empecé a ser agresiva en extremo y a acumular boletas de mala conducta, aunque sin expulsiones, porque era muy difícil explicar por qué las tenía. Yo quería jugar, pero no tenía recreos, me quedaba en el aula haciendo la tarea de clase bajo la vigilancia de los niños ajenos que pasaban a ver aquello tan extraño que pasaba sola en el aula, hasta que la Niña se dio por enterada y cerraba la puerta, para que no me vieran. Yo quería salir de campesina, pero ¿quién ha visto una negra con ese atuendo?, decía la maestra.

De primero a tercero, para mí la escuela era llegar y sentarme sola, en un rincón, con dos pupitres adelante, atrás y al lado, vacíos, porque según les explicaba la Niña, yo era la mala semilla, y se podían contagiar de mi color si se me acercaban. Por eso me costó tanto aprender a leer y cuando lo hice, el mundo cambió, más “hallada” en la fantasía, ya no me importaba no salir de campesina ni jugar a la ronda con ellos. Me hicieron sentir que no podía hacerlo, porque era negra, extraña y fuera de lugar. Al final del segundo año, un viernes casi a la salida de clases, la maestra me retuvo y unos compañeros me bañaron de arriba abajo, con harina, agua, talcos y pinturas… Llegué a mi casa llorando y no quise volver, convencida de que las cosas no iban a cambiar. Tuve que hacerlo, pero afloró mi parte salvaje[2].

En cuarto grado, por la intervención de Gladis Montero[3], la situación cambió, porque ella me ayudó a aprender a valorar los mundos en que viven las personas, modificó el comportamiento de los compañeros, explicando las diferencias, y me entregó a una maestra, que -pese- a que ese año leímos El Moto, y Más Abajo de la Piel, supo trabajar conmigo para que fuera menos salvaje y por fin pude tener compañeros de juego. Aunque con mis reservas, me integré al mundo con una mirada muy analítica de las cosas.

A los trece años entré al Liceo, otra cárcel publica, y siguieron mis introspecciones y las chotas de los compañeros. Pero algo cambió cuando nos asignaron la lectura de Cocorí, de Gutiérrez Mangel. No sé para ellos, pero para mí él fue la única persona que me entendió, y una revelación que me abrió los ojos. Aunque nunca supe si fue porque yo era una persona un poco más sensible que los demás. O si fue porque mis antecedentes, se juntaron con una profesora de español[4] consciente de su sentido educativo, que explicó las cosas por su nombre, pero me sentí cubierta por el hado de un caballero medieval que emergía del fondo del libro, cubierto con una piel negra, como la mía, luchando por sus ideales. Como partida por un rayo, tuve la clarividencia de pensar que si un niño, armado sólo con su inteligencia natural y un don especial, podía enfrentar caimanes y serpientes milenarios, que representaban la duda, la incomprensión, la intolerancia, el recelo y la forma de ser de cada persona en el mundo, todo por el peso y valor de una rosa, ¿cuánto más no podría yo hacer?

Desde ese momento, no me importó que me dijeran rebelde ni malcriada, Cocorisa, Mona ni tantas otras cosas, que son peores. El héroe que me apoyó en cada batalla que desarrollé con los años, hizo que nunca más tuviese miedo de enfrentar a los otros[5]. Si con el paso del tiempo me vuelvo cada vez más impertinente y objetiva en mi modo de pensar, es culpa de Cocorí, de mamá Drusila, y de Joaquín Gutiérrez M., porque me hicieron ver que a pesar de todas las cosas que uno como hijo le resiente a los padres, y a la educación que nos asignan, yo agradezco el que me hayan dado la oportunidad de lograr la capacidad de aprender a diferenciar una cosa de la otra. Es un legado que muy pocos ven y tienen. Agradezco el que me hayan dado las herramientas para que comprendiera que la creación divina, las personas, no son iguales ni perfectas, pues evolucionamos con el tiempo y damos un fruto distinto cada vez. Por eso mi Cocorí no es racista, ni discriminatorio, y mucho menos lleno de prejuicios y valores negativos. Aunque comprendo que mi posición no se parece a la de nadie, la sola idea de etiquetarlo de cualquier forma, me parece indignante.

1. Aclaro que apoyo firmemente la idea de que es necesario que las generaciones futuras comprendan lo que es el racismo, los prejuicios y la discriminación, pero ¿no es un poco intolerante pensar que estamos a salvo del mal, solo porque eliminamos el nombre de la enfermedad?

2. Apoyo la gestión para que hablemos de frente y les demos el nombre que corresponde a cada cosa, pero me opongo a que se acentúen las diferencias raciales sobre los mismos criterios con que se quieren excluir. “Darle flechas envenenadas a tu enemigo para que te mate cuando duermas, /Shakka Zulú/, es en mi opinión contraproducente; es darle armas a los que practican el racismo pasivo -y no el activo- mecanismos para que afloren comentarios que desvirtúan una petitoria, que en la forma está bien, pero no en el fondo[6]. Yo pienso que los argumentos son los correctos, pero no así el planteamiento; y mucho menos la defensa

· Decir “ Cocorí es racista y lesiona la integridad del negro…”

porque tiene estas frases:

- ¡Mamá, mira un monito!

No es mejor que decir:

Peter Monkí, de alegría grana en la bemba.

Dinero Fácil: 63, Más Abajo de la Piel, Abel Pacheco.

Ese muchacho canela, risa de piapia, vale mucho,

Condolí, 60, Más Abajo de la Piel, Abel Pacheco.

La figura que emergía silente era un negro flaco,

desarticulado con una camisa harapienta mal

colgada de un pescuezo de tuercas y coyundas,

Esquelitan: 45, Más Abajo de la Piel, Abel Pacheco, es eliminar la subjetividad de un texto y hacerlo objetivo ante un punto de vista personal. Si no es así, habría que preguntarle a Abel Pacheco si estuvo consciente de que su obra causa los mismos malestares de Cocorí, -a mi me los causó-y estoy segura de que nunca lo escribió por descalificar a nadie, sino por dar a conocer más de la gente que él conoció y amó de una forma abierta y sin engaños.

3. Decir que el libro promueve valores negativos porque mamá Drusila dice:

“… yo soy una negra ignorante…”,

es lo mismo que aceptar que las negras ignorantes existen tal y como las pintan algunos, mujeres que hablan una mezcla de inglés con español, “pa’medio entenderse”; mujeres desdentadas, sin forma, metidas en ropas viejas y sucias, zapatos de hombre, cocinando al aire libre, frente a ranchos destartalados y colores violentos de humillación. Negar que personajes así representan una burla peor, y mucho más difícil de superar, sobre todo si tomamos en cuenta, precisamente, que los hijos de esas mujeres, estereotipadas de esa manera, están posicionados en todos los puestos importantes de la economía nacional. Señal de que, a pesar de su supuesta ignorancia, lograron encontrar la manera de ser guía y no objeto de burla de parte de nadie.

4. Los niños, niños son, crueles siempre que se les permita. No tener autoestima y querer huir porque le llaman a uno Cocorí, que es un niño imaginario, es aceptar que no sabemos de dónde venimos ni qué somos, aceptando como realidad que somos inferiores y eso es racismo y, aún peor, discriminación contra uno mismo.

“… se prohíbe que ocupen gente de color los trabajos

de producción y explotación de la industria bananera

en la Zona del Pacifico”.

Derogado en 1949,

Junta Fundadora de la Segunda República
Pensemos que Cocorí nació con esa mantilla y, sin embargo, el libro no es representativo de una coyuntura social posterior a una guerra civil, y a una problemática mundial de racismo y prejuicios. Es el planteamiento del descubrimiento del nuevo mundo, con todas sus agravantes. ¿Si los negros nunca habían sido vistos en el valle central, cómo iban a ser “presentados” en una sociedad que desconocía que siquiera existían? Ningún humanista y menos un comunista por vocación y que amaba el mundo que conoció, puede ser insensible ante esos hechos, y bajo esa óptica, ¿qué se puede esperar de un libro escrito con estos términos de sociedad? ¿Quién juzga a Abel Pacheco por un libro escrito veinte años después de Cocorí y que si presenta todos los estereotipos de degradación moral que dañan personalidades?...

En estos días, la procesión que iba por dentro y que no quise recordar durante muchos años, me puso a pensar que tal vez estaba descontextualizada, y que vivía lo que yo sentía y me ponía fuera de foco y del estadio; aún así estoy conciente de que hablo por mí, pero ¿qué pasa con aquellos jóvenes de la nueva y vieja generación que nunca vieron racismo en Cocorí, alguien se molestó en preguntarles qué pensaban? Fui a varias universidades, públicas y privadas. Seleccioné a 25 personas, todas de descendencia negra, afro-caribeña, de 14 a 24 años, hombres y mujeres, y les pregunté:

1) ¿Te parece que Cocori es racista?

2) ¿Qué pensás de todo esto?

3) ¿ Qué dijeron tus compañeros cuando leyeron Cocorí?

4) ¿Qué apodos te daban en la escuela, antes y después?

* “No me pareció racista”, 20 de ellos

*” Cocorí es tan racista como El Principito”, 24 de ellos

* “Es solo un libro, ¿qué daño puede hacer?”, uno.

* “Mis papás dicen eso, yo les creo, pero no lo leí”, uno

* “Por qué los adultos limitan la opinión de los demás con base en su experiencia? 20 de ellos

* “En la escuela en que yo estuve el maestro nos explicó las diferencias raciales”.

* ¿Cómo vamos a saber de qué hablan, si nos niegan el derecho de hablarlo y de conocerlo?” 15 de ellos

* Nunca le vi la parte racista al libro, 23 de ellos

* “Yo sé de prejuicios, y de discriminación. Es lo mismo que ser el alumno bueno de la clase y por tener las mejores notas, uno es un chuzo”

* “En la escuela y el cole, todos éramos Cocorí”

* “De todo le dicen a uno, hasta que le llega el apodo oficial, y uno por eso no se va morir, porque todos sufrimos discriminación en alguna medida y si no aprendemos a defendernos y a que no nos importe, qué va a pasar.”

La respuesta de ellos me dejó pensando que, efectivamente, es cuestión de enfoque, de cómo mirar las cosas y saber el detalle, porque si ellos que son los novatos en esto, dicen eso, yo agrego:

1. Proyecto Caribe es una organización que para mí ha realizado una importante labor en el campo de la socialización del negro, y ha abierto espacios para que se den a conocer sus artistas y personajes importante, mediante la creación de estímulos adecuados. Aunque respeto su labor, creo que fue un error el planteamiento hecho, por tres razones:

a.- Si Cocorí, el libro que más se ha vendido a nivel cultural, tiene las erratas que se afirman, ¿qué garantiza que el futuro libro escogido como lectura para mentes jóvenes no tenga los mismos problemas?

b.- Está bien hablar las cosas con un nombre y como son, pero ¿cuáles son los planteamientos y qué vamos a hacer para curar el daño que dicen que ya hizo Cocorí? Me parece, y en todo caso es enteramente mi opinión, ¿no hubiese sido mejor aprovechar el hecho de que todos somos humanos y con base en el error, con el libro Cocorí o sin él, diseñar estrategias metodológicas, que abrieran caminos a la eliminación definitiva del mal, y no pasar por intransigentes reiterativos de las mismas cosas que denunciamos?

c.- Me opongo a la descontextualización de una idea, porque una cosa es el libro y otra el autor, como una cosa es la educación que está en crisis, y otra la formación emocional que elijamos. En 1989 Eddie Murphy, hizo el Dr, Doolitle, y podría decirme que es gemela de Cocorí, en todos los aspectos: personas que no se concedieron el derecho de hablar con los niños para saber que viven en un mundo especial entender lo que habla una tortuga es distinto de entender lo que habla un mono tití, un pajarito, un perro o un cocodrilo milenario. Es distinto a entender que un niño es un niño, en cualquier lugar, y que parte de la dote que le damos no involucra la forma de bailar o jugar fútbol, sino que aprenda a desarrollar sus valores internos, con ayuda de sus padres, -en primer lugar- y maestros, y sepa que es un niño integral. Significa que piense que es (somos) parte de una etnia con valores, imaginación, capacidad de creación intelectual y artística, nobleza, genialidad y sabiduría para aprender que los errores son flores de un solo día, cuyas consecuencias llevan al aprendizaje del mundo que nos rodea. Es cierto que nada de eso pone dinero en la mesa, pero crea mejores seres humanos y sobre todo el derecho a poder defender los hechos con el planteamiento adecuado: no es importante luchar por sacar un libro porque esta en el concierto de los libros de texto del ministerio y eso te hace millonario, sino decir que el libro no sustenta los valores apropiados de respeto a la raza negra que se desean desarrollar.

d.- Me opongo a que cerremos la puerta, creyendo que no necesitamos saber del pasado, y menos quiero vivir en él. No quiero uniformar el modo de pensar de nadie, ni aceptar los hechos de la vida con represión y censura, sino enfrentándolos, como lo haría Anansi.

2. De acuerdo en que hay que dar mayores oportunidades, especialmente a otros escritores, especialmente a los negros pero ¿cómo darlas, si no tenemos planteamientos claros al respecto?, ¿cuándo le hemos dado el valor que le corresponde a la cultura y nos ha interesado fomentar a los que nacen con intenciones culturales?

Una organización tan prestigiosa y de tanto trabajo sano y constructivo como Proyecto Caribe, tiene todas las armas y los requerimientos para hacer clara la voluntad del pueblo afro-caribeño, buscando metodologías para fomentar la cultura nacional y sobre todo la del afro- descendiente costarricense. De lo contrario, ¿qué es lo quieren lograr, que se diga que el negro es siempre una persona sin educación, que no sabe de arte ni cultura, que es insensible, un resentido que no sabe analizar las ventajas de ser quien es? De hecho, ya hay quienes lo dicen y tienen las justificantes que nosotros mismos hemos dado.

No estoy negando, ni nunca lo haré, que este país es racialmente incompatible con muchas personas y cosas, pues existen quienes en su propio país viven en reservaciones, aislados de la sociedad feudal y que en materia practica no reconocemos la diferencia entre racismo, estereotipos, prejuicios, discriminación o burla social, pero sí rechazamos el término “negros” en favor de “afro-caribeños” debemos saber que en ese sentido, no es solo el negro, el blanco, el chino, o el indígena el que sabe que El amor es un pájaro rebelde que nadie puede dominar y es inútil llamarlo si se niega a contestar" JORGE BIZET… y que esta historia es de todos.