SI EVA HUBIERA SIDO SUMISA
Yadira Calvo
(Presentación de la obra Climaterio, de Anabelle Aguilar. Instituto de México, 5 de marzo de 2003)


Creo que Climaterio tiene en sus dos epígrafes, la clave de su interpretación en cuanto que por una parte se inscribe dentro de una genealogía femenina de orden intelectual, que acredita la palabra de las mujeres, y por otra apela a lo que orgánicamente nos define. El segundo epígrafe utilizado por Anabelle es el informe de un ultrasonido que dice: "Ovario izquierdo difícil de identificar, impresiona estar adyacente al cuerno uterino de donde salen flores de ave lira". El primero es una frase de Cristina de Pizan, una escritora que vivió entre 1364 y 1430 a la que se le considera "el primer autor francés", en cuanto que fue la primera persona que vivió de su producción literaria en lengua francesa. Yo quiero tomar la frase de Cristina como clave de mi lectura. En primer lugar, por cuanto ella fue la primera en proclamar la necesidad de un espacio político femenino en su obra La ciudad de las damas, y en segundo lugar, porque la frase suya, colocada en el epígrafe, alude a la desautorización de lo que la cultura dice y a la autorización de su propia experiencia: "Me fiaba más del juicio de otro que de lo que sentía y sabía en mi ser de mujer". Esta declaración es un programa, inscrito en el contexto de la Querella de las mujeres. La Querella fue un debate sobre las maldades y bondades femeninas, surgido en Europa antes del siglo XIV que se extendió hasta el XVIII, de la cual Cristina fue una de las más brillantes exponentes.
El hecho de que Anabelle utilice esa frase de Pizan para introducir su libro, nos autoriza a pensar que se adhiere a la idea de decir su experiencia personal sobre un tema del que tanto ha dicho y sigue diciendo "otro": un otro como la medicina y la psicología. Por lo tanto, intento valerme de esta frase a modo de bastón que me ayude a transitar a través de la lírica de la obra de Anabelle, y a modo de detector que me facilite seguir algunas pistas a lo largo de la obra.
Primero, y para precisar en qué medida la autora sigue la receta de Cristina de fiarse de su propio juicio, he espigado en su libro algunas de sus expresiones: "mi silencio es crepuscular/definitivo/ decidido en el momento/ de mi muerte amorosa"; "he perdido el libro/en el interior de la hornacina/ mis pechos ya no manan leche"; "los glaciares me colmaron/ de hielo milenario/ para desterrar la idea/de cultivar mis campos"; "tanto diestro y yo tan zurda"; "desconcierto de cuarenta y seis cromosomas"; "qué poco duran los huesos"; "matrices inservibles", "otoño presentido"; "no todo el cuerpo muere al mismo tiempo"; "sangre… sin la pasión espumosa de aquel vino"; "cuando los siglos son iguales a las horas"; "se acaba el estro".
Todas estas frases se enmarcan dentro de una larga tradición cultural que sobrevalora la juventud y la capacidad de dar a luz sobre otras capacidades. Esto explica por qué su pérdida puede constirtuir un golpe emocional muy difícil de superar para las mujeres, que notamos el cambio no tanto por lo que ocurra en el interior de nosotras mismas sino por lo que ocurre a nuestro alrededor, por la forma en que se nos percibe, resumida en una expresión muy popular según la cual a las mujeres la edad nos vuelve invisibles.
Ese es el golpe que registra la poesía de Anabelle Aguilar en esta obra, cuyo sentido de pérdida se puede observar en el clima emocional que producen en ella vocablos como "crepuscular", "otoño", "desierto", epitafio", "glaciares", "silencio", "muerte" y derivados de "morir", que se repiten varias veces. Nada raro si se toma en cuenta que la lengua y la cultura castellanas definen erróneamente climaterio como "período de la vida que precede y sigue a la extinción de la función genital", cuando en verdad lo único que se extingue es la capacidad procreativa.
El texto de Anabelle capta sensiblemente, porque la captamos las mujeres, lo que la cultura nos hace percibir que nos está ocurriendo. Y digo mujeres, porque aunque el fenómeno orgánico afecta por igual a los dos sexos, el fenómeno social nos afecta sólo a nosotras. En el siglo XIX se afirmaba que las menopáusicas eran irracionales e inestables; un ginecólogo victoriano describe este período como "una gradual desaparición de la gracia femenina" que culmina en enfermedades mentales, irracionalidad patológica, formas menores de histeria, melancolía, tendencia a la bebida, cleptomanía y asesinato. Un médico inglés de finales del siglo XX manifestó que "cuando llegan a una cierta edad, se supone que las mujeres empiezan a entrar en descomposición" .
Es muy difícil escapar a estos mandatos sociales que nos obligan a percibirnos como se nos percibe. Por eso podemos encontrar en esta obra de Anabelle una gran cantidad de asociaciones y al parecer internalizaciones de lo que precisamente "el juicio de otro" ha dicho siempre sobre nuestro ser de mujer. En este caso sobre el climaterio femenino como la extinción de las funciones de un órgano que la psicología y el prejuicio dijeron durante algún tiempo que dominaba por entero nuestra vida y nuestra psique. Me refiero al útero, cuyas representaciones simbólicas aparecen en la obra de Anabelle en vocablos como hornacina, horno, caverna, marmita, que son sus símbolos universales.
Hasta aquí, la influencia en el poemario del "juicio de otro" que se convirtió en juicio nuestro sobre nuestro propio cuerpo, ese juicio que Cristina y con ella Anabelle intentó conjurar. Una prueba de lo difícil que nos resulta a los seres humanos percibirnos de un modo diferente a como se nos percibe. Pero subsiste el hecho de que hay un epígrafe de Cristina, y nos parece lícito tomarlo como consejo de fiarnos de lo que sabemos y sentimos en nuestro ser de mujeres. Cristina escribió eso a inicios del siglo XV. Anabelle al citarla, se inscribe y se escuda en una tradición de escritura femenina que se remonta hasta allí. En consecuencia, habrá que recorrer el poemario intentando detectar en él las huellas de esta tradición, aun con lo difícil que nos resulte a todas remover la placa que se nos ha colocado encima con la etiqueta de menopáusicas.
La búsqueda de esta segunda tradición nos conduce a la metáfora del jardín, cuya larga trayectoria en Occidente se remonta al jardín de las Hespérides de los griegos, el símbolo de una fecundidad siempre renovada. No obstante, el mundo cristiano la divulgó a partir del Cantar de los cantares: "Eres jardín cerrado, hermana y novia mía;/ eres jardín cerrado, fuente sellada", dice el amante del Cantar. Esta imagen ha sido una de las más exitosas en la historia literaria y simbólicamente se ha relacionado con la parte sexual del cuerpo femenino. Entre los primeros Padres de la Iglesia se empleó para referirse a la virginidad de María, pero en la poesía mística, el jardín representa el centro más íntimo del alma, y en un sentido más general simboliza una síntesis del mundo: la naturaleza restaurada en su estado original. En este sentido nos parece que la utiliza Anabelle cuando afirma: "Regreso a mi espiral/seré jardín recluido"; "No tengo grandes jardines que cuidar -dice en otro poema- sólo algunas violetas pubescentes/que beso a diario/ para sacarles brillo". Así pues, este yo poético de la obra mantiene su jardín, con todas las implicaciones simbólicas del vocablo; este personaje femenino implícito en la obra, plantea la inconveniencia de que Dios la mate en este momento en que ella "sería un mal ángel y un pésimo demonio"; esta voz, deconstruyendo una expresión de la teología cristiana, habla de sí misma como "el triduo perfecto/ madre/ hija/ y espíritu/ no de santa". Una herejía. Por mucho menos que eso Margarita Porete fue llevada a la hoguera. Y, aludiendo a la idea de mujer sabia que muchas han asociado con la edad, se autodefine como la dama que "aprovecha un segundo/ para cometer adulterio/ con los libros".
Esto significa en mi lectura, que la autora comenzó inscribiéndose dentro de una tradición literaria reivindicatoria. Esta tradición está representada en el epígrafe por una Maestra de las letras, Cristina de Pizan, que nos induce a fiarnos de lo que sentimos y sabemos en nuestro ser de mujer y no del juicio de otros. En su desarrollo, la obra de Anabelle registró el grado en que lo que sentimos y sabemos en nuestro ser de mujer está en gran parte determinado por la cultura: es producto del juicio de otros. Pero también quedó en la obra el sedimento de una voz que yo identificaría con la voz de Cristina, la voz de las brujas, la de las herejes, caracterizada por la resistencia a asumirnos según el paradigma cultural de la declinación, y la instancia a saber y sentir desde un lugar no colonizado por la cultura. Esta es la voz que murmura íntima y suave en la obra de Anabelle en mitad del esquema de secarse y morir. Ella nos dice que pese a lo que se nos hace saber y sentir, conservamos la esperanza de los jardines de violetas, la metáfora de la marmita hirviente, y ante todo y sobre todo, la gran duda filosófica sobre "qué sería de nosotras / si Eva/ la mantis religiosa/ hubiera sido sumisa/ y María una rebelde".
Sólo por intentar una respuesta: Eva no habría corrompido a Adán. Eso habría representado una enorme pérdida para los sermones y habría reducido en dos tercios las bibliotecas. María no habría dicho "hágase en mí según tu voluntad". Eso habría significado una enorme pérdida para la pintura y habría reducido en tres tercios los museos. Pero la pregunta de fondo de Anabelle es más bien qué habría pasado si no hubiéramos vivido durante tantos siglos bajo el poder de las imágenes míticas que nos modelan y nos restringen. Y lo mejor que habría pasado es probablemente, para decirlo parafraseando a la misma Anabelle, que las poetas no olvidarían con tanta frecuencia esa cítara que llevan en su oído, las mujeres todas no sentiríamos estar en otra parte, no nos embargaría la ajenitud y no permitiríamos nunca más recibir sal por oro".